viernes, 11 de noviembre de 2022

Los condiscípulos (Blandón. Cap.22.)

Un viernes en la tarde me crucé con Blandón en la u. Traía un ramo de flores, creo que eran siemprevivas. Estaba alegre, aunque lo disimulaba con un gesto de gravedad. Iba a visitar a la novia, que hacía la práctica en un pueblo a orillas del Magdalena. Era un viernes de esos en que yo, evitando el gentío, daba un rodeo para salir de la u. Había ambiente de jarana. Me sentía ajeno a ese mundo en que la multitud se uniforma bajo expresiones de halago a unos músicos, donde se bebe o se baila porque sí. Para librarme de la pereza que me vencía, me colgué de la barra gimnástica, subí y bajé quince veces, en tandas de tres. Vi un rostro conocido: la muchacha con ojos de minina golosa, la amiga de Margarita. Sentí su mirada como desde una orilla lejana. Luego, a la salida, me topé con Blandón. Sabía que un ramo de flores podía desentonar conmigo, por mi carácter seco, pero no con él, dulzón y donjuanesco. No conocía mucho de flores, pero me parecieron siemprevivas. Más tarde llegué a estar familiarizado con estas flores. Cuando, al final de la carrera, me fui a vivir con una mujer, a esta le encantaban las siemprevivas. Mantenía un ramillete en el nochero. Las flores estaban secas, pero ella me decía que no estaban muertas, que por eso se llamaban siemprevivas. Yo no entendía bien el asunto, quedaba perplejo. Que nadie me ha visto (¿ni me verá?) ofrecer un ramo de flores a una dama es una verdad de aquí a Pekín. Puedo ofrecerle un libro, de pronto hasta dejar que tome mi brazo al marchar a mi lado (y sentiré lo pequeña y urgida de cariño que es su mano), pero las flores no estarán en el libreto, os lo aseguro. En esto nos diferenciamos Blandón y yo. Él es más romántico, más detallista. Yo tiendo a la aspereza, aunque, cuidado, en ocasiones yo mismo me sorprendo con inesperadas manifestaciones de ternura. Como esa vez (creo que fue en Seminario de Literatura Contemporánea, con Restrepo) en que, al finalizar la sesión, me incliné al oído de una muchacha y le susurré: "¿cuál es tu nombre?" Me lo dijo. "¿Y el tuyo?" Se lo dije. "Mucho gusto", agregó. Se llamaba Ana Cecilia Lalinde. Me dijo su nombre a pedazos, espaciadamente, entre reacia y pícara. "Ana... Cecilia... Lalinde..." Era la primera vez que la veía. Llegué a clase con media hora de retraso y me senté a su lado. No me importó entablar un inofensivo y sutil juego de miradas, gestos, palabras. Acaso reconocí en ella la timidez de una primípara. Reparé en su boca, grande, y en sus labios, gruesos; también en algo como de niña en su rostro moreno, en su voz, en la forma como fluían sus palabras. Ella tenía las fotocopias de los cuentos de Cortazar. Tomaba apuntes con lápiz, con letra pegada, bastante pulida, en un cuaderno de aros metálicos y hojas rayadas. Era muy escrupulosa, y al final de cada relato escribía la bibliografía: el título del libro de donde fue extraído y todo eso. Cuando el profesor citó una frase de Borges ("El universo es la historia de dos o tres metáforas"), ella corrió a copiarla, pero la copió mal ("El universo es la historia de otras metáforas"). Le hice notar el error y ella lo enmendó. Tenía borrador y tajalápiz a la mano. Me agradeció la gentileza. En correspondencia, me mostró en su cuaderno el título de un documento que debíamos leer. Estas cosas no son muy frecuentes en mí. Es decir, lanzarme. Creo que debí aprender algo con Blandón. El que anda entre la miel... También él debió aprender algo de mí. Eso es la amistad, como los préstamos en las lenguas o en las culturas, una cosa bonita. Acaso él aprendió el amor a la literatura de la madre, una mujer a la que le gustaba contar historias. "Vivimos nueve meses en un pueblo esmeraldífero de Boyacá, un pueblo metido en una profunda hondonada. Y cuando, por fin, salimos de allí, juré que si acaso regresaba sería para desandar los pasos. Le digo que yo vivía contando las horas y los días. En ese pueblo había una gran violencia, todo el mundo andaba con revólver o cuchillo, hasta los muchachos de doce años. En la noche no se oían más que balaceras y escándalos. Yo no podía dormir porque Jaime, mi esposo, se quedaba en la calle, bebiendo. Claro que tenía un revólver. Entonces trabajaba con la Federación de Cafeteros y nosotros morábamos en una casita de esa empresa, muy bonita, por cierto. Teníamos tres niños, Martica, Julio y el niño que me mataron, los muchachos deben haberle contado esa historia. Una noche oímos a alguien gritando. Salí a ver y me enteré de que Jaime estaba en la cárcel. Eran las tres de la madrugada. En ese pueblo la luz eléctrica la suministraban con motor, y solo desde las seis de la tarde hasta las nueve. Le llevé una manta y una vela a mi esposo. Era tan loco que intentó prender fuego a la puerta. A las seis de la mañana regresé a verlo. Me ordenó que fuera a visitar al cacique del pueblo. Lo hice. Le conté que Jaime estaba preso y me acompañó donde el teniente, el cual dio el mandato de dejar en libertad a mi marido. Me enteré de lo que había pasado: a Jaime intentaron matarlo entre varios y él sacó el arma. Lo metieron en la celda para protegerlo de los otros. Estos hombres pertenecían a una de las dos corrientes antagónicas del único partido político del pueblo. Este sector se oponía a la presencia de la Federación de Cafeteros en el lugar. Habían amenazado con matar a un empleado de esta firma. Apenas nos dimos cuenta de esto, Jaime presentó renuncia irrevocable. Empacamos. Dijimos que nos íbamos porque los muchachos no resistían el calor de ese pueblo (les formaba vejigas en la piel). No es cierto. Huíamos de las amenazas". Sí, la mujer, la abuela, la madre, siempre estará en el comienzo de las historias. ¿No es hermoso?            

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