lunes, 29 de septiembre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 18)

Por mi gran vagina entran a diario cientos de estudiantes. "Portería", es como llaman a mi gran vagina. A mi sapo, a mi arepa, a mi chuchón. Desde aquí conduzco el deseo, siempre múltiple. Deseo, ¿qué es deseo? Estos cientos de estudiantes que a diario atraviesan mi portería, mi arco, mi valla, tienen una idea, por vaga que sea, de lo que es el deseo. El negro de cabeza de corozo, al menos, deletrea la palabra en uno de sus poemas. No recuerdo quién me desvirgó, pero este negro cabeza de corozo me ha penetrado bastantes veces. Es un condenado fornicador.

Cada día abro mi gran vulva y me ofrezco a cientos de estudiantes que me profanan. No olvido que soy un templo del saber.

En mi plaza Barrientos, a veces, nostálgica, me detengo a pensar en ese primer estudiante que me desvirgó. 

Mi centro de placer, mi gallito, es la cafetería, aunque otros dicen que es la biblioteca, por ejemplo, el profesor Elkin Restrepo, para quien la lectura es puro placer. Pero yo pienso que la biblioteca es mi cerebro, no el bloque 16. La piscina es el espejo de agua de mis ojos. No es, pues, el salón de clase, donde la gente se amaña, es la cafetería. El negro no para mucho en la cafetería. Prefiere la biblioteca o un rincón escondido, como el cubículo de estudio del bloque 4, o un aula vacía. En una escalera del bloque 4 apretó a una compañera, una tarde en que se aventuraron por allí en busca de un profesor. No hallaron al profesor, pero hallaron el deseo. Habría de preguntar al negro cuál es su centro de placer, si al atravesar mi chucha siente algo parecido al placer o es un simple escape.

Ah, sí, el primer estudiante que me desvirgó fue un monje, Fray Rafael de la Serna. Fui fundada por la orden franciscana en 1803. Consta en mis registros. Fray Rafael de la Serna. Monje corrompido, violador, depredador, Satán, como dirá Liz. Fue este discípulo de Francisco de Asís quien hizo vibrar mi gallito. Petite coq, en francés. ¿Son los franceses los mejores amantes? Al menos las francesas sí lo son, según voz populi. 

Franciscanos, el negro sabe de ellos, trabajó con ellos, luego que salió de mi claustro, iba a decir de mi vulva. Profesor de español. Franciscanos. El rector Penagos era lo que se dice un hombre débil. Un día invita a comer al profesor, que sale del paso con un "ahí vamos viendo". Debilidad de la carne. Porque fuerza de espíritu sí tienen las confesiones. Espíritu bursátil. No abomino de mis orígenes, pero soy laica. El negro tiene una vieja disputa con las sotanas. A veces viene por Ayacucho, y yo lo espío desde mis ventanales del Paraninfo. Aquí estuviste, negro, cuando esta otra sede mía albergó el taller de escritores de tu maestro Mario Escobar. Desde este rincón próximo a Girardot, desde el segundo piso, te espío. Traes un semblante menos hosco que en aquellos días del pregrado. Mario Escobar la peló hace años. Tú todavía das tumbos por estas calles donde yo, de improviso, te salgo al paso.      

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