viernes, 23 de diciembre de 2022

Los condiscípulos (Caliche. Cap. 3.)

 

*Caliche mostró una ojeriza instantánea ante Bernardo. Estaban sentados en las escalas de Troncos, frente a la explanada, cuando este llegó con un vaso desechable en la mano, dando sorbos a un perico. Levantando las cejas, Bernardo saludó a Marcos, envolviendo a los demás en su cortesía, mas con un aire de sigilo. Ante la hostilidad de Caliche, que Bernardo captó con una mirada rápida y analítica, se acercó a Marcos, quien lo acogió con un gesto más hospitalario. Pero también había una migaja de incomodidad en Marcos, una molestia imperceptible. El ambiente se maleó. Una mueca rabiosa crispó el rostro de Caliche. Era el anochecer de un viernes, en los instantes previos al cierre de la universidad. Plateada y solitaria, la luna lanzaba suaves destellos. Había aislados grupitos de estudiantes aquí y allá, a lo largo del andén de la cafetería, y otros más allí cerca, bajo un mango, en alegre comparsa, cantando canciones de Silvio Rodríguez al amor de una guitarra. También quedaban asomos de actividad estudiantil en las mesas de estudio de la biblioteca. A Marcos le sorprendió el disgusto que la llegada de Bernardo despertó en Caliche. ¿Qué pasaba? ¿Por qué esa indisposición con el recién llegado? Bernardo era un rubio robusto, con traza de deportista. Vestía una camisa hawaiana de colores intensos y un bluyín descolorido. Tenía una fisonomía que exhalaba salud y vigor. Sin embargo, había un no sé qué precario o indefenso en él. Más allá de su carácter empalagoso y su voz ruidosa, un ojo agudo advertía cierta inseguridad. Bernardo sacó algo de su morral. “Estoy rifando este reloj. Cómprenme una boleta”. Ante la reserva general, añadió: “Les doy todas las facilidades de pago. Juega el próximo viernes. O sea, de hoy en ocho”. Indecisa, Magi recibió el talonario. Caliche se mostró del todo desinteresado. Con disimulo, Marcos siguió los movimientos de Bernardo. Parecía vigilarlo, como si se tratara de un chiquillo inquieto y alborotador que, en el momento menos pensado, fuera a coger un jarrón de cristal y a dejarlo caer. Aprovechando que Magi y Marcos hojeaban el talonario, Bernardo esculcó de nuevo el morral y sacó unas fotocopias, que repartió entre sus interlocutores. “¿Qué es?”, interrogó Marcos. “Es un poema de Restrepo”. La belicosidad de Caliche volvió a dispararse. Con una dosis de refinada ironía, comentó: “¿Saben una cosa? Restrepo tiene tres cursos de literatura distintos, y en todos está interpretando a Cortazar”. Su confidencia abarcó sólo a Marcos y a Magi, dejando a Bernardo aparte de la esfera de su discurso. Su rechazo era implacable. Su desdén era tal que ni siquiera lo miró. Pareciera que el hecho de recibirle la hoja obedecía a un acto de suprema condescendencia. Magi dijo: “Me gusta Restrepo. Es un buen poeta. Muy maduro. Pero mi preferido es Benedetti.” Al oír esto último, Marcos hizo un ligero mohín de desagrado (con los años mudaría su opinión de Benedetti, sobre todo al leer su prosa, sus soberbios cuentos). El tono era cada vez más efusivo bajo el palo de mango, donde los reunidos ensartaban temas de Silvio Rodríguez. Aburrido, Marcos se preguntó qué más sacaría Bernardo de  su morral, que se le antojó una caja de Pandora. Se conocieron el semestre anterior, en un curso de Psicología. Un hecho casual los llevó a amistarse. El profesor orientó una actividad en grupos, y dispuso que integraran uno los que habían faltado a la primera sesión (tal era el caso de Marcos y Bernardo y de dos o tres alumnos más). La tarea consistía en responder un cuestionario con base en un texto. En seguida Bernardo dio muestras de su personalidad estrambótica. Este semestre también veían otra materia juntos, Taller cognitivo. Bernardo dejó quieto su morral y se dedicó a terminar su perico. Magi siguió repasando el talonario. “Compremos una entre los dos”, dijo Marcos. “Pero la pagas tú, Magi. Te quedo debiendo la mitad”. Magi arrancó una boleta y la guardó en su bolso.“Está bien” dijo. Luego entregó el dinero a Bernardo. Y el morral volvió a dar frutos. Porque Bernardo extrajo de allí una revista. “En señal de gratitud, les leeré el tarot”, dijo. “¿Quién quiere ser el primero?” Todos callaron. En oleadas cada vez menos nutridas, pasaba gente por el andén o la explanada, en pos de la salida. Los guardianes no tardarían en dar su ronda, exhortando a los remisos. Bernardo insistió: “A ver, ¿quién se decide? La que compró la boleta. A ver… Todavía no tengo el gusto. Marcos, ¿no me presentas a tu amiga?” “Se llama Magi”. “Ah, lo mismo que ese caldo de gallina al que tanta publicidad le hacen”. A nadie le pareció chistosa la ocurrencia de Bernardo. Caliche se encerró más en su agresividad. Sus magras facciones cobraron una expresión malévola. ¿Qué ocurría entre estos dos? Marcos no acababa de comprenderlo. Se acordó de un compañero de once, Víctor, que durante los descansos solía señalarle a una muchacha de décimo, diciendo cosas negativas de ella, que era fea, que tenía el rostro invadido de acné, etcétera. Marcos no caló el sentido de las palabras de Víctor hasta que, al final del año, lo vio ennoviado con la muchacha. “Aquí tengo otro poema de Restrepo”, dijo Caliche con el afán evidente de eclipsar la propuesta de Bernardo. “¿Quieres oírlo, Magi?” Bernardo se sintió picado y no dio tregua. “Veamos, Magi, ¿en qué mes naciste?”, dijo. Magi le suministró el dato. “Bien, tu atributo para la semana es honestidad. Sigues tú, Marcos. ¿De qué mes eres?” “Marzo”. “Tu atributo, actividad”. La tirantez entre Caliche y Bernardo se hizo irrespirable. Caliche continuó en su idea de leerle el poema de Restrepo a Magi, extendiendo su reticencia a Marcos. El hecho de que este se mostrara atento con Bernardo, parecía indisponer a Caliche en su contra. Caliche comenzó a leer y Magi escuchó los versos con arrobo. Entre tanto, de manera velada y casi en un susurró, Bernardo le preguntó a Marcos: “¿cómo se llama ese descortés amigo tuyo?” Con visible descontentó, Marcos no tuvo más que decir: “Caliche ”. “¿Charly?”, dijo Bernardo, cambiando la voz, dándole un aire de burla. Marcos no entendió a qué se refería con ese “Charly”, pero experimentó una indignación tremenda contra esa forma de hablar de Bernardo, amanerada y frívola. Maldijo en su mente la circunstancia de conocerlo. Qué tipo más extravagante. Entre tanto, la pugna no declarada de los otros dos, prosiguió, ahora más abierta. Marcos no cesaba de meditar el por qué de esta beligerancia. Su rostro, ya de por sí serio, se veía abstraído por momentos, debido a su constante especular sobre el asunto. ¿A qué venía esa hostilidad de Caliche? ¿Existía un ingrato referente anterior? ¿Algún altercado? ¿Era simplemente que Bernardo le había caído mal? ¿No se lo tragaba? La afinidad en los cursos y los horarios les habría impelido a cruzarse más de una vez, siguió reflexionando Marcos. Así de sencillo, Bernardo no le gustaba. Caliche era un tipo sagaz, de los que ven el mundo con una óptica descarnada, con un prurito de perfección que los lleva a ser sarcásticos y virulentos. “A ver, ¿por qué no nos lee su tarot?”, dijo. El rubio vaciló. Paseó su mirada por la revista. “Aceptación”, acabó por decir. “Y el suyo debe ser modestia”, agregó. Magi intervino para calmar el encono. Atrajo la atención de Caliche hacia un fragmento del poema. Se enfrascaron en una especie de exégesis. Bernardo se olvidó del tarot. Pasó las hojas de la revista hasta detener la mirada en un grupo de mujeres deslumbrantes, que no podían ser sino reinas o modelos. “¿Cuál te parece más bonita de cara y cuál de cuerpo?”, preguntó a Marcos. Con evidente fastidio, Marcos respondió: “De cara, esta; de cuerpo, esta otra”. “Opino lo mismo”, dijo Bernardo. Y en seguida se zafó a hablar de reinas y reinados, ante lo cual Caliche terminó por perder la paciencia y lanzó una pulla: “¿No tienes una revista de Vanidades para que me la prestes?” “No”, contestó Bernardo, haciéndose eco de la ofensa, pero conservando el aplomo. Magi y Marcos hicieron vanos intentos por aplacar la brusqueza de Caliche. Comenzaron a apagarse las luces. Los vigilantes pasaron avisando que era hora de salir. Los cuatro se levantaron y se dirigieron a la salida. El pelirrojo se colgó del hombro de Marcos, y Marcos se lo despegó con un ademán discreto, pero elocuente. Caliche y Magi conversaban aparte. Vinieron por el andén, en parejas. Miradas y sonrisas burlonas asaetearon a Bernardo cuando pasaron frente a las escasas y sombrías mesas donde aún quedaban personas holgando. Este continuaba con el embeleco de  agarrarse de Marcos, y se aferró de la tira de su morral. Con el propósito de desprenderse del intruso, Caliche invitó: “Marcos, ¿caminamos hasta el centro?” Antes de que Marcos tuviera tiempo de contestar, Bernardo dijo: “Yo también camino hasta mi casa. Vivo en Aranjuez”. Caliche olvidó el asunto ante la sola idea de tener por compañero de caminata a tan ingrata figura. Marcos tampoco insistió. Seguía en su catadura reservada y meditabunda. Parecía contrariado. Bernardo los dejó al fin. Se quedó conversando con un joven, al que corrió a colgársele del hombro y a hacerlo objeto de su profusa emotividad. Los excusados estaban al remate del pasillo. Magi se fue al de las damas. Caliche y Marcos también entraron a orinar. Bernardo no tardó en seguirlos. Los tres guardaron silencio. El rubio meaba en el caño frente al lavamanos; Caliche y Marcos, en las cabinas. Al acabar, se reagruparon en los lavamanos. Se miraron en el espejo de la pared, mientras el agua caía en sus manos. Parecía que hubiesen pactado un silencio ventajoso para todos. Se oía el sonido profundo del agua fluyendo del grifo. Marcos ahuecó las manos y bebió agua. Bebió ansiosa, largamente. Caliche buscó en su morral. Al cabo, sacó una tableta de píldoras y separó una. Pero fue incapaz de controlarla y rodó al piso. Todos siguieron el recorrido azaroso de la ruedita blanca. “¡Hijueputa!”, gritó Caliche. Bernardo se inclinó y cogió la pastilla. Se la tendió a Caliche. “No, ya no la tomo”. Y separó otra píldora. Bernardo dejó caer la ruedita blanca y asumió una actitud digna. No tardó en abrir su morral, buscando. ¿Qué sacaría ahora? Prometeo, Epimeteo, Pandora, fueron nombres que rodaron por el caletre de Marcos, confundidos en una fábula de  bonanza y castigo. ¿Qué sacaría ahora? Al fin Bernardo encontró lo que buscaba: una guayaba madura, amarilla, con pintas negras. Se llevó la fruta a la boca, le dio un mordisco y se la ofreció a Marcos: “muerde”. “No, no”, dijo Marcos, con ostensible embarazo. Encontraron a Magi a la salida de los baños. “¿Quieres guayaba?”, le invitó Bernardo. “No”. Se encaminaron a la calle. En la avenida rugía el tráfico. Las tabernas del frente estaban a reventar. En el andén, una muchedumbre aguardaba transporte. Al unirse a la multitud, Bernardo se rezagó. Su débil “adiós” sólo fue oído por Marcos. Caliche y Magi se adelantaron, asqueados. A Marcos le pareció advertir que Bernardo se despidió de ellos cuando un joven de buena presencia le hizo una seña furtiva. Pero no volvió la mirada para confirmar su sospecha. Apresuró el paso para alcanzar a sus amigos. Caliche venía contando algo al oído de Magi. Al notar la ausencia de Bernardo, le inquirió a Marcos: “¿dónde se quedó?” “Atrás”. “Corramos, para que no se nos pegue otra vez”. Y cogió del brazo a Magi, acelerando el andar y estallando en risas. Marcos se quedó serio, sin alterar en nada su conducta. Caliche le dijo: “¿eres muy amigo de ese?” A Marcos le dolió tanta saña. “Igual que de ustedes”, respondió, lleno de coraje consigo mismo, con Caliche, con Magi, con esa absurda noche. “¿En tan poca estima nos tienes?”                                       

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