*Caliche mostró una ojeriza instantánea ante Bernardo. Estaban
sentados en las escalas de Troncos, frente a la explanada, cuando este llegó
con un vaso desechable en la mano, dando sorbos a un perico. Levantando las
cejas, Bernardo saludó a Marcos, envolviendo a los demás en su cortesía, mas
con un aire de sigilo. Ante la hostilidad de Caliche, que Bernardo captó con
una mirada rápida y analítica, se acercó a Marcos, quien lo acogió con un gesto
más hospitalario. Pero también había una migaja de incomodidad en Marcos, una
molestia imperceptible. El ambiente se maleó. Una mueca rabiosa crispó el
rostro de Caliche. Era el anochecer de un viernes, en los instantes previos al
cierre de la universidad. Plateada y solitaria, la luna lanzaba suaves
destellos. Había aislados grupitos de estudiantes aquí y allá, a lo largo del
andén de la cafetería, y otros más allí cerca, bajo un mango, en alegre
comparsa, cantando canciones de Silvio Rodríguez al amor de una guitarra.
También quedaban asomos de actividad estudiantil en las mesas de estudio de la
biblioteca. A Marcos le sorprendió el disgusto que la llegada de Bernardo
despertó en Caliche. ¿Qué pasaba? ¿Por qué esa indisposición con el recién
llegado? Bernardo era un rubio robusto, con traza de deportista. Vestía una camisa hawaiana de colores intensos y un bluyín descolorido. Tenía una
fisonomía que exhalaba salud y vigor. Sin embargo, había un no sé qué precario
o indefenso en él. Más allá de su carácter empalagoso y su voz ruidosa, un ojo
agudo advertía cierta inseguridad. Bernardo sacó algo de su morral. “Estoy
rifando este reloj. Cómprenme una boleta”. Ante la reserva general, añadió:
“Les doy todas las facilidades de pago. Juega el próximo viernes. O sea, de hoy
en ocho”. Indecisa, Magi recibió el talonario. Caliche se mostró del todo
desinteresado. Con disimulo, Marcos siguió los movimientos de Bernardo. Parecía
vigilarlo, como si se tratara de un chiquillo inquieto y alborotador que, en el
momento menos pensado, fuera a coger un jarrón de cristal y a dejarlo caer.
Aprovechando que Magi y Marcos hojeaban el talonario, Bernardo esculcó de nuevo
el morral y sacó unas fotocopias, que repartió entre sus interlocutores. “¿Qué
es?”, interrogó Marcos. “Es un poema de Restrepo”. La belicosidad de Caliche volvió a dispararse. Con una dosis de refinada ironía, comentó: “¿Saben una
cosa? Restrepo tiene tres cursos de literatura distintos, y en todos está
interpretando a Cortazar”. Su confidencia abarcó sólo a Marcos y a Magi, dejando
a Bernardo aparte de la esfera de su discurso. Su rechazo era implacable. Su
desdén era tal que ni siquiera lo miró. Pareciera que el hecho de recibirle la
hoja obedecía a un acto de suprema condescendencia. Magi dijo: “Me gusta
Restrepo. Es un buen poeta. Muy maduro. Pero mi preferido es Benedetti.” Al oír
esto último, Marcos hizo un ligero mohín de desagrado (con los años mudaría su opinión de Benedetti, sobre todo al leer su prosa, sus soberbios cuentos). El tono era cada vez más
efusivo bajo el palo de mango, donde los reunidos ensartaban temas de Silvio
Rodríguez. Aburrido, Marcos se preguntó qué más sacaría Bernardo de su morral, que se le antojó una caja de
Pandora. Se conocieron el semestre anterior, en un curso de Psicología. Un
hecho casual los llevó a amistarse. El profesor orientó una actividad en
grupos, y dispuso que integraran uno los que habían faltado a la primera sesión
(tal era el caso de Marcos y Bernardo y de dos o tres alumnos más). La tarea
consistía en responder un cuestionario con base en un texto. En seguida
Bernardo dio muestras de su personalidad estrambótica. Este semestre también
veían otra materia juntos, Taller cognitivo. Bernardo dejó quieto su morral y
se dedicó a terminar su perico. Magi siguió repasando el talonario. “Compremos
una entre los dos”, dijo Marcos. “Pero la pagas tú, Magi. Te quedo debiendo la
mitad”. Magi arrancó una boleta y la guardó en su bolso.“Está bien” dijo. Luego
entregó el dinero a Bernardo. Y el morral volvió a dar frutos. Porque Bernardo
extrajo de allí una revista. “En señal de gratitud, les leeré el tarot”, dijo.
“¿Quién quiere ser el primero?” Todos callaron. En oleadas cada vez menos
nutridas, pasaba gente por el andén o la explanada, en pos de la salida. Los
guardianes no tardarían en dar su ronda, exhortando a los remisos. Bernardo
insistió: “A ver, ¿quién se decide? La que compró la boleta. A ver… Todavía no
tengo el gusto. Marcos, ¿no me presentas a tu amiga?” “Se llama Magi”. “Ah, lo
mismo que ese caldo de gallina al que tanta publicidad le hacen”. A nadie le
pareció chistosa la ocurrencia de Bernardo. Caliche se encerró más en su
agresividad. Sus magras facciones cobraron una expresión malévola. ¿Qué ocurría
entre estos dos? Marcos no acababa de comprenderlo. Se acordó de un compañero
de once, Víctor, que durante los descansos solía señalarle a una muchacha de
décimo, diciendo cosas negativas de ella, que era fea, que tenía el rostro
invadido de acné, etcétera. Marcos no caló el sentido de las palabras de Víctor
hasta que, al final del año, lo vio ennoviado con la muchacha. “Aquí tengo otro
poema de Restrepo”, dijo Caliche con el afán evidente de eclipsar la propuesta
de Bernardo. “¿Quieres oírlo, Magi?” Bernardo se sintió picado y no dio tregua.
“Veamos, Magi, ¿en qué mes naciste?”, dijo. Magi le suministró el dato. “Bien,
tu atributo para la semana es honestidad. Sigues tú, Marcos. ¿De qué mes eres?”
“Marzo”. “Tu atributo, actividad”. La tirantez entre Caliche y Bernardo se hizo
irrespirable. Caliche continuó en su idea de leerle el poema de Restrepo a
Magi, extendiendo su reticencia a Marcos. El hecho de que este se mostrara atento con Bernardo, parecía indisponer
a Caliche en su contra. Caliche comenzó a leer y Magi escuchó los versos con
arrobo. Entre tanto, de manera velada y casi en un susurró, Bernardo le
preguntó a Marcos: “¿cómo se llama ese descortés amigo tuyo?” Con visible
descontentó, Marcos no tuvo más que decir: “Caliche ”. “¿Charly?”, dijo
Bernardo, cambiando la voz, dándole un aire de burla. Marcos no entendió a qué
se refería con ese “Charly”, pero experimentó una indignación tremenda contra
esa forma de hablar de Bernardo, amanerada y frívola. Maldijo en su mente la
circunstancia de conocerlo. Qué tipo más extravagante. Entre tanto, la pugna no
declarada de los otros dos, prosiguió, ahora más abierta. Marcos no cesaba de
meditar el por qué de esta beligerancia. Su rostro, ya de por sí serio, se veía
abstraído por momentos, debido a su constante especular sobre el asunto. ¿A qué
venía esa hostilidad de Caliche? ¿Existía un ingrato referente anterior? ¿Algún
altercado? ¿Era simplemente que Bernardo le había caído mal? ¿No se lo tragaba?
La afinidad en los cursos y los horarios les habría impelido a cruzarse más de
una vez, siguió reflexionando Marcos. Así de sencillo, Bernardo no le gustaba. Caliche era un tipo sagaz, de los que ven el mundo con una óptica descarnada,
con un prurito de perfección que los lleva a ser sarcásticos y virulentos. “A
ver, ¿por qué no nos lee su tarot?”, dijo. El rubio vaciló. Paseó su mirada por
la revista. “Aceptación”, acabó por decir. “Y el suyo debe ser modestia”,
agregó. Magi intervino para calmar el encono. Atrajo la atención de Caliche hacia un fragmento del poema. Se enfrascaron en una especie de exégesis.
Bernardo se olvidó del tarot. Pasó las hojas de la revista hasta detener la mirada en un grupo
de mujeres deslumbrantes, que no podían ser sino reinas o modelos. “¿Cuál te
parece más bonita de cara y cuál de cuerpo?”, preguntó a Marcos. Con evidente
fastidio, Marcos respondió: “De cara, esta; de cuerpo, esta otra”. “Opino lo
mismo”, dijo Bernardo. Y en seguida se zafó a hablar de reinas y reinados, ante
lo cual Caliche terminó por perder la paciencia y lanzó una pulla: “¿No tienes
una revista de Vanidades para que me la prestes?” “No”, contestó Bernardo,
haciéndose eco de la ofensa, pero conservando el aplomo. Magi y Marcos hicieron
vanos intentos por aplacar la brusqueza de Caliche. Comenzaron a apagarse las
luces. Los vigilantes pasaron avisando que era hora de salir. Los cuatro se
levantaron y se dirigieron a la salida. El pelirrojo se colgó del hombro de
Marcos, y Marcos se lo despegó con un ademán discreto, pero elocuente. Caliche y Magi conversaban aparte. Vinieron por el andén, en parejas. Miradas y
sonrisas burlonas asaetearon a Bernardo cuando pasaron frente a las escasas y
sombrías mesas donde aún quedaban personas holgando. Este continuaba con el
embeleco de agarrarse de Marcos, y se
aferró de la tira de su morral. Con el propósito de desprenderse del intruso, Caliche invitó: “Marcos, ¿caminamos hasta el centro?” Antes de que Marcos
tuviera tiempo de contestar, Bernardo dijo: “Yo también camino hasta mi casa.
Vivo en Aranjuez”. Caliche olvidó el asunto ante la sola idea de tener por
compañero de caminata a tan ingrata figura. Marcos tampoco insistió. Seguía en
su catadura reservada y meditabunda. Parecía contrariado. Bernardo los dejó al
fin. Se quedó conversando con un joven, al que corrió a colgársele del hombro y
a hacerlo objeto de su profusa emotividad. Los excusados estaban al remate del
pasillo. Magi se fue al de las damas. Caliche y Marcos también entraron a
orinar. Bernardo no tardó en seguirlos. Los tres guardaron silencio. El rubio
meaba en el caño frente al lavamanos; Caliche y Marcos, en las cabinas. Al
acabar, se reagruparon en los lavamanos. Se miraron en el espejo de la pared,
mientras el agua caía en sus manos. Parecía que hubiesen pactado un silencio
ventajoso para todos. Se oía el sonido profundo del agua fluyendo del grifo.
Marcos ahuecó las manos y bebió agua. Bebió ansiosa, largamente. Caliche buscó
en su morral. Al cabo, sacó una tableta de píldoras y separó una. Pero fue
incapaz de controlarla y rodó al piso. Todos siguieron el recorrido azaroso de
la ruedita blanca. “¡Hijueputa!”, gritó Caliche. Bernardo se inclinó y cogió la
pastilla. Se la tendió a Caliche. “No, ya no la tomo”. Y separó otra píldora.
Bernardo dejó caer la ruedita blanca y asumió una actitud digna. No tardó en
abrir su morral, buscando. ¿Qué sacaría ahora? Prometeo, Epimeteo, Pandora,
fueron nombres que rodaron por el caletre de Marcos, confundidos en una fábula
de bonanza y castigo. ¿Qué sacaría ahora?
Al fin Bernardo encontró lo que buscaba: una guayaba madura, amarilla, con
pintas negras. Se llevó la fruta a la boca, le dio un mordisco y se la ofreció
a Marcos: “muerde”. “No, no”, dijo Marcos, con ostensible embarazo. Encontraron
a Magi a la salida de los baños. “¿Quieres guayaba?”, le invitó Bernardo. “No”.
Se encaminaron a la calle. En la avenida rugía el tráfico. Las tabernas del
frente estaban a reventar. En el andén, una muchedumbre aguardaba transporte.
Al unirse a la multitud, Bernardo se rezagó. Su débil “adiós” sólo fue oído por
Marcos. Caliche y Magi se adelantaron, asqueados. A Marcos le pareció advertir
que Bernardo se despidió de ellos cuando un joven de buena presencia le hizo
una seña furtiva. Pero no volvió la mirada para confirmar su sospecha. Apresuró
el paso para alcanzar a sus amigos. Caliche venía contando algo al oído de
Magi. Al notar la ausencia de Bernardo, le inquirió a Marcos: “¿dónde se
quedó?” “Atrás”. “Corramos, para que no se nos pegue otra vez”. Y cogió del
brazo a Magi, acelerando el andar y estallando en risas. Marcos se quedó serio,
sin alterar en nada su conducta. Caliche le dijo: “¿eres muy amigo de ese?” A
Marcos le dolió tanta saña. “Igual que de ustedes”, respondió, lleno de coraje
consigo mismo, con Caliche, con Magi, con esa absurda noche. “¿En tan poca
estima nos tienes?”
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