*Me preguntaste si mi amor por la
literatura era serio, o un simple capricho. Querías saber qué otras cosas
escribía, además de los ensayos académicos con los que suele halagarse el gusto
de los profesores y conseguir una nota sobresaliente. Te interesaba saber si
escribía con vocación, con finalidad, como los grandes, si mi decisión era
férrea y mi aliento vasto. No te gustó mi frívola respuesta de que escribía
tonterías. Dijiste que no, que no eran tonterías, que en mis palabras
vislumbrabas una bien fundada concepción del mundo, una filosofía bella.
Fue una tarde de esas de final de
semestre, con aire de vacaciones a bordo, en la desolación de Troncos. Nos
cruzamos por allí y conversamos. Me confiaste que se hablaba bien de mí en la
facultad, que algunos profesores y condiscípulos admiraban mi estilo en la
escritura. El ensayo sobre Iván Ilich no podía ser casualidad. Esa tarde me
acorralaste y exigiste de mí una confesión, hasta dónde iba mi compromiso con
la literatura. Querías saber si tenía pasta de escritor, si estaba
dispuesto a someterme a la ordalía y
salir bien librado. Te parecía de suma importancia precisarlo, hasta dónde
llegaba mi pasión por el arte, si era veleidad o si era una apuesta a muerte.
Debiste prever mi respuesta, pero querías escucharlo de mis labios: Que mi
apasionamiento con la literatura no era pose ni esnobismo, que no era un poeta
de sociedad, que no escribía poemas para conquistar amores, que había jugado mi
vida al albur de las palabras.
Me hablabas como una escritora,
con toda la seriedad del caso. No creo que consideraras el acto de escribir
según el tópico de un parto difícil, la hoja en blanco como un tormento (para
ti la literatura tenía, indudablemente, un cariz lúdico, sanador), pero tampoco
desconocías los desvelos y tropiezos propios de este arte. Creo que tu pregunta
tenía que ver con este aspecto, el de la disciplina y la combatividad, la
conciencia de que el camino no es fácil, de que es una senda erizada de
obstáculos y renuncias. Me preguntabas, pues, si estaba dispuesto a aceptar el
reto, a batirme con el lenguaje, a sacrificar las horas que fuesen necesarias
en la consecución del ideal. Fue eso lo que me preguntaste aquella tarde en
Troncos, si tenía madera de grande. La modestia me impidió responder
afirmativamente, pero después de esa charla contigo mi determinación se
fortaleció aún más.
Hoy que recuerdo mi formación
como escritor, me digo que nunca, antes ni después de esa tarde, nadie me hizo
una pregunta semejante. Estévez nos alentaba a escribir cosas perdurables,
inervadas con la fuerza de lo bello, pero solo tú tuviste el coraje de hacerme
un cuestionamiento así, acorralándome, ¿escribes con finalidad? Porque en esto
de la literatura abundan la vanidad y la medianía, la pose. Hay quienes
frecuentan este mundo solo por darse puntillo y por asistir a cócteles. Hay
quienes se conforman con el deber cumplido del libro, el árbol plantado y el
hijo, o con preciosas vaciedades. En mi
caso, querida Natalia, te confieso que lo mío fue un quemar las naves,
abandonando toda esperanza de comodidad o redención. Lo mío (debiste intuirlo) fue un partir al
sin regreso, descubrir un resplandor en medio de las experiencias más brutales y amargas. Lo viste en mis ojos
huérfanos y en mi aire cerril, que no era amigo de nadie, que no esperaba nada
del mundo, que mi reino era la palabra que contuviese el mar, la infinita arena
y el silencio. Lo viste en mis ojos, y te asustó.
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