Marcos se preguntaba si dos mujeres podían orinar en ese aire de camaradería en que lo hacen dos hombres. Podrán sentarse una al lado de la otra (sea en un inodoro o en el suelo) y conversar sobre esto y aquello, pero nunca alcanzarán el grado de compenetración de los hombres en el mismo acto. En este aspecto, la naturaleza dotó al hombre de una practicidad sui generis. El hombre puede orinar de pie y, cuando la necesidad lo requiere, esquina el cuerpo, se arrima a un muro o un árbol y hace aguas. A la mujer no le es tan fácil. Dos hombres orinan hombro con hombro, callan o platican y, si están en vena apreciativa, comparan sus miembros, incluso hacen mofa de ello. Hay tipos de un desparpajo sin parangón, que no desaprovechan la ocasión de mear al lado de un igual para salir con las ideas y frases más plebes. Es un tema muy frecuente en nuestro medio el del tamaño del pene. Forma parte de un imaginario colectivo que permea la sociedad entera. La noche en que Caliche y Marcos orinaron en los pilares del metro, por la canalización de la 70, no tocaron un tema vulgar, sino que hablaron sobre un concurso de poesía en que ambos participaban.
-Eh, Caliche. ¿Y ese concurso de poesía?
-Nos molieron a palo.
-También tú mandaste, ¿cierto?
¡Ni una mención!
-Ni una mención. ¿Qué opinas de una mujer que va sola a una taberna?
Siempre volvía al tema de Carmen. ¿Qué iba a opinar Marcos sobre una mujer que va sola a una taberna? De entrada, que era independiente. No necesitaba ni siquiera de la complicidad de una amiga para aparecerse por allí y disfrutar de la música, el licor y la noche. Había conocido a muchas mujeres que iban solas a las tabernas. En el tono de Caliche, por tratarse de Carmen, había un dejo de sanción moral. No dejaba de ser problemático. Los hombres vamos solos a las tabernas, y nos alegramos cuando hallamos mujeres solas. Igual debe pasar con las mujeres. A Carmen la veían sola en las tabernas. El caso es que esa noche en que la buscaron desesperados por la 70, Caliche y Carmen estaban peleados. Era una mujer de carácter. Estudiaba comunicación social o algo parecido. Una mujer, más si está reñida con el novio, se aparece por una taberna y bebe unos tragos y fuma cigarros. Si es apetecible físicamente, como lo era Carmen, más de uno le echará el anzuelo. En fin, Caliche y Marcos sacudieron sus vergas, las devolvieron al tibio reducto del pantaloncillo y se alzaron de hombros por haber fracasado en su intento de ganarse unos buenos pesos con el premio de poesía. La poesía no es un género fácil. La mayoría cree lo contrario, pero son precisamente estos los que no son buenos poetas. En once, cuando se presentaron al ejército, Marcos orino hombro con hombro con una docena de camaradas. Quedó perplejo cuando vio el miembro de Edgardo. La pareció cosa de embuste. Edgardo tenía una verga de burro. A Marcos le pesó haber girado la vista, porque en adelante su sensación de inferioridad fue tan opresiva que tardó en asimilarlo. No era de esos tipos desenfadados que se lo toman en broma y hacen objeto de burla al otro. No dijo nada a Edgardo. Salieron de once y, en adelante siguió viendo a Edgardo, cada uno en desempeño de sus profesiones (Edgardo se hizo doctor o algo así), y siempre sintió una especie de prevención amarga, mezclada a una migaja de encono, al recordar semejante despropósito de verga. Marcos siempre se preguntó si las mujeres también se ufanaban o se sentían desgraciadas con respecto al tamaño de su vagina. Es un hecho que existen diferencias en el tamaño de esta. Aquella noche Caliche y Marcos no se preocupaban por magnitudes de aparatos reproductores, sino por lamentar el resultado del concurso poético, y por encontrar a Carmen. Una mujer que va sola a una taberna. Marcos conocía a una que se arrimaba a la barra y bebía sus aguardientes y fumaba. Pertenecía a un colectivo de mujeres que trabajaban por las reivindicaciones de género. En el día la veían adelantando el proyecto escrito para presentarlo al Presupuesto Participativo, y en la noche cortejaba a Baco. Se tomaba sus aguardientes y se marchaba tranquila. En eso no hay nada de malo, Caliche. Hasta podría asegurarse que la soledad es la imagen que más cuadra a la taberna. Un bohemio es solitario. Quién sabe si Loren frecuentaba tabernas. Iría sola, con su rostro de esfinge. Cuando Marcos se cruzaba con Carmen sola en una taberna, se decía que estaba peleada con Caliche, y que este debía de estar buscándola como un enfermo de celos. Por discreción, la saludaba y la dejaba en su soledad. Caliche no tardaba en aparecer, hacían las paces. Ese era Caliche, duro con el mundo, vulnerable ante el amor. Le daba palo a la gente (como se lo habían dado a ellos en el concurso de poesía) y luego no se acordaba. Aquella vez con Bernardo el pegajoso, Marcos los dejó ir a él y a Magi, sin convencerlos sobre sus razones de no caminar con ellos hasta el centro, y esperó bus en la avenida. Días después Caliche le preguntó por su extraño comportamiento. "Estaba deprimido", contestó Marcos, sabiendo que la explicación era más intrincada. "Tenía la malparidez", habría dicho Magi. "Fuiste ofensivo y brusco", dijo Caliche. "No me gustó cómo trataste a ese pobre diablo de Bernardo". "Bueno, esa no es razón para pelearnos nosotros". "Es verdad, Caliche". Se pusieron a hablar banalidades. Comentaron sobre los que jugaban futbolito en la explanada frente a la biblioteca. Hablaron de Magi, del viernes. Alguna vez Marcos tendría que explayarse ante alguien (quizá ante Caliche) sobre su estado emotivo de los viernes. En días como esos era tristón e imposible. Le chocaba que la gente tuviese que ir tras disipaciones, como si no pudieran estarse quietos, olvidando la estúpida sensualidad.
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