Javier, uno de los menores de los Blandón, vino a Medellín el fin de semana. Vive en Palermo, corregimiento de Támesis, con la madre. Su visita obedecía a dos objetivos: por un lado, participar en una carrera atlética; por el otro, acondicionar la ducha del apartamento de Bello, según las necesidades de la edad de la madre. Me telefoneó el viernes en la noche. Estaba recién desempacado en el apartamento. Es electricista, así que no tendría dificultades con las modificaciones en la ducha. La madre viajaría a Medellín la semana entrante, quizás a diligencias médicas. Javier se anticipaba a tenerle todo listo en lo tocante al baño. Es el compañero de esta, su mano derecha. Pasa igual que Smith con mi padre. Las familias se disgregan, los viejos se quedan solos, y, en el mejor de los casos, uno de los vástagos (el "quedado") vive con ellos. Una pintura optimista, porque el abandono de los seniles es aterrador. Javier no se ausenta de Palermo sino lo necesario. No le gusta dejar sola a su viejita. Quedamos que en otra oportunidad (quizás en unos días, cuando él acompañe a la madre a las vueltas médicas, aunque el asunto no suele pasar de buenas intenciones) tomamos un café. Por esta época es con quien más fraternizo. Con todos ellos me he llevado bien, incluso con la hermana mayor, que es mi colega, que hace teatro y escribe. En estos últimos tiempos he estado dos veces en Palermo, y Javier ha sido un excelente anfitrión, como siempre. Años atrás también coincidimos en Boyacá (Monguí), durante unas vacaciones que pasé allí. Íbamos a los piqueteaderos, visitábamos a sus parientes, salíamos a trotar (deporte que nos ha gustado de vieja data). Éramos los atletas del barrio, la gente ya nos reconocía. Hacíamos diversas rutas. Algunos nos saludaban al pasar. Me pregunto si, así como yo escribía en mi diario apuntes sobre todo tipo de personas, alguien, maniático de la escritura, hizo alguna anotación en su libreta sobre nosotros, los atletas de las Cabañas. Acaso el propio Blandón. O cualquiera con la pasión de la hoja en blanco, que no eran pocos por allí. Como digo, cada hijo de familia emborrona cuartillas. Suele ocurrirnos que no concedemos valor literario a las cosas más inmediatas, las desestimamos por sencillas y corrientes, cuando es allí donde está el filón. Estévez nos enseñó a fijarnos hasta en un olor, a dar belleza a lo más nauseabundo. Me pregunto (estoy muy necio con esto) si alguien de esa época, de los que me veía cruzar corriendo rítmicamente, escribió algún trozo sobre mí. Puede que sí. Tal vez nunca lo sepa. El propio Estévez, con todo lo que nos tratamos, solo escribió dos renglones sobre mí. Al menos es esto lo que aparece en Diario de un Escritor. Yo he escrito cantidades sobre mis conocidos. De Blandón poseo páginas y páginas. A Javier también lo he retratado en mis cuadernos. Javier. "Desertores", nos llama, puesto que mi familia se mudó de Bello y vendimos el apartamento: Todo esto en el trajìn con la enfermedad y el deceso de mi madre. Creo que de los inquilinos iniciales del bloque (por allá de 1984) solo quedan ellos, los Blandón. El suyo es un apartamento que pasa solo la mayor parte del tiempo. La madre no lo vende precisamente por esto, por tener un lugar en la ciudad donde llegar. Es una comodidad incuestionable. Imagínense pagar hotel o molestar a los parientes, no. No deja uno de pensar en la soledad y la extrañeza que sentirá Javier al recalar allí. Los antiguos habitantes nos marchamos. El sector está muy cambiado. "El Barrio Obrero está irreconocible", me dice. Sí, los conjuntos de edificios, los negocios de toda laya, gente de nuevas generaciones, comprendo. Por otra parte, nosotros ya marcamos con el cinco. Somos unos veteranotes del carajo. Le digo que su llamada y su visita al apartamento me animalean la nostalgia. Le pregunto por doña Graciela y sus hijas, las vecinas del frente, tan antiguas como nosotros en aquel lado de Bello. Me dice que acaba de entrar en casa, que tal vez las salude luego. Una noche de viernes en el apartamento de los Blandón, qué de recuerdos. De veras que me puse nostálgico. La vida, los pensamientos, las palabras, las acciones que tomaron cuerpo en aquel piso 401. Allí afrontaron los Blandón la enfermedad y la muerte del padre, hace más de treinta años. La madre se acerca a los noventa. Es una mujer de una salud y un buen carácter envidiables, con la memoria intacta, conversadora. He tenido la oportunidad de gozar de estas sus virtudes. El padre murió recién entraba a los sesenta, quizás menos. Todavía me parece verlo en la escalera, donde nos cruzábamos a veces, con su gesto contenido y sus palabras precisas. Se había pensionado. No más bregar con alumnos. Se quedaba días con sus hijos citadinos. ¡Lo que es un hombre! Una figura, unos mohínes, unas palabras. Un hombre muy medido, de rostro serio, de movimientos pausados. Su voz también era medida. ¿Qué idea tendría de mí? El amigo de mis hijos. Mi hermana mayor cuenta que mientras el padre de los Blandón agonizaba o moría en el hospital, ella lo vio en Junín, miraba unos zapatos en una vitrina. Qué susto el que se llevó cuando le dijimos que el señor era difunto. "Me espantó", fue la conclusión de mi hermana. Sí, ¿qué otra cosa podía ser? Un espanto. Un mal renal lo aquejaba, requería un trasplante si quería vivir unos años más. De los hijos, Gonzalo fue quien salió apto, luego de los exámenes, para donar el riñón al padre. Sin dudarlo, accedió. No sé si acaso el padre de Blandón bebió mucho y ahora el riñón le pasaba factura. Mi padre sí se los tomaba, y con ganas. De jóvenes nos desmandamos, sin parar mientes en advertencias. Como en el poema de Cavafis, la prudencia no es una buena consejera. Según el poeta egipcio, hay que gozarla, no dejarse echar cuentos de esa vieja roñosa. Claro, el viejo efebófilo se arrepiente de no haberse echado a la muela más mancebos. ¡Alejandría! Es muy raro que la relación del padre con los hijos sea buena. Siempre habrá un detonante. Durante una enfermedad salen a relucir las miserias y las grandezas de una familia. Un riñón. Leopoldo Bloom. Por aquellos días un hombre colocó un aviso en el periódico: "se vende riñón". ¿El motivo de esta extravagancia? Que estaba aguantando hambre y necesitaba plata. La vida continúa, nada la detiene. Nos mata el riñón o nos mata la mujer. Fue el caso de un minero en Amagá en ese tiempo. Su mujer, en venganza por el maltrato, le echó veneno en el chocolate. La mujer se siente ultrajada. ¿Y las que matan por celos? ¡Dios! Es una cosa bárbara. Y están los que mata el alcohol, como el hijo del Suave que, borracho, cayó de un puente al río. El Suave, el viejo sabrosón de la taberna de salsa. También se los tomaba, mientras se encargaba de cobrar. No se le perdía un céntimo. Mario, el hijo, pasaba los pedidos, lavaba los vasos, picaba naranja. En ese tiempo la familia de Blandón atravesaba por un torbellino de emociones contradictorias, como cualquiera en la misma situación. Un día caminaba con mi amigo por el centro, y este se conmovió profundamente al ver a un hombre cargando en los hombros a su hijo paralítico. Con una pesada caja de cartón en cada mano, el hombre caminaba entre el cardumen de gente ostentosa y gaya. "Qué contraste", apuntó Blandón. Ya en la buseta, todavía pensando en el cuadro citado, dijo: "me gustaría especializarme en pediatría para ayudar a niños como ese". El muchacho venía bien asido con los muslos y los pies a los costados de su padre. Tenían facha provinciana. La vida sigue. En aquella Navidad Blandón planeaba trabajar cuidando una casa (creo que de unos familiares), pero le resultó un viaje a Carolina y cambió de pensamiento. Mejor irse a pasear. No lo niego, esperaba que su compañía me entretuviera un poco en esos días navideños. Así no tendría que ir en busca de camaradas que vivían en otros barrios. Ahora Blandón se había ido. No es que me sintiera desamparado, pero Blandón era un alma afín a la mía, nos movíamos en el ámbito de búsquedas similares. Por otra parte, estábamos muy entusiasmados con el ajedrez. Una mañana de esas nos encontramos. Yo estaba en la fachada del edificio, acababa de trotar, cuando Blandón salió con su aspecto de viajero, acicalado, con morral a la espalda, todo jovial y pimpante. Nos dimos la mano deseándonos feliz Navidad.
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