*Los tiempos dan. En marzo de 2007 terminé mi novela Hojas al viento, que se hacía eco del exhorto de Estévez de que todavía no se había escrito una novela sobre la u. Al decir “la u”, yo siempre entendí la Universidad de Antioquia. No podía ser otra. También me hacía eco de tu pregunta sobre que si mi vocación como escritor era verdadera, si en realidad quería emular a los grandes. En Hojas al viento no me explayé contigo, sólo te dediqué una línea dentro de un párrafo que pretendía ser un escorzo crítico de los profesores del bloque 12. “María con su caderota hiperbólica y su amor por Ajmátova”, así fue como te retraté. Te bauticé “María”, como la primera esposa de Dostoievski, la que lo consoló a la salida de prisión, tras cuatro años de reo político. A Restrepo, en cambio le consagré un capítulo entero, bajo el nombre de José Lebrún. A mi parecer, es uno de los capítulos más logrados de la novela.
Los tiempos dan. En marzo de 2007
tu estrella se eclipsaba en un hospital, mientras yo terminaba Hojas al viento.
“Había taco en la circunvalar ante la salida de Barranquilla. Volvió a ver a
Arley. Mueca impaciente, estaba sentado al volante de su automóvil lujoso.
Intentó un saludo, pero Arley fingió no verlo. A él le dio lo mismo. Sereno,
risueño, recordó cómo Arley copiaba sus respuestas en los exámenes de
sociología. En verdad, le daba lo mismo. Medellín, marzo de 2007”, así acaba
Hojas al viento, una novela de 262 páginas. Ese “él”, esa tercera persona que
observa a Arley salir de la u en su auto lujoso, es Marcos Pita. Arley era
ahora un catedrático de la u, uno de los que se había quedado, de los que había
hecho nido. Ahora fingía no ver a Marcos, cuando en la clase de sociología
copiaba sus respuestas con total descaro. Marcos se había dado un vueltón por
la u, y la nostalgia le castigó con golpe aleve. Arley, que se le arrimaba a la
hora del examen, ahora rehuía un saludo. Así es la vida. Y a Marcos le da lo
mismo.
Los tiempos dan. Dediqué Hojas al
viento a mi abuela María Ross, que finó en mayo de 2005. Otra María. María del
mar, porque mi abuela siempre vivió junto al mar, en su aldeíta de Urabá. De mi
abuela digo que es la mujer que más he amado, la que me ató al recuerdo, la que
sembró en mí la maravilla de las historias. Te bauticé María en mi novela Hojas
al viento, mientras morías. Mientras morías, yo me daba a la tarea de escribir
esa novela de la u (primer intento).
Creaba personajes como José Lebrún, Jhon Wilson, Mónica, Gildardo, Rueda,
Marcos Pita. A Iván Arizmendy, el compañero de la u que murió a temprana edad,
lo bauticé Méndez. Hay un capítulo dedicado a Pessoa, el de Lisboa. También
está allí la imagen del poeta José Manuel Arango. Y estás tú, como María, como
una de las profesoras que formaban el vesánico guiñol del bloque 12. En mi segundo intento de una
novela de la u (creo que ya la tengo más clara, como dicen los muchachos, más
madura) te bautizaré María Pavlish. Ese “Pavlish” puede
remplazar muy bien a “Pikouch”.
Los únicos a quienes he
compartido Hojas al viento son María y Guzmán, condiscípulos de la u, con los
que me sigue uniendo el lazo de la amistad. María (con la que estudiaba a
Eisenstein) tuvo una copia de la novela por varios meses. En esos días ella
parió la idea de constituir un grupo de estudio con Guzmán, y propuso que
estudiáramos mi novela. Nos reuníamos en Otra Parte y leíamos la historia de
Marcos Pita al amor de un café o una cerveza. El asunto no duró mucho. Nos
desanimamos de un momento a otro. Lo dejamos ahí. Una banalidad entre tantas
otras banalidades. Guzmán hacía objeciones a mi novela. Parecía en una cacería
de brujas. María tenía que calmarlo. Está bien ese espíritu crítico, pero con
moderación. Así es también Luis, con quien debes tener mucho tacto al
momento de poner uno de tus escritos bajo su consideración. Te dará palo. Es
muy exigente. Eso es bueno hasta cierto punto. Mi propósito con Hojas al viento
(lo especifiqué en el prólogo) fue documentar la vida universitaria tal como la
trasegó un estudiante del montón. Es una mirada personal, hilvanada de
recuerdos y acaso de sueños. Durante el tiempo de la escritura (tú agonizando
en el hospital) me persiguió la imagen de las hojas: montículos de hojas secas
esparcidos en el césped, entre los árboles, en la zona verde cerca de la
entrada de Barranquilla. Un trabajador maniobra el rastrillo, forma las pilas.
Mi abuela María barría las hojas del patio al atardecer, las amontonaba, les
prendía fuego. Al escribir Hojas al viento revolvía las hojas de mis cuadernos,
a tal punto que, en momentos alucinados, las hojas se me antojaban pertinaces
mariposas, ululantes murciélagos, alas de pájaros y hasta velas de barcos.
¿Es esto todo? No sé. El nombre
“Natalia” iluminado con resaltador de colores aparece a menudo en mis apuntes
de estos días. El resaltador ilumina tu nombre, y tú iluminas mi vida. Tu
iluminado nombre: Natalia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario