miércoles, 30 de noviembre de 2022

Los condiscípulos (Blandón.Cap.24.)

Como dos héroes de la Antigüedad, quizás como dos gemelos de la épica clásica (Catilo y Coras, mozos oriundos de Argos, que Virgilio pinta en la Eneida), Blandón y Marcos recorrían los parajes del centro de Medellín. Como un Dante y un Virgilio, a través de la selva oscura, de los círculos del Infierno, acaso buscaran el estuario de un azul firmamento. Podía ser un viernes, luego de encontrarse en la u, ya al anochecer. Eran seres de intelecto, de sueños, de búsquedas espirituales. También eran guerreros (Catilo y Coras), dispuestos a entrar en batalla. Cada instante era una lid, un pancracio, un avanzar a las malas entre lo adverso. Eran los visionarios, pero, asimismo, los desvalidos, los pobretones, los que no tenían, un viernes de la juventud, para tomarse una cerveza. Y Blandón quería beber. Había un parvo inconveniente, una nadita: no tenían plata. Eran unos héroes en bancarrota. Los dioses les habían cerrado el arca de los tesoros. Hefestos no les había forjado una llave para abrir las bóvedas de los bancos y hacerse con los lingotes de oro. Se dedicaron, entonces, a caminar, a "untarse de pueblo", como decía Blandón. Caminaron hasta el centro. Cuántas veces, durante el pregrado, hicieron este recorrido. Siempre echaban para el centro. Por un lado, porque allí cogían el bus con puestos (tras hacer la cola, claro); de otra parte, porque el centro era un abigarrado laboratorio de vida siempre abierto. Dos pichones de escritor tenían mucho que ver por allí. Blandón se quejaba de que los ojos le dolían, de que, a través de las gafas, veía las cosas distantes y borrosas. Se holgaba en la idea de ser infiel por unas horas a los libros de medicina y dedicarse a recorrer las calles mirando a la gente. Sin duda una emoción magnánima lo invadía, como si fuera un dios aburrido de paisajes y congéneres empíreos y que, solo por novelero, desciende a la tierra a mezclarse con los infelices terrícolas, dignos de piedad, irreparablemente hundidos en el hoyo de la miseria. Caminaron con pasos apacibles. No tenían prisa. Curiosearon en el centro comercial Villanueva. Miraron libros y ropa en las vitrinas. Se toparon con una amiga de Marcos, y este hizo las presentaciones. Blandón miró a su amigo con picardía, endilgándole amores con la muchacha, que tenía un bello aire de libanesa, con una delicada cinturita de avispa y una dulzura cautivante en la mirada. "Ojalá fuera algo mío, es una simple amiga", dijo Marcos en sus adentros. Pero, qué duda cabe, se sentía privilegiado con la amistad de semejante beldad. La joven se llamaba Irma. Se despidió en seguida. Marcos reparó el rostro de Blandón detrás de las gafas. Tenía una expresión delicada, aunque de líneas un poco fatigadas por el desvelo y el estudio; unos ojos bellos, entre grises y azules; un semblante claro, imberbe, de muchacho bien; pupilas pícaras, nariz recta, angulosa, recia. Al verlo así, pensó que el que entre abejas anda... Porque Blandón acababa por parecerle un leal trasunto de los hijos de papi y mami (al menos en el talante), de los estudiantes de medicina con los que se mantenía, y a los que su desprecio o su envidia atacaban a menudo con comentarios corrosivos. Pasaron por el parque Bolívar. Se sentaron en las escalas de la catedral, junto al surtidor, lugar concurrido, donde se paseaba, desafiante, el olor agreste de la marihuana, entremezclado a los rumores y voces nocturnas. "El parque Bolívar es una tragicomedia, aquí está dibujado, o desdibujado, Medellín", dijo Blandón. Y podía ser cierto. A esa hora cuatro o cinco corrillos demostraban la necesidad humana de solaz barato y plebeyo que tienen las seres citadinos, fustigados por los espectros de la violencia y la monotonía. Títeres que bailaban salsa, un negro realizando genialidades con un balón, un grupo de música andina, un mimo. Espectáculos que tenían su público, su ovación sencilla, su recompensa traducida en una moneda o un billete caritativos. Noche de viernes. Cuando la ciudad fermenta placeres y tormentos tan viejos como Roma. Cuando los ancianos van a asilarse en los lechos perversos de una vejez ruinosa y los jóvenes van a las tabernas. Blandón quería beber. A Marcos le dejó asombrado el negro futbolista, sus florituras con el balón le parecieron espectaculares. Blandón rió a pulmón franco con los remedos del mimo. Pasaron por la Arteria y otras tantas tabernas de aire semejante, donde los asiduos, según Blandón, eran intelectuales, ricos. Blandón iba en busca de dos amigos que le debían plata. Los buscaron sin éxito. Roma (el mundo) desplegaría sus festines, sus comilonas, sus hartazgos, y los dos amigos, sin remisión, irían cansinos y tristes a coger el bus. Volverían decepcionados a casa. Los dioses eran pródigos en sueños, mas no en dinero.                          

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