jueves, 22 de diciembre de 2022

Los condiscípulos (Caliche. Cap. 2.)

Que era un muchacho altivo y desdeñoso, era verdad, pero que también atraía cosas singulares en su entorno, por ejemplo, las bellas mujeres que conquistaba, no dejaba de ser menos cierto. Una noche, a eso de las once, vi a Mónica (que era mi vecina) y a Caliche caminando bajo la lluvia, sin prisa, riéndose a carcajadas. Me quedé en la ventana, observándolos. Sus risas apagaban la lluvia, rasgaban el líquido telón de la noche, tenían algo de juego diabólico. De pronto, ya no estaban. ¿Qué se habían hecho? Ahora quien reía era la lluvia. Mónica y Caliche me parecieron pasajeros fantasmas. Las luces de la urbe hacían fulgurar a trechos el desmigajado vestido de la lluvia. Dos enamorados, concitando cosas sublimes y trágicas, se adentraban en la oscura crisálida del tiempo. Si había algo que Caliche sabía hacer era expresar sus emociones. Era capaz de manifestar su alegría con risotadas, su contrariedad con furor. Tal vez por esa sinceridad lo amaban las mujeres. No era como yo, que escondía mis sentimientos, haciendo que Mónica me tildara de afefóbico, cerrado a los afectos. Hay seres bendecidos por el amor, otros que se arrastran por la vida como larvas indecisas. ¿Qué sentí al verlos desde la ventana? ¿Adónde fueron esa noche? ¿Van aún buscando el níveo rastro de la felicidad? Nadie podía osar recoger perversamente la tela de la lluvia y robarles la dicha de sentir las gotas en sus rostros. Hubiese sido el acto más miserable. Merecían el amor, y el amor los merecía. Mónica. Una tarde en Troncos departíamos con varios amigos y ellos, Caliche y Mónica, hablaron de casarse. En aquellos momentos, tal cosa me pareció una estupidez. ¿Cuántas mujeres conocería Caliche después de Mónica? Las mujeres lo aceptaban así, con esa exaltación rebelde, con ese contrariar los cánones sociales, muchos de los cuales tenía por idioteces. Esta forma de ser tan subida, que acaso indispusiera en su contra a los de su sexo, gustaba a las chicas. No quiso graduarse con los condiscípulos de su promoción, dando a entender que los honores y diplomas académicos eran basura. Asistió a la ceremonia, pero se paseó despectivo por la escalera. Parecía reírse de todo eso. Tampoco se había afanado a enrolarse como profesor, absteniéndose de trajinar de un despacho a otro y de sufrir las exigencias burocráticas. Cualquiera que conversara con él debía alistarse a enfrentar a un genio cáustico, dado al sarcasmo. Tenía discurso, era capaz de intimidar con sus argumentos a los desprevenidos, los llenaba de inseguridad, les hacía contradecirse. Prefirió trabajar de promotor de lectura y de catedrático universitario antes que vincularse a un colegio. Durante casi todo su discurrir por la u (aun después de salir seguía haciéndolo) compartió apartamento con otros estudiantes. Su vida fue siempre un poco inestable y, en ocasiones, precaria. Amaba la polémica y gustaba del epigrama. Por algún tiempo, al final de la carrera, se entusiasmó con la linguística, tal vez queriendo emular la personalidad carismática del profesor Sepúlveda. Explicaba la renuencia de los alumnos de Español y Literatura por la linguística de este modo: "salimos de aquí sabiendo muchas cosas de linguística, pero no las jerarquizamos. Están ahí, en el limbo, sin que podamos separar escuelas, teorías, teóricos". Había algo leve y risueño en su ser, una esencia de alegría que, cuando se transparentaba, era su mejor presentación. Sus amigos lo consideraban un buen lector, de agudo discernimiento y bullente mollera. Muchas veces me recomendó autores: Salinger, Lawrence Durrel, Borges, Joyce. Después vino Carmen Eliza. La eterna pregunta de Caliche era: "¿han visto a Carmen?" Una mujer hermosa, Carmen. Tenía esa frescura juvenil y ese encanto sensual que aturden a un hombre. Creo que fue la verdadera pasión de Caliche. Con ella llegó a unirse, tuvieron una hija. ¿Qué sería de Mónica ahora que Caliche tenía otro amor? A veces la hallaba en Troncos y su rostro no mostraba la afabilidad de otros días. Todos íbamos así, enrostrando los desaires del corazón, descubriendo otros ámbitos. Mónica se las compondría, con toda seguridad. Para Caliche llegarían días de desmedrada figura, de pupilas insomnes, de ropa sin esmero. Días malos. Por ahora andaba en el paraíso con Carmen. Era su delirio. Nos cruzamos una noche en que, con su insolente gesto de niño terrible, era roído por el desamparo de Carmen. En su pesquisa llegó a Siguarayaz, donde, a la sazón, me hallaba en la barra bebiendo una cerveza y ahuyentando el sueño con bostezos. Nos saludamos y Caliche me preguntó: "¿has visto a Eliza?" Ese amor tan apasionado me dejaba consternado. ¿Cómo puede uno entrecruzarse tanto con otro ser? Caliche compró una agria y salió a tomársela en la acera. Se reunió allí con un grupo de amigos que bromeaban con una barba postiza. Se la ponían por turnos. Cuando le correspondió a Caliche, entró a la taberna, risueño, y se miró en el espejo, al lado del mostrador, tornando a salir en seguida. Fue un instante misterioso. Caliche con esa barba postiza. Impensable desenvoltura en un rostro que gustaba de la baladronada y las miradas filosas, retadoras. Consentí en acompañarlo al Tíbiri, donde proseguiría con la búsqueda de su novia. Pagó el taxi. Caminando por la 70, rumbo al Tíbiri, me narró la historia de su accidente en moto (que yo conocía ya desde semanas atrás por Blandón), pero que escuché cortésmente, como si la ignorara. Suelo tener estos arranques de magnanimidad. Nada en el Tíbiri. Decidimos buscarla en la Tasca, otra taberna en la que posiblemente estuviera. Alguien nos indicó por donde quedaba la Tasca, pues aunque la habíamos oído mencionar, ninguno de los dos había estado allí. Nos perdimos. Fuimos hasta la canalización (quebrada Los Huesos) y optamos por orinar al pie de la mole del metro. Continuamos nuestra averiguación por ese barrio de casas lujosas (creo que se llama Florida, ese sector). Dimos una vuelta por allí. Antes de salir de nuevo a la 70, descubrimos la Tasca, cerrada, mustia. Seguimos adelante. Caliche quiso seguir buscando en Rumba Antana, pero entonces me separé de él y lo dejé marchar solo con su arrasamiento por Eliza.         

               

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