domingo, 3 de octubre de 2021

Natalia Pikouch (Cap.37.)

*Te respondí que lo que escribía no valía la pena, que eran fruslerías, cosas sin importancia. Es que en esa época mi autoestima era un columpio; me tenía confianza, sentía que las palabras se me daban, pero no al punto de considerarme un escritor, no todavía. Me consideré un escritor años más tarde, cuando el trabajo continuo y el fogueo en los concursos me permitieron aceptar la responsabilidad que esa palabra conlleva. Siempre he creído que para llamarse “escritor” o “poeta” hay que hacer méritos, presentar una obra. Y aún es más que esto. Es sentir esa compulsión que nos obliga a fuercear con el lenguaje, a inventar mundos.

Desde la época de la u sostengo esa conversación contigo, y hoy, después de tu muerte, el diálogo se ha hecho más carnal. Lo que enfatizabas es que un escritor debe tener un imperativo, una regla de oro: emular a los grandes. Hay que sentirse tocado. Como decía Estévez: para ser escritor hay que merecerlo. De ese diálogo constante contigo, Natalia, saco un montón de enseñanzas. Lo primero, que la literatura es importante. Es un acto de fe. Te lo crees, le metes el alma y sigues adelante. Fue el camino que anhelaste para tu hijo Kolia, los libros, la lectura, el arte. Cuando el chico creció hizo a un lado todo eso, al considerar a los literatos  como seres estrambóticos y ridículos. Kolia renunció al violín y estudió ingeniería. Un joven pragmático.

La segunda enseñanza que extraigo de nuestra conversación, es que el escritor debe batirse a diario con las palabras, sin que esto signifique que escribir sea un martirio. Por el contrario, debe ser una actividad placentera. Nadie nos ata a la silla, nadie nos paga, incluso, muy pocos le dan valor a lo que hacemos, pero ahí estamos, atados a la silla, prendados de una tarea que nosotros mismos nos hemos impuesto, “el hambre voluntaria” que decía Kafka. “El más elevado sacrificio”, así es como lo llamaba el amigo Franz. Sí, entregamos horas y desvelos a este ejercicio, a esta pasión de enhebrar palabras. De algún modo te he demostrado, Natalia, que mi amor por la literatura no era un devaneo. Es una consigna vital. Como si los dioses me hubiesen probado con el castigo de Sísifo. ¿O soy yo quien me pruebo a diario a mi mismo? De algún modo, muchos años después, he respondido a tu pregunta con toda seriedad, con hechos. Esta respuesta vale asimismo para el maestro Estévez, que tenía sus esperanzas cifradas en mí. No es que hoy sea un escritor famoso, un bestseller. No, no se trata de eso. Se trata, sencillamente, de haber conservado la disciplina.     

Una enseñanza más que me dejaste, el amor por las letrillas y los cuentos populares. Mientras escribo estas líneas tengo a mi lado, en el escritorio, La bruja Yagá y otros cuentos, de A.N. Afanasiev, lo mismo que un volumen de Poesía lírica griega, una traducción de Carlos García Gual. He querido leer El botón azul, tu cuento laureado cuando recién llegabas a Medellín, pero me ha sido imposible conseguirlo. Tal vez deba hacer otra llamada al profesor Hernán, para que haga una  búsqueda más minuciosa en su biblioteca. El botón azul. No he sido remiso. He buscado en Google, en vano. Por otra parte, he consultado con condiscípulos de aquella época, con idéntica suerte. Es decir, sin suerte. Imagino que tu cuento laureado debe asemejarse a los bellos ejemplares del catálogo de Afanasiev: La hermanita zorra y el lobo, La zorra partera, El kolobok, El lobo estúpido, Los hongos, etcétera. Sencillas y breves obras pletóricas de picardía, sabrosas narraciones donde destella el alma y la sabiduría del pueblo. Eran para mí referentes conocidos de la cultura rusa el samovar, la balalaika, los íconos sagrados, la isba, el mujik, el pope, el santón, los gorros y los abrigos para el invierno, etcétera. Tras la lectura de los cuentos de Afanasiev, me familiarizo con otros términos del folclore ruso: “kolobok” o panecillo redondo, “prosvirka” o pan consagrado, “lápot” o calzado rústico, “salamat” o gachas con tocino, “Miskha” o apelativo cariñoso para el oso, “kvas” o bebida refrescante. . 

La canción de la golondrina es un canto popular anónimo del siglo VI antes de Cristo. Qué versos tan lúdicos y puros y hermosos. Se queda uno maravillado al constatar que al tiempo que Sófocles componía sus grandiosas tragedias, existiesen a la par cancioncillas tan bellas y tan alegres: “llegó, llegó la golondrina, que nos trae bellos tiempos.”

Esta es, con tu permiso, querida Natalia, mi versión de El botón azul: Había una vez un botón azul que  tenía  cuatro ojitos. Un botón azul de carita feliz. Resulta que un día el viento arrastró al botón azul y este se elevó en el aire y voló, y voló, hasta que anidó en un árbol llamado almendro, acurrucándose en una hoja. Volvió el viento a soplar, tan fuerte que arrancó la hoja de almendro y al botón azul y los llevó por los aires, volando, volando, hasta que cayeron sobre el caparazón de una tortuga que venía andando, y el  botón azul, la hoja de almendro, y la tortuga, anda que anda, dieron con un tapete, en el que se subieron. De nuevo sopló el viento y se llevó por los aires al tapete con la tortuga, la hoja de almendro y el botón azul, volando, volando, hasta que avistaron el mar y cayeron en un barco. El barco viene navegando con el tapete, la tortuga, la hoja de almendro y el botón azul, navega que navega, hasta que llegan a una isla. Y allí vivieron, y siguen viviendo, muy felices todos (entre los cocoteros danzarines, la lumbrarada del sol y la caricia del viento), la isla, el barco, el tapete,  la tortuga, la hoja de almendro y el botón azul.       

 


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