La familiaridad era mucha. Uno al otro nos visitábamos en los respectivos apartamentos, generalmente para tratar algún tema literario o para gozar de un rato de ocio. El apartamento de los Blandón, como espacio de universitarios que vivían solos, ofrecía más confianza, más oportunidad para el desparpajo. En el mío estaban mis padres que, aunque eran formales, no dejaban de representar el mundo de los adultos, con todas sus connotaciones coercitivas. Las bromas y las risas eran pan del día en el apartamento de los Blandón. Gonzalo mantenía a la mano su repertorio de chistes, en una competición a muerte con Faustino, el inquilino del quinto piso, que era otro mamagallista redomado. Si me propongo, puedo describir, punto por punto, cada rincón de esa casa, donde tantas veces estuve, siendo para mí un segundo hogar. Pero este no es mi propósito al presente. Blandón el literato es quien me ocupa ahora. Alguna ocasión llegaba a mi casa y mi hermana servía la cena. "Yo me le mido", respondía Blandón al ofrecimiento de mi hermana sobre si quería comer. Y comíamos en la mesa, conversando animadamente. Y Blandón me decía de los muchos cuentos que tenía escritos y de las editoriales que se peleaban por publicarlos. Era un mundo extraño, donde nosotros sólo pensábamos la vida en torno al papel manuscrito o impreso. Éramos papel. Uno siempre pensaba que a Blandón se le iba un poquito la mano en los cálculos, que la realidad le importaba un bledo, que por algo era escritor, vaya dotes de exageración. Las editoriales peleándose sus escritos. Era la más bella de las imaginaciones. Pero es que era un muchacho de veintidós años, con los pies en las nubes. De algún modo, con sus sueños desmesurados, me invitaba a soñar. Por esa época se mantenía preguntándome si no me gustaría publicar. Sus amigos eran periodistas y redactores de revistas. Blandón se ilusionaba con la publicación de su obra en un suplemento dominical. ¿Quién no? Charles Darwin, al ver en el libro Imágenes de insectos británicos, de Sthephens, una de las especies que él descubriera, confiesa que "ningún poeta puede haber sentido mayor gozo al ver su primer poema publicado que el que yo sentí al leer las palabras mágicas 'descubierto por el señor don Charles Darwin' ". Blandón y yo estábamos en la misma empresa, la del espíritu. Esto lo entendíamos ambos. Aún pasábamos por una etapa embrionaria. Luchábamos a brazo partido por llegar. Cualquiera de esos días yo servía de amanuense a mi amigo. Subía mi máquina de escribir manual a su casa y le transcribía un cuento que mandaría a concursar en un certamen universitario. Blandón me dictaba vacilante. No sabía muy bien el sitio correcto donde debía dictar una coma, un punto seguido o un punto y coma. Todo lo resolvía con las primeras: "coma, coma, coma". Yo advertía sus progresos narrativos y se los expresaba con parquedad. Su relato se llamaba No me esperes mujer y transcurría en la atmósfera del páramo de Boyacá. Utilizaba un estilo cinematográfico. Apenas el cuento quedó transcrito en las pulcras hojas de bloc tamaño carta, él rompió triunfal y soberbio el manuscrito. El primer premio del concurso otorgaba doscientos mil pesos. Blandón soñaba con ese dinero. No recuerdo qué ocurrió con ese cuento, si obtuvo o no el premio. Creo que no. Pero Blandón seguiría insistiendo. Aunque tuvo mejor suerte con los poemas, nunca desfalleció en la narrativa. Lo sé porque, ya cincuentón, seguía puliendo sus cuentos y, a la postre, los publicaría. Imagino que ya no tendría ese abanico de editoriales tirándose de las greñas por sus textos, pero él se conformaría con verlos en formato de libro, sin importar el brillo de la casa editora. Son las concesiones necesarias que debemos hacer con los años. En ello no hay merma ni descrédito, solo un estricto sentido de lo justo. En otra oportunidad Blandón vino a mi casa en la tarde. Mamá lo hizo seguir hasta mi dormitorio. Blandón me saludó desde el umbral. Abrí los ojos con una expresión sorprendida y soñolienta. Me incorporé en la cama. Blandón me preguntó cómo iban las cosas en el trabajo (yo ya era profesor en la Salle de Bello), si ya había amaestrado a esos chiquillos a los que les daba clase. Luego, bajo mi exhorto, habló de la posibilidad de triunfo de dos de sus cuentos que tenía participando en sendos concursos. Se sentó en la cama de mi hermano Jhony. Yo sospeché el motivo de su visita, pero simulé ignorarlo y me entretuve platicando con él. Vestía una camiseta de atletismo sucia, unos tenis viejos y deslucidos. Traía vendada la pierna izquierda a la altura de la rodilla: se la había lastimado jugando fútbol. Siempre que juega fútbol se lesiona. Por fin expresó el fin de su visita. Me pidió prestados unos pesos para pasajear. Bajé de la cama, abrí mi gaveta, busqué la plata. También él se puso de pie. Me contó que todavía estaba esperando el préstamo concedido por el Icetex. Se quejó de las dilaciones de dicho organismo con respecto al desembolso del dinero. Apoyé sus argumentos hablando a mi vez de la forma como en la universidad dilataban la plata por concepto de la matrícula de honor. En esos días yo aguardaba ese dinero. Desesperaba por él, mejor dicho. Entregué la plata a Blandon. Blandón habló con displicencia de su modo de trabajar en una traducción del inglés al español que lo ocupaba en esos momentos, en comparación con el modo en que la hacían sus compañeros, a quienes tildó de acelerados. Según esto él iba despacio, pero seguro. No tuve valor para negarme a la solicitud de dinero de mi amigo. Apenas tenía para los pasajes de la semana y había entregado en manos de Blandón el treinta por ciento de mi capital.
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