martes, 23 de septiembre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 13)

Hay una ceiba de este lado, otra de aquel, en mi plaza Barrientos, cerca de la biblioteca y de Troncos. Son como una puerta de Brandeburgo. En medio de ellas pasa a diario la vida académica, que unas veces es como un Elíseo del espíritu y otras como una plaza de mercado. Ese hombrecito que va allá es un profesor de música. Se dirige al bloque de Artes. En la mano trae varios ejemplares de su cuento recién premiado. Obsequiará uno al decano, otro al colega, etcétera. Los demás los pondrá visibles en la repisa, como lucimiento ante los visitantes. El cuento fue impreso en un folletico discreto, las hojas enganchadas con una cosedora. En este breve cuadernillo reposa su historia, que obtuvo el segundo puesto en un concurso nacional donde el jurado fue Mario Escobar y otros. El negro se alzó con el primer puesto. Mario Escobar inclinó el veredicto hacia los alumnos de su taller, el músico y el negro. Estos dos se conocieron durante la ceremonia de premiación. Intercambiaron cortesías, cada uno regaló un ejemplar de su obra al otro. El profesor, de barba, invita al negro a que lo visite en su oficina de Artes. Esta tarde es el encuentro.

El negro al fin había trasvasado la cobardía y el arrasamiento del niño frente a La perra de Oliva (Elvia) en la fulgente historia de Lucero. Y se había alzado con el primer puesto. 

Desde la ceiba próxima a la biblioteca veo pasar al profesor de música con los folletos en la mano. Trae lista su estilográfica para firmar dedicatorias. La del decano sobre todo. Su caligrafía es rápida y engolada. Aguarda impaciente al negro, con quien hablará de libros y estilo. El negro tarda en presentarse, es un poco distraído, cuando no irreverente, así que Jairo (es el nombre del profesor) obsequiará un folleto a algún estudiante, otro a la colega Marleny (profesora de teatro, amiga de Natalia Pikouch), uno más a la secretaria, y se ufanará en el despliegue de su estilográfica, en la galanura de su rúbrica. El ejemplar del negro ya lo firmó el día de la premiación. Pero puede obsequiarle otro folleto para que lo comparta a una amiga y así extender la celebridad de su historia, ese cuento que abunda en música, en Borges y en Mario Escobar, una lambiscona exaltación del maestro. La estilográfica tiene suficiente tinta. El negro llevará la conversación hacia la música, le cansan las tertulias literarias. No parece literato sino músico. Hablará de Thelonious Monk y John Coltrane. Será parco al tratar sobre su cuento. Jairo le ofrece ponerlo en contacto con importantes figuras del mundo editorial (otro Mahecha y su delirio con el editor), pero el negro no se hace ilusiones. Sabe que es puro formalismo. 

Desde mi puerta de Brandeburgo veo pasar al negro, con media hora de retraso. La ceiba desde la que observo a este muchacho displicente me recuerda la parábola de Jotán, del libro de Jueces. ¿Qué árboles se mencionan allí? Los olivos, la higuera, la vid, el cambrón y los cedros del Líbano. El negro ama los árboles. Siempre dedica una mirada amorosa a estas ceibas. Tiene un alegato con Jesús por el asunto de la higuera. Oh, nuestras miradas se cruzan. Eh, negro, se cortés con el profesor de música.        

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