*Te respondí que lo que escribía
no valía la pena, que eran fruslerías, cosas sin importancia. Es que en esa
época mi autoestima era un columpio; me tenía confianza, sentía que las
palabras se me daban, pero no al punto de considerarme un escritor, no todavía.
Me consideré un escritor años más tarde, cuando el trabajo continuo y el fogueo
en los concursos me permitieron aceptar la responsabilidad que esa palabra
conlleva. Siempre he creído que para llamarse “escritor” o “poeta” hay que
hacer méritos, presentar una obra. Y aún es más que esto. Es sentir esa
compulsión que nos obliga a fuercear con el lenguaje, a inventar mundos.
Desde la época de la u sostengo
esa conversación contigo, y hoy, después de tu muerte, el diálogo se ha hecho
más carnal. Lo que enfatizabas es que un escritor debe tener un imperativo, una
regla de oro: emular a los grandes. Hay que sentirse tocado. Como decía
Estévez: para ser escritor hay que merecerlo. De ese diálogo constante contigo,
Natalia, saco un montón de enseñanzas. Lo primero, que la literatura es
importante. Es un acto de fe. Te lo crees, le metes el alma y sigues adelante. Fue
el camino que anhelaste para tu hijo Kolia, los libros, la lectura, el arte.
Cuando el chico creció hizo a un lado todo eso, al considerar a los literatos como seres estrambóticos y ridículos. Kolia
renunció al violín y estudió ingeniería. Un joven pragmático.
La segunda enseñanza que extraigo
de nuestra conversación, es que el escritor debe batirse a diario con las
palabras, sin que esto signifique que escribir sea un martirio. Por el
contrario, debe ser una actividad placentera. Nadie nos ata a la silla, nadie
nos paga, incluso, muy pocos le dan valor a lo que hacemos, pero ahí estamos,
atados a la silla, prendados de una tarea que nosotros mismos nos hemos
impuesto, “el hambre voluntaria” que decía Kafka. “El más elevado sacrificio”,
así es como lo llamaba el amigo Franz. Sí, entregamos horas y desvelos a este
ejercicio, a esta pasión de enhebrar palabras. De algún modo te he demostrado,
Natalia, que mi amor por la literatura no era un devaneo. Es una consigna
vital. Como si los dioses me hubiesen probado con el castigo de Sísifo. ¿O soy
yo quien me pruebo a diario a mi mismo? De algún modo, muchos años después, he
respondido a tu pregunta con toda seriedad, con hechos. Esta respuesta vale
asimismo para el maestro Estévez, que tenía sus esperanzas cifradas en mí. No
es que hoy sea un escritor famoso, un bestseller. No, no se trata de eso. Se
trata, sencillamente, de haber conservado la disciplina.
Una enseñanza más que me dejaste,
el amor por las letrillas y los cuentos populares. Mientras escribo estas
líneas tengo a mi lado, en el escritorio, La bruja Yagá y otros cuentos, de
A.N. Afanasiev, lo mismo que un volumen de Poesía lírica griega, una traducción
de Carlos García Gual. He querido leer El botón azul, tu cuento laureado cuando
recién llegabas a Medellín, pero me ha sido imposible conseguirlo. Tal vez deba
hacer otra llamada al profesor Hernán, para que haga una búsqueda más minuciosa en su biblioteca. El botón
azul. No he sido remiso. He buscado en Google, en vano. Por otra parte, he
consultado con condiscípulos de aquella época, con idéntica suerte. Es decir,
sin suerte. Imagino que tu cuento laureado debe asemejarse a los bellos
ejemplares del catálogo de Afanasiev: La hermanita zorra y el lobo, La zorra
partera, El kolobok, El lobo estúpido, Los hongos, etcétera. Sencillas y breves
obras pletóricas de picardía, sabrosas narraciones donde destella el alma y la
sabiduría del pueblo. Eran para mí referentes conocidos de la cultura rusa el
samovar, la balalaika, los íconos sagrados, la isba, el mujik, el pope, el
santón, los gorros y los abrigos para el invierno, etcétera. Tras la lectura de
los cuentos de Afanasiev, me familiarizo con otros términos del folclore ruso: “kolobok”
o panecillo redondo, “prosvirka” o pan consagrado, “lápot” o calzado rústico,
“salamat” o gachas con tocino, “Miskha” o apelativo cariñoso para el oso,
“kvas” o bebida refrescante. .
La canción de la golondrina es un
canto popular anónimo del siglo VI antes de Cristo. Qué versos tan lúdicos y
puros y hermosos. Se queda uno maravillado al constatar que al tiempo que
Sófocles componía sus grandiosas tragedias, existiesen a la par cancioncillas
tan bellas y tan alegres: “llegó, llegó la golondrina, que nos trae bellos
tiempos.”
Esta es, con tu permiso, querida
Natalia, mi versión de El botón azul: Había una vez un botón azul que tenía
cuatro ojitos. Un botón azul de carita feliz. Resulta que un día el
viento arrastró al botón azul y este se elevó en el aire y voló, y voló, hasta
que anidó en un árbol llamado almendro, acurrucándose en una hoja. Volvió el
viento a soplar, tan fuerte que arrancó la hoja de almendro y al botón azul y
los llevó por los aires, volando, volando, hasta que cayeron sobre el caparazón
de una tortuga que venía andando, y el
botón azul, la hoja de almendro, y la tortuga, anda que anda, dieron con
un tapete, en el que se subieron. De nuevo sopló el viento y se llevó por los aires
al tapete con la tortuga, la hoja de almendro y el botón azul, volando,
volando, hasta que avistaron el mar y cayeron en un barco. El barco viene
navegando con el tapete, la tortuga, la hoja de almendro y el botón azul,
navega que navega, hasta que llegan a una isla. Y allí vivieron, y siguen
viviendo, muy felices todos (entre los cocoteros danzarines, la lumbrarada del
sol y la caricia del viento), la isla, el barco, el tapete, la tortuga, la hoja de almendro y el botón
azul.
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