El concierto para piano y orquesta de Aaron Copland, dice el negro cruzando mi plaza Barrientos. La imagen del compositor se dibuja en su mente. No hay barba por ningún lado, nada en él delata al judío: Copland. Cómo este músico llena de sentido el cuarto semestre; cómo Carlos Rendón, el profesor que dicta Apreciación musical, se constituye en un referente insólito, comparado con la tropa de literatos y pedagogos naturales en la carrera. Papá Pitufo. Carlos Rendón se parece a Papá Pitufo. Este le quita la barba a Copland, dice el negro, deteniéndose donde Pastora, sentándose en la mesa de Mario Escobar. Desde Guayaquil los miro. Guayaquil es el sitio predilecto para las observaciones de mi plaza Barrientos. Kafka tampoco trae barba. Un modo de despistar al enemigo del sionismo. Copland, de origen ruso, se establece en Estados Unidos y crea una música propia del alma americana. Kafka tiene su cuarto independiente; vive con su familia, pero tiene un cuarto propio, piensa el negro. No lo comparte con dos hermanos menores, generalmente hostiles. Así puede escribir La condena de un tirón, en una noche que se prolonga de las diez a las seis de la mañana. Queda exhausto pero feliz. Georg Bendeman. Merecer la luz y el sosiego de esta música, piensa el negro, el concierto para orquesta y piano resonando en su interior. Mario Escobar anda de buenas pulgas, lo invita a sentarse: "corra una silla". Tengo que escribir tanto o más que tú, piensa, mirando la agenda de Mario Escobar apretada de extensos párrafos en tinta verde. No dejaré que me crezca la barba, al menos hasta que no escriba un buen cuento. Mario Escobar siempre se afeita. Puede que, más adelante, tome clases de piano, tal vez con Natalia, la condiscípula de Apreciación musical. Como mínimo el negro aguarda a que su familia se acueste, que reine el silencio. Entonces se levanta, viene a la sala y comienza a escribir. Kafka me lleva mucha ventaja, solo pensar en la comodidad del espacio. Pero la música derriba los muros y ahí está Aaron Copland: Quiet City. Es una casa alborotada la que lo alberga, el apartamento del clan. El padre suele permanecer en el dormitorio, a veces con la puerta abierta, como en esta ocasión. La mesa de planchar atravesada entre el umbral y la cama impide el libre movimiento de la hoja de madera. El padre yace en la cama, con las piernas recogidas, en pantaloneta, sin camisa. Su cuerpo refleja una ostensible disminución de gallardía; tiene una actitud decaída, atormentada. La radio está funcionando, hay un noticiero deportivo al aire. Se queja del barullo de los chicos, les dice que se callen, que está indispuesto, pero los muchachos no conciben que el malestar del papá es serio y, por tanto, son despiadados. Las risas y los lloriqueos cesan y vuelven a empezar. Los niños no entienden de qué manera sencilla puede desencadenarse la fatalidad, cuan de repente sobreviene lo aciago. El negro, en cambio, intuye los momentos terribles que se van cristalizando entre las risas. El chirrido de una puerta movida por el viento adquiere un tono lúgubre. El padre lanza suspiros hondos. El silencio de su habitación es más denso que de costumbre, acaso la muerte esté merodeando, quizás un ámbito implacable se trasplante de la eternidad al cuarto. Un aroma de café vaga por la casa. Pasan El Chavo en la televisión. El padre apaga la grabadora. La puerta sigue crujiendo. Inquieto por realidades que no sabe interpretar, que lo turban, el negro coge la mochila y sale para la universidad. Al mostrar el carné en la portería de Barranquilla, lo veo más ceñudo que nunca. Viene doblado por la soledad de su padre, desasosegado por el crujir de la puerta y el presagio de la muerte. Entiende que, circundado por voces y presencias ancestrales, su padre sufre. El negro cruza por mi plaza Barrientos y se mete a la biblioteca. Kafka en la tranquilidad de su cuarto, La condena de un tirón, de diez de la noche a seis de la mañana. Exhausto pero feliz.
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