miércoles, 9 de noviembre de 2022

Los condiscípulos (Blandón. Cap.20.)

En el fondo, al escribir estos recuerdos, siento que no es la compulsión del maniático lo que me impulsa, sino una necesidad más profunda: la de verme en el espejo de los otros. El ser que sale a flote de la marea de estos hechos, me deslumbra con su nobleza y me espanta con su ruindad. Cada uno tendrá su veredicto. En la balanza de su conciencia, estimará qué parte inclina el fiel. Con respecto a Gabriel, mi contrincante ajedrecístico, debo decir, en abono de este servidor que, con con los años, emparejé su nivel gracias al estudio. Ya veteranos jugamos unas partidas en Palermo, obteniendo un honroso empate. Jugábamos en la noche, luego de la cena. Javier y la madre veían tele abajo, mientras nosotros, en el piso de arriba, nos dábamos madera, oscilando entre el triunfo y la derrota. A mi juicio, de los Blandón, es Gabriel, el menor, quien mejor juega ajedrez. Blandón también lo practica, pero sin la pasión necesaria. Su hijo, en cambio, es un ajedrecista profesional, inscrito en la Liga desde niño. La última vez que jugué ajedrez con Blandón fue en la u, en la cafetería, una tarde. Fue en los días en que yo terminaba la carrera. Con Gabriel, por el contrario, ya maduros, nos citábamos los sábados en Los Peones y contendíamos. Con cada uno de ellos he manejado una afinidad distinta. Con Gonzalo era la música. Con Julio, la inquietud por el arte. Blandón me ha acompañado, sin embargo,en mi faceta más notoria: la de escritor. Una noche lo arrastré al centro y nos tomamos unas cervezas en la heladería La Montaña, frente al antiguo edificio de la Gobernación. Nos habíamos encontrado en las afueras de la u. Nos embarcamos en una buseta. Blandón me acompañó a jugar un chance. La Montaña era un sitio concurrido. Casi todas las mesas estaban llenas. Los meseros con sus camisas blancas, sus pantalones oscuros y sus rostros juveniles, no se daban respiro. La expectativa por el partido de fútbol entre Nacional y América (por un cupo a la semifinal de la Libertadores) hacía que la gente bebiera y hablara animadamente. Conversamos. Blandón abrió su cuaderno y me leyó cuatro poemas que escribiera recientemente. Traía el libro de César Vallejo que yo le presté. Hablamos de escritores jóvenes que prometían, de poetas malos, de concursos literarios y cosas de ese jaez. Yo evitaba dar a mis palabras un tono intelectualoide. No deseaba frases pedantes: solo quería beber unas cervezas, acompañar a Blandón, el cual tenía una pesada sombra de soledad y tristeza en los ojos, a causa de un revés en un examen en la u. Para él había llegado el momento de las cavilaciones. ¿Era su destino ser médico? El asunto era serio. Recordamos anécdotas del viaje a la costa haciendo auto-stop. Dijo: "debíamos sentarnos alguna vez y escribir la historia de la pirateada". Era buena idea, nostálgica, pero inviable en esos momentos. Ambos hacíamos objeto de una atención de estetas a la chancera en su caseta, junto a nuestra mesa. Era una mujer de joven aspecto, rasgos finos, piel blanca, cabello exuberante, con un corte sofisticado y un tono rubio. En la caseta, junto a ella, se hallaban dos niños, seguramente sus hijos. Trabajaba con pulcritud. Traía una blusa rosada, muy bonita, y cuando se abría la puerta de la caseta, frente a nosotros, podíamos gozar el incitante espectáculo de sus piernas majestuosas, proporcionadas, realzadas por el brillo sugestivo de las medias de lycra. Sus piernas nos hicieron soltar un silbido de admiración. La deseamos con lascivia. Nuestras miradas fueron las de dos sátiros sin gracia, pero rijosos. Sin embargo, la chancera y su atractivo conseguido artificialmente, como la mayoría de las femmes, no era una realidad profunda, un suceso trascendental, significativo, importante, para nosotros. Era simplemente un objeto sensual que excita, imagen libidinosa. Nuestros pensamientos esa noche seguían líneas más íntimas. Por un lado, Blandón enfrentaba la posibilidad de una descalificación de la u por bajo rendimiento. Y yo, por mi parte, pensaba en Magnolia. Y mi pensamiento, exaltado por la líquida y espumosa resultante de la cebada y el lúpulo, se traducía en frecuentes idas al teléfono público, en inútiles intentos de comunicarme con ella. No pude. Y Blandón, listo siempre a las salidas jocosas, dijo: "tienes un gran aspecto de minotauro". Entre intelectualoides uno podía captar el significado llano de esas referencias metafóricas. Yo les resté valor a sus sospechas. Quería hablar con esa muchacha. Y me prestaba a las burlas de Blandón: "no me digas que estás enamorado". Por una fácil asociación de ideas (y dada la peculiaridad de mi carácter), Blandón, acertadamente, llegó a la conclusión de que yo podía estar llamando a esa muchacha "muy linda y buena" con la que días atrás me viera paseando por Junín. Era noche. Veíamos los rojos números en el reloj de pared, indicando el curso inevitable del tiempo: 8,17. En la calle había un televisor, gente agrupada ya para ver el partido, para gritar por su equipo favorito. Para nosotros ese acontecimiento era algo baladí. Podíamos presenciarlo o no presenciarlo. Nos repelía el fanatismo. Ahí estábamos Blandón y yo, viejos amigos, compañeros de aventuras y de diálogos, habitantes de mundos distintos y semejantes: él, médico en proyecto; yo, profesor; ambos poetas, literatos, según nuestro parecer. Ahí estábamos, ocupada la mente en problemas particulares, acompañándonos, en un gesto de solidaridad algo patético. Unidos por los vapores espiritosos de la cerveza, por el don singular de las palabras, por emociones inciertas. Ambos sorbíamos, con la cerveza, una derrota, una caída que nos abría heridas en el alma. Era eso.                  

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