El negro de gafas y gorra se parece al Malcolm X del mural del bloque de ciencias: cara alargada, huesuda, expresión concentrada. Este mural se avista desde mi plaza Barrientos; lo mismo el mural de Fernando Barrientos, en el costado opuesto, al lado de la tienda de Pastora. Rostros de muertos jalonan los muros: el profesor Carlos, de filosofía, en el bloque 12, pintado por Tálaga; el Che Guevara con una plantita en las manos, en Ingeniería. Miradas desde el más allá; discursos proferidos desde los fríos muros de piedra, el Che Guevara, Malcolm X. Tálaga homenajeó al extinto profesor de filosofía, su amigo, pintando un mural. El filósofo, que aparentaba llevar una vida tranquila, se suicidó. Leería demasiado a Séneca. Se plantearía el problema de la muerte, qué sentido tiene seguir viviendo, como esos personajes de Mishima (Iinuma, Imanishi, Honda, incluso la señora Subakihara) en El templo del alba. Seres que ven en la autodestrucción la liberación de un mundo absurdo, sacudido por la hecatombe. Individuos desolados por la derrota de Japón en la Segunda Guerra Mundial, que tropiezan como bestias tristes y sin salida entre las ruinas humeantes. Iinuma intenta el seppuko, pero se acobarda. Se clava un cuchillo en el corazón, pero solo consigue desangrarse. Se salva. El negro es otro cuya sola estampa profiere un discurso, y no calmado. Su figura levanta roncha, inquieta. Al verlo desplazarse por mis recovecos, temo que reviente en escándalo, que se transforme en un Benkos Biohó, como el del mural del bloque 5, frente a la biblioteca. Miradas de muertos, fulminantes ojos de mártires rompen cuando se pisan mis ámbitos. Dylan Cruz, etcétera, a la entrada de la Avenida del Ferrocarril, luego de los lecheros (arbustos que recuerdan el color del partido liberal, imagen de la sangre). Y la muerte esculpida, el busto de Luis Fernando Vélez presidiendo la cara norte de la plazoleta central. Desde mi plazoleta Barrientos no puedo ver el busto de Luis Fernando Vélez, asesinado en el año de los muertos. Otra placa, que casi pasa desapercibida, enaltece su recuerdo en una columna de la biblioteca, frente a la fuente. El negro está pilas con esta lapidaria. La placa a la entrada del Camilo se agiganta ante sus ojos y sus pasos. Un día un condiscípulo intentó corcharlo. "A ver, ¿qué dice en la placa de la entrada del Camilo?" El negro recitó el texto con pelos y señales. El negro es una mirada que me percibe, que me escudriña, que me taladra. Como un gusano, su mente muerde mi cuerpo; como un escalpelo, su pensamiento secciona mi tejido. Yo lo dejo. Si no me abren, me desangran, me destazan, no hay sentido. La cabeza inclinada sobre el cuaderno es mi ultimátum, el Apocalipsis. Es la ciencia y yo, que la alimento, debo sucumbir en su pira. Mi sueño recurrente es el incendio. Pero no las llamas aisladas de un disturbio convencional, ese triste bostezo de la desesperanza. Un incendio total, la conflagración sin resquicio.
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