domingo, 18 de diciembre de 2022

Los condiscípulos (Blandón. Cap.25.)

A veces venía Gabriel a nuestro apartamento a jugar ajedrez con mi padre y conmigo. Era un muchacho taciturno. Bajaba desde el cuarto piso (ala derecha), hasta el nuestro, que era el segundo (ala izquierda). ¡Ese bloque! Alguna vez habrá que inervarlo en el retrato de aquellos años juveniles, como esa colmena donde se agitaban laboriosas abejas. Le llamábamos, no sé por qué, el bloque 5, aunque creo que era el 4. Los bloques quedaban en el lado izquierdo de la pendiente hacia la quebrada, de este lado de las colinas donde estaba el Hospital Mental. Cosa de locos, como se ve. La quebrada venía de París y la Maruchenga, de esos montes. En ocasiones veo en todo, hasta en la imagen de una quebrada, el despliegue de un ajedrez de la vida, presente a cada paso, decidiéndose a cada instante, unido a la estrategia del universo. El muchacho arriscado que era Gabriel venía entonces a jugar ajedrez en nuestra casa, y nos ganaba. Un "eeh" conturbado brotaba de los labios de mi padre cada que perdía una pieza. Nuestro nivel era muy pobre. Mi padre había sido jugador de billar, de cartas, de chance y lotería, y ahora, en su época de pensionado, jugaba ajedrez. Había aparecido una tarde, al regresar del trabajo, con un ajedrez de madera: "para que nos entretengamos", dijo. Y de verdad que nos entreteníamos. Por esos días todos en casa nos entusiasmamos con el ajedrez, hasta mi madre, que se sentaba a vernos jugar, y que estuvo a punto de medírsele a los escaques. No dominábamos la teoría. Estábamos muy lejos de saber qué es una apertura abierta, una cerrada, una semi-abierta. Pero que nos divertíamos, no cabe duda. También nos gustaba correr como unas cabras por esas colinas más allá de la quebrada, en las cercanías del Hospital Mental y París. Una vez Gonzalo y yo estábamos sentados a la entrada del bloque, descansando, relajándonos después de una salida a trotar. Blandón bajó por la escalera y pasó entre nosotros, brillante el pelo, bien vestido, con un libro debajo del brazo y una expresión de apremio. Lo saludé y me contestó con un seco monosílabo. De soslayo, susurró a su hermano: "murió Bertulfo". Gonzalo puso una cara de no entender. Blandón no se detuvo a dar detalles. Al contrario, aceleró el paso. Gonzalo se despidió, turbado. Yo no sabía quién era Bertulfo. Debía ser un pariente o un conocido de ellos. Me quedé con Hollman, el vecino del primer piso (ala derecha), hablando de la grabadora que me estaba reparando. Hollman era electricista. Pasó un colega profesor de La Salle, uno que dictaba sociales y que tenía una barba a lo Pericles. Hablamos un rato. Era el tiempo de la enfermedad del padre de los Blandón. Época de tensiones familiares, visitas al enfermo en el hospital. El progenitor se agravaba cada día más. El riñón donado por Gonzalo presentaba problemas, el organismo lo rechazaba, debía ser extraído. Quizás el padre no resistiera otra operación. El trance revelaba una emoción distinta, un proceder diferente en cada hijo. Unos ausentes, otros al pie. Pasa siempre. Yo me lucraba literariamente del conflicto de los Blandón. Me parecía incómodo permanecer en la deshabitada casa de estos mientras el señor moría en el hospital. Ellos me habían dejado las llaves. Con las puertas del fondo cerradas, el apartamento parecía más pequeño y opresivo. Se habían mudado debido a la salud del padre, quien luego del trasplante necesitaba un ambiente más espacioso, con una habitación acondicionada especialmente para él. Ahora vivían cinco cuadras más abajo. Me quedaba allí en las tardes, escribiendo. Contemplaba desde las ventanas la vivacidad del aire, el alborozo de las golondrinas, y se me hacía injusto que don Jaime estuviese fuerceando con la muerte, entre los médicos, los equipos y los olores del hospital. Desde el cuarto piso, miraba abajo, a la calle, y veía a un hombre sin camisa, con algo de cavernícola, sentado en un sofá, en el balcón de un segundo piso. El hombre tenía los brazos cruzados sobre las rodillas separadas. Lo conocía. Momentos atrás lo acompañaba su mujer, y los dos tenían un aspecto tranquilo y juicioso, hasta tierno. Él tenía una camioneta azul. Bebía como una bestia y estilaba salir de lo más impúdico en cuanto a ropa se refiere: la pantaloneta como única prenda, bajada, mostrando la hendija de las nalgas. Ahora me llamaba la atención ese hombre, su estar en la tarde, como yo, como los gorjeos de los pájaros y los juegos de los niños en la calle. Transcurría la tarde y la luz se fugaba entre nuestros cuerpos, las duras montañas y don Jaime en el hospital. Soplaba el viento. Abrí un poco las celosías. Ahora el hombre del sofá bebía algo de un pocillo. Bebía a sorbos regulares. Y su mujer volvía a estar a su lado, como una compañía plácida.                  

No hay comentarios:

Publicar un comentario