Terry me observa desde las escalas de Troncos. Al sur mi plaza Barrientos, al centro la biblioteca, al norte la fuente, el Camilo, Artes. Terry piensa en Díez, el filósofo, que también es dibujante y caricaturista. El comité del periódico (La luciérnaga) le encargó contactarlo, una caricatura en la página final hará un buen efecto. De las fotografías se encargará Osorio. Sentado en las escalas de Troncos Terry espera a Díez y me observa. ¿Qué pensará de mí Terry? Díez trabaja en una tipografía. Al anochecer viene a la biblioteca a adelantar su tarea, traslada al castellano un cuento de O. Henry. Aceptará realizar la caricatura para la Luciérnaga, el periódico que Alcántara y otros locos de español se han propuesto editar. Yo pienso que deberían publicar ese artículo sobre el canibalismo de la Vía Láctea, el recorte de prensa que está fijado en una cartelera de Ingeniería. Pero no tengo voz ni voto en ese periódico. A veces todo mi pensamiento concurre hacia esa cartelera, hacia ese recorte de prensa, hacia ese artículo. Desde todos los puntos del campus, una fuerza irracional me arrastra hasta el pie de esa cartelera. Leo. Díez es un individuo de unos treinta años, menudo, lampiño, de andar ágil. Es amigo de Terry. Terry vive en Castilla, tiene un aire malevito; las paredes de su casa, sobre todo las del patio, lucen obras artísticas de cemento en relieve. Toda la casa está en obra negra, pero esos relieves la enaltecen. Eso es el arte. En la terraza, a la que se llega por una escalera externa, tiene bastidores con lienzos sorprendentes, donde ha pintado punkeros. Desde este lugar se ve, al otro lado del río, el inmenso tejido de adobe de la comuna oriental. Una de las piernas de Terry es una migaja más corta, por lo que renquea. A primera vista no es muy notorio. El negro tardó en descubrir esta particularidad en su condiscípulo de Castilla. Terry escribe bastante bien. Presentará su ensayo sobre el Popol Vuh a consideración del comité de la Luciérnaga. No tendrá objeción, lo publicarán. ¿Y ese artículo sobre el canibalismo de la Vía Láctea? Mientras aguarda a Díez, Terry lee Ulises. Molly lo trae guillado. Lo mismo que Leopoldo Bloom, que escudriña en una escultura de una diosa de una biblioteca si la susodicha tiene orificio en el ano. La verdad, Terry duda si presentar al comité su ensayo sobre el Popol Vuh, laureado por el profesor Óscar Castro, o su poema a Teresa, un homenaje a la iniciadora en amores de los muchachos del barrio. Teresa viene a ser lo mismo que esa Elvia, La perra de Oliva, para el negro, que la decantará en el cuento Lucero. Terry quiere mostrar el poema al negro, aunque sospecha que este se inclinará por el ensayo. El poema de Teresa tiene algo que no convence. No es potente, como dice Mónica de un texto que le gusta. Así que nada de dudas, Hunahpú e Ixbalanqué. Por mi plaza Barrientos se acerca un hombrecito con alegre andar de gozque travieso, es Díez. El rostro concentrado y austero desmiente el fervor de los pasos. Con los pies parece bailar, mientras que con el rostro petrifica. Terry se alista a hablarle del periódico y la propuesta de la caricatura. Por ahora están comenzando, no hay dinero para pagarles a los colaboradores. Pero se le dará el crédito, puntual. No lo olvidarán. Je, me río. Qué falla, Díez, se nos pasó darte el crédito. Qué asnos. Lo mismo hubiesen hecho con mi artículo sobre el canibalismo de la Vía Láctea, en caso de que hubiesen prometido publicarlo. Ese artículo me subyuga. Cuando no estoy ensartando las voces de este monólogo, es que estoy releyendo el recorte de la cartelera de Ingeniería. Una galaxia se come a otras menos masivas, que no pueden escapar de la atracción gravitacional ejercida por la primera. Las ondas de presión formadas en la galaxia forman nuevas estrellas. El color azul de una estrella indica mucha temperatura. Sí, el tema del universo me apasiona.
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