¿Qué es la vida? se pregunta el negro de gafas sentado en una mesa de estudio del revés del bloque 12. Le respondo: esto, esto es la vida. Mi plaza Barrientos, que no veo desde aquí, la gente que me recorre, cada uno con su mundo. ¿Hacen mella en mí? Por supuesto, el mínimo roce deja rastro. La vida es distinta para cada individuo, no puede reducirse a un término. Para el negro, como para Flaubert, la vida es literatura, una orgía perpetua. Pero para el operario de camisa caqui, para Pastora detrás del mostrador, para el gozque, el pájaro, el gato, la vida es otra cosa, del todo distinta. Pastora servirá un café o una empanada, pero no una explanación epistemológica; el operario recogerá las hojas con el rastrillo, pero no dirá nada de Foucault; el gozque puede asomarse a un aula, marcar la pared con su chorro de meados, pero Felisberto Hernández no le hará mella. ¿Y el gato? ¿Y el pájaro? Acojo a estos, soy universidad. El negro de gafas me escuece con su sola presencia, aún así lo acojo. Soy ciudad. Sé que planea algo, volarme con una buena carga de explosivos, incendiarme. O simplemente escribirá un poema que comience así: "crisálida".
Me miro desde este ángulo, el revés del bloque 12, Comunicación, Filosofía, Bibliotecología. Acá atrás está el parqueadero donde Julio Padilla, el profesor de Inglés, deja su carro, un Willis. Estoy acá, en el traste del bloque 12 y soy el negro de gafas, el negro reconcentrado, estudiando a Faulkner y el movimiento cautivo. ¿No es hermoso? Movimiento cautivo. Narrarme desde este ángulo, desde mi axila. El negro me enseña. Mírate desde este lado, desde el codo o desde el perineo. ¿Cuál es mi perineo? Este negro plantea unas cuestiones. ¿Los baños? Desde el revés del bloque 12 veo el costado occidental de Medellín, esa otra ciudad que me alberga, como Cades Barnea a Moisés. Terry, ese muchacho de español, amigo del negro, el que pergeñó un ensayo sobre el Popol Vuh, vive en Castilla. Desde aquí veo la iglesia de San Judas con su torrecilla roja. Con "crisálida" el negro me taladra, me perfora, me cava, y acaso encuentra la caverna con estalactitas y estalagmitas. Una simple palabra basta, solo que tenga un propósito subversivo. El negro sabe emplearlas. Lo mismo Terry, y Méndez, y Luis. Pero ahora estoy con el negro, lo veo, lo siento. Su respiración es serena (como la de un lagarto) pero me aprieta con su raciocinio. ¿O con su intuición? Porque este negro que me tocó en suerte razona. ¿O intuye? Me aprieta como una cuña. Y cuánto tiempo. Méndez se suicidó, no soportó tanto raciocinio. Terry sigue, viene al aeropuerto, se fuma un porro, juega fútbol y todo fluye. Méndez no vio escapatoria, no vio en mí un refugio, como Terry. ¿Qué tiene de malo el fútbol? Expulsar toxinas corriendo tras un balón, correr por la circunvalar, aventar puños y patadas al saco de boxeo. El negro juega fútbol, trota, todo no se le va en divagación. Es mejor recogerse bajo mi axila y soñar. Dejar de lado el estudio, contemplar el jardín y soñar. A veces me siento como un poema de Pessoa. Desde esta sensación acojo a uno y otro. Desde un yagé. Soy piedra tejida, aroma, agua. Soy la muchacha que viene dispuesta a cancelar el semestre, el capucho que escribe con aerosol en los baldosines del baño. Méndez pudo gozarme, como hace John Wilson, como hace Terry. El negro me goza y me sufre. Estudia el diálogo en Hemingway, el movimiento cautivo en Faulkner. Y prepara la dinamita. Prepara la voladura, pero no como Méndez con el revólver ni como Robert Jordan con su puente, sino con la escritura. Ay, el negro no dejará piedra sobre piedra.
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