El symbolum griego (una moneda de plata partida en dos o un billete rasgado, de los que dos amigos que se separan se llevan cada uno una parte, para reconstruir la moneda o el billete si vuelven a encontrarse) me hizo acordar del pacto entre Caliche y Aída. Aída es quizá la mejor amiga de Caliche, algo así como una hermana del alma. Su amistad data de los tiempos de la u, de los cursos compartidos, de las ideas rumiadas a través del acicate de un profesor o un libro. Creo que han llegado a ser incondicionales. A pesar de que han altercado alguna vez, su estima supera cualquier conflicto. Aída defiende a Caliche sobre toda evidencia. "Sí, él es así, pero es mi amigo, y yo lo quiero", alega cada que alguien lo ataca. Pocos saben que esta reciedumbre y, digamos, temeridad en el afecto, se debe a que una noche de bohemia Caliche y Aída hicieron un pacto de sangre. Así denominaron, románticamente, a su guilladura. Hoy, a la luz del tiempo, creo que esa alianza obró el efecto esperado, que fue algo más que una pasajera extravagancia. Caliche se separó de Carmen, que fue su mujer, con la que tuvo una hija, pero su trato con Aída ha resistido los tumbos y altibajos de la vida. Conforme nos hacemos viejos demostramos cierta ambivalencia con respecto a los amigos. Aflojamos con unos y nos amarramos a otros. En general, prima el desasimiento. El fastidio de la edad cobija todo, no se salvan los amigos. Uno o dos con los que resistimos, esos son quizás los verdaderos hermanos que nos depara el destino. Porque hasta con los familiares queremos hacer tabula rasa. Es una cosa endemoniada esto de los años y la fatiga. Nos fatigamos de las personas y los lugares, de las ideas y los afectos. En ese patético aligerar equipaje, nos convertimos en déspotas. Por eso la amistad entre Caliche y Aída merece una página gloriosa en estos recuerdos. Aída tiene su marido de toda la vida. Este conoce y entiende los sentimientos de su esposa por Caliche. Es un hombre como una criba. Yo lo llamaría un sabio. Sabe reírse de los arrebatos y caprichos de Aída. (Claro. La Otra, este era el nombre de la taberna donde estuvimos esa noche, donde Aída y Caliche hicieron el pacto de sangre. Yo estaba con ellos, participaba de la ebriedad, pero evité tomar parte en ese alocado ritual. Hablábamos de encontrarnos en Sabaneta el día siguiente a las dos de la tarde y hacer una caminata por las montañas. El escaso juicio a raíz del alcohol nos hizo dudar de la seriedad de la promesa. Fue entonces cuando Caliche nos retó a pactar con sangre. Imposible infringir un compromiso de esta naturaleza. Caliche rompió un vaso deliberadamente, haciéndolo rodar de la mesa y estrellarse contra el piso. Luego, recogió un casco y se hicieron, cada cual a su turno, un corte en la muñeca. Caliche rasgó la piel de Aída y esta la de él. En sus rostros campeaba una expresión juguetona y pueril. La sangre brotó: dos gotitas en la muñeca de Aída, un punto cárdeno en la piel de Caliche. A continuación, juntaron las muñecas, unieron su sangre y rieron de su locura. Sí, fue en La Otra, esa taberna de salsa ubicada en la calle Colombia, frente a Fenalco, dos cuadras abajo del colegio CEFA. Fue ahí. Qué raro que Aída y Caliche no lo recuerden, que su memoria no fije el espacio físico de aquel hecho.) (Fue en una taberna de salsa a la vuelta de Cine Centro. Y no solo estábamos Caliche, Marcos y yo, sino que también se hallaban mi hermana Mercedes y su novio. Caliche estaba despechado por la ausencia de Carmen, andaba peleado con ella y, al comienzo de la noche, la buscó en vano de taberna en taberna. En su coraje, aprovechaba cualquier oportunidad para desprestigiar a Carmen, comentando que dejaba mucho que desear una mujer que iba sola a una taberna. Esto le caía a Carmen, por supuesto. Al final, cansado de buscar, ebrio y trastornado, se resignó a quedarse con nosotros. Fue él quien propuso el pacto de sangre, a lo que Marcos se negó. Mercedes y el novio ni se enteraron, porque no paraban de bailar. Estaban tan entretenidos bailando que, entre una pieza y la otra, permanecían de pie en la pista, conversando. El ambiente de la taberna estaba muy animado. Caliche dejó caer un vaso al piso, cogió un pedazo de vidrio del estropicio y dio ejemplo alargándome la muñeca y entregándome el casco. Se la rasgué y apenas brotó la sangre, solo un punto cárdeno. A mi vez, le alargué mi muñeca y le entregué el vidrio. Dos gotitas de sangre afloraron. Juntamos las muñecas, unimos la sangre y reímos de nuestra ocurrencia.) (Fue en una discoteca de la Oriental, por donde suben los buses de Manrique. Aída andaba peleada con el Flaco, que esa noche la dejó plantada. Marcos parecía el más aterrizado, porque rechazó de plano mi insólita propuesta. Aída y yo bebíamos y cantábamos en son de despecho, mientras que Marcos, Mercedes y su novio se dedicaban a bailar. Aída había puesto en duda la firmeza de nuestra decisión de acompañarla el día siguiente a una caminata por las montañas de Sabaneta. Fue cuando los desafié a un pacto de sangre. Aída aceptó. Dejé rodar un vaso y estrellarse en el piso. Me apoderé de un casco y fue así como, uno al otro, nos rasgamos las muñecas y unimos nuestra sangre. Estoy seguro de que Aída pensaba en el Flaco, así como yo no pensaba sino en Carmen. Esa noche, dondequiera que estuviesen nuestra sangre los reclamaba. Tácitamente, maldecíamos a esos ingratos que no merecían nuestro amor. Marcos estaba solo, y pescaba bailadas aquí y allá. Los más felices eran Mercedes y su novio, que ni se daban por enterados de lo desquiciados que andábamos Aída y yo. Marcos me contó que había visto a Carmen en Siguarayaz en la noche temprana. Me di una vuelta por allí, de balde. Recuerdo que le pregunté a Marcos lo que opinaba de una mujer que va sola a una taberna. Esquivó la respuesta. Ese Marcos es todo un dechado de prudencia.)
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