Mi padre se daba cuenta de que a Blandón le gustaban las ideas de izquierda y se cabreaba cada que este me visitaba, que era a menudo. Tenía motivos para desconfiar y preocuparse. Un sobrino suyo, acusado de guerrillero, recién había muerto en una cárcel de Cartagena a raíz de las torturas. Se llamaba Osbaldo. A mi padre le dolió mucho esa muerte. Era el hijo de su única hermana por parte de madre. El gobierno pagó una indemnización, pero esos millones no justificaban la vida de un ser querido. Jamás. Entre los recuerdos familiares uno de los más gratos era cuando viajábamos a la costa (a Uveros) y Osbaldo nos acompañaba en los recorridos de un caserío a otro, bordeando la playa, ayudándonos, además, a cargar las maletas. Era joven, pensativo, trabajador. En una tierra sin muchas opciones, fue aleccionado y conquistado para la causa de las armas. También él tendría esa esencia guerrera. Siempre que Blandón venía a compartirme sus revistas, mi padre se cabreaba. Creía que me estaba influenciando. No sé si Blandón advirtió alguna vez la sequedad de mi padre, su recelo. Debió hacerlo, porque mi padre era poco discreto en su desconfianza. El asunto alcanzó tal dimensión, que una oportunidad saqué provecho, dolosamente, de esta sospecha paterna. Sí, me lucré de que él creyera que también yo era militante de la izquierda y esas cosas. Claro que me arrepentí ahí mismo y negué, avergonzado. A un padre no se le hace eso, me dije. Cómo descansó el mío ante esta retractación. Mi padre nunca ha simpatizado con la izquierda. Es de ideas socialistas, pero entiende el socialismo de una manera muy sencilla, sin cambio de estructuras políticas, sin abolición de la propiedad privada ni estatización de los bienes nacionales, nada de eso. Su socialismo es de compartir lo que se tiene, de dar al que más se pueda. Algo más cercano a Jesús y la multiplicación de los panes que a Lenin y sus comités de obreros, campesinos y soldados. Claro que a través de Jesús, y de Pedro, se creó una burocracia más poderosa que la soviética, la de la iglesia católica. El socialismo de mi padre era utópico, como el de Fourier. Alguna vez, sin duda, soñó con el falansterio y así poder albergar a cientos de seres desposeídos. Nunca hablé con Blandón sobre el recelo de mi padre. Tampoco estimé necesario explicarle a este que las publicaciones que Blandón me compartía eran literarias, poesía, casi siempre. En fín, esos sobrentendidos estaban allí y, de alguna manera, permeaban los pensamientos y los actos. Es que Blandón sí era un entusiasta de la izquierda. Alguna vez coqueteó con la posibilidad de viajar a Rusia con una beca de estudiante. Por ese entonces estudiaba construcciones civiles en el Politécnico. Le llegaban revistas y libros de la Unión Soviética y de China. El comunismo era una cuestión de rebeldía, de negación de la sociedad capitalista, un desafío personal. Blandón andaba envuelto en un aire de revolucionario, de conspirador, al igual que varios de sus amigos de ese entonces, algunos de estos de Támesis. Participaba en las marchas y manifestaciones. Ardía en él la juvenil exaltación de los grandes ideales. Tenía relaciones con el Instituto Colombo-Soviético, hablaba de aprender ruso, y alardeaba pronunciando frases en dicho idioma. En esa época su sueño era la medicina. ¿Tal vez porque el Ché Guevara era médico? Esto último lo pienso ahora. Es una idea que se me ocurre, que salta como conejo imprevisto, y le agarro la cola. Ernesto el Ché Guevara era médico. Blandón siempre ha tenido el don de servir, cierto socialismo de base, sencillo, como el de mi padre. No es el desprendimiento de mi padre, la compasión auténtica, sino algo más racional, algo más de apostolado social, al estilo de Héctor Abad Gómez. Es la imagen que me acude en este momento. La medicina ha sido una de las banderas (junto a la educación y el deporte) de la Revolución Cubana. El afiche del Ché Guevara perduró mucho tiempo en el muro de la biblioteca central de la u, frente a la Plaza Barrientos. Hoy luce el de Carlos Gaviria, acompañado de una frase. Los tiempos han cambiado. Blandón abandonó la carrera en el Politécnico (hallando oposición en su familia, por su volubilidad) y entró a la U. de A. a dar vía libre al sueño vital: la bata blanca, el estetoscopio al pecho, el bisturí. Hoy, tras tantos años, sigue en ello. Es un médico. La universidad era un escenario más amplio, más vibrante, donde la lucha estudiantil estaba viva. Es fácil imaginar a Blandón en las asambleas, gritando sus puntos de vista entre la muchedumbre dispuesta a aplaudir o a abuchear. Puedo figurarme su pasión, el encendimiento de su rostro, la fuerza con que declamaba las consignas, las reivindicaciones. Y también puedo imaginarme cómo su pensamiento fue girando de la vehemencia a un estado más sereno y se volvió más cauto, conformándose con ir a la asamblea, pero sin hablar, porque de pronto lo fichaban los tenebrosos agentes de la represión. En su alma soñadora se decía que era necesario actuar así, aunque se sintiese llamado a ser el paladín del cambio. Ahora entregaba en la medicina la realización de esta obra social de servicio. No un fusil, sino la sabiduría de Hipócrates y Galeno, de Vesalio y Harvey. No las montañas selváticas, los lodazales, sino el aséptico consultorio. El Ché Guevara siguió en su sueño revolucionario hasta Bolivia. Pudo vivir tranquilo en Cuba, como Fidel, como Raúl. Nadie sabe lo que hay en el otro, las orillas de un sueño. Yo puedo entender por qué Maradona admiraba a Fidel y es, además de lo bien que jugaba al fútbol, lo que más me gusta de Diego. Que ser argentino era identificarse con el Ché Guevara, con Fidel. Y los argentinos están más lejos de Cuba, geográficamente, que los colombianos. Esas simpatías tienen que estar en uno. No es posible que vengan de otra parte. Por eso mi padre se equivocaba con esas aprensiones contra Blandón. Las raíces de mi socialismo están en mis ancestros antillanos, en mis bisabuelos. Las islas son revolucionarias. Basta mirar su estilo de vida. Mi primo Osbaldo encarnó, quizás, un sentir presente por generaciones en mi familia: el descontento, la lucha. Escogió el fusil; yo la escritura.
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