Dos coronas florales sin brillo, libradas al peso de toda ceremonia, descansaban en un rincón de la sala. La novena de difuntos reunía a la familia, parientes y algunos vecinos. Blandón era el único que usaba ropa negra (incluidos los zapatos): una camisa y un pantalón gastados. Gravitaba sobre la escena el signo de la fatalidad. Las palabras venían matizadas por una incomodidad inexpresable. La madre no daba señas de gran abatimiento, ni siquiera en la voz. No traía ropa fúnebre. Hasta esbozó una sonrisa cuando Gabriel le contaba cómo le robaron el reloj esa tarde en el centro. La alfombra del saloncito de la segunda planta presentaba un aspecto ingrato. En los cuartos había el natural descuido de una casa con un trastorno semejante. Era apropiada la hora para abrir álbumes de fotos y mirar diferentes instantes en que la cámara inmovilizaba al ausente. Mientras los devotos enhebraban letanías, que el niño de la hermana mayor hiciera bulla resultaba un poco extraño, misterioso; pero que hubiera que recurrir al encierro bajo llave en el piso de arriba (Julio lo hizo), era muestra de desequilibrio nervioso. Blandón y Gabriel se ocuparon del sobrino, que gritaba a toda garganta. Lo que hicieron fue hermoso: echarse de espaldas en la penumbra de la azotea y contemplar las estrellas. La familia tenía pensado grabar en la losa de don Jaime unos versos del poeta de Copacabana, José Manuel Arango: "Padre, después de muerto nos hemos vuelto más amigos y tenemos una conversación más larga". A la postre no sé si lo hicieron. Uno piensa epitafios, pero de ahí a que se inscriban en la lápida hay mucho trecho. Por lo general, son ideas volanderas, producto de la emoción: luego se olvidan. A mí se me antoja una insustancialidad, rezago de épocas románticas. La belleza del epitafio alcanzó la cima con Edgar Lee Masters (1869-1950) y sus baladas de Spoon River. 245 poemas-epitafios. Sin duda, es un género que expresa ingenio y versatilidad, pero lo mismo se logra con una máxima. "Mantén tu rostro siempre hacia la luz del sol, y las sombras caerán detrás de ti", nos exhorta Walt Whitman. ¿No es mejor algo así? El epitafio: esa literatura de ultratumba me parece superflua. Cincelar una frase para que nos recuerden es pura vanidad. El verso es otra cosa. Ahí queda la cuñita sobre Edgar Lee Masters, para quien quiera degustar verdadera poesía relacionada con la muerte. En fin, cada loco con su loquera. El tema de las estrellas es más de mi agrado. De niños solíamos aventurarnos a contar las estrellas, tarea que siempre nos rebasaba, dejándonos un regusto de frustración, imposible y el natural sofoco. Quizás los astrónomos tengan el dato preciso de cuántas estrellas hay en el universo. Tampoco es que las hayan contado una por una. Salen del paso con una cifra a la enésima potencia. Adivinando. Siempre he recordado aquella noche en la azotea de la casa de los Blandón, durante la novena de difuntos. Con ellos y el niño, me eché en el piso de cara al cielo y miramos las estrellas. El niño se tranquilizó y creo que alcanzó a soñar. Entonces, como hoy, yo era ignorante de las constelaciones, sus figuras modélicas y sus nombres mitológicos. Debimos ver a Scorpio y su fulgente Antares. Aún hoy, cada que subo en las noches a la terraza de mi casa, evoco la imagen de Blandón echado en el piso mirando las estrellas, el niño a nuestro lado, estupefacto. No recuerdo qué palabras nos liamos con el chiquillo en aquel instante, o si solamente nos bastó contemplar. Prefiero pensar que callamos, y que el cielo habló por nosotros y alivió el alma del pequeño.
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