viernes, 26 de septiembre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 16)

Que una tenga un bloque 4, que en esta parte haya un cubículo de estudio, que en este cubículo haya, en la madera, un corazón flechado un "David y María Isabel". Que este bloque esté agitado hoy por la muerte de la muchacha, que los psicólogos deban atender una crisis general: David y los demás compañeros de María Isabel. A David le alcanza la noticia en el tercer piso, estudiando para el examen. Los psicólogos no dan a basto, el asunto es complicado, un cúmulo de emociones, lágrimas, desolación. Mariana llega a casa con todo el cupo, afectada, porque la muerte de una muchacha tan joven, porque atender a las compañeras que no pueden creerlo, porque el novio está inconsolable. Al comienzo se cree que es un suicidio; luego se concluye que es muerte súbita. A Mariana al fin le renuevan el contrato este semestre. Se incrementa el trabajo, el sueldo mengua, pero ¿qué hacer? La pregunta de Lenin. ¿Qué hacer? Es la pregunta que se impone, tanto a las puertas de una revolución como en el batacazo de la muerte de esta estudiante. Qué golpe para la familia. Los psicólogos tienen que multiplicarse. Tras  todo esto está el cubículo aquella tarde del corazón flechado, el nidito de amor. Mentira, no estudian, se acaramelan. Estudio, amor, ¿irreconciliables? Amor, muerte, ¿necesarios? Aquella tarde yo estoy allí con ellos, en la privacidad del cubículo, en la intimidad de los besos. Estoy allí, los oídos llenos del resuello de la fuente, de las voces del frangollo, de mi propia vida. Reconozco en el ladrillo y la madera la abigarrada caligrafía del ocio, los signos de Cupido. Escrituras que en momentos de soledad y no sin ligereza alguien imprime y abandona para otro, para mí. Para mí que soy paloma pescando migas al pie de las mesas de estudio, paloma repetida, paradigma-paloma. Para mí que soy el candil del sol al mediodía, el tumulto frente al Camilo en grados, el orgullo de los padres al lado de los hijos con el título. También soy un viejo cuaderno de hojas amarillas y letra borrosa, como soy el sofisticado equipo de escritura que remplaza la Royal del negro y la Olivetti de Mario Escobar. Soy la carcajada de una muchacha en el andén de la biblioteca, la espalda del viejo que bebe un café en la cafetería, añorando otros tiempos, la pañoleta en la cabeza de la muchacha negra y, otra vez, el candil del sol, otra vez María Isabel, otra vez David, otra vez la consigna en el pavimento de la explanada de Troncos ("VIVA LA U"), otra vez el morral a la espalda del estudiante. Del otro lado del cubículo están los baños y unas voces, un barullo, unas risas. ¿Quién es el próximo que llegará y se sienta en uno de estos cajones para el estudio? El muro, una tabla horizontal, dos verticales, ahí tenéis el cubículo. Y las sillas movibles, que pueden estar y pueden no estar. Y el acto de doblar la espalda ante el libro, cuando es estudio o de cargar a la novia en las piernas, cuando es un ligue. El próximo en sentarse acaso sea el negro. Cuando sea grande seré. Y ahora María Isabel deja trunca la carrera, y el equipo de psicólogos de la facultad se ve en apuros, y en la noche llegan reventados a sus casas. Cuando sea grande. Seré la u, este bloque 4, este cubículo de estudio, H. C. Hellwag y el triángulo vocálico,  "David y María Isabel". Mi tranquilidad de Alma Mater ¿han de privarme de mi sosiego? No, no soy privada. No soy privada. Soy esas risas de muchachos en el baño, soy esas voces, arbitrarias, pero con tanta autoridad sobre mí. Soy el fonetista alemán que en 1871, en plena hostilidad franco-germana, da forma al famoso triángulo. El negro se aplica con el tema, investiga la biografía, valor agregado para la clase de Fonética. Pensar que mañana la muerte de María Isabel no es más que un suceso, que el émbolo del tiempo seguirá empujando hechos tras hechos, sepultando el tiempo, negando todo mientras afirma todo con pasión y desdén. El viento arrastra las hojas secas por el pavimento. El negro se pirra por esta imagen. Se la dejo intacta. El viento tiene un murmullo que crece y decrece, una voz de acordes variables. Todos dejamos un testimonio de nuestro paso en la madera oscura y cicatrizada de este cubículo, un verso, una máxima, un dibujo obsceno, una mancha de grasa, una botella de cocacola, una servilleta ajada, un corazón flechado. Yo dejo la imagen del viento y las hojas secas, el negro la aprovechará. Como aprovechará el triángulo vocal de Hellwag para mejorar su expresión cantada. Porque el negro a veces se echa sus cantadas. Pero no creas que presta atención a la ultracorrección en el canto. Se divierte, simplemente.            

El frangollo y mi voz, mi voz y el frangollo, al mediodía, cuando un operario pasa por mi plaza Barrientos empujando una carreta y las ruedas murmuran en el pavimento sobre la pantalla sonora de la fuente y el frangollo y mi voz y el negro que escribe y tantas cosas. Soy la u. El vaso del tinto sobre la mesa y dentro del vaso el empaque plástico de las galletas y dentro del empaque las migas que la paloma-paradigma se pirra por pescar. Ven, paloma y pesca, como pesca el negro en el triángulo de Hellwag y como pesca la muerte en María Isabel, en Frank, en Héctor Abad, en Luis Fernando, en Beatriz Monsalve, en Dylan. Esta tarde siento mucho polvo (es verano), mucha sombra, demasiada ausencia. Pasos, sonoros pasos que se extinguen al momento, lo mismo que las voces. El negro está en mí y yo estoy en él con el resollar de la fuente que es otro corazón de negro y agua y espuma y negro y espuma y negro y agua. El negro se aplica con el tema y trae la artillería lista para le lección, foniatría, logopedia, orofacial. Es el handicap del negro, ese esfuerzo adicional que realiza sobre el resto, ese dorado listón de desvelo en la gris cornisa del conformismo. La tarde advenirá en quietud solemne, el sol todavía no se occidenta. Soy lo que el negro capta, lo que se ampara en su cuaderno tanto como lo que sigue ahí, suelto, viviendo el momento. La hora del almuerzo, ¿ya pasó? El atleta en la circunvalar da giros en solitario, junto con otros atletas en solitario dando giros, todos estamos solos. El negro también debe almorzar, por ahora ha engullido unas galletas de mantequilla, una bolsita de maní, un café, pero luego (solo él sabe el momento) irá a Deportes y pedirá un almuerzo. Mientras, pasa la mano por las piernas y las migas caen al piso y la paloma-paradigma pesca. Que la paloma pesque una miga de galleta, la compostela que vende aquel muchacho de filosofía; que el negro pesque la imagen del velo de agua, de la espuma y de la brisa de la fuente, que se pregunte cómo estudiar este fenómeno desde la ciencia ortofónica, desde Hellwag y Carlos García y Leonardo Arango. Mientras allí se levanta la sombra del museo, un museo no puede ser sino sombras; y de este lado se yergue la piedra de la biblioteca y, atrás, queda mi plaza Barrientos, trazando senderos hacia el bloque cuatro donde espera David y María Isabel ya no está.      

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