martes, 20 de diciembre de 2022

Los condiscípulos (Caliche. Cap. 1. )

La imagen de Caliche que primero me viene a la cabeza es la de uno de sus momentos de frenesí, de loco atravesado. Veníamos caminando por el costado oriental del bloque 9, Saldarriaga, Caliche y yo, cuando, de repente, Caliche atizó una brutal patada al tarro de basura, lanzándolo lejos, yendo tras él, enardecido, dándole puntapiés, exclamando incoherencias, mientras Saldarriaga y yo asistíamos como testigos a ese rapto de extravagancia. Un reguero de vasos desechables y de papeles quedó en el pasillo. Veníamos del centro de documentación de Educación y nos dirigíamos a Troncos. El exabrupto de Caliche fue exactamente en el punto del corredor frente a la zona verde donde hoy está la escultura El maestro, forjador de futuro, de Alonso Ríos Vanegas. Se supone que es lo que íbamos a ser unos semestres adelante, si todo iba bien, maestros, forjadores de futuro. Pero esta vena demencial de Caliche parecía desmentir ese propósito. No nos detuvimos a recoger la basura. Seguimos adelante, sin importarnos que el pasillo quedara puerco. La escultura de Ríos Vanegas es de 1999, un tiempo posterior a la anécdota que relato. Tal vez el destino hizo que la fijaran allí, frente al corredor donde Caliche, años atrás, se había mostrado como un pichón de maestro destructor de canecas. Las cosas tienen sentidos ocultos. Quizás la pusieron allí para prevenir arrebatos semejantes. Porque un maestro debe tener su vena de loco, pero dirigida en otras direcciones, no acreciendo el trabajo, ya duro de por sí, de los empleados del aseo. Bueno, también son cosas de muchacho. En fin. Conocí a Caliche cuando, con Blandón,  fui de pirateada a Urabá. Cursábamos once. Nos cruzamos en el camino, en la carretera, como diría Jack Kerouac. Caliche venía con otro amigo, Pedro, al que jamás volví a ver. En cambio, con Caliche coincidí meses después en la u. Estábamos matriculados en el mismo pregrado, Español y Literatura. Santa Rosa de Osos fue el sitio del encuentro. Blandón y yo habíamos llegado allí en una escalera. Era ya el anochecer. Caliche y Pedro venían en un camión de ganado. El conductor se detuvo a fresquear. Le pedimos un avance. Aceptó. Así fue como nos unimos, cuatro jóvenes aventureros. Nos llevó hasta Yarumal. Seguimos a pie, con nuestros morrales a la espalda, por la carretera en sombras. Descansamos en el alero de una empresa lechera, un galpón de cemento y teja cerrado, infranqueable a nuestros intentos traviesos. Allí Caliche y Blandón, al amor de una fogata, se trenzaron en disquisiciones librescas, mientras Pedro y yo los observábamos desmesados. Allí comenzó una amistad de toda la vida entre Blandón y Caliche. No estoy seguro, pero creo recordar que ya entonces Caliche fumaba. Desde esos días tenía pinta bohemia. No puedo precisar qué temas trataron, qué libros y autores trajeron a colación, pero la esencia de ese momento fue esa, la de dos muchachos intelectuales cambiando impresiones sobre esto y aquello, mientras los otros dos permanecían un poco al margen, todos acosados por el frío y la incertidumbre del camino. Recuerdo el frío. Por el frío desistimos de seguir allí y continuamos caminando, para calentarnos. Casi amanecía. Lo que recuerdo de esta pirateada es que Caliche era un muchacho delgado, bien parecido, con un cabello hermoso. Un mata locas. Tenía un aire latino, despreocupado, un tanto altanero. Desde el inicio en la u se agenció las chicas más bonitas, muchachas por las que uno suspiraba y que se rendían ante él, suspirando. Tal ocurrió con Mónica. Una tarde ya desvaída, sin sol, me encontré con Mónica frente al Camilo. Serían las cinco. Mónica venía del lado de la biblioteca; yo, del lado del museo. Nos avistamos desde lejos y avanzamos el uno hacia el otro, sin bajar la mirada. En el borde de la fuente se habían reunido muchas personas, lo mismo que frente al edificio del teatro: iba a haber un espectáculo de música salsa o algo similar. Nos saludamos con afecto. Llevábamos tiempo sin vernos. En nuestros vestidos y maneras se notaba ese tono informal de los universitarios. Mónica era una de esas jóvenes afables, que simpatizan con todo el mundo. Espontánea, franca, conversadora. Al lado de ella perdía mi habitual hurañez, platicaba con entusiasmo, bromeaba, sonreía. Habíamos sido condiscípulos el semestre anterior, llegando a congeniar. Vivíamos en el mismo barrio, Bello, así que salíamos juntos de clase (a eso de las ocho de la noche) y viajábamos en la misma buseta. Mónica amaba los poemas, los muñecos de trapo, las peculiaridades fónicas de algunas palabras, las noches de luna, la lluvia, los gatos. Se burlaba de los rostros rígidos de los pasajeros en las ventanillas de los buses, de las personas aburridas y de todo lo que no encontrara en la vida un motivo de alegría. Estuve a punto de enamorarme de ella. Quizás me enamoré, pero no tuve el valor de decírselo, y después eso pasó. Más tarde me percaté de que Mónica y Caliche eran novios. No sentí celos, nada. Mónica siempre fue una de esas personas a las que adoré saludar. Hablamos de mi trabajo, de lo que significaba ser maestro. Ella comenzaría a enseñar inglés el año próximo, y estaba interesada en mi opinión, pues mi experiencia de dos años como profesor no era despreciable. Entramos a un Camilo repleto de estudiantes ávidos de entretenimiento. Allí nos encontró Caliche. Pensé en el magnetismo, en los vínculos misteriosos que unen a los enamorados. Caliche vino directo adonde estábamos Mónica y yo, como si hubiesen acordado encontrarse allí, en esa banca, entre el maremagno. El espectáculo consistía en un trabajo de baile y cultura latina, cuyo principal atractivo eran los efectos de luces fluorescentes sobre un fondo sombrío. No esperaba la aparición de Caliche. Éramos amigos, pero me había ilusionado con la idea de pasar un momento delicioso con Mónica.              

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