martes, 26 de octubre de 2021

Natalia PIkouch (Cap.50.)

*Los tiempos dan. En marzo de 2007 terminé mi novela Hojas al viento, que se hacía eco del exhorto de Estévez de que todavía no se había escrito una novela sobre la u. Al decir “la u”, yo siempre entendí la Universidad de Antioquia. No podía ser otra. También me hacía eco de tu pregunta sobre que si mi vocación como escritor era verdadera, si en realidad quería emular a los grandes. En Hojas al viento no me explayé contigo, sólo te dediqué una línea dentro de un párrafo que pretendía ser un escorzo crítico de los profesores del bloque 12. “María con su caderota hiperbólica y su amor por Ajmátova”, así fue como te retraté. Te bauticé “María”, como la primera esposa de Dostoievski, la que lo consoló a la salida de prisión, tras cuatro años de reo político. A Restrepo, en cambio le consagré un capítulo entero, bajo el nombre de José Lebrún. A mi parecer, es uno de los capítulos más logrados de la novela.

Los tiempos dan. En marzo de 2007 tu estrella se eclipsaba en un hospital, mientras yo terminaba Hojas al viento. “Había taco en la circunvalar ante la salida de Barranquilla. Volvió a ver a Arley. Mueca impaciente, estaba sentado al volante de su automóvil lujoso. Intentó un saludo, pero Arley fingió no verlo. A él le dio lo mismo. Sereno, risueño, recordó cómo Arley copiaba sus respuestas en los exámenes de sociología. En verdad, le daba lo mismo. Medellín, marzo de 2007”, así acaba Hojas al viento, una novela de 262 páginas. Ese “él”, esa tercera persona que observa a Arley salir de la u en su auto lujoso, es Marcos Pita. Arley era ahora un catedrático de la u, uno de los que se había quedado, de los que había hecho nido. Ahora fingía no ver a Marcos, cuando en la clase de sociología copiaba sus respuestas con total descaro. Marcos se había dado un vueltón por la u, y la nostalgia le castigó con golpe aleve. Arley, que se le arrimaba a la hora del examen, ahora rehuía un saludo. Así es la vida. Y a Marcos le da lo mismo.

Los tiempos dan. Dediqué Hojas al viento a mi abuela María Ross, que finó en mayo de 2005. Otra María. María del mar, porque mi abuela siempre vivió junto al mar, en su aldeíta de Urabá. De mi abuela digo que es la mujer que más he amado, la que me ató al recuerdo, la que sembró en mí la maravilla de las historias. Te bauticé María en mi novela Hojas al viento, mientras morías. Mientras morías, yo me daba a la tarea de escribir esa novela  de la u (primer intento). Creaba personajes como José Lebrún, Jhon Wilson, Mónica, Gildardo, Rueda, Marcos Pita. A Iván Arizmendy, el compañero de la u que murió a temprana edad, lo bauticé Méndez. Hay un capítulo dedicado a Pessoa, el de Lisboa. También está allí la imagen del poeta José Manuel Arango. Y estás tú, como María, como una de las profesoras que formaban el vesánico guiñol  del bloque 12. En mi segundo intento de una novela de la u (creo que ya la tengo más clara, como dicen los muchachos, más madura) te bautizaré María Pavlish. Ese “Pavlish” puede remplazar muy bien a “Pikouch”.        

Los únicos a quienes he compartido Hojas al viento son María y Guzmán, condiscípulos de la u, con los que me sigue uniendo el lazo de la amistad. María (con la que estudiaba a Eisenstein) tuvo una copia de la novela por varios meses. En esos días ella parió la idea de constituir un grupo de estudio con Guzmán, y propuso que estudiáramos mi novela. Nos reuníamos en Otra Parte y leíamos la historia de Marcos Pita al amor de un café o una cerveza. El asunto no duró mucho. Nos desanimamos de un momento a otro. Lo dejamos ahí. Una banalidad entre tantas otras banalidades. Guzmán hacía objeciones a mi novela. Parecía en una cacería de brujas. María tenía que calmarlo. Está bien ese espíritu crítico, pero con moderación. Así es también Luis, con quien debes tener mucho tacto al momento de poner uno de tus escritos bajo su consideración. Te dará palo. Es muy exigente. Eso es bueno hasta cierto punto. Mi propósito con Hojas al viento (lo especifiqué en el prólogo) fue documentar la vida universitaria tal como la trasegó un estudiante del montón. Es una mirada personal, hilvanada de recuerdos y acaso de sueños. Durante el tiempo de la escritura (tú agonizando en el hospital) me persiguió la imagen de las hojas: montículos de hojas secas esparcidos en el césped, entre los árboles, en la zona verde cerca de la entrada de Barranquilla. Un trabajador maniobra el rastrillo, forma las pilas. Mi abuela María barría las hojas del patio al atardecer, las amontonaba, les prendía fuego. Al escribir Hojas al viento revolvía las hojas de mis cuadernos, a tal punto que, en momentos alucinados, las hojas se me antojaban pertinaces mariposas, ululantes murciélagos, alas de pájaros y hasta velas de barcos.  

¿Es esto todo? No sé. El nombre “Natalia” iluminado con resaltador de colores aparece a menudo en mis apuntes de estos días. El resaltador ilumina tu nombre, y tú iluminas mi vida. Tu iluminado nombre: Natalia.

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