lunes, 31 de octubre de 2022

Los condiscípulos (Blandón. Cap.16.)

El muchacho de Támesis era amigo de Blandón. Llevaba dos años allí. Vivía en un apartamento próximo al parque, en una edificación distinguida. A estos dos jóvenes los había acercado el amor a la literatura. Eran ávidos lectores y poetas compulsivos. Habían formado un círculo literario de provincia, donde la figura más destacada era Everardo Rendón, quien ya hasta había publicado un libro de versos. El muchacho también había degustado las mieles de la letra impresa. Escribía poemas y narraciones. Blandón, que se jactaba de conocedor de la materia, lo presentaba como una joven promesa de la literatura antioqueña. La familia del muchacho tenía una agencia de apuestas con oficinas en varios pueblos del suroeste. Era gente acaudalada. Se habían ganado el gordo de una lotería, una millonada y, a partir de ahí, habían incrementado su fortuna con las utilidades del juego de azar. El muchacho manejaba el negocio de la familia en Támesis. Tenía dieciocho o veinte años. De gran estatura y miembros desarrollados, poseía una fisonomía agradable, altiva. De rasgos pulidos, donde se notaba la nobleza de su casta, tenía un rostro agraciado, donde la nariz de trazo fuerte y el bozo fino eran lo más llamativo. Su cuerpo tendía a una estilización un poco sospechosa, que se conjugaba con unos ademanes impetuosos y una voz amanerada. Tenía parientes en Concordia, tías mojigatas y primos con plata. Había vivido allí en su infancia. Ahora iba solo ocasionalmente, de asueto. Era bachiller. Su anhelo era matricularse en la Universidad de Antioquia a estudiar psicología, para lo cual debía trasladarse a Medellín, idea que le encantaba. En esa época Blandón estudiaba construcciones civiles en el Politécnico, pero ya andaba con la loquera de mudarse a estudiar medicina. Marcos recién había ingresado a la u. Visitó Támesis aceptando la invitación de Blandón, hospedándose en casa de los padres de este. Llegaron el jueves. Blandón, que hacía de anfitrión, le enseñó el pueblo y lo relacionó con amigos. El viernes en la noche hicieron una velada en el apartamento del muchacho, donde estuvo, además de ellos tres, Everardo. El muchacho leyó sus escritos, recibiendo la aprobación de sus invitados. Daba la idea de un tipo con una mente bien puesta, talentoso y agudo. Había realizado una obra satisfactoria y tenía la cabeza llena de proyectos. Exhalaba satisfacción, vigor. Marcos se sentía algo abrumado, humilde, ante la demostración de una disciplina y una imaginación superiores. No dejaba de ver que tanto Everardo como Blandón trataban al muchacho con una consideración rayana en el halago y que este se esponjaba con los elogios de sus admiradores. Marcos, reservado, no iba más allá de su papel de espectador de los hechos humanos. Cuando Blandón le presentó al muchacho y este le dio la mano, Marcos reprimió un ademán de descontento: la molestia y la desconfianza que sentía frente  a los hombres que daban la mano floja y lacia. El muchacho era uno de estos. Ni siquiera cerró la mano, sino que la deslizó, flácida, fría, entre la suya, sin presionar, sustrayéndola en el acto, como con repugnancia. Marcos no se fiaba mucho de la gente que era incapaz de estrechar la mano con fuerza y calor. De modo prejuiciado y parcial, había llegado a conferir magnitud de ley irrefutable a este hecho subjetivo. Pero su aprensión no lo traicionó, al menos esta vez. Ya los rones habían liberado la lengua y las máscaras y, en un momento en que Blandón y Everardo conversaban en el salón, el muchacho, con cualquier ardid, llamó a Marcos a su cuarto y allí desnudó su triste vicio. Se metió en la cama y convidó a Marcos con gesto suplicante y abandonado. Lo asía de la ropa e intentaba halarlo al lecho, proponiéndole caricias y contactos. Su voz y sus pupilas expresaban delirio, una ansiedad desmedida, frenética. Cuando Marcos salió de su pasmo y se precipitó fuera de la habitación, tenía la mente embolatada y un rezago de culpa. Blandón y Everardo conversaban ajenos a lo que ocurría, como si conocieran los arranques del anfitrión. El muchacho seguía llamando a Marcos, invitándolo con quejidos y seducciones de mujer. Al regresar al salón, Marcos no contó nada de lo sucedido, pero estuvo silencioso y no bebió más. El muchacho volvió simulando normalidad. Marcos exhortó a Blandón a marcharse. Lo hicieron. Por la calle, rumbo a casa, Marcos venía asqueado, con ganas de vomitar, reprochándose haber bebido. Relató el incidente a Blandón, el cual no se asombró, reconociendo que el muchacho era un maricón. Marcos quiso preguntarle por qué no se lo dijo, pero se lo calló. Comprendía que Blandón era despreocupado y hasta negligente con este tipo de personas. Se había movido mucho entre artistas y sabía lo extendido que estaba el homosexualismo entre estos. Lo veía con una mirada desapasionada, clínica, sarcástica. Al año siguiente el muchacho se trasladó de Támesis a Medellín y se matriculó en la u. Entonces fue más descarado con su manía, tanto en lo ceñido de su ropa como en lo escandaloso de sus gestos y relaciones. Aunque se cruzaba con Marcos, nunca lo saludó, y mucho menos recordó aquella noche de su desenmascaramiento. Marcos no hizo ningún intento de acercársele. Le parecía un individuo indeseable. Le molestaba tener algo en común con él, aunque solo fuera la memoria de un momento execrable. Después perdió de vista al muchacho. Creía que tal vez ni había terminado la carrera. Era un tipo voluble. Quizás se había marchado de la ciudad, pues nunca volvió a verlo. Un día, hablando de él con Blandón, este le contó que el muchacho se había dado al libertinaje. Marcos sabía bien lo que esto significaba. El artista promisorio había sucumbido en el vicio.          

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