martes, 30 de septiembre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 19)

El negro entra al baño del bloque 11 y encuentra a tres muchachos hablando ante el lavamanos y el  espejo. Echa un vistazo rápido a su rostro, que se le antoja el de un advenedizo. "Un día entré a un baño y había tres tipos masturbándose, sí, cada uno con su polla en la mano, en acción", dice uno de ellos. "Creí que dirías que estaban culeando, lo cual no sería raro", dice otro. Están ahí, ante el lavamanos, estorbando el paso al orinal. El negro pide permiso y ellos siguen en la chacota, comentando aquello con tremenda desfachatez. El negro recuerda a Mónica, su argumento de que el intercambio de afecto es lo más lindo de la vida universitaria, que es natural que los estudiantes tengan sexo en los baños. El negro cuenta hasta cuarenta, una buena meada. Suele contar mientras orina. A veces llega hasta sesenta, meada extralarga como un cigarrillo Lucky, que lo deja contento. Se lava las manos y cruza entre los muchachos. "La variedad cultural se impone en la u", espeta uno de los jóvenes, y el negro siente esto último como una alusión a su color de piel. Pero no presta atención. Lo que medita, mientras abandona el baño, es que hay mucho enfermo. Lo más que el negro hace en el baño de la u es cagar, por la última. Una o dos veces, puede contarlas. No va pelando la nalga en cualquier parte. Estos tres chicos del baño tienen cara de exabrupto, de guillados, de que no se les da nada protagonizar un happening de triple masturbada allí, a plenas dos de la tarde. El negro recuerda al Mono de San Juan entre Palacé y Bolívar, al anochecer, el jefazo de los rapaces, cómo los invita a saltar la barda ruinosa y, entre paredes derruidas y el piso enmalezado, presidir el pajazo colectivo. Recuerda al escritor  Mario Escobar (fue joven su viejo maestro, en una de las fotografías del reportaje del Mundo semeja un Alain Delon), apoyado en unas muletas, despidiéndose de él a la entrada del baño del bloque 11, aquella mañana de años atrás. Estos estudiantes tienen facha de calaveras, de viciosos; no son como esos otros que tienen aspecto de serios y bien encaminados, que van solos y pensativos. No, estos chicos del baño del bloque 11 tienen cara de perpetrar desmanes. El negro siente alivio al salir de allí, de que el cinismo de sus rostros solo se exprese en una sutil referencia al color de su piel. Hay gente muy ruda. Viene a la biblioteca pensando en Roxana, en su ensayo sobre santa Hildegarda de Bingen. ¿Sí lo publicaría el profesor? ¿Anda muy ocupado y solo hasta fin de año no hay posibilidad de hacer algo al respecto? Roxana piensa en publicar del propio bolsillo. Ha hecho varias correcciones al ensayo. El misticismo como senda de conocimiento. Esa muchacha de perfil egipcio. Sí, eso es, perfil egipcio. Si me cruzara con ella en la explanada de la biblioteca, ante la fuente, piensa el negro. Tiene un novio indígena, de una de esas etnias hermosas del Cauca. Viene a la biblioteca y lee un rato Billar a las nueve y treinta. Antes de irse le da una hojeada al párrafo inicial de Absalón, Absalón (Quentin, qué nombre). Ante el teatro demencial de la Alemania nazi retratada por Robert Fahmel, los cuentos depravados de los chicos del baño del 11 parecen pecados veniales. Es lo que piensa el negro mientras que, aquejado de hemorroides, adelanta la lectura de la novela. Recuerda que Maecha también sufre de hemorroides. ¿Con qué tratamiento se las curará? Al fin y al cabo es médico. Pero los médicos también se mueren. La tarde calurosa del pueblo donde se salcochan los personajes de Faulkner (Jefferson city) se le antoja un escenario más familiar que el Sacramento del Búfalo de Boll y las audacias sexuales de los universitarios. Muy propia del novicio, la ansiedad por publicar, se dice, pensando en Roxana. Si esta jovencita contara con un padrino en el comité editorial de una revista, como Maecha, que luce esa cara arrogante, ese halo de pertenecer a un círculo importante. Pero Roxana es apenas una muchacha. Eso sí, con gran talento para escribir. La fuente cierra este capítulo. La fuente, que a la una de la tarde es un rumor henchido y a las tres, cuando el negro abandona mis predios, es una antorcha apagada, con la escultura de la pareja solar luciendo lamparones de óxido y verdín.          

lunes, 29 de septiembre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 18)

Por mi gran vagina entran a diario cientos de estudiantes. "Portería", es como llaman a mi gran vagina. A mi sapo, a mi arepa, a mi chuchón. Desde aquí conduzco el deseo, siempre múltiple. Deseo, ¿qué es deseo? Estos cientos de estudiantes que a diario atraviesan mi portería, mi arco, mi valla, tienen una idea, por vaga que sea, de lo que es el deseo. El negro de cabeza de corozo, al menos, deletrea la palabra en uno de sus poemas. No recuerdo quién me desvirgó, pero este negro cabeza de corozo me ha penetrado bastantes veces. Es un condenado fornicador.

Cada día abro mi gran vulva y me ofrezco a cientos de estudiantes que me profanan. No olvido que soy un templo del saber.

En mi plaza Barrientos, a veces, nostálgica, me detengo a pensar en ese primer estudiante que me desvirgó. 

Mi centro de placer, mi gallito, es la cafetería, aunque otros dicen que es la biblioteca, por ejemplo, el profesor Elkin Restrepo, para quien la lectura es puro placer. Pero yo pienso que la biblioteca es mi cerebro, no el bloque 16. La piscina es el espejo de agua de mis ojos. No es, pues, el salón de clase, donde la gente se amaña, es la cafetería. El negro no para mucho en la cafetería. Prefiere la biblioteca o un rincón escondido, como el cubículo de estudio del bloque 4, o un aula vacía. En una escalera del bloque 4 apretó a una compañera, una tarde en que se aventuraron por allí en busca de un profesor. No hallaron al profesor, pero hallaron el deseo. Habría de preguntar al negro cuál es su centro de placer, si al atravesar mi chucha siente algo parecido al placer o es un simple escape.

Ah, sí, el primer estudiante que me desvirgó fue un monje, Fray Rafael de la Serna. Fui fundada por la orden franciscana en 1803. Consta en mis registros. Fray Rafael de la Serna. Monje corrompido, violador, depredador, Satán, como dirá Liz. Fue este discípulo de Francisco de Asís quien hizo vibrar mi gallito. Petite coq, en francés. ¿Son los franceses los mejores amantes? Al menos las francesas sí lo son, según voz populi. 

Franciscanos, el negro sabe de ellos, trabajó con ellos, luego que salió de mi claustro, iba a decir de mi vulva. Profesor de español. Franciscanos. El rector Penagos era lo que se dice un hombre débil. Un día invita a comer al profesor, que sale del paso con un "ahí vamos viendo". Debilidad de la carne. Porque fuerza de espíritu sí tienen las confesiones. Espíritu bursátil. No abomino de mis orígenes, pero soy laica. El negro tiene una vieja disputa con las sotanas. A veces viene por Ayacucho, y yo lo espío desde mis ventanales del Paraninfo. Aquí estuviste, negro, cuando esta otra sede mía albergó el taller de escritores de tu maestro Mario Escobar. Desde este rincón próximo a Girardot, desde el segundo piso, te espío. Traes un semblante menos hosco que en aquellos días del pregrado. Mario Escobar la peló hace años. Tú todavía das tumbos por estas calles donde yo, de improviso, te salgo al paso.      

domingo, 28 de septiembre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 17)

La gota de sangre que Mefistófeles toma del doctor Fausto como fianza del pacto, de que el alma del sabio le pertenece ("yo te serviré aquí en la tierra, tú me servirás en los infiernos"), está presente en la alianza entre Carlos y Aída aquella noche en la taberna Gatopardo (que hoy se llama Restaurante La palma). Entre el desengaño amoroso y los aguardientes (ella por el Flaco, él por Melisa), con el casco de un vaso roto exprofeso se hieren la muñeca  y juntan sus sangres. Respecto a este tema acudo a la obra de la ucraniana (Cinco ensayos de literatura rusa contemporánea), que en la imagen de la carátula muestra a Mefistófeles sobrevolando París, una pintura de Delacroix. Hay que imaginar a Natalia en su lecho de muerte, al editor (Bermúdez) apurado con la impresión, respetando la última voluntad de la autora de que sea esa imagen, y no otra, la que vaya en la carátula. Mefistófeles sobrevolando París, de Delacroix. 

¿Por qué? Por la tradición de las escuelas de magia. Voland, el del Maestro y Margarita, de Bulgakov, es otro Mefistófeles. Natalia, y Gala, su hermana de Kiev, cultivan la magia. Son herederas del saber teosófico, de las sociedades secretas. Todo esto tiene arraigo en las culturas rusa y alemana, que son casi hermanas. En Guerra y paz Tolstoi da muestra de ello, la francmasonería permea la sociedad. Iván Ilich debe de ser otro iniciado. De ahí su ascenso en la escala social. ¿De qué manera lleva esto a Eleusis y los ritos iniciáticos? Con razón Nietzsche acoge a Dionisos y rechaza a Apolo. Tiempo después del pacto de sangre con Aída, Carlos consulta a Gala, que está de visita en Medellín y ofrece sesiones de sanación. La universidad, la iglesia, el foro, todo está bajo el dominio de Mefistófeles, que se apodera del alma del mundo. Esto es lo que significa la imagen de la carátula del libro de Natalia. Quien busca conocimiento debe tratar con Satán, ya se ve desde el Génesis. ¿Quieres ir más allá? Entonces pacta conmigo. Es lo que espeta la serpiente a mi hermana Eva.   

No de balde Natalia recopila historias tradicionales bajo el título de Diablos. La figura del diablo en estos relatos dista de la de Mefistófeles, que es el embaucador por excelencia. El tentador. Estos diablos de Natalia son jocosos y necios, y Balda los burla.

Esa gota de sangre que Mefistófeles confisca es el comprimido de todo el desvelo del estudiante. Wagner, el criado de Fausto, no sale del laboratorio de alquimista, envejece allí, hasta que su redoma da forma al Homúnculo, tan distinto a Euforión, el hijo de Fausto y Elena de Troya, alma libertaria, imagen de Byron, según el ideal de los griegos. Euforión, otro Ícaro que se precipita en el elemento prohibido y muere.

Con desmaño, desde mi plaza Barrientos hecho cabeza a estas cosas, sueltas cosas, anecdóticas si se quiere. Cuántas veces veo pasar por aquí a Carlos, que luego de graduarse permanece en el Alma Mater como profesor de cátedra. ¿A qué llegara este individuo insolente? Dura poco como catedrático; se ata de por vida a esa amiga con que hace el pacto de sangre ( y ella a él). Sus matrimonios respectivos no van muy bien. Carlos acaba cuidando al nieto, que tiene nombre de profeta, Isaías. En cuanto a Aída, que no se decide a enrolarse en la docencia, pasa la vida peleando con el Flaco y con el mundo. También asiste a una sesión con Gala. Gala le vaticina que morirá por la mordedura de una serpiente, como la princesita en El templo del Alba, de Mishima. Una cobra muerde a la princesita mientras está en el jardín. Muere a la edad convenida por los preceptos de la reencarnación, según la novela aludida: a los veinte años. Los personajes anteriores, Kiyoaki e Isao, mueren a esa edad. La muerte joven, al estilo griego, Oh Calino y Tirteo. Gala dicta como penitencia a Aída ir a una iglesia y encender velas, pero Aída desobedece. Una bruja no le copia a otra, como no sea en la noche de Walpurgis.         


viernes, 26 de septiembre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 16)

Que una tenga un bloque 4, que en esta parte haya un cubículo de estudio, que en este cubículo haya, en la madera, un corazón flechado un "David y María Isabel". Que este bloque esté agitado hoy por la muerte de la muchacha, que los psicólogos deban atender una crisis general: David y los demás compañeros de María Isabel. A David le alcanza la noticia en el tercer piso, estudiando para el examen. Los psicólogos no dan a basto, el asunto es complicado, un cúmulo de emociones, lágrimas, desolación. Mariana llega a casa con todo el cupo, afectada, porque la muerte de una muchacha tan joven, porque atender a las compañeras que no pueden creerlo, porque el novio está inconsolable. Al comienzo se cree que es un suicidio; luego se concluye que es muerte súbita. A Mariana al fin le renuevan el contrato este semestre. Se incrementa el trabajo, el sueldo mengua, pero ¿qué hacer? La pregunta de Lenin. ¿Qué hacer? Es la pregunta que se impone, tanto a las puertas de una revolución como en el batacazo de la muerte de esta estudiante. Qué golpe para la familia. Los psicólogos tienen que multiplicarse. Tras  todo esto está el cubículo aquella tarde del corazón flechado, el nidito de amor. Mentira, no estudian, se acaramelan. Estudio, amor, ¿irreconciliables? Amor, muerte, ¿necesarios? Aquella tarde yo estoy allí con ellos, en la privacidad del cubículo, en la intimidad de los besos. Estoy allí, los oídos llenos del resuello de la fuente, de las voces del frangollo, de mi propia vida. Reconozco en el ladrillo y la madera la abigarrada caligrafía del ocio, los signos de Cupido. Escrituras que en momentos de soledad y no sin ligereza alguien imprime y abandona para otro, para mí. Para mí que soy paloma pescando migas al pie de las mesas de estudio, paloma repetida, paradigma-paloma. Para mí que soy el candil del sol al mediodía, el tumulto frente al Camilo en grados, el orgullo de los padres al lado de los hijos con el título. También soy un viejo cuaderno de hojas amarillas y letra borrosa, como soy el sofisticado equipo de escritura que remplaza la Royal del negro y la Olivetti de Mario Escobar. Soy la carcajada de una muchacha en el andén de la biblioteca, la espalda del viejo que bebe un café en la cafetería, añorando otros tiempos, la pañoleta en la cabeza de la muchacha negra y, otra vez, el candil del sol, otra vez María Isabel, otra vez David, otra vez la consigna en el pavimento de la explanada de Troncos ("VIVA LA U"), otra vez el morral a la espalda del estudiante. Del otro lado del cubículo están los baños y unas voces, un barullo, unas risas. ¿Quién es el próximo que llegará y se sienta en uno de estos cajones para el estudio? El muro, una tabla horizontal, dos verticales, ahí tenéis el cubículo. Y las sillas movibles, que pueden estar y pueden no estar. Y el acto de doblar la espalda ante el libro, cuando es estudio o de cargar a la novia en las piernas, cuando es un ligue. El próximo en sentarse acaso sea el negro. Cuando sea grande seré. Y ahora María Isabel deja trunca la carrera, y el equipo de psicólogos de la facultad se ve en apuros, y en la noche llegan reventados a sus casas. Cuando sea grande. Seré la u, este bloque 4, este cubículo de estudio, H. C. Hellwag y el triángulo vocálico,  "David y María Isabel". Mi tranquilidad de Alma Mater ¿han de privarme de mi sosiego? No, no soy privada. No soy privada. Soy esas risas de muchachos en el baño, soy esas voces, arbitrarias, pero con tanta autoridad sobre mí. Soy el fonetista alemán que en 1871, en plena hostilidad franco-germana, da forma al famoso triángulo. El negro se aplica con el tema, investiga la biografía, valor agregado para la clase de Fonética. Pensar que mañana la muerte de María Isabel no es más que un suceso, que el émbolo del tiempo seguirá empujando hechos tras hechos, sepultando el tiempo, negando todo mientras afirma todo con pasión y desdén. El viento arrastra las hojas secas por el pavimento. El negro se pirra por esta imagen. Se la dejo intacta. El viento tiene un murmullo que crece y decrece, una voz de acordes variables. Todos dejamos un testimonio de nuestro paso en la madera oscura y cicatrizada de este cubículo, un verso, una máxima, un dibujo obsceno, una mancha de grasa, una botella de cocacola, una servilleta ajada, un corazón flechado. Yo dejo la imagen del viento y las hojas secas, el negro la aprovechará. Como aprovechará el triángulo vocal de Hellwag para mejorar su expresión cantada. Porque el negro a veces se echa sus cantadas. Pero no creas que presta atención a la ultracorrección en el canto. Se divierte, simplemente.            

El frangollo y mi voz, mi voz y el frangollo, al mediodía, cuando un operario pasa por mi plaza Barrientos empujando una carreta y las ruedas murmuran en el pavimento sobre la pantalla sonora de la fuente y el frangollo y mi voz y el negro que escribe y tantas cosas. Soy la u. El vaso del tinto sobre la mesa y dentro del vaso el empaque plástico de las galletas y dentro del empaque las migas que la paloma-paradigma se pirra por pescar. Ven, paloma y pesca, como pesca el negro en el triángulo de Hellwag y como pesca la muerte en María Isabel, en Frank, en Héctor Abad, en Luis Fernando, en Beatriz Monsalve, en Dylan. Esta tarde siento mucho polvo (es verano), mucha sombra, demasiada ausencia. Pasos, sonoros pasos que se extinguen al momento, lo mismo que las voces. El negro está en mí y yo estoy en él con el resollar de la fuente que es otro corazón de negro y agua y espuma y negro y espuma y negro y agua. El negro se aplica con el tema y trae la artillería lista para le lección, foniatría, logopedia, orofacial. Es el handicap del negro, ese esfuerzo adicional que realiza sobre el resto, ese dorado listón de desvelo en la gris cornisa del conformismo. La tarde advenirá en quietud solemne, el sol todavía no se occidenta. Soy lo que el negro capta, lo que se ampara en su cuaderno tanto como lo que sigue ahí, suelto, viviendo el momento. La hora del almuerzo, ¿ya pasó? El atleta en la circunvalar da giros en solitario, junto con otros atletas en solitario dando giros, todos estamos solos. El negro también debe almorzar, por ahora ha engullido unas galletas de mantequilla, una bolsita de maní, un café, pero luego (solo él sabe el momento) irá a Deportes y pedirá un almuerzo. Mientras, pasa la mano por las piernas y las migas caen al piso y la paloma-paradigma pesca. Que la paloma pesque una miga de galleta, la compostela que vende aquel muchacho de filosofía; que el negro pesque la imagen del velo de agua, de la espuma y de la brisa de la fuente, que se pregunte cómo estudiar este fenómeno desde la ciencia ortofónica, desde Hellwag y Carlos García y Leonardo Arango. Mientras allí se levanta la sombra del museo, un museo no puede ser sino sombras; y de este lado se yergue la piedra de la biblioteca y, atrás, queda mi plaza Barrientos, trazando senderos hacia el bloque cuatro donde espera David y María Isabel ya no está.      

jueves, 25 de septiembre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 15)

Iván Ilich ama los convencionalismos sociales, se divierte con el whist, el teatro, las fiestas. Pero enferma y llega el fin. El negro (que observa las barriadas de las lomas desde el corredor del tercer piso del bloque de 11) es hijo de un empleado del gobierno, del área de rentas, un proletario, para usar una terminología acorde con los discursos del movimiento estudiantil. El negro observa la comuna oriental y, mientras recuerda la tragedia de Medialuna, piensa que no se siente identificado con el delirante deseo de Iván Ilich de ascender en la clase social a la que cree pertenecer por su cargo de jurisconsulto. En cambio siente resonar en sí voces afines cuando Iván Ilich retrocede a la infancia y revive las alegrías de esta época feliz. También contemporiza con Iván Ilich cuando, reconociéndose vulnerable a causa de la enfermedad, estima que no vivió como era debido, que se dejó deslumbrar por los triunfos materiales y la apariencia. Modelos de individuos engreídos por su posición social los ve el negro (también yo) en los académicos y administrativos. Otros Iván Ilich que solo piensan en obtener un cargo más importante y lucrativo. Veo a la profesora de cátedra que, con los años y los manejos, llega a la vicerrectoría de decanatura y luego se postula a la rectoría. No es el caso de Natalia, la ucraniana que, fina y modesta, se contenta con su oficio de maestra, de bruja blanca, de cuentera. Pero aquella otra académica, una vez alcanza su alto buró, se amuralla tras el título y exige antesala para recibir. El negro quiere entrevistarla con respecto a José Libardo Porras, fueron colegas y amigos; la secretaria le pide explicación sobre el motivo de la entrevista y, al fin, lo agenda para un mes después. Unos días antes de la fecha, el negro recibe una llamada de la secretaria, la entrevista es pospuesta. Así que a seguir esperando. Tan distinto de la época en que la hoy vicerrectora era catedrática y tenía un trato obsequioso con los estudiantes. Cambian los tiempos y cambian las personas. Maluco que la cortesía se trueque en sequedad por la mediación de un ascenso laboral. A Natalia el negro la encuentra por ahí, en mi plazuela Barrientos, en una jardinera, en plena calle; la conversación es espontánea, cálida. El negro concluye que, si algún día, idealmente, se encuentra con Iván Ilich, este no lo determinaría. Pero a través del relato de Tolstoi no solo se encuentran, sino que dialogan: que la vida y la salud tienen un terrible revés, que la ecuanimidad revela a los verdaderos seres humanos, que la aceptación nos libera y enaltece. Tal ocurre a la ucraniana que en su lecho de enferma terminal, en su casa de la unidad Baleares, recuerda el ensayo del aquel alumno introvertido y hosco, el negro; cómo en el introito tocó tan agudamente la soledad del pueblo ruso, trayendo a colación La condena de Kafka. Ni que fuera ruso ese negro. Ni que se hubiese criado en las estepas asiáticas. En el corredor del bloque 11, donde la luz de la tarde llega matizada, desfalleciente, el negro recuerda a la ucraniana, el delicioso ser que era esta mujer apasionada con la literatura. La belleza física y la del intelecto convergían en Natalia. El negro piensa que, con cuánta mayor razón iría Fausto (Enrique para Margarita) al encuentro de una Elena con las facultades de Natalia. Natalia tenía belleza e inteligencia; superaba con creces a ese modelo clásico de belleza, Elena de Troya. El negro piensa que Fausto es un tonto que se deja engolosinar por la belleza de Elena, mientras que por otra parte ocasiona la desgracia de Margarita. Ensalza el ideal y destruye la naturaleza: tal es Fausto.          

miércoles, 24 de septiembre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 14)

El concierto para piano y orquesta de Aaron Copland, dice el negro cruzando mi plaza Barrientos. La imagen del compositor se dibuja en su mente. No hay barba por ningún lado, nada en él delata al judío: Copland. Cómo este músico llena de sentido el cuarto semestre; cómo Carlos Rendón, el profesor que dicta Apreciación musical, se constituye en un referente insólito, comparado con la tropa de literatos y pedagogos naturales en la carrera. Papá Pitufo. Carlos Rendón se parece a Papá Pitufo. Este le quita la barba a Copland, dice el negro, deteniéndose donde Pastora, sentándose en la mesa de Mario Escobar. Desde Guayaquil los miro. Guayaquil es el sitio predilecto para las observaciones de mi plaza Barrientos. Kafka tampoco trae barba. Un modo de despistar al enemigo del sionismo. Copland, de origen ruso, se establece en Estados Unidos y crea una música propia del alma americana. Kafka tiene su cuarto independiente; vive con su familia, pero tiene un cuarto propio, piensa el negro. No lo comparte con dos hermanos menores, generalmente hostiles. Así puede escribir La condena de un tirón, en una noche que se prolonga de las diez a las seis de la mañana. Queda exhausto pero feliz. Georg Bendeman. Merecer la luz y el sosiego de esta música, piensa el negro, el concierto para orquesta y piano resonando en su interior. Mario Escobar anda de buenas pulgas, lo invita a sentarse: "corra una silla". Tengo que escribir tanto o más que tú, piensa, mirando la agenda de Mario Escobar apretada de extensos párrafos  en tinta verde. No dejaré que me crezca la barba, al menos hasta que no escriba un buen cuento. Mario Escobar siempre se afeita. Puede que, más adelante, tome clases de piano, tal vez con Natalia, la condiscípula de Apreciación musical. Como mínimo el negro aguarda a que su familia se acueste, que reine el silencio. Entonces se levanta, viene a la sala y comienza a escribir. Kafka me lleva mucha ventaja, solo pensar en la comodidad del espacio. Pero la música derriba los muros y ahí está Aaron Copland: Quiet City. Es una casa alborotada la que lo alberga, el apartamento del clan. El padre suele permanecer en el dormitorio, a veces con la puerta abierta, como en esta ocasión. La mesa de planchar atravesada entre el umbral y la cama impide el libre movimiento de la hoja de madera. El padre yace en la cama, con las piernas recogidas, en pantaloneta, sin camisa. Su cuerpo refleja una ostensible disminución de gallardía; tiene una actitud decaída, atormentada. La radio está funcionando, hay un noticiero deportivo al aire. Se queja del barullo de los chicos, les dice que se callen, que está indispuesto, pero los muchachos no conciben que el malestar del papá es serio y, por tanto, son despiadados. Las risas y los lloriqueos cesan y vuelven a empezar. Los niños no entienden de qué manera sencilla puede desencadenarse la fatalidad, cuan de repente sobreviene lo aciago. El negro, en cambio, intuye los momentos terribles que se van cristalizando entre las risas. El chirrido de una puerta movida por el viento adquiere un tono lúgubre. El padre lanza suspiros hondos. El silencio de su habitación es más denso que de costumbre, acaso la muerte esté merodeando, quizás un ámbito implacable se trasplante de la eternidad  al cuarto. Un aroma de café vaga por la casa. Pasan El Chavo en la televisión. El padre apaga la grabadora. La puerta sigue crujiendo. Inquieto por realidades que no sabe interpretar, que lo turban, el negro coge la mochila y sale para la universidad. Al mostrar el carné en la portería de Barranquilla, lo veo más ceñudo que nunca. Viene doblado por la soledad de su padre, desasosegado por el crujir de la puerta y el presagio de la muerte. Entiende que, circundado por  voces y presencias ancestrales, su padre sufre. El negro cruza por mi plaza Barrientos y se mete a la biblioteca. Kafka en la tranquilidad de su cuarto, La condena de un tirón, de diez de la noche a seis de la mañana. Exhausto pero feliz.    

martes, 23 de septiembre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 13)

Hay una ceiba de este lado, otra de aquel, en mi plaza Barrientos, cerca de la biblioteca y de Troncos. Son como una puerta de Brandeburgo. En medio de ellas pasa a diario la vida académica, que unas veces es como un Elíseo del espíritu y otras como una plaza de mercado. Ese hombrecito que va allá es un profesor de música. Se dirige al bloque de Artes. En la mano trae varios ejemplares de su cuento recién premiado. Obsequiará uno al decano, otro al colega, etcétera. Los demás los pondrá visibles en la repisa, como lucimiento ante los visitantes. El cuento fue impreso en un folletico discreto, las hojas enganchadas con una cosedora. En este breve cuadernillo reposa su historia, que obtuvo el segundo puesto en un concurso nacional donde el jurado fue Mario Escobar y otros. El negro se alzó con el primer puesto. Mario Escobar inclinó el veredicto hacia los alumnos de su taller, el músico y el negro. Estos dos se conocieron durante la ceremonia de premiación. Intercambiaron cortesías, cada uno regaló un ejemplar de su obra al otro. El profesor, de barba, invita al negro a que lo visite en su oficina de Artes. Esta tarde es el encuentro.

El negro al fin había trasvasado la cobardía y el arrasamiento del niño frente a La perra de Oliva (Elvia) en la fulgente historia de Lucero. Y se había alzado con el primer puesto. 

Desde la ceiba próxima a la biblioteca veo pasar al profesor de música con los folletos en la mano. Trae lista su estilográfica para firmar dedicatorias. La del decano sobre todo. Su caligrafía es rápida y engolada. Aguarda impaciente al negro, con quien hablará de libros y estilo. El negro tarda en presentarse, es un poco distraído, cuando no irreverente, así que Jairo (es el nombre del profesor) obsequiará un folleto a algún estudiante, otro a la colega Marleny (profesora de teatro, amiga de Natalia Pikouch), uno más a la secretaria, y se ufanará en el despliegue de su estilográfica, en la galanura de su rúbrica. El ejemplar del negro ya lo firmó el día de la premiación. Pero puede obsequiarle otro folleto para que lo comparta a una amiga y así extender la celebridad de su historia, ese cuento que abunda en música, en Borges y en Mario Escobar, una lambiscona exaltación del maestro. La estilográfica tiene suficiente tinta. El negro llevará la conversación hacia la música, le cansan las tertulias literarias. No parece literato sino músico. Hablará de Thelonious Monk y John Coltrane. Será parco al tratar sobre su cuento. Jairo le ofrece ponerlo en contacto con importantes figuras del mundo editorial (otro Mahecha y su delirio con el editor), pero el negro no se hace ilusiones. Sabe que es puro formalismo. 

Desde mi puerta de Brandeburgo veo pasar al negro, con media hora de retraso. La ceiba desde la que observo a este muchacho displicente me recuerda la parábola de Jotán, del libro de Jueces. ¿Qué árboles se mencionan allí? Los olivos, la higuera, la vid, el cambrón y los cedros del Líbano. El negro ama los árboles. Siempre dedica una mirada amorosa a estas ceibas. Tiene un alegato con Jesús por el asunto de la higuera. Oh, nuestras miradas se cruzan. Eh, negro, se cortés con el profesor de música.        

lunes, 22 de septiembre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 12)

Luis recuerda claramente, sin lugar a dudas, la tarde en que el negro y él estuvieron sentados con la ucraniana en una jardinera de mi plaza Barrientos (la jardinera al lado del bloque 9). Aún recuerda Luis que en esa ocasión hablaron de Hemingway, que a Natalia no le gusta. Los veo sentados allí. El punto desde el que los observo, la cafetería de Guayaquil. Natalia se acomodó entre el negro y Luis. Su empaque opulento y su vestido amarillo eran parte del esplendor del verano. El negro apuntó que Hemingway era un maestro del diálogo. Natalia tenía muchas cosas que oponer a Hemingway, su delirio por los toros, la guerra, el boxeo, la caza de animales. Luis sostenía una actitud intermedia, más inclinada a la aceptación que al rechazo: "Hemingway tiene unos cuentos excelentes". El preferido de Luis es Proust. Hay un punto en que Natalia y el negro siempre estarán de acuerdo, que los mejores son los rusos. Allí, aquella tarde, sentados en la jardinera, ratifican tal convicción. El ensayo del negro sobre Iván Ilich es cosa del pasado. Natalia, como editora de la revista de la facultad, lo publicó. Un trabajo final brillante, con el que quedó encantada. En el transcurso de esos días tuvieron ocasión de hablar al respecto. "Marcos, ¿quedaste satisfecho?" "Sí, profe, gracias". Es cierto. Tal logro académico elevó la autoestima del negro.  Por entonces lo siento moverse con mayor seguridad por mis tránsitos. Corrigió la aspereza que lo caracteriza. No es que se torne sociable, pero si una muchacha le pregunta la hora deja de lado la descortesía, no sigue adelante, sino que responde, lacónico, pero responde. Ya sabía yo desde el día del poncherazo para el carné en el bloque 16 que había de vérmelas con un tipo huraño. En la foto el negro quedó con el entrecejo fruncido y los ojos cerrados, como dormido. Nada bueno presagian esos nudos encima de las cejas. Con todo y que el fotógrafo le advirtió: "no cierre los ojos". A este negro, me doy cuenta ( y lo sufro) le gusta llevar la contraria, es un rebelde sin causa. Luego de leer el ensayo sobre Iván Ilich Natalia le dijo: "hazle unos retoques para la publicación". Pues bien, el negro lo redacto de nuevo y el texto perdió la chispa. Aún así Natalia lo publica. Todo el que ve su carné se burla: "lo que tenías era sueño". Mal síntoma, pude haber comentado. Pero este negro salió una porra para el estudio, viene bien aceitado del colegio. Sin duda tuvo un buen profesor de español. ¿Qué pienso cada que recibo a un bicho de estos? De entrada no me siento cómoda. Con el tiempo me doy cuenta de que es mejor un tipo de estos que me fustiga, que me hace sacar lo mejor de mí. Luis es otro bicho raro. Parece una biblioteca ambulante. El negro no lee tanto como Luis, pero escribe más. ¿Qué es mejor? ¿Saberse a Hemingway? ¿Escribir como Hemingway? Luis está en deuda con la escritura, con ese potencial que le siento. El negro es escritura. ¿De cuándo acá? Freud dice: "id a la infancia". En la infancia del negro está el mar, como en la de Natalia están las mil cúpulas de Kiev y las praderas y Pushkin.     

Monólogo de la u (novela, cap. 11)

Ingeniería, El sembrador de estrellas (escultura del maestro Alonso Ríos), aquí me gusta estar. Sentada en un banco de la plazoleta entre los bloques, recuerdo el poema de Helí Ramírez, El día de la noche en miniatura. Noche en miniatura, así designa Helí Ramírez el eclipse. Breve noche. Maravilloso lenguaje. Aquí me sueño colaboradora de La luciérnaga y que me publican el artículo sobre el canibalismo de las galaxias. Tendré que pedir al negro que emplee sus influencias, por algo pertenece al comité de redacción. ¿Para qué? ¿Para que me pase lo mismo que a Carlos Martín con sus poesías? Se las rechazaron, con todo y ser uno de los directores del periódico, junto con Alcántara. Su artículo sobre esgrima, pase, pero las poesías. Objeción general. Definitivamente, me gusta el tema del universo. Por algo soy universidad. Espirales, elípticas, irregulares, tal es la clasificación de las galaxias. Solo con el título de la escultura de Alonso Ríos me derrito por sentarme en esta plazoleta de Ingeniería: El sembrador de estrellas. Sí, ahí está el hombre sembrando luceros. El negro suele darse sus pasadas por aquí. Se llega a la fotocopiadora de Ingeniería, donde muchos profesores, por ejemplo Óscar Castro, dejan sus documentos; también Horacio Betancur Arango, al que apodan Sancocho y que dicta Tecnología educativa. El negro se pregunta si el eclipse que dio origen al poema de Helí Ramírez no es el mismo de aquel día en que vio a Sancocho en el centro. Llevaba unos años de egresado y laboraba de profesor. Un mediodía  se trasladaba en un taxi desde el centro a la casa de sus padres. La prensa había publicitado un eclipse y la  ciudad andaba loca con el fenómeno. Cuando cruzaban Junín, entre Pichincha y Ayacucho, vio a Sancocho marchar por la acera. Pasadito de kilos, ahondada la calvicie, con una agenda en la mano, se corría hacia el borde de la calzada y escrutaba el cielo. Sorprendió su medroso respingo (porque, según los científicos, el eclipse no debe mirarse a ojos descubiertos, y asimismo advierte Helí Ramírez en su poema) y cómo se volvió hacia el interior de la vereda, bajo el alero que lo protegía de la nociva luz solar. Esta imagen le pareció al negro más elocuente que cualquiera de sus aburridas clases. La verdad, se aburría en su clase. Parecía un artillero del positivismo con la batería bien cargada, Comte, Durkheim, Bachelard, Dewey, Skinner, Parsons. No solo su materia. Todos esos cursos rezuman cientificidad. Los sistemas de pensamiento europeos bombardean desde todas las cátedras. El negro siente el contrapeso necesario en las literaturas y los autores, Garcilaso, Cervantes, Lorca, Pessoa, Vallejo. Después de mediar la carrera, cuando empezó a trabajar, la academia se tornó pesada. Comenzó a tener problemas con los profesores. Nada serio, realmente. Se había trazado su camino y no podía andarse con chanzas. En pleno centro, en esas calles que tanto conocía y donde todo el mundo es extraño, no tenía ningún problema en reconocer con amabilidad a Horacio  y dedicarle un buen pensamiento desde el taxi que se alejaba. Quizás musitó un “gracias, maestro”. Le pareció inefable el hecho de que volvieran a encontrarse bajo un desorden celeste, en los trompicones de un eclipse. Se le antojó un buen síntoma. Nada valían aquellos momentos ingratos del pregrado, el infame recuerdo, nada valían. El oscurecimiento pasajero del astro abría, en otra esfera de realidad, una luz imperecedera entre ellos. Eso fue lo que pensó.

Ingeniería, por acá vi al negro una tarde flirteando con una muchacha. Entonces quizás todavía no hayan instalado la escultura en esta plazoleta. Las estrellas aún no anidaban en la escarcela de Alonso. O el sembrador aún no tenía una veguita para sembrar. En el segundo piso hay una cafetería donde el negro, a veces compra un café y se sienta a leer. Un literato entre esos ingenieros que hablan de gráficas, intervalos, cifras decimales. Algunas ocasiones se cruza por aquí con Mauricio, amigo del tiempo en que vivió en Itagüí y que le llama "Negro" a secas, con cariño. Mauricio estudia Ingeniería. Un día, en uno de esos encuentros por aquí, el negro le vende a Mauricio unos tenis Adidas que le quedan grandes (al negro). Hacen el negocio en pleno pasillo. Mauricio es un muchacho robusto, practica atletismo. De verdad que necesita unos tenis. El negro no desaprovecha la ocasión de echar un vistazo a las operaciones escritas en el tablero de la mesa, plagada además de manchas de grasa y pegotes de bebidas: f (x) igual a sumatoria f(x) igual(1-a) a+ (1-a) a. Estos signos matemáticos abstrusos le producen tal revulsivo que escribe un poema en su cuaderno: la hoja vencida nada quiere saber/ de la próxima centuria/ en el suceso de la claridad matinal/ cuántas cosas devastadas ignoran ya el tiempo/un frasco arrojado en el silencio del seto/ advierte quedamente la hora del estrago.   

Me gustan los poemas del negro.  

    

domingo, 21 de septiembre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap, 10)

El violinista en el tejado, como un soplo me recorre la melodía esta tarde. Jason (estudiante de música), es el nombre del muchacho que la interpreta. Del bloque de Artes se desprende la melodía. Recuerda una aldea rusa, una comunidad de judíos y cristianos, la vida del hombre que reparte la leche. Existencias sencillas, laboriosas, devotas. En la escalera que lleva del primero al segundo piso, Jason toca el violín para el negro y su amigo John Wilson. Esta melodía me recorre esta tarde con su encanto oriental, con su aire solitario y triste. Recuerda éxodos, marchas por el desierto, regiones de promesa. Hasta mi plaza Barrientos llega el efluvio del violín. Su embrujo asiático también invita al jolgorio, a la danza. (Me pregunto si Lenin bailaba). Los tres del convite en la escalera de Artes están allí por causa de una apuesta. "Si me dicen qué reza la placa de la entrada del Camilo les toco El violinista en el tejado." El negro respondió con acierto y Jason, feliz, tocó la obra. John Wilson miró con asombro al negro, ni se había dado por enterado de que a la entrada del Camilo hay una placa. (O será fría razón sin música este Lenin, una locomotora ciega.) De las vastas praderas y los caudalosos ríos parece venir esta melodía. Habla de un dolor, de un gozo, de lo que no tiene nombre. Halada por esta melodía Natalia Pikouch, la profesora de Historia del teatro, cruza mi plaza Barrientos rumbo al bloque de Artes. Es rubia, regordeta, de ojos azules, imperiosa. Transita mis predios hace años. También vivió el año de los muertos, quizás desde antes de migrar a Colombia, desde la Rusia Blanca tomada por el Ejército Rojo. Natalia sí que sabe del año de los muertos. No es rusa, como piensa la mayoría, sino ucraniana. Lo feliz que se siente dejando de dictar Literatura rusa y viniendo a Artes a enseñar teatro. 

Lucy enseña Didáctica. Profesoras caderonas y blancas y con ojos de gato las dos, Natalia Pikouch  y Lucy Mejía. Natalia es más chaparra y robusta, y también con un magnetismo más obvio. Hay en Lucy algo chocante, es escuelera, según algunos y, por otra parte, sus coqueteos con el poder son más que evidentes. Lucy es más espigada, nada del otro mundo, sin embargo; a pesar de los tacones no logra resaltar por sobre el promedio; se forra en sus vestidos sastres y en sus faldas y se echa colorete en forma. Una linda muñeca, una gata encantadora, frívola y pasada de revoluciones con su cátedra. Natalia es más aplomada desde todo punto de vista. Soñadora. Ensayista. Escritora. Con un potencial enorme para la literatura. Varios libros. Conferencista. Sus últimos años en la universidad los pasa en la facultad de Artes, encarretada con el teatro, que acaso es con lo que soñó toda la vida. Es como Horacio Olivera, que tras tantos devaneos intelectuales en París, a su regreso a Buenos Aires se hace vendedor de telas puerta a puerta y luego se enrola en un circo. Karl Rossman, el personaje de Kafka, acaba en un sitio semejante. Es, dentro de todo, lo más razonable, que alguien que ha frecuentado la fría razón toda la vida se decante, al final de sus años, por las candilejas. Es bonito. (¿Y Lenin? ¿Baila esta gélida y férrea mente detrás de esa cabeza de caldero como lo llama Solzhenytsin?

Yo sí bailo. Bailo con la brisa de la fuente y con el hamaqueo de los ramajes. Con el negro salgo al Gatopardo, la taberna del frente, y me someto a la transformación psicológica que la salsa opera en los cuerpos. Con el negro dejo mi prisión intelectual y voy por las calles. No quiero ser Marvin Macy, ese personaje de Carson Mc Cullers, encerrado en una cárcel de Atlanta, triste al recordar el café donde Miss Amalia Evans y el jorobado se divierten. Quiero bailar como los negros. Miss Evans tiene un almacén. Una noche Miss Evans y el jorobado se quedan departiendo con los demás pobladores; pasados cuatro años, de velada en velada, logran que, tras aquella insólita noche en que alternaron por primera vez con la gente, el almacén se convierta en un café. El café de Miss Amalia Evans.     

    

sábado, 20 de septiembre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 9)

Terry me observa desde las escalas de Troncos. Al sur mi plaza Barrientos, al centro la biblioteca, al norte la fuente, el Camilo, Artes. Terry piensa en Díez, el filósofo, que también es dibujante y caricaturista. El comité del periódico (La luciérnaga) le encargó contactarlo, una caricatura en la página final hará un buen efecto. De las fotografías se encargará Osorio. Sentado en las escalas de Troncos Terry espera a Díez y me observa. ¿Qué pensará de mí Terry? Díez trabaja en una tipografía. Al anochecer viene a la biblioteca a adelantar su tarea, traslada al castellano un cuento de O. Henry. Aceptará realizar la caricatura para la Luciérnaga, el periódico que Alcántara y otros locos de español se han propuesto editar. Yo pienso que deberían publicar ese artículo sobre el canibalismo de la Vía Láctea, el recorte de prensa que está fijado en una cartelera de Ingeniería. Pero no tengo voz ni voto en ese periódico. A veces todo mi pensamiento concurre hacia esa cartelera, hacia ese recorte de prensa, hacia ese artículo. Desde todos los puntos del campus, una fuerza irracional me arrastra hasta el pie de esa cartelera. Leo. Díez es un individuo de unos treinta años, menudo, lampiño, de andar ágil. Es amigo de Terry. Terry vive en Castilla, tiene un aire malevito; las paredes de su casa, sobre todo las del patio, lucen obras artísticas de cemento en relieve. Toda la casa está en obra negra, pero esos relieves la enaltecen. Eso es el arte. En la terraza, a la que se llega por una escalera externa, tiene bastidores con lienzos sorprendentes, donde ha pintado punkeros. Desde este lugar se ve, al otro lado del río, el inmenso tejido de adobe de la comuna oriental. Una de las piernas de Terry es una migaja más corta, por lo que renquea. A primera vista no es muy notorio. El negro tardó en descubrir esta particularidad en su condiscípulo de Castilla. Terry escribe bastante bien. Presentará su ensayo sobre el Popol Vuh a consideración del comité de la Luciérnaga. No tendrá objeción, lo publicarán. ¿Y ese artículo sobre el canibalismo de la Vía Láctea? Mientras aguarda a Díez, Terry lee Ulises. Molly lo trae guillado. Lo mismo que Leopoldo Bloom, que escudriña en una escultura de una diosa de una biblioteca si la susodicha tiene orificio en el ano. La verdad, Terry duda si presentar al comité su ensayo sobre el Popol Vuh, laureado por el profesor Óscar Castro, o su poema a Teresa, un homenaje a la iniciadora en amores de los muchachos del barrio. Teresa viene a ser lo mismo que esa Elvia, La perra de Oliva, para el negro, que la decantará en el cuento Lucero. Terry quiere mostrar el poema al negro, aunque sospecha que este se inclinará por el ensayo. El poema de Teresa tiene algo que no convence. No es potente, como dice Mónica de un texto que le gusta. Así que nada de dudas, Hunahpú e Ixbalanqué. Por mi plaza Barrientos se acerca un hombrecito con alegre andar de gozque travieso, es Díez. El rostro concentrado y austero desmiente el fervor de los pasos. Con los pies parece bailar, mientras que con el rostro petrifica. Terry se alista a hablarle del periódico y la propuesta de la caricatura. Por ahora están comenzando, no hay dinero para pagarles a los colaboradores. Pero se le dará el crédito, puntual. No lo olvidarán. Je, me río. Qué falla, Díez, se nos pasó darte el crédito. Qué asnos. Lo mismo hubiesen hecho con mi artículo sobre el canibalismo de la Vía Láctea, en caso de que hubiesen prometido publicarlo. Ese artículo me subyuga. Cuando no estoy ensartando las voces de este monólogo, es que estoy releyendo el recorte de la cartelera de Ingeniería. Una galaxia se come a otras menos masivas, que no pueden escapar de la atracción gravitacional ejercida por la primera. Las ondas de presión formadas en la galaxia forman nuevas estrellas. El color azul de una estrella indica mucha temperatura. Sí, el tema del universo me apasiona.             

Monólogo de la u (novela, cap. 8)

En la cafetería de Artes, esta mañana, Luis ya está preñado del poema que escribirá años más tarde en su predio rural: País soñado. Lo siento. Siento a este muchacho preñado de poemas. Este muchacho huele a otra tierra, huele a mar, huele a río, mezcla a mi atmósfera una emanación de ribera, de sol de fuego. Un día escribirá Anáfora del agua, un libro que dará qué hablar. También lo siento preñado de este volumen de versos esta mañana, mientras hace la cola para comprar un café. Lo acompaña el negro, que aún no usa gafas. Se encontraron en mi plaza Barrientos y vinieron a la cafetería de Artes a tomar un tinto. En la fila, delante de ellos, está el escritor Mario Escobar, preñado de historias vividas por Alaín Calvo. Siento la preñez y también la esterilidad de cuantos me recorren día a día. Y asimismo me siento grávida. Unas veces llena, otras, vacía. También entreveo la imagen de Luis, ese País soñado. Este muchacho vino huyendo de Cartagena, era militante del partido comunista, lo tenían fichado, por poco le echan mano. Anáfora del agua es el vasto poema de su nostalgia del mar. Lo más bello del país que sueño con Luis son los aromas de los bosques y los ríos y las selvas. 

El negro también vive preñado de poemas, igual que Méndez y su Nostalgia. Acompaña a Luis en la fila de la cafetería y afila el puñal. Es un sedicioso de la palabra. Lo siento preñado de un texto hermoso que titulará Lucero. Todavía no lo escribe, pero desbasta la historia de Elvia, La perra de Oliva. En el cuaderno que no lo desampara realiza sketches. Cuando abre su cuaderno en cualquiera de mis pasillos siento expandirse un viento salobre, una densidad de barranco y ciénaga. ¿De dónde viene, pues, este negro que a diario se mueve en mi útero? Del mismo lar de Luis. Ambos tienen aire de conspiradores. Tampoco las tienen todas consigo. No pueden sentirse seguros, intocables. Mientras hacen la cola en la cafetería, los observo. Me los como con los ojos. El gesto es diciente, delata inseguridad. También en Mario Escobar, aunque aparenta aplomo, hasta desdén, hay inseguridad. La mirada del otro inficiona en el cuerpo el germen del nerviosismo. Descentra. Soy un gran ojo, un panóptico. El negro sabe lo que es, ha leído a Foucault, Vigilar y castigar. También Luis. Genero en ellos el complejo de sentirse mirados. Los hago vacilar. Los engaño haciendo que se sientan observados, cuando no pueden ser más anónimos, números del serial. Ahí están, los veo. Luis, el negro, el vejancón que escribe  sobre Alaín Calvo. Son como ácaros que, de vez en cuando, causan escozor en mi sistema. De ordinario ni los determino. Uno sueña un país, lamentando carecer de las pelotas para meterse al monte, coger un fusil, como hicieron otros compañeros. El otro sueña con la putica que hizo tortuoso su camino del amor. Mario Escobar sueña con ganar un premio de novela en España y no trabajar más dictando talleres de escritores aquí y allá. Yo sueño, con Luis, un país. Pública, como la putica del negro, abro los brazos (y las piernas, por qué no) a los sueños de tantos hombres y mujeres. No es mi objeto desorientarlos, volcarlos a la guerra, tampoco prostituirlos, sino darles una oportunidad de que construyan sus sueños. Siento que me he puesto patética. Pero es la verdad, al menos es así como lo siento. Los llevo a confrontarse. Medellín acoge a Luis, que no renuncia a su idea de un país distinto. En mi plaza Barrientos (no se pierde una marcha), con gritos y consignas, galvaniza su sueño. Un país donde todos tienen derecho a la educación, como mínimo. Son las cosas que agitan a Luis en su destierro rural, que lo preñan hoy, cuando en compañía del negro, hacen cola en la cafetería de Artes para comprar un café. Ese café que beben luego (tras saludar y despedirse amablemente de Mario Escobar), sentados en una jardinera. Ese café en que me reconozco. El café del mundo. El café universidad.      

viernes, 19 de septiembre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 7)

En mi plaza Barrientos muchas veces veo a ese muchacho Méndez, el de las cáfilas de sinónimos: palio, balandrán, capa, dosel, pabellón. Sale de clase, por decir del bloque 9, y se suma al corrillo de la jardinera de Pastora. Cuántas veces he escuchado su voz alegre y atolondrada, sus carcajadas, sus ringleras de palabras parecidas en lo semántico: especulo, divago, giro, tuerzo el rizo. Me gusta ver el desparpajo de su figura, el desgarbo de su atuendo un poco pasado de moda. Es el estudiante más informal que pueda verse. No carga mochila, solo un cuaderno en la mano, algún libro. Camina rápido, agitando los brazos, en la jugada. Tiene una vena melancólica que no puede ocultar y que, en ocasiones, amenaza con aplastarlo. Constante habla de Borges. No como puede hablar el profesor William, de un modo algo frívolo (siempre inicia los cursos con el poema Borges y yo), sino como un conocedor a fondo, que ha recorrido una y otra vez la obra completa, que discurre sin dificultad desde los poemas de Fervor de Buenos Aires hasta la narración El Aleph. Y más. También ensarta a Dostoievski y a Dylan Thomas. Lo recuerdo de esas mañanas en que, en compañía del negro de ojos tranquilos y otros condiscípulos enhebra coloquios en la jardinera de Pastora. Saca la hoja del examen de inglés y alardea con la nota, un cinco redondo. Algunos lo recuerdan usando zapatos de cuero, pero en mi recuerdo siempre luce tenis, calzado este que, de verdad, no combina mucho con el pantalón de terlete y bota ancha y la camisa manga corta que suele usar. Camisas serias, de cuello duro. La suela blanda de los tenis ayuda a su agilidad natural. Méndez tiene un cuerpo ligero, flexible, acorde con su mente despabilada y chispeante. Se mueve con agrado en el mundo, jovial, suelto. Trae la negra barba motilada, como su cabello. Excepto en el cuello de sus camisas, el envaramiento dista mucho de Méndez. A veces llega a la jardinera solo, con un café en la mano. Enciende un cigarrillo y se adentra en sus pensamientos. No tarda en aparecer un condiscípulo, el negro, por ejemplo. No establecen una verdadera camaradería. Coinciden en dos cursos, Introducción a la literatura (con Elkin Restrepo) y Literatura griega (con Hernán Botero). En el primero leen a Lampedusa (Lighea, El gatopardo). El negro suele toparlo en Bello, donde Méndez lleva una vida de bohemia. Lo recuerdo participando en mi concurso de cuento, obteniendo una mención de honor con el relato El sueño perdido.  Se mata a los 26 años, como Andrés Caicedo. Se tejen dos versiones, que lo mataron una madrugada al regresar a casa, ebrio; la otra, que se suicidó con una bala de la ruleta rusa. Beatriz, la encargada del Espacio Poético de los viernes en el museo le dedica un homenaje póstumo, imprime su cuento en mimeógrafo y reparte copias entre el público.      

jueves, 18 de septiembre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 6)

¿Qué es la vida? se pregunta el negro de gafas sentado en una mesa de estudio del revés del bloque 12. Le respondo: esto, esto es la vida. Mi plaza Barrientos, que no veo desde aquí, la gente que me recorre, cada uno con su mundo. ¿Hacen mella en mí? Por supuesto, el mínimo roce deja rastro. La vida es distinta para cada individuo, no puede reducirse a un término. Para el negro, como para Flaubert, la vida es literatura, una orgía perpetua. Pero para el operario de camisa caqui, para Pastora detrás del mostrador, para el gozque, el pájaro, el gato, la vida es otra cosa, del todo distinta. Pastora servirá un café o una empanada, pero no una explanación epistemológica; el operario recogerá las hojas con el rastrillo, pero no dirá nada de Foucault; el gozque puede asomarse a un aula, marcar la pared con su chorro de meados, pero Felisberto Hernández no le hará mella. ¿Y el gato? ¿Y el pájaro? Acojo a estos, soy universidad. El negro de gafas me escuece con su sola presencia, aún así lo acojo. Soy ciudad. Sé que planea algo, volarme con una buena carga de explosivos, incendiarme. O simplemente escribirá un poema que comience así: "crisálida". 

Me miro desde este ángulo, el revés del bloque 12, Comunicación, Filosofía, Bibliotecología. Acá atrás está el parqueadero donde Julio Padilla, el profesor de Inglés, deja su carro, un Willis. Estoy acá, en el traste del bloque 12 y soy el negro de gafas, el negro reconcentrado, estudiando a Faulkner y el movimiento cautivo. ¿No es hermoso? Movimiento cautivo. Narrarme desde este ángulo, desde mi axila. El negro me enseña. Mírate desde este lado, desde el codo o desde el perineo. ¿Cuál es mi perineo? Este negro plantea unas cuestiones. ¿Los baños? Desde el revés del bloque 12 veo el costado occidental de Medellín, esa otra ciudad que me alberga, como Cades Barnea a Moisés. Terry, ese muchacho de español, amigo del negro, el que pergeñó un ensayo sobre el Popol Vuh, vive en Castilla. Desde aquí veo la iglesia de San Judas con su torrecilla roja. Con "crisálida" el negro me taladra, me perfora, me cava, y acaso encuentra la caverna con estalactitas y estalagmitas. Una simple palabra basta, solo que tenga un propósito subversivo. El negro sabe emplearlas. Lo mismo Terry, y Méndez, y Luis. Pero ahora estoy con el negro, lo veo, lo siento. Su respiración es serena (como la de un lagarto) pero me aprieta con su raciocinio. ¿O con su intuición? Porque este negro que me tocó en suerte razona. ¿O intuye? Me aprieta como una cuña. Y cuánto tiempo. Méndez se suicidó, no soportó tanto raciocinio. Terry sigue, viene al aeropuerto, se fuma un porro, juega fútbol y todo fluye. Méndez no vio escapatoria, no vio en mí un refugio, como Terry. ¿Qué tiene de malo el fútbol? Expulsar toxinas corriendo tras un balón, correr por la circunvalar, aventar puños y patadas al saco de boxeo. El negro juega fútbol, trota, todo no se le va en divagación. Es mejor recogerse bajo mi axila y soñar. Dejar de lado el estudio, contemplar el jardín y soñar. A veces me siento como un poema de Pessoa. Desde esta sensación acojo a uno y otro. Desde un yagé. Soy piedra tejida, aroma, agua. Soy la muchacha que viene dispuesta a cancelar el semestre, el capucho que escribe con aerosol en los baldosines del baño. Méndez pudo gozarme, como hace John Wilson, como hace Terry. El negro me goza y me sufre. Estudia el diálogo en Hemingway, el movimiento cautivo en Faulkner. Y prepara la dinamita. Prepara la voladura, pero no como Méndez con el revólver ni como Robert Jordan con su puente, sino con la escritura. Ay, el negro no dejará piedra sobre piedra. 

       

miércoles, 17 de septiembre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap.5)

El negro de gafas y gorra se parece al Malcolm X  del mural del bloque de ciencias: cara alargada, huesuda, expresión concentrada. Este mural se avista desde mi plaza Barrientos; lo mismo el mural de Fernando Barrientos, en el costado opuesto, al lado de la tienda de Pastora. Rostros de muertos jalonan los muros: el profesor Carlos, de filosofía, en el bloque 12, pintado por Tálaga; el Che Guevara con una plantita en las manos, en Ingeniería. Miradas desde el más allá; discursos proferidos desde los fríos muros de piedra, el Che Guevara, Malcolm X. Tálaga homenajeó al extinto profesor de filosofía, su amigo, pintando un mural. El filósofo, que aparentaba llevar una vida tranquila, se suicidó. Leería demasiado a Séneca. Se plantearía el problema de la muerte, qué sentido tiene seguir viviendo, como esos personajes de Mishima (Iinuma, Imanishi, Honda, incluso la señora Subakihara) en El templo del alba. Seres que ven en la autodestrucción la liberación de un mundo absurdo, sacudido por la hecatombe. Individuos desolados por la derrota de Japón en la Segunda Guerra Mundial, que tropiezan como bestias tristes y sin salida entre las ruinas humeantes. Iinuma intenta el seppuko, pero se acobarda. Se clava un cuchillo en el corazón, pero solo consigue desangrarse. Se salva. El negro es otro cuya sola estampa profiere un discurso, y no calmado. Su figura levanta roncha, inquieta. Al verlo desplazarse por mis recovecos, temo que reviente en escándalo, que se transforme en un Benkos Biohó, como el del mural del bloque 5, frente a la biblioteca. Miradas de muertos, fulminantes ojos de mártires rompen cuando se pisan mis ámbitos. Dylan Cruz, etcétera, a la entrada de la Avenida del Ferrocarril, luego de los lecheros (arbustos que recuerdan el color del partido liberal, imagen de la sangre). Y la muerte esculpida, el busto de Luis Fernando Vélez presidiendo la cara norte de la plazoleta central. Desde mi plazoleta Barrientos no puedo ver el busto de Luis Fernando Vélez, asesinado en el año de los muertos. Otra placa, que casi pasa desapercibida, enaltece su recuerdo en una columna de la biblioteca, frente a la fuente. El negro está pilas con esta lapidaria. La placa a la entrada del Camilo se agiganta ante sus ojos y sus pasos. Un día un condiscípulo intentó corcharlo. "A ver, ¿qué dice en la placa de la entrada del Camilo?" El negro recitó el texto con pelos y señales. El negro es una mirada que me percibe, que me escudriña, que me taladra. Como un gusano, su mente muerde mi cuerpo; como un escalpelo, su pensamiento secciona mi tejido. Yo lo dejo. Si no me abren, me desangran, me destazan, no hay sentido. La cabeza inclinada sobre el cuaderno es mi ultimátum, el Apocalipsis. Es la ciencia y yo, que la alimento, debo sucumbir en su pira. Mi sueño recurrente es el incendio. Pero no las llamas aisladas de un disturbio convencional, ese triste bostezo de la desesperanza. Un incendio total, la conflagración sin resquicio.      

lunes, 15 de septiembre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 4)

Sentada en la fachada del museo junto a la escultura de Candelaria viendo el atardecer de Ambalema, pienso en Loren, otra de las que pasó por mis corredores. Loren, la altiva, la donairosa, la que hablaba y leía bonito, que bien pudo colocarse de locutora en la mejor de las emisoras culturales, y que murió asesinada por un estudiante, uno de esos a los que no paren sino que cagan, según Luis. Sí, me he movido. He venido de la facultad de ciencias, de mi amada plaza Barrientos, a la fachada del museo, donde Candelaria yace sentada. Es bueno moverse, darse una vuelta por una misma. Algo me dicta que, antes de adentrarme en Mónica o en Tálaga, recuerde a Loren, que vio Fonética, y acaso Literatura latinoamericana del siglo XIX con el negro. En las escalas exteriores del museo, las que dan a la fuente, veo pasar a Loren, el continente sereno, el paso aristocrático. No es muy alta, pero tiene un hermoso talle y una cabeza romana. Anda como absorta, como de prisa, aunque su paso jamás se descompone. Alguna vez, como hizo el negro y hacen muchos, Loren interrumpe la carrera (siempre hay dificultades, contratiempos ), para tornar a matricularse y continuar en la brega. Constituye un deleite para los compañeros y el profesor el que Loren lea un poema en clase. La belleza de su voz es natural, no trabajada con la técnica, sino dotada con la medida, el grosor y la ductibilidad precisas. Ah, Loren ama la poesía. Sabe que el negro escribe poemas y un día, regocijada, le comenta que leyó algunos de su cosecha. El negro se extraña porque nunca ha confiado sus poemas a Loren. "Olga Regina me compartió unos que le regalaste". El negro queda en las mismas porque no recuerda tal obsequio. 

Me gusta asistir a los sencillos rituales amistosos que unen las vidas de toda esta gente que me recorre, los estudiantes sobre todo. Ahí es cuando me siento más u. Por ejemplo, cuando dos muchachos, luego de una clase, se presentan, intercambian el número de teléfono, vienen a Troncos a beber un café y fumar un cigarrillo. O cuando Loren no pudo asistir a la sesión de Fonética y llamó al negro en la noche para que le prestara el cuaderno y ponerse al día con la lección. En el cuaderno del negro aparece escrito el número de Loren. Siempre que lo ve se llena de coraje, se dice que, de algún modo, cambiando unos dígitos, es tener el teléfono del muchacho que la asesinó. Así, lo llama la víspera de aquel día, le conmina a ser un hombre, transforma su decisión de matar en ganas de vivir. Solo por el cambio de unos números y una llamada oportuna, al día siguiente Loren, terminada otra jornada de trabajo en el colegio, toma el bus junto al coordinador de disciplina, según la costumbre, y llega sin novedad a su casa de Belén. Hasta mí, sentada en la escalera del museo, junto a Candelaria, llega el retumbar de los disparos que acaban con la vida de Loren. Me estremezco, como aquella tarde en que asesinaron al profesor Henao en su oficina del bloque 9. Entonces anhelé ser un río, o fue que el negro me soñó así, como un río, como un Danubio, un Tajo, un Cauca, y poder atrapar a los asesinos de Henao en mi corriente y zarandearlos a mi gusto sin remisión. 

Entiendo junto a Candelaria viendo el atardecer de la plazoleta central, la fuente, el Camilo, que también hay cotidianos rituales del dolor. Ahí viene Tálaga, el operario, con su camisa caqui, su bluyín, sus botas de trabajo. Un superviviente del derrumbe de Villatina. Uno que me recorre a diario y, trapero en mano, asea mis corredores. Lo encuentras en Artes, en el aula de apoyo. Allí para. Exteriormente se lo ve como un operario, pocos saben que es un pintor, que consagra sus ocios al arte, a la emulación de los grandes, Rubens, Goya, Rembrandt. Poco a poco ha ido ganando reconocimiento. A las once y media suele sacar la hora de almuerzo. Entonces lo veo marchar a la tienda de Deportes y sentarse a una de las mesas. Luego se da un paseo por ahí, comprar un café, conversar con algún amigo y, puntual, reintegrarse a su labor, trapeando pasillos, ayudando a los estudiantes de Artes que acuden al aula de apoyo en procura de alguna herramienta. Como Loren, es una persona solitaria, este Tálaga. Me pongo a platicar con Candelaria, la robusta morena de Ambalema y, juntas, vemos transcurrir la vida desde la fachada del museo. Ahí viene Tálaga, allá va Henaíto, ahí viene Loren.              

sábado, 13 de septiembre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 3)

Ahí viene Mónica. En su empaque se han superpuesto varias especies de mujer, desde cada una de las personas que fue en las distintas etapas de su vida, hasta todas esas otras mujeres que fueron sus iguales en el pregrado, lo mismo que todas las que pudieron ser Mónica, en cualquier latitud y hora. Ahí va un ser en quien reconozco al individuo y a la especie (hermana de Lucy, la querida austrolopitecina), a la entidad inalienable y al consecutivo. Sale de la biblioteca y se detiene en el andén. Mira a un lado y a otro. Coge al sur, hacia Barranquilla. Ahí viene. Otras veces, no sé ya hace cuánto tiempo, alternativamente, la vi atareada con los libros en una mesa de estudio, escuchando un audio en el laboratorio de inglés, conversando con un muchacho en Troncos, en la vicedecanatura haciendo ajustes de matrícula, en la oficina del asesor, donde un chico le guiñó el ojo y ella respondió con una sonrisa. Entonces era una estudiante de Idiomas, una muchacha. Hoy es una mujer madura, catedrática. Una mujer que divulga esta frase: "Yo no caí en la universidad pública, la universidad pública me levantó, me abrazó, me enseñó sueños colectivos y me cambió la perspectiva para siempre". Justicia que me hace. 

Ahí viene Mónica, una mujer, como yo, la u. La conozco hace años, lustros. Tras terminar el pregrado y realizar una maestría, se enroló conmigo. Desde cierta perspectiva es otra quedada; desde otro punto de vista, es una de mis salvaguardas, una de mis incondicionales. No se fue (aunque un día se irá, lo sé), como tantos otros. Se irá, como la profesora Marina Quintero que, tras cuatro décadas, acabó por irse. No es bueno quedarse tanto. La verdad, comienzan a estorbarme. Marina salió de su oficina  junto a la vicedecanatura a tomar café donde Pastora y al volver la habían desalojado. Se dieron prisa en hacerlo, antes de que regresara. Actuaron con rapidez y eficacia. Desmantelaron la oficina y montaron otro despacho. Entendió que era una manera pulcra de obligarla a retirarse. Total, ya disfrutaba de la pensión. Se fue. Hacía rato que la habían eximido de su cátedra freudiana, dándole unos cursos folclóricos en Artes, los sábados. Marina canta vallenatos. A Mónica le gusta la salsa. Cada semana va con su compa a una taberna y bailan. Es la terapia infalible, el baile. (No, el Gatopardo ya no existe, aquello es hoy un restaurante; la antigua palma renegrida de la acera se cayó de vieja, pero sembraron  una tierna y retozona palma que  enfrenta el tráfico de Barranquilla con  juvenil atolondramiento.) No faltan tabernas donde sacudir la murria con una descarga de los Hermanos Lebrón, ¿no, Franky? 

Ahí viene, tras una jornada más de trabajo en sus traducciones. Mónica, mujer, estrella, galaxia, cosmos. Pasa ante mí (ya sabéis donde me gusta sentarme) y siento su densidad, su historia. Viene sola. Hoy viene sola, pero otros tiempos la vi venir en compañía, y su sonrisa se vistió el nombre de alguno, y su cuerpo desnudó la sabiduría de darse. Con la mirada la acompaño hasta la portería de Barranquilla. En mi plazuela Barrientos, de este lado de ciencias, me siento muy bien. Con alas.      

viernes, 12 de septiembre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 2)

Miro mi plaza Barrientos desde una mesa de la zona de comidas de la facultad de ciencias, Guayaquil. Tomo un café y veo madurar otra tarde. Mi plaza Barrientos está desolada. Más allá, al otro lado de la biblioteca, la fuente está apagada y la escultura, sin la vivacidad de los  surtidores, es un tallo seco y herrumbroso. Desde el costado oriental de mi plaza Barrientos contemplo a Mariana y a Sebastián pasar bajo la ceiba de este lado, camino de la biblioteca. Hay bastantes hojas desperdigadas en el piso. Crepitan al ser aplastadas por las pisadas de los transeúntes. Sola, pensativa, miro mi plaza Barrientos como una vieja que estudia su vientre arrugado y sus senos caídos. Es viernes y estoy de vacaciones. Me recorren tranquilas sombras y morosos pensamientos: una que otra persona en las jardineras, las mesas de estudio, los andenes. Las tiendas cerradas. Nadie trota por la circunvalar. Con el negro de gafas por única compañía en esta mesa miro mi plaza Barrientos en el fresco atardecer. Conozco a este negro de gafas. Lleva recorriéndome toda una vida: es un quedado. Por épocas me visita con frecuencia; otras veces se ausenta largo tiempo. Esta semana ha venido en dos ocasiones, el miércoles y el viernes (esto es, hoy), como si cumpliera el horario de algún curso (por ejemplo, Literatura rusa), como si de nuevo fuera un estudiante, no un egresado. Su mirada es profunda como la mía. Ama mi plaza Barrientos, lleva varios lustros trasegándola. Mariana es su hija, también estudió aquí. Él no esperaba cruzarse con ella hoy. La muchacha se acercó a la mesa con el amigo y le dio una sorpresa. También yo me agité, una voz sonora siempre es grata a mis oídos. El negro se alegró con la llegada de Mariana. En ese momento hablaba por teléfono. "Saluda a tu padrino Luis", dijo a Mariana, entregándole el celular, mientras le dirigía la palabra a Sebastián. Estos cuadros me encantan. Mi plaza Barrientos cobra un aire de refugio idílico y yo me ensancho en una emoción de abuela satisfecha. Cuando Mariana y Sebastián se marchan, el negro escucha en Youtube un tema de salsa, Tristeza, de Wito Vélez  y su orquesta Uno. Mónica se la compartió. Mónica es otra de los míos. Estudió Idiomas y, tras hacer una maestría, se enroló en la biblioteca. Un arcoíris, eso es el alma de Mónica. Su voz es música. 

Echo de menos a Luis, condiscípulo del negro en Español. Es el padrino de Mariana. El negro y Luis son amigos desde el año de los muertos. "Vete, tristeza", dice el pregón de Wito Vélez. Hoy el negro y Luis son viejos. Luis vive solo en un predio rural. Debió alegrarlo la voz de su ahijada, como alegra al negro hablar con Mónica. Al ver a su hija recorrer mis tránsitos, los mismos que él trasvasó años atrás, el negro se entristece con Wito. Mariana y su amigo entran a la biblioteca, a la que mi plaza Barrientos lleva desde el costado sur. 

Mónica y Luis no se conocen, pero esta tarde yo los reúno y los introduzco. En alma ellos dos ( y tantos otros, millares) están conmigo en este instante. Mónica, la que contrarresta la tristeza con sabor, con salsa; Luis, que suele visitarme para prestar libros. Luis es un lector incansable. La escultura que me adorna, el Lector, de Alonso Ríos, parece honrar a Luis. En el jardín entre los bloques 9 y 10, se estatuiza el Lector. Lo veo y pienso en Luis. Esta tarde de lozanía en las ceibas dos niños se inclinan sobre la fuente y buscan renacuajos y pececitos, mientras Luis, en su finca, está pendiente del operario que contrató para guadañar el pasto. Una mujer robusta, de rostro infantil, empleada de una cafetería, se sienta al borde de la fuente a hablar por teléfono. Los niños le preguntan si hay renacuajos y ella no les entiende. Desde mi plaza Barrientos, con mis ojos présbitas, asisto a la escena. 

El negro aplasta el vaso del café que acaba de beber. Mariana regresa y se sienta con nosotros. Padre e hija hablan. Ella le confía que no le renovaron el contrato este semestre. El negro se reviste de ecuanimidad. Un Epicteto no puede dar mejor consejo a la muchacha. Los tres estamos aquí, en la tarde. Acojo sus preocupaciones y las encauzo por canales de sabiduría. De mis tetas secas todavía mana alimento.

Al levantarse el negro prueba puntería arrojando el vaso al tarro de basura. Falla. Mariana sonríe. El negro recoge el vaso y lo echa en la caneca. Al respaldo de esta, en el piso, descubre otro vaso aplastado. Piensa que todos no son tan concienzudos como él. 

Padre e hija se alejan por el lado oriental de la biblioteca, van por el bloque 16, por Ingeniería. Entran a los baños. Cruzan junto al mural del Che Guevara y la escultura El sembrador de estrellas, también de Alonso Ríos. En la cancha juegan fútbol. El negro señala a su hija el mural de Tálaga, en el muro de la editorial. "Teresita Gómez", murmura. "Tálaga, esas historias se repiten", dice la hija, comentando el derrumbe de Granizal, un bebé se salvó, mientras la madre y las tres hermanitas murieron. "Sí, lo mismo que le ocurrió a Tálaga en Villatina y a la familia de Ramón Hoyos en Medialuna, solo que Tálaga estuvo sepultado varias horas bajo tierra". 

Yo escucho, atenta.     

jueves, 11 de septiembre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 1)

Recuerda, a pesar de los lustros transcurridos, los nombres de la mayoría de sus profesores, y los cursos que le dictaron. No me olvida. Suele visitarme. Al verlo cruzar mi plaza Barrientos sé que ahí va un documento vivo de una parte de mi historia. No cualquier segmento, no. Un segmento agitado y nefasto que algunos evocan como "el año de los muertos". Así que, necesariamente, tiene un tufo de tumba, un hálito de resucitado o de fantasma. Varios de esos profesores que le dictaron clase son parte de esa cuota amarga que pagué a la barbarie. Lo mismo que algunos de sus condiscípulos. En el recuerdo señala a los caídos con un asterisco rojo. Mientras que a toda esta época la resalta con un listón amarillo. Él mismo se concibe como un signo con un tono a lo Eduard Munch o Vincent Van Gogh, algo entre sueño y pesadilla, entre cielo e infierno. Lo veo atravesar mi plaza Barrientos con destino a la biblioteca (donde seguro hallará a Mónica trabajando en sus traducciones) y lo retengo un rato para que me refresque el alma con la savia de los recuerdos. Que me hable de la ucraniana que dictó Literatura rusa y luego Historia del teatro. Quiero ver su retrato embellecido por los años. Que me hable de Mario Escobar, el profesor del Taller de escritores, al que asistió tres o cuatro años y del que se ausentó cuando se sintió hastiado. Que me hable de Hernán Botero, que servía el curso de Literatura griega y que hacía de sus clases un encuentro apasionante. Contenta de sentarme con él en el aire holgado de mi plaza Barrientos, del lado de la facultad de ciencias, preferiblemente, y ver discurrir otro día de la vida. Preñará de poesía cada palabra, así se exprese con el lenguaje más sobrio y cauteloso. La poesía brotará de su ser, como manantial entre las rocas, porque fue la poesía, y no otra cosa, la que lo mantuvo vivo en el año de los muertos. Con respecto a mí puedo afirmar lo mismo. La palabra hecha ensueño me mantuvo viva.