"Tengo unas ganas de pichar", dijo Blandón, exclamativamente, jocundo, arrebatado, al acercarnos a la cola para coger la buseta. Celebré su ocurrencia, aunque el verbo "pichar" me pareció vulgarote. Ah, cómo estábamos de rijosos y achispados esa noche (veníamos de La Montaña, de la chancera). Blandón flirteaba hasta con los postes eléctricos. Nos reíamos hasta de nuestra amarga soledad. Varias veces lo vi ebrio. Éramos jóvenes, universitarios, el licor era una oferta o un escape de cada fin de semana, el deshollinador del alma. Reconocíamos que el alcohol nos hacía daño. No habíamos nacido para borrachos, era claro. Tampoco para procreadores, a la vieja usanza, con familias de decenas de hijos. En el fondo, no éramos ni desordenados en el apetito sexual. Soñadores, es lo que éramos. Jamás pasó por nuestra cabeza la u como la oportunidad de "quebrar duritos", aprovechándonos de las primíparas. Esto se lo dejábamos a otros, a los que tenían esa naturaleza de hienas. A nosotros nos sorprendían por ahí, escribiendo poemas o caminando en solitario. Claro, el amor zumbaba en nuestro entorno, como un huracán que nos descuadernara la vida. Amor, urgido amor. Era tarde, una y media de la madrugada. Me asomé al balcón al oír ruidos y voces en la calle. Creí que llegaba mi hermana. Me sorprendí: era Blandón. Lo vi conversando con el sereno. Me saludó con fervor. Pensé: "¿estará ebrio?" Cuando entró al edificio, subió la escalera, quedó frente a mí y me habló, lo confirmé. Su aliento tenía acidez de licor. Traía su morral rojo raído, una camisa café o vinotinto, sus gafas. Me dijo: "vengo de un lanzamiento" y sacó un libro, una recopilación de cuentos, y me lo enseñó. Conversamos algo al respecto. Le dije: "estoy desvelado, me he acostado dos veces y las mismas me he levantado". Le conté que estaba pendiente de la llegada de mi hermana Nativa. "Debe estar parrandeando", dijo. Olvidamos el asunto. "Vengo de striptease", dijo. Y a continuación me enumeró los nombres de los amigos, poetas todos, que lo invitaron a ver mujeres desnudas y a tomar. También me habló de una chica que conoció, que lo trastornó. "Es psicóloga de la San Buenaventura". La había conocido y abordado en el cóctel. Salieron a dar una vuelta. Se sentaron a la sombra de unos árboles. Ella quiso abrazarlo, pero se cohibió; él quiso besarla, pero se apocó. Todo eso me dijo. También me dijo que en el striptease no estaba contento, porque solo pensaba en la chica psicóloga. Si hubiese tenido plata la habría invitado a algún sitio. Lamentablemente, no tenía. Hablamos otro rato y nos despedimos. Subió la escalera diciendo: "el aguardiente me hace daño".
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