Es así como ocurrieron las cosas (si no me equivoco): una vez el padre se pensionó, empacó sus bártulos y se mudó de Támesis a Medellín con su esposa y sus hijos menores, optando por vivir con los universitarios en el apartamento de Bello. Son las decisiones que se toman cuando nos hacemos viejos y los vástagos crecen. Se busca otro nido. Un espacio que brinde las mayores oportunidades para todos. Por otra parte, ya los benjamines habían terminado el bachillerato. También tenían listas las alas. Tener dos casas y mantenerlas atenta contra el bolsillo. Sí, creo que es así como ocurrieron las cosas. Seguían en posesión de los predios solariegos: la madre en Palermo, el padre en Monguí. Pero el batallón en pleno ahora formaba filas en la Ciudad de la Eterna Primavera. Me agradaba visitar el apartamento de los Blandón. Me parecía encomiable el aspecto sencillo y la afabilidad de esta familia. La madre con su saludo austero y sus incursiones a la cocina para revisar las ollas; el padre enfermo, retirado en su dormitorio. Los muchachos adueñados de la sala, estudiando. En ese hogar se me abrían las puertas con una modestia y una familiaridad indudables. Allí se me brindaba siempre un café que yo bebía con fruición. Una o dos veces por semana subía al 401 a jugar ajedrez. Preferiblemente después de comer, con el propósito de hacer la digestión, al tiempo que me entretenía. Mi rival frecuente era Gabriel, un muchacho que solía dar la impresión de displicente, huraño, pero, cuando se lo abordaba, resultaba grato. Nunca le ganaba. Me encontraba en la etapa en que se cometen todas las torpezas del novato. Yo sabía mover las piezas, mas no poseía una gran concentración. Partida tras partida notaba, no obstante, mis progresos. Cada vez mi contrincante me otorgaba menos gabelas. Jocosamente, le llamaba así: "mi contrincante". En ocasiones, me preguntaba por qué me sometía, noche a noche, juego a juego, a esa segura derrota. Reconocía el placer de luchar, de personificar los anhelos de triunfo en esas figuras de madera de desplazamientos establecidos. Tal vez hubiese una migaja de masoquismo. Y, sobre todo, el inconfesado afán de vencer a mi adversario alguna vez. En el fondo, los momentos entregados al lance del ajedrez eran un asunto secundario. Lo que buscaba en realidad (especialmente en los días en que no salía de casa) era un rato de esparcimiento, la ocasión de charlar con Blandón o cualquiera de sus hermanos. Eran mis amigos de hace tiempo. Blandón siempre estaba listo a presentarme inquietudes literarias, listo a bromear. Tenía un espíritu más afín al mío. Salía de mi apartamento (el 202), subía la escalera, tocaba en el 401. La cerradura producía un sonido gruñón. La puerta se abría. Aparecía Blandón: sus gafas, su cuerpo, su bolso, sus ojos que miraban analíticamente. Como que recién llegaba. Él cerrando la puerta y yo tocando. Como estaba en su casa, objeto de una nocturna hospitalidad, saludé antes que él. Blandón era un poco ceremonioso. Le encantaba que sus gestos tuvieran un amplio campo de resonancia. Pasaron varios segundos antes que respondiera a mi saludo. No lo niego, cuando lo hizo me sentí admitido en su presencia. Para halagarlo, leí en voz alta y acariciadora el gran letrero de su camiseta: "Molokai". Ya me hallaba sentado en la mesa, frente a Javier, el tablero de ajedrez entre ambos con las últimas piezas, las que decidirían la victoria. Blandón dejó el bolso en un canto de la mesa. Me alargó un suplemento literario, luego de localizar un artículo que, en su opinión, debía interesarme. Además, trajo dos revistas prestigiosas, que puso en manos de su madre, con el debido comentario calificador. Era un hombre de ideas seguras, hablaba con cierta arrogancia, como desafiando a su propia conciencia a generar razonamientos audaces. Me puse a hojear la reseña. Blandón intervino con preguntas, asertos, suposiciones, chistes. Entretanto, había ido a la cocina por su comida, que devoró en un santiamén, mientras yo pensaba en el espíritu nutrido con base en lentejas y arroz. Lo que más me gustaba de él era su buena fe. Siempre estaba atento a mostrarme los libros que conseguía, a sugerirme autores, a prestarme artículos. Todo escrito que encontraba relacionado con la literatura negra, se creía en obligación de cedérmelo, supuesto que mi interés era indudable, lógico. Pero yo desconfiaba de esas categorizaciones. La literatura es una, sin color. Esa noche salí de casa de los Blandón con dos textos de M. L. King.
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