jueves, 29 de diciembre de 2022

Los condiscípulos (Caliche. Cap. 6.)

El symbolum griego (una moneda de plata partida en dos o un billete rasgado, de los que dos amigos que se separan se llevan cada uno una parte, para reconstruir la moneda o el billete si vuelven a encontrarse) me hizo acordar del pacto entre Caliche y Aída. Aída es quizá la mejor amiga de Caliche, algo así como una hermana del alma. Su amistad data de los tiempos de la u, de los cursos compartidos, de las ideas rumiadas a través del acicate de un profesor o un libro. Creo que han llegado a ser incondicionales. A pesar de que han altercado alguna vez, su estima supera cualquier conflicto. Aída defiende a Caliche sobre toda evidencia. "Sí, él es así, pero es mi amigo, y yo lo quiero", alega cada que alguien lo ataca. Pocos saben que esta reciedumbre y, digamos, temeridad en el afecto, se debe a que una noche de bohemia Caliche y Aída hicieron un pacto de sangre. Así denominaron, románticamente, a su guilladura. Hoy, a la luz del tiempo, creo que esa alianza obró el efecto esperado, que fue algo más que una pasajera extravagancia. Caliche se separó de Carmen, que fue su mujer, con la que tuvo una hija, pero su trato con Aída ha resistido los tumbos y altibajos de la vida. Conforme nos hacemos viejos demostramos cierta ambivalencia con respecto a los amigos. Aflojamos con unos y nos amarramos a otros. En general, prima el desasimiento. El fastidio de la edad cobija todo, no se salvan los amigos. Uno o dos con los que resistimos, esos son quizás los verdaderos hermanos que nos depara el destino. Porque hasta con los familiares queremos hacer tabula rasa. Es una cosa endemoniada esto de los años y la fatiga. Nos fatigamos de las personas y los lugares, de las ideas y los afectos. En ese patético aligerar equipaje, nos convertimos en déspotas. Por eso la amistad entre Caliche y Aída merece una página gloriosa en estos recuerdos. Aída tiene su marido de toda la vida. Este conoce y entiende los sentimientos de su esposa por Caliche. Es un hombre como una criba. Yo lo llamaría un sabio. Sabe reírse de los arrebatos y caprichos de Aída. (Claro. La Otra, este era el nombre de la taberna donde estuvimos esa noche, donde Aída y Caliche hicieron el pacto de sangre. Yo estaba con ellos, participaba de la ebriedad, pero evité tomar parte en ese alocado ritual. Hablábamos de encontrarnos en Sabaneta el día siguiente a las dos de la tarde y hacer una caminata por las montañas. El escaso juicio a raíz del alcohol nos hizo dudar de la seriedad de la promesa. Fue entonces cuando Caliche nos retó a pactar con sangre. Imposible infringir un compromiso de esta naturaleza. Caliche rompió un vaso deliberadamente, haciéndolo rodar de la mesa y estrellarse contra el piso. Luego, recogió un casco y se hicieron, cada cual a su turno, un corte en la muñeca. Caliche rasgó la piel de Aída y esta la de él. En sus rostros campeaba una expresión juguetona y pueril. La sangre brotó: dos gotitas en la muñeca de Aída, un punto cárdeno en la piel de Caliche. A continuación, juntaron las muñecas, unieron su sangre y rieron de su locura. Sí, fue en La Otra, esa taberna de salsa ubicada en la calle Colombia, frente a Fenalco, dos cuadras abajo del colegio CEFA. Fue ahí. Qué raro que Aída y Caliche no lo recuerden, que su memoria no  fije el espacio físico de aquel hecho.) (Fue en una taberna de salsa a la vuelta de Cine Centro. Y no solo estábamos Caliche, Marcos y yo, sino que también se hallaban mi hermana Mercedes y su novio. Caliche estaba despechado por la ausencia de Carmen, andaba peleado con ella y, al comienzo de la noche, la buscó en vano de taberna en taberna. En su coraje, aprovechaba cualquier oportunidad para desprestigiar a Carmen, comentando que dejaba mucho que desear una mujer que iba sola a una taberna. Esto le caía a Carmen, por supuesto. Al final, cansado de buscar, ebrio y trastornado, se resignó a quedarse con nosotros. Fue él quien propuso el pacto de sangre, a lo que Marcos se negó. Mercedes y el novio ni se enteraron, porque no paraban de bailar. Estaban tan entretenidos bailando que, entre una pieza y la otra,  permanecían de pie en la pista, conversando. El ambiente de la taberna estaba muy animado. Caliche dejó caer un vaso al piso, cogió un pedazo de vidrio del estropicio y dio ejemplo alargándome la muñeca y entregándome el casco. Se la rasgué y apenas brotó la sangre, solo un punto cárdeno. A mi vez, le alargué mi muñeca y le entregué el vidrio. Dos gotitas de sangre afloraron. Juntamos las muñecas, unimos la sangre y reímos de nuestra ocurrencia.) (Fue en una discoteca de la Oriental, por donde suben los buses de Manrique. Aída andaba peleada con el Flaco, que esa noche la dejó plantada. Marcos parecía el más aterrizado, porque rechazó de plano mi insólita propuesta. Aída y yo bebíamos y cantábamos en son de despecho, mientras que Marcos, Mercedes y su novio se dedicaban a bailar. Aída había puesto en duda la firmeza de nuestra decisión de acompañarla el día siguiente a una caminata por las montañas de Sabaneta. Fue cuando los desafié a un pacto de sangre. Aída aceptó. Dejé rodar un vaso y estrellarse en el piso. Me apoderé de un casco y fue así como, uno al otro, nos rasgamos las muñecas y unimos nuestra sangre. Estoy seguro de que Aída pensaba en el Flaco, así como yo no pensaba sino en Carmen. Esa noche, dondequiera que estuviesen nuestra sangre los reclamaba. Tácitamente, maldecíamos a esos ingratos que no merecían nuestro amor. Marcos estaba solo, y pescaba bailadas aquí y allá. Los más felices eran Mercedes y su novio, que ni se daban por enterados de lo desquiciados que andábamos Aída y yo. Marcos me contó que había visto a Carmen en Siguarayaz en la noche temprana. Me di una vuelta por allí, de balde. Recuerdo que le pregunté a Marcos lo que opinaba de una mujer que va sola a una taberna. Esquivó la respuesta. Ese Marcos es todo un dechado de prudencia.)                             

lunes, 26 de diciembre de 2022

Los condiscípulos (Caliche. Cap. 5.)

Marcos se preguntaba si dos mujeres podían orinar en ese aire de camaradería en que lo hacen dos hombres. Podrán sentarse una al lado de la otra (sea en un inodoro o en el suelo) y conversar sobre esto y aquello, pero nunca alcanzarán el grado de compenetración de los hombres en el mismo acto. En este aspecto, la naturaleza dotó al hombre de una practicidad sui generis. El hombre puede orinar de pie y, cuando la necesidad lo requiere, esquina el cuerpo, se arrima a un muro o un árbol y hace aguas. A la mujer no le es tan fácil. Dos hombres orinan hombro con hombro, callan o platican y, si están en vena apreciativa, comparan sus miembros, incluso hacen mofa de ello. Hay tipos de un desparpajo sin parangón, que no desaprovechan la ocasión de mear al lado de un igual para salir con las ideas y frases más plebes. Es un tema muy frecuente en nuestro medio el del tamaño del pene. Forma parte de un imaginario colectivo que permea la sociedad entera. La noche en que Caliche y Marcos orinaron en los pilares del metro, por la canalización de la 70, no tocaron un tema vulgar, sino que hablaron sobre un concurso de poesía en que ambos participaban. 

-Eh, Caliche. ¿Y ese concurso de poesía?

-Nos molieron a palo.

-También tú mandaste, ¿cierto? ¡Ni una mención! 

-Ni una mención. ¿Qué opinas de una mujer que va sola a una taberna?

Siempre volvía al tema de Carmen. ¿Qué iba a opinar Marcos sobre una mujer que va sola a una taberna? De entrada, que era independiente. No necesitaba ni siquiera de la complicidad de una amiga para aparecerse por allí y disfrutar de la música, el licor y la noche. Había conocido a muchas mujeres que iban solas a las tabernas. En el tono de Caliche, por tratarse de Carmen, había un dejo de sanción moral. No dejaba de ser problemático. Los hombres vamos solos a las tabernas, y nos alegramos cuando hallamos mujeres solas. Igual debe pasar con las mujeres. A Carmen la veían sola en las tabernas. El caso es que esa noche en que la buscaron desesperados por la 70, Caliche y Carmen estaban peleados. Era una mujer de carácter. Estudiaba comunicación social o algo parecido. Una mujer, más si está reñida con el novio, se aparece por una taberna y bebe unos tragos y fuma cigarros. Si es apetecible físicamente, como lo era Carmen, más de uno le echará el anzuelo. En fin, Caliche y Marcos sacudieron sus vergas, las devolvieron al tibio reducto del pantaloncillo y se alzaron de hombros por haber fracasado en su intento de ganarse unos buenos pesos con el premio de poesía. La poesía no es un género fácil. La mayoría cree lo contrario, pero son precisamente estos los que no son buenos poetas. En once, cuando se presentaron al ejército, Marcos orino hombro con hombro con una docena de camaradas. Quedó perplejo cuando vio el miembro de Edgardo. La pareció cosa de embuste. Edgardo tenía una verga de burro. A Marcos le pesó haber girado la vista, porque en adelante su sensación de inferioridad fue tan opresiva que tardó en asimilarlo. No era de esos tipos desenfadados que se lo toman en broma y hacen objeto de burla al otro. No dijo nada a Edgardo. Salieron de once y, en adelante siguió viendo a Edgardo, cada uno en desempeño de sus profesiones (Edgardo se hizo doctor o algo así), y siempre sintió una especie de prevención amarga, mezclada a una migaja de encono, al recordar semejante despropósito de verga. Marcos siempre se preguntó si las mujeres también se ufanaban o se sentían desgraciadas con respecto al tamaño de su vagina. Es un hecho que existen diferencias en el  tamaño de esta. Aquella noche Caliche y Marcos no se preocupaban por magnitudes de aparatos reproductores, sino por lamentar el resultado del concurso poético, y por encontrar a Carmen. Una mujer que va sola a una taberna. Marcos conocía a una que se arrimaba a la barra y bebía sus aguardientes y fumaba. Pertenecía a un colectivo de mujeres que trabajaban por las reivindicaciones de género. En el día la veían adelantando el proyecto escrito para presentarlo al Presupuesto Participativo, y en la noche cortejaba a Baco. Se tomaba sus aguardientes y se marchaba tranquila. En eso no hay nada de malo, Caliche. Hasta podría asegurarse que la soledad es la imagen que más cuadra a la taberna. Un bohemio es solitario. Quién sabe si Loren frecuentaba tabernas. Iría sola, con su rostro de esfinge. Cuando Marcos se cruzaba con Carmen sola en una taberna, se decía que estaba peleada con Caliche, y que este debía de estar buscándola como un enfermo de celos. Por discreción, la saludaba y la dejaba en su soledad. Caliche no tardaba en aparecer, hacían las paces. Ese era Caliche, duro con el mundo, vulnerable ante el amor. Le daba palo a la gente (como se lo habían dado a ellos en el concurso de poesía) y luego no se acordaba. Aquella vez con Bernardo el pegajoso, Marcos los dejó ir a él y a Magi, sin convencerlos sobre sus razones de no caminar con ellos hasta el centro, y esperó bus en la avenida. Días después Caliche le preguntó por su extraño comportamiento. "Estaba deprimido", contestó Marcos, sabiendo que la explicación era más intrincada. "Tenía la malparidez", habría dicho Magi. "Fuiste ofensivo y brusco", dijo Caliche. "No me gustó cómo trataste a ese pobre diablo de Bernardo". "Bueno, esa no es razón para pelearnos nosotros". "Es verdad, Caliche". Se pusieron a hablar banalidades. Comentaron sobre los que jugaban futbolito en la explanada frente a la biblioteca. Hablaron de Magi, del viernes. Alguna vez Marcos tendría que explayarse ante alguien (quizá ante Caliche) sobre su estado emotivo de los viernes. En días como esos  era tristón e imposible. Le chocaba que la gente tuviese que ir tras disipaciones, como si no pudieran estarse quietos, olvidando la estúpida sensualidad.                      

Los condiscípulos (Caliche. Cap. 4.)

Caliche también fue novio de Loren, al comienzo de la carrera. De esto me enteré después de muchos años, por el mismo Caliche. La enigmática Loren. Debía de ser muy bonita en esa época, como su hermana. Porque Loren tenía una hermana y también estudiaba en la u, una mujer muy atractiva. La belleza física parecía ser para Caliche una condición sine qua non para prendarse de una mujer. Loren era además muy sensual en sus gestos y en su voz. Las líneas suaves y la carne dura de la juventud debían hacerla un bocado apetitoso. Caliche no desestimó ese manjar. Más o menos, mi diálogo con Caliche fue este:

-¿Es verdad que Loren y tú fueron novios?

-Cierto. Al comienzo de la carrera. Además de rara, Loren era solitaria. Tenía una bella voz y un andar sensual. Hace unos días la vi en la calle y me asustó.

-¿Por qué?

-Me pareció muy fea y muy vieja.

Poco amable este comentario, poco caballeroso. Cómo no hacernos feos y viejos con los años. Los años son la debacle. Solitaria, sí, Loren lo era. Magi, también fue muy amiga de Caliche, se presentaba como su novia. Esto chocaba a Caliche.

-Cuando dices que Magi era “fuerte” quieres decir que era “pesada”, ¿no?

-Exactamente. A veces era muy dura en el lenguaje. Creo que se entendía mejor con los hombres que con las mujeres. Podía ser una excelente amiga, pero terminaba confundiendo la amistad con el amor. Asistíamos a fiestas y, a mis espaldas, decía a sus amigas que éramos amantes. Me indignó su proceder. Tuve que frenarla.    

-También conmigo tergiversó la amistad. Era muy atenta, hasta el día en que se enteró de que yo tenía mujer. Estábamos en un café. Hizo una escenita y se marchó enojada.

-Se montaba en unas películas. Ese era su problema.

-Yo andaba cabreado, porque ella solía hablarle de mí a su ex-marido. De esa unión quedó un hijo que a la sazón contaba seis años. Un chico que dibujaba muy bien, de paso. Yo me mantenía nervioso, temiendo que ese tipo me la dedicara cualquier día. Con respecto a mí, había creado una atmósfera sentimental que solo existía en su cerebro. Se regodeaba haciendo nacer celos entre ambos.

-Era muy rara. Un día empacó la maleta, cogió a su hijo y se fue de la ciudad sin decir nada a nadie, ni siquiera a su familia. 

-Qué vaina. Creo que eso coincidió con nuestra entrevista en el café.

-¿Fue la última vez que la viste?

-Así es.            

-Era muy extraña, igual que Loren.

El listado de amores de Caliche debía de ser muy extenso. Me imagino la pareja que haría con Loren. Conocí a Loren, es decir, lo poco que ella permitía que los demás se inmiscuyeran en su vida. Siempre la vi sola, incluso en los conciertos y programas culturales a los que solía  asistir. No recuerdo haberla visto nunca con Caliche. Debió ser un noviazgo corto. Creo que Loren era una migaja como Magi, montada en qué películas. Cierto aire lúgubre había en ella. Dos temperamentos posesivos y conflictivos, tremenda mezcla. El estropicio debió ser grande. En el último tiempo de la u, Loren iba por su lado, íngrima, y Caliche por el suyo, loco por Carmen. Reconciliada con su marido, Magi se marchó de la ciudad sin despedirse de nadie. Era maestra. Loren también se enroló en la docencia. Caliche desdeñaba este oficio. Su relación con Carmen se prolongó en el tiempo, la niña crecía. Por los días en que asesinaron a Loren (un alumno le disparó), Caliche aún seguía renegando de la docencia. Al fin encauzó la vida por allí. Creo que ya se había separado de Carmen. Nos gastamos en las relaciones, pero también, de alguna manera, avanzamos. No es delicado andar luego haciendo malos comentarios de la pareja. Cuando más, guardar silencio. Caliche tiene una vena parlanchina que combina con períodos de hosquedad. Es algo ligero al referirse a los demás. Hay que estar entre sus afectos, de lo contrario nos salpicará con sus denuestos. Como Magi, es una persona de lenguaje fuerte, enfático, resuelto. Esto suele causar ampolla. En mi opinión, no es bueno hacerse enemigos o quedar mal con la gente tratando de imponer nuestro punto de vista. Un punto de vista que de todos modos será relativo. La modestia no hace mal a nadie. En cuanto a ideas, el mundo es viejo, y la originalidad, escasa. Así que es mejor dejar pasar muchas cosas. Caliche se ha ganado muchos líos por su espíritu de controversia. Es demasiado emotivo. Mi amigo Luis bromea con estas personas tan efusivas al saludar. "Me saludó tan efusivo que casi me culea", dice. Eso le ocurrió un día con una amiga. Pues bien, Caliche es así, un torrente de emoción. Me deja desarmado. Qué pensará de mí, tan mezquino en el afecto. Y la vida nos ha puesto en trances que acaso no hayamos compartido con ningún otro: meadas hombro con hombro. En aquel galpón lechero de Yarumal, durante la pirateada, siendo muchachos, orinamos hombro con hombro. Luego aquella noche en el baño del bloque de educación, junto al pegajoso Bernardo. Por último, aquella noche en que buscamos desesperadamente a Carmen por las tabernas de la 70, cuando profanamos los pilares del metro con nuestra efervescencia amoniacal. Amigo de meadas, Caliche.         

viernes, 23 de diciembre de 2022

Los condiscípulos (Caliche. Cap. 3.)

 

*Caliche mostró una ojeriza instantánea ante Bernardo. Estaban sentados en las escalas de Troncos, frente a la explanada, cuando este llegó con un vaso desechable en la mano, dando sorbos a un perico. Levantando las cejas, Bernardo saludó a Marcos, envolviendo a los demás en su cortesía, mas con un aire de sigilo. Ante la hostilidad de Caliche, que Bernardo captó con una mirada rápida y analítica, se acercó a Marcos, quien lo acogió con un gesto más hospitalario. Pero también había una migaja de incomodidad en Marcos, una molestia imperceptible. El ambiente se maleó. Una mueca rabiosa crispó el rostro de Caliche. Era el anochecer de un viernes, en los instantes previos al cierre de la universidad. Plateada y solitaria, la luna lanzaba suaves destellos. Había aislados grupitos de estudiantes aquí y allá, a lo largo del andén de la cafetería, y otros más allí cerca, bajo un mango, en alegre comparsa, cantando canciones de Silvio Rodríguez al amor de una guitarra. También quedaban asomos de actividad estudiantil en las mesas de estudio de la biblioteca. A Marcos le sorprendió el disgusto que la llegada de Bernardo despertó en Caliche. ¿Qué pasaba? ¿Por qué esa indisposición con el recién llegado? Bernardo era un rubio robusto, con traza de deportista. Vestía una camisa hawaiana de colores intensos y un bluyín descolorido. Tenía una fisonomía que exhalaba salud y vigor. Sin embargo, había un no sé qué precario o indefenso en él. Más allá de su carácter empalagoso y su voz ruidosa, un ojo agudo advertía cierta inseguridad. Bernardo sacó algo de su morral. “Estoy rifando este reloj. Cómprenme una boleta”. Ante la reserva general, añadió: “Les doy todas las facilidades de pago. Juega el próximo viernes. O sea, de hoy en ocho”. Indecisa, Magi recibió el talonario. Caliche se mostró del todo desinteresado. Con disimulo, Marcos siguió los movimientos de Bernardo. Parecía vigilarlo, como si se tratara de un chiquillo inquieto y alborotador que, en el momento menos pensado, fuera a coger un jarrón de cristal y a dejarlo caer. Aprovechando que Magi y Marcos hojeaban el talonario, Bernardo esculcó de nuevo el morral y sacó unas fotocopias, que repartió entre sus interlocutores. “¿Qué es?”, interrogó Marcos. “Es un poema de Restrepo”. La belicosidad de Caliche volvió a dispararse. Con una dosis de refinada ironía, comentó: “¿Saben una cosa? Restrepo tiene tres cursos de literatura distintos, y en todos está interpretando a Cortazar”. Su confidencia abarcó sólo a Marcos y a Magi, dejando a Bernardo aparte de la esfera de su discurso. Su rechazo era implacable. Su desdén era tal que ni siquiera lo miró. Pareciera que el hecho de recibirle la hoja obedecía a un acto de suprema condescendencia. Magi dijo: “Me gusta Restrepo. Es un buen poeta. Muy maduro. Pero mi preferido es Benedetti.” Al oír esto último, Marcos hizo un ligero mohín de desagrado (con los años mudaría su opinión de Benedetti, sobre todo al leer su prosa, sus soberbios cuentos). El tono era cada vez más efusivo bajo el palo de mango, donde los reunidos ensartaban temas de Silvio Rodríguez. Aburrido, Marcos se preguntó qué más sacaría Bernardo de  su morral, que se le antojó una caja de Pandora. Se conocieron el semestre anterior, en un curso de Psicología. Un hecho casual los llevó a amistarse. El profesor orientó una actividad en grupos, y dispuso que integraran uno los que habían faltado a la primera sesión (tal era el caso de Marcos y Bernardo y de dos o tres alumnos más). La tarea consistía en responder un cuestionario con base en un texto. En seguida Bernardo dio muestras de su personalidad estrambótica. Este semestre también veían otra materia juntos, Taller cognitivo. Bernardo dejó quieto su morral y se dedicó a terminar su perico. Magi siguió repasando el talonario. “Compremos una entre los dos”, dijo Marcos. “Pero la pagas tú, Magi. Te quedo debiendo la mitad”. Magi arrancó una boleta y la guardó en su bolso.“Está bien” dijo. Luego entregó el dinero a Bernardo. Y el morral volvió a dar frutos. Porque Bernardo extrajo de allí una revista. “En señal de gratitud, les leeré el tarot”, dijo. “¿Quién quiere ser el primero?” Todos callaron. En oleadas cada vez menos nutridas, pasaba gente por el andén o la explanada, en pos de la salida. Los guardianes no tardarían en dar su ronda, exhortando a los remisos. Bernardo insistió: “A ver, ¿quién se decide? La que compró la boleta. A ver… Todavía no tengo el gusto. Marcos, ¿no me presentas a tu amiga?” “Se llama Magi”. “Ah, lo mismo que ese caldo de gallina al que tanta publicidad le hacen”. A nadie le pareció chistosa la ocurrencia de Bernardo. Caliche se encerró más en su agresividad. Sus magras facciones cobraron una expresión malévola. ¿Qué ocurría entre estos dos? Marcos no acababa de comprenderlo. Se acordó de un compañero de once, Víctor, que durante los descansos solía señalarle a una muchacha de décimo, diciendo cosas negativas de ella, que era fea, que tenía el rostro invadido de acné, etcétera. Marcos no caló el sentido de las palabras de Víctor hasta que, al final del año, lo vio ennoviado con la muchacha. “Aquí tengo otro poema de Restrepo”, dijo Caliche con el afán evidente de eclipsar la propuesta de Bernardo. “¿Quieres oírlo, Magi?” Bernardo se sintió picado y no dio tregua. “Veamos, Magi, ¿en qué mes naciste?”, dijo. Magi le suministró el dato. “Bien, tu atributo para la semana es honestidad. Sigues tú, Marcos. ¿De qué mes eres?” “Marzo”. “Tu atributo, actividad”. La tirantez entre Caliche y Bernardo se hizo irrespirable. Caliche continuó en su idea de leerle el poema de Restrepo a Magi, extendiendo su reticencia a Marcos. El hecho de que este se mostrara atento con Bernardo, parecía indisponer a Caliche en su contra. Caliche comenzó a leer y Magi escuchó los versos con arrobo. Entre tanto, de manera velada y casi en un susurró, Bernardo le preguntó a Marcos: “¿cómo se llama ese descortés amigo tuyo?” Con visible descontentó, Marcos no tuvo más que decir: “Caliche ”. “¿Charly?”, dijo Bernardo, cambiando la voz, dándole un aire de burla. Marcos no entendió a qué se refería con ese “Charly”, pero experimentó una indignación tremenda contra esa forma de hablar de Bernardo, amanerada y frívola. Maldijo en su mente la circunstancia de conocerlo. Qué tipo más extravagante. Entre tanto, la pugna no declarada de los otros dos, prosiguió, ahora más abierta. Marcos no cesaba de meditar el por qué de esta beligerancia. Su rostro, ya de por sí serio, se veía abstraído por momentos, debido a su constante especular sobre el asunto. ¿A qué venía esa hostilidad de Caliche? ¿Existía un ingrato referente anterior? ¿Algún altercado? ¿Era simplemente que Bernardo le había caído mal? ¿No se lo tragaba? La afinidad en los cursos y los horarios les habría impelido a cruzarse más de una vez, siguió reflexionando Marcos. Así de sencillo, Bernardo no le gustaba. Caliche era un tipo sagaz, de los que ven el mundo con una óptica descarnada, con un prurito de perfección que los lleva a ser sarcásticos y virulentos. “A ver, ¿por qué no nos lee su tarot?”, dijo. El rubio vaciló. Paseó su mirada por la revista. “Aceptación”, acabó por decir. “Y el suyo debe ser modestia”, agregó. Magi intervino para calmar el encono. Atrajo la atención de Caliche hacia un fragmento del poema. Se enfrascaron en una especie de exégesis. Bernardo se olvidó del tarot. Pasó las hojas de la revista hasta detener la mirada en un grupo de mujeres deslumbrantes, que no podían ser sino reinas o modelos. “¿Cuál te parece más bonita de cara y cuál de cuerpo?”, preguntó a Marcos. Con evidente fastidio, Marcos respondió: “De cara, esta; de cuerpo, esta otra”. “Opino lo mismo”, dijo Bernardo. Y en seguida se zafó a hablar de reinas y reinados, ante lo cual Caliche terminó por perder la paciencia y lanzó una pulla: “¿No tienes una revista de Vanidades para que me la prestes?” “No”, contestó Bernardo, haciéndose eco de la ofensa, pero conservando el aplomo. Magi y Marcos hicieron vanos intentos por aplacar la brusqueza de Caliche. Comenzaron a apagarse las luces. Los vigilantes pasaron avisando que era hora de salir. Los cuatro se levantaron y se dirigieron a la salida. El pelirrojo se colgó del hombro de Marcos, y Marcos se lo despegó con un ademán discreto, pero elocuente. Caliche y Magi conversaban aparte. Vinieron por el andén, en parejas. Miradas y sonrisas burlonas asaetearon a Bernardo cuando pasaron frente a las escasas y sombrías mesas donde aún quedaban personas holgando. Este continuaba con el embeleco de  agarrarse de Marcos, y se aferró de la tira de su morral. Con el propósito de desprenderse del intruso, Caliche invitó: “Marcos, ¿caminamos hasta el centro?” Antes de que Marcos tuviera tiempo de contestar, Bernardo dijo: “Yo también camino hasta mi casa. Vivo en Aranjuez”. Caliche olvidó el asunto ante la sola idea de tener por compañero de caminata a tan ingrata figura. Marcos tampoco insistió. Seguía en su catadura reservada y meditabunda. Parecía contrariado. Bernardo los dejó al fin. Se quedó conversando con un joven, al que corrió a colgársele del hombro y a hacerlo objeto de su profusa emotividad. Los excusados estaban al remate del pasillo. Magi se fue al de las damas. Caliche y Marcos también entraron a orinar. Bernardo no tardó en seguirlos. Los tres guardaron silencio. El rubio meaba en el caño frente al lavamanos; Caliche y Marcos, en las cabinas. Al acabar, se reagruparon en los lavamanos. Se miraron en el espejo de la pared, mientras el agua caía en sus manos. Parecía que hubiesen pactado un silencio ventajoso para todos. Se oía el sonido profundo del agua fluyendo del grifo. Marcos ahuecó las manos y bebió agua. Bebió ansiosa, largamente. Caliche buscó en su morral. Al cabo, sacó una tableta de píldoras y separó una. Pero fue incapaz de controlarla y rodó al piso. Todos siguieron el recorrido azaroso de la ruedita blanca. “¡Hijueputa!”, gritó Caliche. Bernardo se inclinó y cogió la pastilla. Se la tendió a Caliche. “No, ya no la tomo”. Y separó otra píldora. Bernardo dejó caer la ruedita blanca y asumió una actitud digna. No tardó en abrir su morral, buscando. ¿Qué sacaría ahora? Prometeo, Epimeteo, Pandora, fueron nombres que rodaron por el caletre de Marcos, confundidos en una fábula de  bonanza y castigo. ¿Qué sacaría ahora? Al fin Bernardo encontró lo que buscaba: una guayaba madura, amarilla, con pintas negras. Se llevó la fruta a la boca, le dio un mordisco y se la ofreció a Marcos: “muerde”. “No, no”, dijo Marcos, con ostensible embarazo. Encontraron a Magi a la salida de los baños. “¿Quieres guayaba?”, le invitó Bernardo. “No”. Se encaminaron a la calle. En la avenida rugía el tráfico. Las tabernas del frente estaban a reventar. En el andén, una muchedumbre aguardaba transporte. Al unirse a la multitud, Bernardo se rezagó. Su débil “adiós” sólo fue oído por Marcos. Caliche y Magi se adelantaron, asqueados. A Marcos le pareció advertir que Bernardo se despidió de ellos cuando un joven de buena presencia le hizo una seña furtiva. Pero no volvió la mirada para confirmar su sospecha. Apresuró el paso para alcanzar a sus amigos. Caliche venía contando algo al oído de Magi. Al notar la ausencia de Bernardo, le inquirió a Marcos: “¿dónde se quedó?” “Atrás”. “Corramos, para que no se nos pegue otra vez”. Y cogió del brazo a Magi, acelerando el andar y estallando en risas. Marcos se quedó serio, sin alterar en nada su conducta. Caliche le dijo: “¿eres muy amigo de ese?” A Marcos le dolió tanta saña. “Igual que de ustedes”, respondió, lleno de coraje consigo mismo, con Caliche, con Magi, con esa absurda noche. “¿En tan poca estima nos tienes?”                                       

jueves, 22 de diciembre de 2022

Los condiscípulos (Caliche. Cap. 2.)

Que era un muchacho altivo y desdeñoso, era verdad, pero que también atraía cosas singulares en su entorno, por ejemplo, las bellas mujeres que conquistaba, no dejaba de ser menos cierto. Una noche, a eso de las once, vi a Mónica (que era mi vecina) y a Caliche caminando bajo la lluvia, sin prisa, riéndose a carcajadas. Me quedé en la ventana, observándolos. Sus risas apagaban la lluvia, rasgaban el líquido telón de la noche, tenían algo de juego diabólico. De pronto, ya no estaban. ¿Qué se habían hecho? Ahora quien reía era la lluvia. Mónica y Caliche me parecieron pasajeros fantasmas. Las luces de la urbe hacían fulgurar a trechos el desmigajado vestido de la lluvia. Dos enamorados, concitando cosas sublimes y trágicas, se adentraban en la oscura crisálida del tiempo. Si había algo que Caliche sabía hacer era expresar sus emociones. Era capaz de manifestar su alegría con risotadas, su contrariedad con furor. Tal vez por esa sinceridad lo amaban las mujeres. No era como yo, que escondía mis sentimientos, haciendo que Mónica me tildara de afefóbico, cerrado a los afectos. Hay seres bendecidos por el amor, otros que se arrastran por la vida como larvas indecisas. ¿Qué sentí al verlos desde la ventana? ¿Adónde fueron esa noche? ¿Van aún buscando el níveo rastro de la felicidad? Nadie podía osar recoger perversamente la tela de la lluvia y robarles la dicha de sentir las gotas en sus rostros. Hubiese sido el acto más miserable. Merecían el amor, y el amor los merecía. Mónica. Una tarde en Troncos departíamos con varios amigos y ellos, Caliche y Mónica, hablaron de casarse. En aquellos momentos, tal cosa me pareció una estupidez. ¿Cuántas mujeres conocería Caliche después de Mónica? Las mujeres lo aceptaban así, con esa exaltación rebelde, con ese contrariar los cánones sociales, muchos de los cuales tenía por idioteces. Esta forma de ser tan subida, que acaso indispusiera en su contra a los de su sexo, gustaba a las chicas. No quiso graduarse con los condiscípulos de su promoción, dando a entender que los honores y diplomas académicos eran basura. Asistió a la ceremonia, pero se paseó despectivo por la escalera. Parecía reírse de todo eso. Tampoco se había afanado a enrolarse como profesor, absteniéndose de trajinar de un despacho a otro y de sufrir las exigencias burocráticas. Cualquiera que conversara con él debía alistarse a enfrentar a un genio cáustico, dado al sarcasmo. Tenía discurso, era capaz de intimidar con sus argumentos a los desprevenidos, los llenaba de inseguridad, les hacía contradecirse. Prefirió trabajar de promotor de lectura y de catedrático universitario antes que vincularse a un colegio. Durante casi todo su discurrir por la u (aun después de salir seguía haciéndolo) compartió apartamento con otros estudiantes. Su vida fue siempre un poco inestable y, en ocasiones, precaria. Amaba la polémica y gustaba del epigrama. Por algún tiempo, al final de la carrera, se entusiasmó con la linguística, tal vez queriendo emular la personalidad carismática del profesor Sepúlveda. Explicaba la renuencia de los alumnos de Español y Literatura por la linguística de este modo: "salimos de aquí sabiendo muchas cosas de linguística, pero no las jerarquizamos. Están ahí, en el limbo, sin que podamos separar escuelas, teorías, teóricos". Había algo leve y risueño en su ser, una esencia de alegría que, cuando se transparentaba, era su mejor presentación. Sus amigos lo consideraban un buen lector, de agudo discernimiento y bullente mollera. Muchas veces me recomendó autores: Salinger, Lawrence Durrel, Borges, Joyce. Después vino Carmen Eliza. La eterna pregunta de Caliche era: "¿han visto a Carmen?" Una mujer hermosa, Carmen. Tenía esa frescura juvenil y ese encanto sensual que aturden a un hombre. Creo que fue la verdadera pasión de Caliche. Con ella llegó a unirse, tuvieron una hija. ¿Qué sería de Mónica ahora que Caliche tenía otro amor? A veces la hallaba en Troncos y su rostro no mostraba la afabilidad de otros días. Todos íbamos así, enrostrando los desaires del corazón, descubriendo otros ámbitos. Mónica se las compondría, con toda seguridad. Para Caliche llegarían días de desmedrada figura, de pupilas insomnes, de ropa sin esmero. Días malos. Por ahora andaba en el paraíso con Carmen. Era su delirio. Nos cruzamos una noche en que, con su insolente gesto de niño terrible, era roído por el desamparo de Carmen. En su pesquisa llegó a Siguarayaz, donde, a la sazón, me hallaba en la barra bebiendo una cerveza y ahuyentando el sueño con bostezos. Nos saludamos y Caliche me preguntó: "¿has visto a Eliza?" Ese amor tan apasionado me dejaba consternado. ¿Cómo puede uno entrecruzarse tanto con otro ser? Caliche compró una agria y salió a tomársela en la acera. Se reunió allí con un grupo de amigos que bromeaban con una barba postiza. Se la ponían por turnos. Cuando le correspondió a Caliche, entró a la taberna, risueño, y se miró en el espejo, al lado del mostrador, tornando a salir en seguida. Fue un instante misterioso. Caliche con esa barba postiza. Impensable desenvoltura en un rostro que gustaba de la baladronada y las miradas filosas, retadoras. Consentí en acompañarlo al Tíbiri, donde proseguiría con la búsqueda de su novia. Pagó el taxi. Caminando por la 70, rumbo al Tíbiri, me narró la historia de su accidente en moto (que yo conocía ya desde semanas atrás por Blandón), pero que escuché cortésmente, como si la ignorara. Suelo tener estos arranques de magnanimidad. Nada en el Tíbiri. Decidimos buscarla en la Tasca, otra taberna en la que posiblemente estuviera. Alguien nos indicó por donde quedaba la Tasca, pues aunque la habíamos oído mencionar, ninguno de los dos había estado allí. Nos perdimos. Fuimos hasta la canalización (quebrada Los Huesos) y optamos por orinar al pie de la mole del metro. Continuamos nuestra averiguación por ese barrio de casas lujosas (creo que se llama Florida, ese sector). Dimos una vuelta por allí. Antes de salir de nuevo a la 70, descubrimos la Tasca, cerrada, mustia. Seguimos adelante. Caliche quiso seguir buscando en Rumba Antana, pero entonces me separé de él y lo dejé marchar solo con su arrasamiento por Eliza.         

               

martes, 20 de diciembre de 2022

Los condiscípulos (Caliche. Cap. 1. )

La imagen de Caliche que primero me viene a la cabeza es la de uno de sus momentos de frenesí, de loco atravesado. Veníamos caminando por el costado oriental del bloque 9, Saldarriaga, Caliche y yo, cuando, de repente, Caliche atizó una brutal patada al tarro de basura, lanzándolo lejos, yendo tras él, enardecido, dándole puntapiés, exclamando incoherencias, mientras Saldarriaga y yo asistíamos como testigos a ese rapto de extravagancia. Un reguero de vasos desechables y de papeles quedó en el pasillo. Veníamos del centro de documentación de Educación y nos dirigíamos a Troncos. El exabrupto de Caliche fue exactamente en el punto del corredor frente a la zona verde donde hoy está la escultura El maestro, forjador de futuro, de Alonso Ríos Vanegas. Se supone que es lo que íbamos a ser unos semestres adelante, si todo iba bien, maestros, forjadores de futuro. Pero esta vena demencial de Caliche parecía desmentir ese propósito. No nos detuvimos a recoger la basura. Seguimos adelante, sin importarnos que el pasillo quedara puerco. La escultura de Ríos Vanegas es de 1999, un tiempo posterior a la anécdota que relato. Tal vez el destino hizo que la fijaran allí, frente al corredor donde Caliche, años atrás, se había mostrado como un pichón de maestro destructor de canecas. Las cosas tienen sentidos ocultos. Quizás la pusieron allí para prevenir arrebatos semejantes. Porque un maestro debe tener su vena de loco, pero dirigida en otras direcciones, no acreciendo el trabajo, ya duro de por sí, de los empleados del aseo. Bueno, también son cosas de muchacho. En fin. Conocí a Caliche cuando, con Blandón,  fui de pirateada a Urabá. Cursábamos once. Nos cruzamos en el camino, en la carretera, como diría Jack Kerouac. Caliche venía con otro amigo, Pedro, al que jamás volví a ver. En cambio, con Caliche coincidí meses después en la u. Estábamos matriculados en el mismo pregrado, Español y Literatura. Santa Rosa de Osos fue el sitio del encuentro. Blandón y yo habíamos llegado allí en una escalera. Era ya el anochecer. Caliche y Pedro venían en un camión de ganado. El conductor se detuvo a fresquear. Le pedimos un avance. Aceptó. Así fue como nos unimos, cuatro jóvenes aventureros. Nos llevó hasta Yarumal. Seguimos a pie, con nuestros morrales a la espalda, por la carretera en sombras. Descansamos en el alero de una empresa lechera, un galpón de cemento y teja cerrado, infranqueable a nuestros intentos traviesos. Allí Caliche y Blandón, al amor de una fogata, se trenzaron en disquisiciones librescas, mientras Pedro y yo los observábamos desmesados. Allí comenzó una amistad de toda la vida entre Blandón y Caliche. No estoy seguro, pero creo recordar que ya entonces Caliche fumaba. Desde esos días tenía pinta bohemia. No puedo precisar qué temas trataron, qué libros y autores trajeron a colación, pero la esencia de ese momento fue esa, la de dos muchachos intelectuales cambiando impresiones sobre esto y aquello, mientras los otros dos permanecían un poco al margen, todos acosados por el frío y la incertidumbre del camino. Recuerdo el frío. Por el frío desistimos de seguir allí y continuamos caminando, para calentarnos. Casi amanecía. Lo que recuerdo de esta pirateada es que Caliche era un muchacho delgado, bien parecido, con un cabello hermoso. Un mata locas. Tenía un aire latino, despreocupado, un tanto altanero. Desde el inicio en la u se agenció las chicas más bonitas, muchachas por las que uno suspiraba y que se rendían ante él, suspirando. Tal ocurrió con Mónica. Una tarde ya desvaída, sin sol, me encontré con Mónica frente al Camilo. Serían las cinco. Mónica venía del lado de la biblioteca; yo, del lado del museo. Nos avistamos desde lejos y avanzamos el uno hacia el otro, sin bajar la mirada. En el borde de la fuente se habían reunido muchas personas, lo mismo que frente al edificio del teatro: iba a haber un espectáculo de música salsa o algo similar. Nos saludamos con afecto. Llevábamos tiempo sin vernos. En nuestros vestidos y maneras se notaba ese tono informal de los universitarios. Mónica era una de esas jóvenes afables, que simpatizan con todo el mundo. Espontánea, franca, conversadora. Al lado de ella perdía mi habitual hurañez, platicaba con entusiasmo, bromeaba, sonreía. Habíamos sido condiscípulos el semestre anterior, llegando a congeniar. Vivíamos en el mismo barrio, Bello, así que salíamos juntos de clase (a eso de las ocho de la noche) y viajábamos en la misma buseta. Mónica amaba los poemas, los muñecos de trapo, las peculiaridades fónicas de algunas palabras, las noches de luna, la lluvia, los gatos. Se burlaba de los rostros rígidos de los pasajeros en las ventanillas de los buses, de las personas aburridas y de todo lo que no encontrara en la vida un motivo de alegría. Estuve a punto de enamorarme de ella. Quizás me enamoré, pero no tuve el valor de decírselo, y después eso pasó. Más tarde me percaté de que Mónica y Caliche eran novios. No sentí celos, nada. Mónica siempre fue una de esas personas a las que adoré saludar. Hablamos de mi trabajo, de lo que significaba ser maestro. Ella comenzaría a enseñar inglés el año próximo, y estaba interesada en mi opinión, pues mi experiencia de dos años como profesor no era despreciable. Entramos a un Camilo repleto de estudiantes ávidos de entretenimiento. Allí nos encontró Caliche. Pensé en el magnetismo, en los vínculos misteriosos que unen a los enamorados. Caliche vino directo adonde estábamos Mónica y yo, como si hubiesen acordado encontrarse allí, en esa banca, entre el maremagno. El espectáculo consistía en un trabajo de baile y cultura latina, cuyo principal atractivo eran los efectos de luces fluorescentes sobre un fondo sombrío. No esperaba la aparición de Caliche. Éramos amigos, pero me había ilusionado con la idea de pasar un momento delicioso con Mónica.              

lunes, 19 de diciembre de 2022

Los condiscípulos (Blandón. Cap. 26.)

Dos coronas florales sin brillo, libradas al peso de toda ceremonia, descansaban en un rincón de la sala. La novena de difuntos reunía a la familia, parientes y algunos vecinos. Blandón era el único que usaba ropa negra (incluidos los zapatos): una camisa y un pantalón gastados. Gravitaba sobre la escena el signo de la fatalidad. Las palabras venían matizadas por una incomodidad inexpresable. La madre no daba señas de gran abatimiento, ni siquiera en la voz. No traía ropa fúnebre. Hasta esbozó una sonrisa cuando Gabriel le contaba cómo le robaron el reloj esa tarde en el centro. La alfombra del saloncito de la segunda planta presentaba un aspecto ingrato. En los cuartos había el natural descuido de una casa con un trastorno semejante. Era apropiada la hora para abrir álbumes de fotos y mirar diferentes instantes en que la cámara inmovilizaba al ausente. Mientras los devotos enhebraban letanías, que el niño de la hermana mayor hiciera bulla resultaba un poco extraño, misterioso; pero que hubiera que recurrir al encierro bajo llave en el piso de arriba (Julio lo hizo), era muestra de desequilibrio nervioso. Blandón y Gabriel se ocuparon del sobrino, que gritaba a toda garganta. Lo que hicieron fue hermoso: echarse de espaldas en la penumbra de la azotea y contemplar las estrellas. La familia tenía pensado grabar en la losa de don Jaime unos versos del poeta de Copacabana, José Manuel Arango: "Padre, después de muerto nos hemos vuelto más amigos y tenemos una conversación más larga". A la postre no sé si lo hicieron. Uno piensa epitafios, pero de ahí a que se inscriban en la lápida hay mucho trecho. Por lo general, son ideas volanderas, producto de la emoción: luego se olvidan. A mí se me antoja una insustancialidad, rezago de épocas románticas. La belleza del epitafio alcanzó la cima con Edgar Lee Masters (1869-1950) y sus baladas de Spoon River. 245 poemas-epitafios. Sin duda, es un género que expresa ingenio y versatilidad, pero lo mismo se logra con una máxima. "Mantén tu rostro siempre hacia la luz del sol, y las sombras caerán detrás de ti", nos exhorta Walt Whitman. ¿No es mejor algo así? El epitafio: esa literatura de ultratumba me parece superflua. Cincelar una frase para que nos recuerden es pura vanidad. El verso es otra cosa. Ahí queda la cuñita sobre Edgar Lee Masters, para quien quiera degustar verdadera poesía relacionada con la muerte. En fin, cada loco con su loquera. El tema de las estrellas es más de mi agrado. De niños solíamos aventurarnos a contar las estrellas, tarea que siempre nos rebasaba, dejándonos un regusto de frustración, imposible y el natural sofoco. Quizás los astrónomos tengan el dato preciso de cuántas estrellas hay en el universo. Tampoco es que las hayan contado una por una. Salen del paso con una cifra a la enésima potencia. Adivinando. Siempre he recordado aquella noche en la azotea de la casa de los Blandón, durante la novena de difuntos. Con ellos y el niño, me eché en el piso de cara al cielo y miramos las estrellas. El niño se tranquilizó y creo que alcanzó a soñar. Entonces, como hoy, yo era ignorante de las constelaciones, sus figuras modélicas y sus nombres mitológicos. Debimos ver a Scorpio y su fulgente Antares. Aún hoy, cada que subo en las noches a la terraza de mi casa, evoco la imagen de Blandón echado en el piso mirando las estrellas, el niño a nuestro lado, estupefacto. No recuerdo qué palabras nos liamos con el chiquillo en aquel instante, o si solamente nos bastó contemplar. Prefiero pensar que callamos, y que el cielo habló por nosotros y alivió el alma del pequeño.            

domingo, 18 de diciembre de 2022

Los condiscípulos (Blandón. Cap.25.)

A veces venía Gabriel a nuestro apartamento a jugar ajedrez con mi padre y conmigo. Era un muchacho taciturno. Bajaba desde el cuarto piso (ala derecha), hasta el nuestro, que era el segundo (ala izquierda). ¡Ese bloque! Alguna vez habrá que inervarlo en el retrato de aquellos años juveniles, como esa colmena donde se agitaban laboriosas abejas. Le llamábamos, no sé por qué, el bloque 5, aunque creo que era el 4. Los bloques quedaban en el lado izquierdo de la pendiente hacia la quebrada, de este lado de las colinas donde estaba el Hospital Mental. Cosa de locos, como se ve. La quebrada venía de París y la Maruchenga, de esos montes. En ocasiones veo en todo, hasta en la imagen de una quebrada, el despliegue de un ajedrez de la vida, presente a cada paso, decidiéndose a cada instante, unido a la estrategia del universo. El muchacho arriscado que era Gabriel venía entonces a jugar ajedrez en nuestra casa, y nos ganaba. Un "eeh" conturbado brotaba de los labios de mi padre cada que perdía una pieza. Nuestro nivel era muy pobre. Mi padre había sido jugador de billar, de cartas, de chance y lotería, y ahora, en su época de pensionado, jugaba ajedrez. Había aparecido una tarde, al regresar del trabajo, con un ajedrez de madera: "para que nos entretengamos", dijo. Y de verdad que nos entreteníamos. Por esos días todos en casa nos entusiasmamos con el ajedrez, hasta mi madre, que se sentaba a vernos jugar, y que estuvo a punto de medírsele a los escaques. No dominábamos la teoría. Estábamos muy lejos de saber qué es una apertura abierta, una cerrada, una semi-abierta. Pero que nos divertíamos, no cabe duda. También nos gustaba correr como unas cabras por esas colinas más allá de la quebrada, en las cercanías del Hospital Mental y París. Una vez Gonzalo y yo estábamos sentados a la entrada del bloque, descansando, relajándonos después de una salida a trotar. Blandón bajó por la escalera y pasó entre nosotros, brillante el pelo, bien vestido, con un libro debajo del brazo y una expresión de apremio. Lo saludé y me contestó con un seco monosílabo. De soslayo, susurró a su hermano: "murió Bertulfo". Gonzalo puso una cara de no entender. Blandón no se detuvo a dar detalles. Al contrario, aceleró el paso. Gonzalo se despidió, turbado. Yo no sabía quién era Bertulfo. Debía ser un pariente o un conocido de ellos. Me quedé con Hollman, el vecino del primer piso (ala derecha), hablando de la grabadora que me estaba reparando. Hollman era electricista. Pasó un colega profesor de La Salle, uno que dictaba sociales y que tenía una barba a lo Pericles. Hablamos un rato. Era el tiempo de la enfermedad del padre de los Blandón. Época de tensiones familiares, visitas al enfermo en el hospital. El progenitor se agravaba cada día más. El riñón donado por Gonzalo presentaba problemas, el organismo lo rechazaba, debía ser extraído. Quizás el padre no resistiera otra operación. El trance revelaba una emoción distinta, un proceder diferente en cada hijo. Unos ausentes, otros al pie. Pasa siempre. Yo me lucraba literariamente del conflicto de los Blandón. Me parecía incómodo permanecer en la deshabitada casa de estos mientras el señor moría en el hospital. Ellos me habían dejado las llaves. Con las puertas del fondo cerradas, el apartamento parecía más pequeño y opresivo. Se habían mudado debido a la salud del padre, quien luego del trasplante necesitaba un ambiente más espacioso, con una habitación acondicionada especialmente para él. Ahora vivían cinco cuadras más abajo. Me quedaba allí en las tardes, escribiendo. Contemplaba desde las ventanas la vivacidad del aire, el alborozo de las golondrinas, y se me hacía injusto que don Jaime estuviese fuerceando con la muerte, entre los médicos, los equipos y los olores del hospital. Desde el cuarto piso, miraba abajo, a la calle, y veía a un hombre sin camisa, con algo de cavernícola, sentado en un sofá, en el balcón de un segundo piso. El hombre tenía los brazos cruzados sobre las rodillas separadas. Lo conocía. Momentos atrás lo acompañaba su mujer, y los dos tenían un aspecto tranquilo y juicioso, hasta tierno. Él tenía una camioneta azul. Bebía como una bestia y estilaba salir de lo más impúdico en cuanto a ropa se refiere: la pantaloneta como única prenda, bajada, mostrando la hendija de las nalgas. Ahora me llamaba la atención ese hombre, su estar en la tarde, como yo, como los gorjeos de los pájaros y los juegos de los niños en la calle. Transcurría la tarde y la luz se fugaba entre nuestros cuerpos, las duras montañas y don Jaime en el hospital. Soplaba el viento. Abrí un poco las celosías. Ahora el hombre del sofá bebía algo de un pocillo. Bebía a sorbos regulares. Y su mujer volvía a estar a su lado, como una compañía plácida.                  

miércoles, 30 de noviembre de 2022

Los condiscípulos (Blandón.Cap.24.)

Como dos héroes de la Antigüedad, quizás como dos gemelos de la épica clásica (Catilo y Coras, mozos oriundos de Argos, que Virgilio pinta en la Eneida), Blandón y Marcos recorrían los parajes del centro de Medellín. Como un Dante y un Virgilio, a través de la selva oscura, de los círculos del Infierno, acaso buscaran el estuario de un azul firmamento. Podía ser un viernes, luego de encontrarse en la u, ya al anochecer. Eran seres de intelecto, de sueños, de búsquedas espirituales. También eran guerreros (Catilo y Coras), dispuestos a entrar en batalla. Cada instante era una lid, un pancracio, un avanzar a las malas entre lo adverso. Eran los visionarios, pero, asimismo, los desvalidos, los pobretones, los que no tenían, un viernes de la juventud, para tomarse una cerveza. Y Blandón quería beber. Había un parvo inconveniente, una nadita: no tenían plata. Eran unos héroes en bancarrota. Los dioses les habían cerrado el arca de los tesoros. Hefestos no les había forjado una llave para abrir las bóvedas de los bancos y hacerse con los lingotes de oro. Se dedicaron, entonces, a caminar, a "untarse de pueblo", como decía Blandón. Caminaron hasta el centro. Cuántas veces, durante el pregrado, hicieron este recorrido. Siempre echaban para el centro. Por un lado, porque allí cogían el bus con puestos (tras hacer la cola, claro); de otra parte, porque el centro era un abigarrado laboratorio de vida siempre abierto. Dos pichones de escritor tenían mucho que ver por allí. Blandón se quejaba de que los ojos le dolían, de que, a través de las gafas, veía las cosas distantes y borrosas. Se holgaba en la idea de ser infiel por unas horas a los libros de medicina y dedicarse a recorrer las calles mirando a la gente. Sin duda una emoción magnánima lo invadía, como si fuera un dios aburrido de paisajes y congéneres empíreos y que, solo por novelero, desciende a la tierra a mezclarse con los infelices terrícolas, dignos de piedad, irreparablemente hundidos en el hoyo de la miseria. Caminaron con pasos apacibles. No tenían prisa. Curiosearon en el centro comercial Villanueva. Miraron libros y ropa en las vitrinas. Se toparon con una amiga de Marcos, y este hizo las presentaciones. Blandón miró a su amigo con picardía, endilgándole amores con la muchacha, que tenía un bello aire de libanesa, con una delicada cinturita de avispa y una dulzura cautivante en la mirada. "Ojalá fuera algo mío, es una simple amiga", dijo Marcos en sus adentros. Pero, qué duda cabe, se sentía privilegiado con la amistad de semejante beldad. La joven se llamaba Irma. Se despidió en seguida. Marcos reparó el rostro de Blandón detrás de las gafas. Tenía una expresión delicada, aunque de líneas un poco fatigadas por el desvelo y el estudio; unos ojos bellos, entre grises y azules; un semblante claro, imberbe, de muchacho bien; pupilas pícaras, nariz recta, angulosa, recia. Al verlo así, pensó que el que entre abejas anda... Porque Blandón acababa por parecerle un leal trasunto de los hijos de papi y mami (al menos en el talante), de los estudiantes de medicina con los que se mantenía, y a los que su desprecio o su envidia atacaban a menudo con comentarios corrosivos. Pasaron por el parque Bolívar. Se sentaron en las escalas de la catedral, junto al surtidor, lugar concurrido, donde se paseaba, desafiante, el olor agreste de la marihuana, entremezclado a los rumores y voces nocturnas. "El parque Bolívar es una tragicomedia, aquí está dibujado, o desdibujado, Medellín", dijo Blandón. Y podía ser cierto. A esa hora cuatro o cinco corrillos demostraban la necesidad humana de solaz barato y plebeyo que tienen las seres citadinos, fustigados por los espectros de la violencia y la monotonía. Títeres que bailaban salsa, un negro realizando genialidades con un balón, un grupo de música andina, un mimo. Espectáculos que tenían su público, su ovación sencilla, su recompensa traducida en una moneda o un billete caritativos. Noche de viernes. Cuando la ciudad fermenta placeres y tormentos tan viejos como Roma. Cuando los ancianos van a asilarse en los lechos perversos de una vejez ruinosa y los jóvenes van a las tabernas. Blandón quería beber. A Marcos le dejó asombrado el negro futbolista, sus florituras con el balón le parecieron espectaculares. Blandón rió a pulmón franco con los remedos del mimo. Pasaron por la Arteria y otras tantas tabernas de aire semejante, donde los asiduos, según Blandón, eran intelectuales, ricos. Blandón iba en busca de dos amigos que le debían plata. Los buscaron sin éxito. Roma (el mundo) desplegaría sus festines, sus comilonas, sus hartazgos, y los dos amigos, sin remisión, irían cansinos y tristes a coger el bus. Volverían decepcionados a casa. Los dioses eran pródigos en sueños, mas no en dinero.                          

miércoles, 16 de noviembre de 2022

Los condiscípulos (Blandón. Cap.23.)

Engarzar las historias en la historia es visualizar la trama en la urdimbre, tejer ese contrahilo con el que se logra el dibujo. La historia es lo fijo, la urdimbre, los hilos verticales. Las historias son la trama, lo móvil, los hilos transversales. Las historias son esos hilos que se desovillan entre la sed y el desvelo, buscando el sentido en una dinámica propia, quizás eterna. No soy el primero en pensarlo, que las historias nos toman como vehículo para contarse. La urdimbre es el fondo; la trama, la forma. En la urdimbre del capítulo de la rendición de Neerlandia (Cien años de soledad), García Márquez ensarta al final, en unas breves líneas, la historia del joven comandante que muere de amor por Remedios, la bella. Es como rematar el tejido con un bordado de adorno. El regalo de una historia sencilla y volandera. Es parte del taller del artista, saber tejer. En todos estos días en que enrollo en un huso los cabos sueltos de las anécdotas de Blandón, descubro que las historias poseen una determinación y un impulso en sí mismas. Se buscan entre sí. Al afrontar la muerte de su padre, en esos días terribles en que don Jaime agonizaba, Blandón leía a José Manuel Arango: "llevo tu sangre como valioso don, como extensión de tus potencias; y estoy reunido, en tu sangre, con mi cuerpo". Me compartía esta lectura, estos versos al padre, en cualquier grada de la u, bebiendo un café, esquivando por unos instantes ineludibles responsabilidades académicas. Los cursos no daban tregua. Había que deslomarse y ganarlos. Mientras bebíamos el café y conversábamos, un grupito aledaño teorizaba sobre el complejo de Edipo y la patología de la vida sexual al nivel del hogar. El tabú del incesto, el tema escabroso. A nuestras espaldas, una muchacha leía una esquela dulzona a su novio. ¿Qué había en esas escenas? ¿Qué decantábamos de todo aquello? El amor, el saber, la muerte. Hubo noches de barrio en que Blandón me invitaba a dar una vuelta y yo rehusaba. Prefería recogerme en casa, dormir. A veces sentía que la compañía de Blandón no era muy benéfica para mí. En el sentido de que también era un ser solitario e insatisfecho, que en ocasiones destilaba pesimismo y negatividad. Por otra parte, ¿qué derecho tenemos a turbar la soledad del otro? Entre individuos que se creen superiores el sentimiento de la solidaridad es muy raro. Llenos de indiferencia y desdén, marchan solos por la vida, al borde de una tragedia inevitable. A veces sentía un gran desconsuelo, una desilusión enorme, al comprender que la vida humana, sus vaivenes, tropiezos y esperanzas, eran nada en comparación con esa soledad sin par, agobiante y mortal que experimenta el alma desgraciada. Atormentados por un dolor incomprensible, no tenemos amigos. Solo compañeros de manada. Dentro de toda esta pena, también sentía una invicta claridad, el recuerdo de una tarde, un rincón de la infancia. Siempre seremos niños, no cabe duda. Siempre volveremos a la luz y la gracia de aquel tiempo. Cualquier vez viajaba con Blandón en la buseta, de mañana, rumbo a la u, y lo sentía poco locuaz. Lo saludaba al sentarme a su lado y se quedaba callado. Luego farfullaba algo relacionado con sus ojos y cierto escozor. Estaba muy serio, desanimado, falto de espíritu. Era imposible hablar seriamente sobre cualquier asunto con él. Estaba melancólico. También masculló algo sobre sus contratiempos estudiantiles. Estuvo lastimero cuando empezó a hablar de Fuerbach, Hegel, materialismo histórico. Estuvo lamentable, lacónico, casi tímido. Era un Blandón inédito. La verdad es que pocas veces había visto a mi amigo en tal estado. Habló, obligatoriamente, de poesía y cine y medicina. Habló a lapsos, con una voz de niño amedrentado. ¿Qué le ocurría? ¿Quizás tenía miedo de parecer absurdo? Cuando bajé de la buseta (él seguía hasta la facultad de medicina), debió descansar de mí. No soy un interlocutor muy deseable.               

viernes, 11 de noviembre de 2022

Los condiscípulos (Blandón. Cap.22.)

Un viernes en la tarde me crucé con Blandón en la u. Traía un ramo de flores, creo que eran siemprevivas. Estaba alegre, aunque lo disimulaba con un gesto de gravedad. Iba a visitar a la novia, que hacía la práctica en un pueblo a orillas del Magdalena. Era un viernes de esos en que yo, evitando el gentío, daba un rodeo para salir de la u. Había ambiente de jarana. Me sentía ajeno a ese mundo en que la multitud se uniforma bajo expresiones de halago a unos músicos, donde se bebe o se baila porque sí. Para librarme de la pereza que me vencía, me colgué de la barra gimnástica, subí y bajé quince veces, en tandas de tres. Vi un rostro conocido: la muchacha con ojos de minina golosa, la amiga de Margarita. Sentí su mirada como desde una orilla lejana. Luego, a la salida, me topé con Blandón. Sabía que un ramo de flores podía desentonar conmigo, por mi carácter seco, pero no con él, dulzón y donjuanesco. No conocía mucho de flores, pero me parecieron siemprevivas. Más tarde llegué a estar familiarizado con estas flores. Cuando, al final de la carrera, me fui a vivir con una mujer, a esta le encantaban las siemprevivas. Mantenía un ramillete en el nochero. Las flores estaban secas, pero ella me decía que no estaban muertas, que por eso se llamaban siemprevivas. Yo no entendía bien el asunto, quedaba perplejo. Que nadie me ha visto (¿ni me verá?) ofrecer un ramo de flores a una dama es una verdad de aquí a Pekín. Puedo ofrecerle un libro, de pronto hasta dejar que tome mi brazo al marchar a mi lado (y sentiré lo pequeña y urgida de cariño que es su mano), pero las flores no estarán en el libreto, os lo aseguro. En esto nos diferenciamos Blandón y yo. Él es más romántico, más detallista. Yo tiendo a la aspereza, aunque, cuidado, en ocasiones yo mismo me sorprendo con inesperadas manifestaciones de ternura. Como esa vez (creo que fue en Seminario de Literatura Contemporánea, con Restrepo) en que, al finalizar la sesión, me incliné al oído de una muchacha y le susurré: "¿cuál es tu nombre?" Me lo dijo. "¿Y el tuyo?" Se lo dije. "Mucho gusto", agregó. Se llamaba Ana Cecilia Lalinde. Me dijo su nombre a pedazos, espaciadamente, entre reacia y pícara. "Ana... Cecilia... Lalinde..." Era la primera vez que la veía. Llegué a clase con media hora de retraso y me senté a su lado. No me importó entablar un inofensivo y sutil juego de miradas, gestos, palabras. Acaso reconocí en ella la timidez de una primípara. Reparé en su boca, grande, y en sus labios, gruesos; también en algo como de niña en su rostro moreno, en su voz, en la forma como fluían sus palabras. Ella tenía las fotocopias de los cuentos de Cortazar. Tomaba apuntes con lápiz, con letra pegada, bastante pulida, en un cuaderno de aros metálicos y hojas rayadas. Era muy escrupulosa, y al final de cada relato escribía la bibliografía: el título del libro de donde fue extraído y todo eso. Cuando el profesor citó una frase de Borges ("El universo es la historia de dos o tres metáforas"), ella corrió a copiarla, pero la copió mal ("El universo es la historia de otras metáforas"). Le hice notar el error y ella lo enmendó. Tenía borrador y tajalápiz a la mano. Me agradeció la gentileza. En correspondencia, me mostró en su cuaderno el título de un documento que debíamos leer. Estas cosas no son muy frecuentes en mí. Es decir, lanzarme. Creo que debí aprender algo con Blandón. El que anda entre la miel... También él debió aprender algo de mí. Eso es la amistad, como los préstamos en las lenguas o en las culturas, una cosa bonita. Acaso él aprendió el amor a la literatura de la madre, una mujer a la que le gustaba contar historias. "Vivimos nueve meses en un pueblo esmeraldífero de Boyacá, un pueblo metido en una profunda hondonada. Y cuando, por fin, salimos de allí, juré que si acaso regresaba sería para desandar los pasos. Le digo que yo vivía contando las horas y los días. En ese pueblo había una gran violencia, todo el mundo andaba con revólver o cuchillo, hasta los muchachos de doce años. En la noche no se oían más que balaceras y escándalos. Yo no podía dormir porque Jaime, mi esposo, se quedaba en la calle, bebiendo. Claro que tenía un revólver. Entonces trabajaba con la Federación de Cafeteros y nosotros morábamos en una casita de esa empresa, muy bonita, por cierto. Teníamos tres niños, Martica, Julio y el niño que me mataron, los muchachos deben haberle contado esa historia. Una noche oímos a alguien gritando. Salí a ver y me enteré de que Jaime estaba en la cárcel. Eran las tres de la madrugada. En ese pueblo la luz eléctrica la suministraban con motor, y solo desde las seis de la tarde hasta las nueve. Le llevé una manta y una vela a mi esposo. Era tan loco que intentó prender fuego a la puerta. A las seis de la mañana regresé a verlo. Me ordenó que fuera a visitar al cacique del pueblo. Lo hice. Le conté que Jaime estaba preso y me acompañó donde el teniente, el cual dio el mandato de dejar en libertad a mi marido. Me enteré de lo que había pasado: a Jaime intentaron matarlo entre varios y él sacó el arma. Lo metieron en la celda para protegerlo de los otros. Estos hombres pertenecían a una de las dos corrientes antagónicas del único partido político del pueblo. Este sector se oponía a la presencia de la Federación de Cafeteros en el lugar. Habían amenazado con matar a un empleado de esta firma. Apenas nos dimos cuenta de esto, Jaime presentó renuncia irrevocable. Empacamos. Dijimos que nos íbamos porque los muchachos no resistían el calor de ese pueblo (les formaba vejigas en la piel). No es cierto. Huíamos de las amenazas". Sí, la mujer, la abuela, la madre, siempre estará en el comienzo de las historias. ¿No es hermoso?            

jueves, 10 de noviembre de 2022

Los condiscípulos (Blandón. Cap.21.)

"Tengo unas ganas de pichar", dijo Blandón, exclamativamente, jocundo, arrebatado, al acercarnos a la cola para coger la buseta. Celebré su ocurrencia, aunque el verbo "pichar" me pareció vulgarote. Ah, cómo estábamos de rijosos y achispados esa noche (veníamos de La Montaña, de la chancera). Blandón flirteaba hasta con los postes eléctricos. Nos reíamos hasta de nuestra amarga soledad. Varias veces lo vi ebrio. Éramos jóvenes, universitarios, el licor era una oferta o un escape de cada fin de semana, el deshollinador del alma. Reconocíamos que el alcohol nos hacía daño. No habíamos nacido para borrachos, era claro. Tampoco para procreadores, a la vieja usanza, con familias de decenas de hijos. En el fondo, no éramos ni desordenados en el apetito sexual. Soñadores, es lo que éramos. Jamás pasó por nuestra cabeza la u como la oportunidad de "quebrar duritos", aprovechándonos de las primíparas. Esto se lo dejábamos a otros, a los que tenían esa naturaleza de hienas. A nosotros nos sorprendían por ahí, escribiendo poemas o caminando en solitario. Claro, el amor zumbaba en nuestro entorno, como un huracán que nos descuadernara la vida. Amor, urgido amor. Era tarde, una y media de la madrugada. Me asomé al balcón al oír ruidos y voces en la calle. Creí que llegaba mi hermana. Me sorprendí: era Blandón. Lo vi conversando con el sereno. Me saludó con fervor. Pensé: "¿estará ebrio?" Cuando entró al edificio, subió la escalera, quedó frente a mí y me habló, lo confirmé. Su aliento tenía acidez de licor. Traía su morral rojo raído, una camisa café o vinotinto, sus gafas. Me dijo: "vengo de un lanzamiento" y sacó un libro, una recopilación de cuentos, y me lo enseñó. Conversamos algo al respecto. Le dije: "estoy desvelado, me he acostado dos veces y las mismas me he levantado". Le conté que estaba pendiente de la llegada de mi hermana Nativa. "Debe estar parrandeando", dijo. Olvidamos el asunto. "Vengo de striptease", dijo. Y a continuación me enumeró los nombres de los amigos, poetas todos, que lo invitaron a ver mujeres desnudas y a tomar. También me habló de una chica que conoció, que lo trastornó. "Es psicóloga de la San Buenaventura". La había conocido y abordado en el cóctel. Salieron a dar una vuelta. Se sentaron a la sombra de unos árboles. Ella quiso abrazarlo, pero se cohibió; él quiso besarla, pero se apocó. Todo eso me dijo. También me dijo que en el striptease no estaba contento, porque solo pensaba en la chica psicóloga. Si hubiese tenido plata la habría invitado a algún sitio. Lamentablemente, no tenía. Hablamos otro rato y nos despedimos. Subió la escalera diciendo: "el aguardiente me hace daño".      

miércoles, 9 de noviembre de 2022

Los condiscípulos (Blandón. Cap.20.)

En el fondo, al escribir estos recuerdos, siento que no es la compulsión del maniático lo que me impulsa, sino una necesidad más profunda: la de verme en el espejo de los otros. El ser que sale a flote de la marea de estos hechos, me deslumbra con su nobleza y me espanta con su ruindad. Cada uno tendrá su veredicto. En la balanza de su conciencia, estimará qué parte inclina el fiel. Con respecto a Gabriel, mi contrincante ajedrecístico, debo decir, en abono de este servidor que, con con los años, emparejé su nivel gracias al estudio. Ya veteranos jugamos unas partidas en Palermo, obteniendo un honroso empate. Jugábamos en la noche, luego de la cena. Javier y la madre veían tele abajo, mientras nosotros, en el piso de arriba, nos dábamos madera, oscilando entre el triunfo y la derrota. A mi juicio, de los Blandón, es Gabriel, el menor, quien mejor juega ajedrez. Blandón también lo practica, pero sin la pasión necesaria. Su hijo, en cambio, es un ajedrecista profesional, inscrito en la Liga desde niño. La última vez que jugué ajedrez con Blandón fue en la u, en la cafetería, una tarde. Fue en los días en que yo terminaba la carrera. Con Gabriel, por el contrario, ya maduros, nos citábamos los sábados en Los Peones y contendíamos. Con cada uno de ellos he manejado una afinidad distinta. Con Gonzalo era la música. Con Julio, la inquietud por el arte. Blandón me ha acompañado, sin embargo,en mi faceta más notoria: la de escritor. Una noche lo arrastré al centro y nos tomamos unas cervezas en la heladería La Montaña, frente al antiguo edificio de la Gobernación. Nos habíamos encontrado en las afueras de la u. Nos embarcamos en una buseta. Blandón me acompañó a jugar un chance. La Montaña era un sitio concurrido. Casi todas las mesas estaban llenas. Los meseros con sus camisas blancas, sus pantalones oscuros y sus rostros juveniles, no se daban respiro. La expectativa por el partido de fútbol entre Nacional y América (por un cupo a la semifinal de la Libertadores) hacía que la gente bebiera y hablara animadamente. Conversamos. Blandón abrió su cuaderno y me leyó cuatro poemas que escribiera recientemente. Traía el libro de César Vallejo que yo le presté. Hablamos de escritores jóvenes que prometían, de poetas malos, de concursos literarios y cosas de ese jaez. Yo evitaba dar a mis palabras un tono intelectualoide. No deseaba frases pedantes: solo quería beber unas cervezas, acompañar a Blandón, el cual tenía una pesada sombra de soledad y tristeza en los ojos, a causa de un revés en un examen en la u. Para él había llegado el momento de las cavilaciones. ¿Era su destino ser médico? El asunto era serio. Recordamos anécdotas del viaje a la costa haciendo auto-stop. Dijo: "debíamos sentarnos alguna vez y escribir la historia de la pirateada". Era buena idea, nostálgica, pero inviable en esos momentos. Ambos hacíamos objeto de una atención de estetas a la chancera en su caseta, junto a nuestra mesa. Era una mujer de joven aspecto, rasgos finos, piel blanca, cabello exuberante, con un corte sofisticado y un tono rubio. En la caseta, junto a ella, se hallaban dos niños, seguramente sus hijos. Trabajaba con pulcritud. Traía una blusa rosada, muy bonita, y cuando se abría la puerta de la caseta, frente a nosotros, podíamos gozar el incitante espectáculo de sus piernas majestuosas, proporcionadas, realzadas por el brillo sugestivo de las medias de lycra. Sus piernas nos hicieron soltar un silbido de admiración. La deseamos con lascivia. Nuestras miradas fueron las de dos sátiros sin gracia, pero rijosos. Sin embargo, la chancera y su atractivo conseguido artificialmente, como la mayoría de las femmes, no era una realidad profunda, un suceso trascendental, significativo, importante, para nosotros. Era simplemente un objeto sensual que excita, imagen libidinosa. Nuestros pensamientos esa noche seguían líneas más íntimas. Por un lado, Blandón enfrentaba la posibilidad de una descalificación de la u por bajo rendimiento. Y yo, por mi parte, pensaba en Magnolia. Y mi pensamiento, exaltado por la líquida y espumosa resultante de la cebada y el lúpulo, se traducía en frecuentes idas al teléfono público, en inútiles intentos de comunicarme con ella. No pude. Y Blandón, listo siempre a las salidas jocosas, dijo: "tienes un gran aspecto de minotauro". Entre intelectualoides uno podía captar el significado llano de esas referencias metafóricas. Yo les resté valor a sus sospechas. Quería hablar con esa muchacha. Y me prestaba a las burlas de Blandón: "no me digas que estás enamorado". Por una fácil asociación de ideas (y dada la peculiaridad de mi carácter), Blandón, acertadamente, llegó a la conclusión de que yo podía estar llamando a esa muchacha "muy linda y buena" con la que días atrás me viera paseando por Junín. Era noche. Veíamos los rojos números en el reloj de pared, indicando el curso inevitable del tiempo: 8,17. En la calle había un televisor, gente agrupada ya para ver el partido, para gritar por su equipo favorito. Para nosotros ese acontecimiento era algo baladí. Podíamos presenciarlo o no presenciarlo. Nos repelía el fanatismo. Ahí estábamos Blandón y yo, viejos amigos, compañeros de aventuras y de diálogos, habitantes de mundos distintos y semejantes: él, médico en proyecto; yo, profesor; ambos poetas, literatos, según nuestro parecer. Ahí estábamos, ocupada la mente en problemas particulares, acompañándonos, en un gesto de solidaridad algo patético. Unidos por los vapores espiritosos de la cerveza, por el don singular de las palabras, por emociones inciertas. Ambos sorbíamos, con la cerveza, una derrota, una caída que nos abría heridas en el alma. Era eso.                  

Los condiscípulos (Blandón. Cap. 19.)

Es así como ocurrieron las cosas (si no me equivoco): una vez el padre se pensionó, empacó sus bártulos y se mudó de Támesis a Medellín con su esposa y sus hijos menores, optando por vivir con los universitarios en el apartamento de Bello. Son las decisiones que se toman cuando nos hacemos viejos y los vástagos crecen. Se busca otro nido. Un espacio que brinde las mayores oportunidades para todos. Por otra parte, ya los benjamines habían terminado el bachillerato. También tenían listas las alas. Tener dos casas y mantenerlas atenta contra el bolsillo. Sí, creo que es así como ocurrieron las cosas. Seguían en posesión de los predios solariegos: la madre en Palermo, el padre en Monguí. Pero el batallón en pleno ahora formaba filas en la Ciudad de la Eterna Primavera. Me agradaba visitar el apartamento de los Blandón. Me parecía encomiable el aspecto sencillo y la afabilidad de esta familia. La madre con su saludo austero y sus incursiones a la cocina para revisar las ollas; el padre enfermo, retirado en su dormitorio. Los muchachos adueñados de la sala, estudiando. En ese hogar se me abrían las puertas con una modestia y una familiaridad indudables. Allí se me brindaba siempre un café que yo bebía con fruición. Una o dos veces por semana subía al 401 a jugar ajedrez. Preferiblemente después de comer, con el propósito de hacer la digestión, al tiempo que me entretenía. Mi rival frecuente era Gabriel, un muchacho que solía dar la impresión de displicente, huraño, pero, cuando se lo abordaba, resultaba grato. Nunca le ganaba. Me encontraba en la etapa en que se cometen todas las torpezas del novato. Yo sabía mover las piezas, mas no poseía una gran concentración. Partida tras partida notaba, no obstante, mis progresos. Cada vez mi contrincante me otorgaba menos gabelas. Jocosamente, le llamaba así: "mi contrincante". En ocasiones, me preguntaba por qué me sometía, noche a noche, juego a juego, a esa segura derrota. Reconocía el placer de luchar, de personificar los anhelos de triunfo en esas figuras de madera de desplazamientos establecidos. Tal vez hubiese una migaja de masoquismo. Y, sobre todo, el inconfesado afán de vencer a mi adversario alguna vez. En el fondo, los momentos entregados al lance del ajedrez eran un asunto secundario. Lo que buscaba en realidad (especialmente en los días en que no salía de casa) era un rato de esparcimiento, la ocasión de charlar con Blandón o cualquiera de sus hermanos. Eran mis amigos de hace tiempo. Blandón siempre estaba listo a presentarme inquietudes literarias, listo a bromear. Tenía un espíritu más afín al mío. Salía de mi apartamento (el 202), subía la escalera, tocaba en el 401. La cerradura producía un sonido gruñón. La puerta se abría. Aparecía Blandón: sus gafas, su cuerpo, su bolso, sus ojos que miraban analíticamente. Como que recién llegaba. Él cerrando la puerta y yo tocando. Como estaba en su casa, objeto de una nocturna hospitalidad, saludé antes que él. Blandón era un poco ceremonioso. Le encantaba que sus gestos tuvieran un amplio campo de resonancia. Pasaron varios segundos antes que respondiera a mi saludo. No lo niego, cuando lo hizo me sentí admitido en su presencia. Para halagarlo, leí en voz alta y acariciadora el gran letrero de su camiseta: "Molokai". Ya me hallaba sentado en la mesa, frente a Javier, el tablero de ajedrez entre ambos con las últimas piezas, las que decidirían la victoria. Blandón dejó el bolso en un canto de la mesa. Me alargó un suplemento literario, luego de localizar un artículo que, en su opinión, debía interesarme. Además, trajo dos revistas prestigiosas, que puso en manos de su madre, con el debido comentario calificador. Era un hombre de ideas seguras, hablaba con cierta arrogancia, como desafiando a su propia conciencia a generar razonamientos audaces. Me puse a hojear la reseña. Blandón intervino con preguntas, asertos, suposiciones, chistes. Entretanto, había ido a la cocina por su comida, que devoró en un santiamén, mientras yo pensaba en el espíritu nutrido con base en lentejas y arroz. Lo que más me gustaba de él era su buena fe. Siempre estaba atento a mostrarme los libros que conseguía, a sugerirme autores, a prestarme artículos. Todo escrito que encontraba relacionado con la literatura negra, se creía en obligación de cedérmelo, supuesto que mi interés era indudable, lógico. Pero yo desconfiaba de esas categorizaciones. La literatura es una, sin color. Esa noche salí de casa de los Blandón con dos textos de M. L. King.                 

lunes, 7 de noviembre de 2022

Los condiscípulos (Blandón. Cap. 18.)

Javier, uno de los menores de los Blandón, vino a Medellín el fin de semana. Vive en Palermo, corregimiento de Támesis, con la madre. Su visita obedecía a dos objetivos: por un lado, participar en una carrera atlética; por el otro, acondicionar la ducha del apartamento de Bello, según las necesidades de la edad de la madre. Me telefoneó el viernes en la noche. Estaba recién desempacado en el apartamento. Es electricista, así que no tendría dificultades con las modificaciones en la ducha. La madre viajaría a Medellín la semana entrante, quizás a diligencias médicas. Javier se anticipaba a tenerle todo listo en lo tocante al baño. Es el compañero de esta, su mano derecha. Pasa igual que Smith con mi padre. Las familias se disgregan, los viejos se quedan solos, y, en el mejor de los casos, uno de los vástagos (el "quedado") vive con ellos. Una pintura optimista, porque el abandono de los seniles es aterrador. Javier no se ausenta de Palermo sino lo necesario. No le gusta dejar sola a su viejita. Quedamos que en otra oportunidad (quizás en unos días, cuando él acompañe a la madre a las vueltas médicas, aunque el asunto no suele pasar de buenas intenciones) tomamos un café. Por esta época es con quien más fraternizo. Con todos ellos me he llevado bien, incluso con la hermana mayor, que es mi colega, que hace teatro y escribe. En estos últimos tiempos he estado dos veces en Palermo, y Javier ha sido un excelente anfitrión, como siempre. Años atrás también coincidimos en Boyacá (Monguí), durante unas vacaciones que pasé allí. Íbamos a los piqueteaderos, visitábamos a sus parientes, salíamos a trotar (deporte que nos ha gustado de vieja data). Éramos los atletas del barrio, la gente ya nos reconocía. Hacíamos diversas rutas. Algunos nos saludaban al pasar. Me pregunto si, así como yo escribía en mi diario apuntes sobre todo tipo de personas, alguien, maniático de la escritura, hizo alguna anotación en su libreta sobre nosotros, los atletas de las Cabañas. Acaso el propio Blandón. O cualquiera con la pasión de la hoja en blanco, que no eran pocos por allí. Como digo, cada hijo de familia emborrona cuartillas. Suele ocurrirnos que no concedemos valor literario a las cosas más inmediatas, las desestimamos por sencillas y corrientes, cuando es allí donde está el filón. Estévez nos enseñó a fijarnos hasta en un olor, a dar belleza a lo más nauseabundo.  Me pregunto (estoy muy necio con esto) si alguien de esa época, de los que me veía cruzar corriendo rítmicamente, escribió algún trozo sobre mí. Puede que sí. Tal vez nunca lo sepa. El propio Estévez, con todo lo que nos tratamos, solo escribió dos renglones sobre mí. Al menos es esto lo que aparece en Diario de un Escritor. Yo he escrito cantidades sobre mis conocidos. De Blandón poseo páginas y páginas. A Javier también lo he retratado en mis cuadernos. Javier. "Desertores", nos llama, puesto que mi familia se  mudó de Bello y vendimos el apartamento: Todo esto en el trajìn con la enfermedad y el deceso de mi madre. Creo que de los inquilinos iniciales del bloque (por allá de 1984) solo quedan ellos, los Blandón. El suyo es un apartamento que pasa solo la mayor parte del tiempo. La madre no lo vende precisamente por esto, por tener un lugar en la ciudad donde llegar. Es una comodidad incuestionable. Imagínense pagar hotel o molestar a los parientes, no. No deja uno de pensar en la soledad y la extrañeza que sentirá Javier al recalar allí. Los antiguos habitantes nos marchamos. El sector está muy cambiado. "El Barrio Obrero está irreconocible", me dice. Sí, los conjuntos de edificios, los negocios de toda laya, gente de nuevas generaciones, comprendo. Por otra parte, nosotros ya marcamos con el cinco. Somos unos veteranotes del carajo. Le digo que su llamada y su visita al apartamento me animalean la nostalgia. Le pregunto por doña Graciela y sus hijas, las vecinas del frente, tan antiguas como nosotros en aquel lado de Bello. Me dice que acaba de entrar en casa, que tal vez las salude luego. Una noche de viernes en el apartamento de los Blandón, qué de recuerdos. De veras que me puse nostálgico. La vida, los pensamientos, las palabras, las acciones que tomaron cuerpo en aquel piso 401. Allí afrontaron los Blandón la enfermedad y la muerte del padre, hace más de treinta años. La madre se acerca a los noventa. Es una mujer de una salud y un buen carácter envidiables, con la memoria intacta, conversadora. He tenido la oportunidad de gozar de estas sus virtudes. El padre murió recién entraba a los sesenta, quizás menos. Todavía me parece verlo en la escalera, donde nos cruzábamos a veces, con su gesto contenido y sus palabras precisas. Se había pensionado. No más bregar con alumnos. Se quedaba días con sus hijos citadinos. ¡Lo que es un hombre! Una figura, unos mohínes, unas palabras. Un hombre muy medido, de rostro serio, de movimientos pausados. Su voz también era medida. ¿Qué idea tendría de mí? El amigo de mis hijos. Mi hermana mayor cuenta que mientras el padre de los Blandón agonizaba o moría en el hospital, ella lo vio en Junín, miraba unos zapatos en una vitrina. Qué susto el que se llevó cuando le dijimos que el señor era difunto. "Me espantó", fue la conclusión de mi hermana. Sí, ¿qué otra cosa podía ser? Un espanto. Un mal renal lo aquejaba, requería un trasplante si quería vivir unos años más. De los hijos, Gonzalo fue quien salió apto, luego de los exámenes, para donar el riñón al padre. Sin dudarlo, accedió. No sé si acaso el padre de Blandón bebió mucho y ahora el riñón le pasaba factura. Mi padre sí se los tomaba, y con ganas. De jóvenes nos desmandamos, sin parar mientes en advertencias. Como en el poema de Cavafis, la prudencia no es una buena consejera. Según el poeta egipcio, hay que gozarla, no dejarse echar cuentos de esa vieja roñosa. Claro, el viejo efebófilo se arrepiente de no haberse echado a la muela más mancebos. ¡Alejandría! Es muy raro que la relación del padre con los hijos sea buena. Siempre habrá un detonante. Durante una enfermedad salen a relucir las miserias y las grandezas de una familia. Un riñón. Leopoldo Bloom. Por aquellos días un hombre colocó un aviso en el periódico: "se vende riñón". ¿El motivo de esta extravagancia? Que estaba aguantando hambre y necesitaba plata. La vida continúa, nada la detiene. Nos mata el riñón o nos mata la mujer. Fue el caso de un minero en Amagá en ese tiempo. Su mujer, en venganza por el maltrato, le echó veneno en el chocolate. La mujer se siente ultrajada. ¿Y las que matan por celos? ¡Dios! Es una cosa bárbara. Y están los que mata el alcohol, como el hijo del Suave que, borracho, cayó de un puente al río. El Suave, el viejo sabrosón de la taberna de salsa. También se los tomaba, mientras se encargaba de cobrar. No se le perdía un céntimo. Mario, el hijo, pasaba los pedidos, lavaba los vasos, picaba naranja. En ese tiempo la familia de Blandón atravesaba por un torbellino de emociones contradictorias, como cualquiera en la misma situación. Un día caminaba con mi amigo por el centro, y este se conmovió profundamente al ver a un hombre cargando en los hombros a su hijo paralítico. Con una pesada caja de cartón en cada mano, el hombre caminaba entre el cardumen de gente ostentosa y gaya. "Qué contraste", apuntó Blandón. Ya en la buseta, todavía pensando en el cuadro citado, dijo: "me gustaría especializarme en pediatría para ayudar a niños como ese". El muchacho venía bien asido con los muslos y los pies a los costados de su padre. Tenían facha provinciana. La vida sigue. En aquella Navidad Blandón planeaba trabajar cuidando una casa (creo que de unos familiares), pero le resultó un viaje a Carolina y cambió de pensamiento. Mejor irse a pasear. No lo niego, esperaba que su compañía me entretuviera un poco en esos días navideños. Así no tendría que ir en busca de camaradas que vivían en otros barrios. Ahora Blandón se había ido. No es que me sintiera desamparado, pero Blandón era un alma afín a la mía, nos movíamos en el ámbito de búsquedas similares. Por otra parte, estábamos muy entusiasmados con el ajedrez. Una mañana de esas nos encontramos. Yo estaba en la fachada del edificio, acababa de trotar, cuando Blandón salió con su aspecto de viajero, acicalado, con morral a la espalda, todo jovial y pimpante. Nos dimos la mano deseándonos feliz Navidad.                     

jueves, 3 de noviembre de 2022

Los condiscípulos (Blandón. Cap. 17.)

La familiaridad era mucha. Uno al otro nos visitábamos en los respectivos apartamentos, generalmente para tratar algún tema literario o para gozar de un rato de ocio. El apartamento de los Blandón, como espacio de universitarios que vivían solos, ofrecía más confianza, más oportunidad para el desparpajo. En el mío estaban mis padres que, aunque eran formales, no dejaban de representar el mundo de los adultos, con todas sus connotaciones coercitivas. Las bromas y las risas eran pan del día en el apartamento de los Blandón. Gonzalo mantenía a la mano su repertorio de chistes, en una competición a muerte con Faustino, el inquilino del quinto piso, que era otro mamagallista redomado. Si me propongo, puedo describir, punto por punto, cada rincón de esa casa, donde tantas veces estuve, siendo para mí un segundo hogar. Pero este no es mi propósito al presente. Blandón el literato es quien me ocupa ahora. Alguna ocasión llegaba a mi casa y mi hermana servía la cena. "Yo me le mido", respondía Blandón al ofrecimiento de mi hermana sobre si quería comer. Y comíamos en la mesa, conversando animadamente. Y Blandón me decía de los muchos cuentos que tenía escritos y de las editoriales que se peleaban por publicarlos. Era un mundo extraño, donde nosotros sólo pensábamos la vida en torno al papel manuscrito o impreso. Éramos papel. Uno siempre pensaba que a Blandón se le iba un poquito la mano en los cálculos, que la realidad le importaba un bledo, que por algo era escritor, vaya dotes de exageración. Las editoriales peleándose sus escritos. Era la más bella de las imaginaciones. Pero es que era un muchacho de veintidós años, con los pies en las nubes. De algún modo, con sus sueños desmesurados, me invitaba a soñar. Por esa época se mantenía preguntándome si no me gustaría publicar. Sus amigos eran periodistas y redactores de revistas. Blandón se ilusionaba con la publicación de su obra en un suplemento dominical. ¿Quién no? Charles Darwin, al ver en el libro Imágenes de insectos británicos, de Sthephens, una de las especies que él descubriera, confiesa que "ningún poeta puede haber sentido mayor gozo al ver su primer poema publicado que el que yo sentí al leer las palabras mágicas 'descubierto por el señor don Charles Darwin' ". Blandón y yo estábamos en la misma empresa, la del espíritu. Esto lo entendíamos ambos. Aún pasábamos por una etapa embrionaria. Luchábamos a brazo partido por llegar. Cualquiera de esos días yo servía de amanuense a mi amigo. Subía mi máquina de escribir manual a su casa y le transcribía un cuento que mandaría a concursar en un certamen universitario. Blandón me dictaba vacilante. No sabía muy bien el sitio correcto donde debía dictar una coma, un punto seguido o un punto y coma. Todo lo resolvía con las primeras: "coma, coma, coma". Yo advertía sus progresos narrativos y se los expresaba con parquedad. Su relato se llamaba No me esperes mujer y transcurría en la atmósfera del páramo de Boyacá. Utilizaba un estilo cinematográfico. Apenas el cuento quedó transcrito en las pulcras hojas de bloc tamaño carta, él rompió triunfal y soberbio el manuscrito. El primer premio del concurso otorgaba doscientos mil pesos. Blandón soñaba con ese dinero. No recuerdo qué ocurrió con ese cuento, si obtuvo o no el premio. Creo que no. Pero Blandón seguiría insistiendo. Aunque tuvo mejor suerte con los poemas, nunca desfalleció en la narrativa. Lo sé porque, ya cincuentón, seguía puliendo sus cuentos y, a la postre, los publicaría. Imagino que ya no tendría ese abanico de editoriales tirándose de las greñas por sus textos, pero él se conformaría con verlos en formato de libro, sin importar el brillo de la casa editora. Son las concesiones necesarias que debemos hacer con los años. En ello no hay merma ni descrédito, solo un estricto sentido de lo justo. En otra oportunidad Blandón vino a mi casa en la tarde. Mamá lo hizo seguir hasta mi dormitorio. Blandón me saludó desde el umbral. Abrí los ojos con una expresión sorprendida y soñolienta. Me incorporé en la cama. Blandón me preguntó cómo iban las cosas en el trabajo (yo ya era profesor en la Salle de Bello), si ya había amaestrado a esos chiquillos a los que les daba clase. Luego, bajo mi exhorto, habló de la posibilidad de triunfo de dos de sus cuentos que tenía participando en sendos concursos. Se sentó en la cama de mi hermano Jhony. Yo sospeché el motivo de su visita, pero simulé ignorarlo y me entretuve platicando con él. Vestía una camiseta de atletismo sucia, unos tenis viejos y deslucidos. Traía vendada la pierna izquierda a la altura de la rodilla: se la había lastimado jugando fútbol. Siempre que juega fútbol se lesiona. Por fin expresó el fin de su visita. Me pidió prestados unos pesos para pasajear. Bajé de la cama, abrí mi gaveta, busqué la plata. También él se puso de pie. Me contó que todavía estaba esperando el préstamo concedido por el Icetex. Se quejó de las dilaciones de dicho organismo con respecto al desembolso del dinero. Apoyé sus argumentos hablando a mi vez de la forma como en la universidad dilataban la plata por concepto de la matrícula de honor. En esos días yo aguardaba ese dinero. Desesperaba por él, mejor dicho. Entregué la plata a Blandon. Blandón habló con displicencia de su modo de trabajar en una traducción del inglés al español que lo ocupaba en esos momentos, en comparación con el modo en que la hacían sus compañeros, a quienes tildó de acelerados. Según esto él iba despacio, pero seguro. No tuve valor para negarme a la solicitud de dinero de mi amigo. Apenas tenía para los pasajes de la semana y había entregado en manos de Blandón el treinta por ciento de mi capital.                 

lunes, 31 de octubre de 2022

Los condiscípulos (Blandón. Cap.16.)

El muchacho de Támesis era amigo de Blandón. Llevaba dos años allí. Vivía en un apartamento próximo al parque, en una edificación distinguida. A estos dos jóvenes los había acercado el amor a la literatura. Eran ávidos lectores y poetas compulsivos. Habían formado un círculo literario de provincia, donde la figura más destacada era Everardo Rendón, quien ya hasta había publicado un libro de versos. El muchacho también había degustado las mieles de la letra impresa. Escribía poemas y narraciones. Blandón, que se jactaba de conocedor de la materia, lo presentaba como una joven promesa de la literatura antioqueña. La familia del muchacho tenía una agencia de apuestas con oficinas en varios pueblos del suroeste. Era gente acaudalada. Se habían ganado el gordo de una lotería, una millonada y, a partir de ahí, habían incrementado su fortuna con las utilidades del juego de azar. El muchacho manejaba el negocio de la familia en Támesis. Tenía dieciocho o veinte años. De gran estatura y miembros desarrollados, poseía una fisonomía agradable, altiva. De rasgos pulidos, donde se notaba la nobleza de su casta, tenía un rostro agraciado, donde la nariz de trazo fuerte y el bozo fino eran lo más llamativo. Su cuerpo tendía a una estilización un poco sospechosa, que se conjugaba con unos ademanes impetuosos y una voz amanerada. Tenía parientes en Concordia, tías mojigatas y primos con plata. Había vivido allí en su infancia. Ahora iba solo ocasionalmente, de asueto. Era bachiller. Su anhelo era matricularse en la Universidad de Antioquia a estudiar psicología, para lo cual debía trasladarse a Medellín, idea que le encantaba. En esa época Blandón estudiaba construcciones civiles en el Politécnico, pero ya andaba con la loquera de mudarse a estudiar medicina. Marcos recién había ingresado a la u. Visitó Támesis aceptando la invitación de Blandón, hospedándose en casa de los padres de este. Llegaron el jueves. Blandón, que hacía de anfitrión, le enseñó el pueblo y lo relacionó con amigos. El viernes en la noche hicieron una velada en el apartamento del muchacho, donde estuvo, además de ellos tres, Everardo. El muchacho leyó sus escritos, recibiendo la aprobación de sus invitados. Daba la idea de un tipo con una mente bien puesta, talentoso y agudo. Había realizado una obra satisfactoria y tenía la cabeza llena de proyectos. Exhalaba satisfacción, vigor. Marcos se sentía algo abrumado, humilde, ante la demostración de una disciplina y una imaginación superiores. No dejaba de ver que tanto Everardo como Blandón trataban al muchacho con una consideración rayana en el halago y que este se esponjaba con los elogios de sus admiradores. Marcos, reservado, no iba más allá de su papel de espectador de los hechos humanos. Cuando Blandón le presentó al muchacho y este le dio la mano, Marcos reprimió un ademán de descontento: la molestia y la desconfianza que sentía frente  a los hombres que daban la mano floja y lacia. El muchacho era uno de estos. Ni siquiera cerró la mano, sino que la deslizó, flácida, fría, entre la suya, sin presionar, sustrayéndola en el acto, como con repugnancia. Marcos no se fiaba mucho de la gente que era incapaz de estrechar la mano con fuerza y calor. De modo prejuiciado y parcial, había llegado a conferir magnitud de ley irrefutable a este hecho subjetivo. Pero su aprensión no lo traicionó, al menos esta vez. Ya los rones habían liberado la lengua y las máscaras y, en un momento en que Blandón y Everardo conversaban en el salón, el muchacho, con cualquier ardid, llamó a Marcos a su cuarto y allí desnudó su triste vicio. Se metió en la cama y convidó a Marcos con gesto suplicante y abandonado. Lo asía de la ropa e intentaba halarlo al lecho, proponiéndole caricias y contactos. Su voz y sus pupilas expresaban delirio, una ansiedad desmedida, frenética. Cuando Marcos salió de su pasmo y se precipitó fuera de la habitación, tenía la mente embolatada y un rezago de culpa. Blandón y Everardo conversaban ajenos a lo que ocurría, como si conocieran los arranques del anfitrión. El muchacho seguía llamando a Marcos, invitándolo con quejidos y seducciones de mujer. Al regresar al salón, Marcos no contó nada de lo sucedido, pero estuvo silencioso y no bebió más. El muchacho volvió simulando normalidad. Marcos exhortó a Blandón a marcharse. Lo hicieron. Por la calle, rumbo a casa, Marcos venía asqueado, con ganas de vomitar, reprochándose haber bebido. Relató el incidente a Blandón, el cual no se asombró, reconociendo que el muchacho era un maricón. Marcos quiso preguntarle por qué no se lo dijo, pero se lo calló. Comprendía que Blandón era despreocupado y hasta negligente con este tipo de personas. Se había movido mucho entre artistas y sabía lo extendido que estaba el homosexualismo entre estos. Lo veía con una mirada desapasionada, clínica, sarcástica. Al año siguiente el muchacho se trasladó de Támesis a Medellín y se matriculó en la u. Entonces fue más descarado con su manía, tanto en lo ceñido de su ropa como en lo escandaloso de sus gestos y relaciones. Aunque se cruzaba con Marcos, nunca lo saludó, y mucho menos recordó aquella noche de su desenmascaramiento. Marcos no hizo ningún intento de acercársele. Le parecía un individuo indeseable. Le molestaba tener algo en común con él, aunque solo fuera la memoria de un momento execrable. Después perdió de vista al muchacho. Creía que tal vez ni había terminado la carrera. Era un tipo voluble. Quizás se había marchado de la ciudad, pues nunca volvió a verlo. Un día, hablando de él con Blandón, este le contó que el muchacho se había dado al libertinaje. Marcos sabía bien lo que esto significaba. El artista promisorio había sucumbido en el vicio.          

jueves, 27 de octubre de 2022

Los condiscípulos (Blandón. Cap. 15.)

Mi padre se daba cuenta de que a Blandón le gustaban las ideas de izquierda y se cabreaba cada que este me visitaba, que era a menudo. Tenía motivos para desconfiar y preocuparse. Un sobrino suyo, acusado de guerrillero, recién había muerto en una cárcel de Cartagena a raíz de las torturas. Se llamaba Osbaldo. A mi padre le dolió mucho esa muerte. Era el hijo de su única hermana por parte de madre. El gobierno pagó una indemnización, pero esos millones no justificaban la vida de un ser querido. Jamás. Entre los recuerdos familiares uno de los más gratos era cuando viajábamos a la costa (a Uveros) y Osbaldo nos acompañaba en los recorridos de un caserío a otro, bordeando la playa, ayudándonos, además, a cargar las maletas. Era joven, pensativo, trabajador. En una tierra sin muchas opciones, fue aleccionado y conquistado para la causa de las armas. También él tendría esa esencia guerrera. Siempre que Blandón venía a compartirme sus revistas, mi padre se cabreaba. Creía que me estaba influenciando. No sé si Blandón advirtió alguna vez la sequedad de mi padre, su recelo. Debió hacerlo, porque mi padre era poco discreto en su desconfianza. El asunto alcanzó tal dimensión, que una oportunidad saqué provecho, dolosamente, de esta sospecha paterna. Sí, me lucré de que él creyera que también yo era militante de la izquierda y esas cosas. Claro que me arrepentí ahí mismo y negué, avergonzado. A un padre no se le hace eso, me dije. Cómo descansó el mío ante esta retractación. Mi padre nunca ha simpatizado con la izquierda. Es de ideas socialistas, pero entiende el socialismo de una manera muy sencilla, sin cambio de estructuras políticas, sin abolición de la propiedad privada ni estatización de los bienes nacionales, nada de eso. Su socialismo es de compartir lo que se tiene, de dar al que más se pueda. Algo más cercano a Jesús y la multiplicación de los panes que a Lenin y sus comités de obreros, campesinos y soldados. Claro que a través de Jesús, y de Pedro, se creó una burocracia más poderosa que la soviética, la de la iglesia católica. El socialismo de mi padre era utópico, como el de Fourier. Alguna vez, sin duda, soñó con el falansterio y así poder albergar a cientos de seres desposeídos. Nunca hablé con Blandón sobre el recelo de mi padre. Tampoco estimé necesario explicarle a este que las publicaciones que Blandón me compartía eran literarias, poesía, casi siempre. En fín, esos sobrentendidos estaban allí y, de alguna manera, permeaban los pensamientos y los actos. Es que Blandón sí era un entusiasta de la izquierda. Alguna vez coqueteó con la posibilidad de viajar a Rusia con una beca de estudiante. Por ese entonces estudiaba construcciones civiles en el Politécnico. Le llegaban revistas y libros de la Unión Soviética y de China. El comunismo era una cuestión de rebeldía, de negación de la sociedad capitalista, un desafío personal. Blandón andaba envuelto en un aire de revolucionario, de conspirador, al igual que varios de sus amigos de ese entonces, algunos de estos de Támesis. Participaba en las marchas y manifestaciones. Ardía en él la juvenil exaltación de los grandes ideales. Tenía relaciones con el Instituto Colombo-Soviético, hablaba de aprender ruso, y alardeaba pronunciando frases en dicho idioma. En esa época su sueño era la medicina. ¿Tal vez porque el Ché Guevara era médico? Esto último lo pienso ahora. Es una idea que se me ocurre, que salta como conejo imprevisto, y le agarro la cola. Ernesto el Ché Guevara era médico. Blandón siempre ha tenido el don de servir, cierto socialismo de base, sencillo, como el de mi padre. No es el desprendimiento de mi padre, la compasión auténtica, sino algo más racional, algo más de apostolado social, al estilo de Héctor Abad Gómez. Es la imagen que me acude en este momento. La medicina ha sido una de las banderas (junto a la educación y el deporte)  de la Revolución Cubana. El afiche del Ché Guevara perduró mucho tiempo en el muro de la biblioteca central de la u, frente a la Plaza Barrientos. Hoy luce el de Carlos Gaviria, acompañado de una frase. Los tiempos han cambiado. Blandón abandonó la carrera en el Politécnico (hallando oposición en su familia, por su volubilidad) y entró a la U. de A. a dar vía libre al sueño vital: la bata blanca, el estetoscopio al pecho, el bisturí. Hoy, tras tantos años, sigue en ello. Es un médico. La universidad era un escenario más amplio, más vibrante, donde la lucha estudiantil estaba viva. Es fácil imaginar a Blandón en las asambleas, gritando sus puntos de vista entre la muchedumbre dispuesta a aplaudir o a abuchear. Puedo figurarme su pasión, el encendimiento de su rostro, la fuerza con que declamaba las consignas, las reivindicaciones. Y también puedo imaginarme cómo su pensamiento fue girando de la vehemencia a un estado más sereno y se volvió más cauto, conformándose con ir a la asamblea, pero sin hablar, porque de pronto lo fichaban los tenebrosos agentes de la represión. En su alma soñadora se decía que era necesario actuar así, aunque se sintiese llamado a ser el paladín del cambio. Ahora entregaba en la medicina la realización de esta obra social de servicio. No un fusil, sino la sabiduría de Hipócrates y Galeno, de Vesalio y Harvey. No las montañas selváticas, los lodazales, sino el aséptico consultorio. El Ché Guevara siguió en su sueño revolucionario hasta Bolivia. Pudo vivir tranquilo en Cuba, como Fidel, como Raúl. Nadie sabe lo que hay en el otro, las orillas de un sueño. Yo puedo entender por qué Maradona admiraba a Fidel y es, además de lo bien que jugaba al fútbol, lo que más me gusta de Diego. Que ser argentino era identificarse con el Ché Guevara, con Fidel. Y los argentinos están más lejos de Cuba, geográficamente, que los colombianos. Esas simpatías tienen que estar en uno. No es posible que vengan de otra parte. Por eso mi padre se equivocaba con esas aprensiones contra Blandón. Las raíces de mi socialismo están en mis ancestros antillanos, en mis bisabuelos. Las islas son revolucionarias. Basta mirar su estilo de vida. Mi primo Osbaldo encarnó, quizás, un sentir presente por generaciones en mi familia: el descontento, la lucha. Escogió el fusil; yo la escritura.