miércoles, 16 de noviembre de 2022

Los condiscípulos (Blandón. Cap.23.)

Engarzar las historias en la historia es visualizar la trama en la urdimbre, tejer ese contrahilo con el que se logra el dibujo. La historia es lo fijo, la urdimbre, los hilos verticales. Las historias son la trama, lo móvil, los hilos transversales. Las historias son esos hilos que se desovillan entre la sed y el desvelo, buscando el sentido en una dinámica propia, quizás eterna. No soy el primero en pensarlo, que las historias nos toman como vehículo para contarse. La urdimbre es el fondo; la trama, la forma. En la urdimbre del capítulo de la rendición de Neerlandia (Cien años de soledad), García Márquez ensarta al final, en unas breves líneas, la historia del joven comandante que muere de amor por Remedios, la bella. Es como rematar el tejido con un bordado de adorno. El regalo de una historia sencilla y volandera. Es parte del taller del artista, saber tejer. En todos estos días en que enrollo en un huso los cabos sueltos de las anécdotas de Blandón, descubro que las historias poseen una determinación y un impulso en sí mismas. Se buscan entre sí. Al afrontar la muerte de su padre, en esos días terribles en que don Jaime agonizaba, Blandón leía a José Manuel Arango: "llevo tu sangre como valioso don, como extensión de tus potencias; y estoy reunido, en tu sangre, con mi cuerpo". Me compartía esta lectura, estos versos al padre, en cualquier grada de la u, bebiendo un café, esquivando por unos instantes ineludibles responsabilidades académicas. Los cursos no daban tregua. Había que deslomarse y ganarlos. Mientras bebíamos el café y conversábamos, un grupito aledaño teorizaba sobre el complejo de Edipo y la patología de la vida sexual al nivel del hogar. El tabú del incesto, el tema escabroso. A nuestras espaldas, una muchacha leía una esquela dulzona a su novio. ¿Qué había en esas escenas? ¿Qué decantábamos de todo aquello? El amor, el saber, la muerte. Hubo noches de barrio en que Blandón me invitaba a dar una vuelta y yo rehusaba. Prefería recogerme en casa, dormir. A veces sentía que la compañía de Blandón no era muy benéfica para mí. En el sentido de que también era un ser solitario e insatisfecho, que en ocasiones destilaba pesimismo y negatividad. Por otra parte, ¿qué derecho tenemos a turbar la soledad del otro? Entre individuos que se creen superiores el sentimiento de la solidaridad es muy raro. Llenos de indiferencia y desdén, marchan solos por la vida, al borde de una tragedia inevitable. A veces sentía un gran desconsuelo, una desilusión enorme, al comprender que la vida humana, sus vaivenes, tropiezos y esperanzas, eran nada en comparación con esa soledad sin par, agobiante y mortal que experimenta el alma desgraciada. Atormentados por un dolor incomprensible, no tenemos amigos. Solo compañeros de manada. Dentro de toda esta pena, también sentía una invicta claridad, el recuerdo de una tarde, un rincón de la infancia. Siempre seremos niños, no cabe duda. Siempre volveremos a la luz y la gracia de aquel tiempo. Cualquier vez viajaba con Blandón en la buseta, de mañana, rumbo a la u, y lo sentía poco locuaz. Lo saludaba al sentarme a su lado y se quedaba callado. Luego farfullaba algo relacionado con sus ojos y cierto escozor. Estaba muy serio, desanimado, falto de espíritu. Era imposible hablar seriamente sobre cualquier asunto con él. Estaba melancólico. También masculló algo sobre sus contratiempos estudiantiles. Estuvo lastimero cuando empezó a hablar de Fuerbach, Hegel, materialismo histórico. Estuvo lamentable, lacónico, casi tímido. Era un Blandón inédito. La verdad es que pocas veces había visto a mi amigo en tal estado. Habló, obligatoriamente, de poesía y cine y medicina. Habló a lapsos, con una voz de niño amedrentado. ¿Qué le ocurría? ¿Quizás tenía miedo de parecer absurdo? Cuando bajé de la buseta (él seguía hasta la facultad de medicina), debió descansar de mí. No soy un interlocutor muy deseable.               

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