miércoles, 29 de septiembre de 2021

Natalia Pikouch (Cap.36.)

*Me preguntaste si mi amor por la literatura era serio, o un simple capricho. Querías saber qué otras cosas escribía, además de los ensayos académicos con los que suele halagarse el gusto de los profesores y conseguir una nota sobresaliente. Te interesaba saber si escribía con vocación, con finalidad, como los grandes, si mi decisión era férrea y mi aliento vasto. No te gustó mi frívola respuesta de que escribía tonterías. Dijiste que no, que no eran tonterías, que en mis palabras vislumbrabas una bien fundada concepción del mundo, una filosofía bella.

Fue una tarde de esas de final de semestre, con aire de vacaciones a bordo, en la desolación de Troncos. Nos cruzamos por allí y conversamos. Me confiaste que se hablaba bien de mí en la facultad, que algunos profesores y condiscípulos admiraban mi estilo en la escritura. El ensayo sobre Iván Ilich no podía ser casualidad. Esa tarde me acorralaste y exigiste de mí una confesión, hasta dónde iba mi compromiso con la literatura. Querías saber si tenía pasta de escritor, si estaba dispuesto  a someterme a la ordalía y salir bien librado. Te parecía de suma importancia precisarlo, hasta dónde llegaba mi pasión por el arte, si era veleidad o si era una apuesta a muerte. Debiste prever mi respuesta, pero querías escucharlo de mis labios: Que mi apasionamiento con la literatura no era pose ni esnobismo, que no era un poeta de sociedad, que no escribía poemas para conquistar amores, que había jugado mi vida al albur de las palabras.

Me hablabas como una escritora, con toda la seriedad del caso. No creo que consideraras el acto de escribir según el tópico de un parto difícil, la hoja en blanco como un tormento (para ti la literatura tenía, indudablemente, un cariz lúdico, sanador), pero tampoco desconocías los desvelos y tropiezos propios de este arte. Creo que tu pregunta tenía que ver con este aspecto, el de la disciplina y la combatividad, la conciencia de que el camino no es fácil, de que es una senda erizada de obstáculos y renuncias. Me preguntabas, pues, si estaba dispuesto a aceptar el reto, a batirme con el lenguaje, a sacrificar las horas que fuesen necesarias en la consecución del ideal. Fue eso lo que me preguntaste aquella tarde en Troncos, si tenía madera de grande. La modestia me impidió responder afirmativamente, pero después de esa charla contigo mi determinación se fortaleció aún más.

Hoy que recuerdo mi formación como escritor, me digo que nunca, antes ni después de esa tarde, nadie me hizo una pregunta semejante. Estévez nos alentaba a escribir cosas perdurables, inervadas con la fuerza de lo bello, pero solo tú tuviste el coraje de hacerme un cuestionamiento así, acorralándome, ¿escribes con finalidad? Porque en esto de la literatura abundan la vanidad y la medianía, la pose. Hay quienes frecuentan este mundo solo por darse puntillo y por asistir a cócteles. Hay quienes se conforman con el deber cumplido del libro, el árbol plantado y el hijo, o con preciosas vaciedades.  En mi caso, querida Natalia, te confieso que lo mío fue un quemar las naves, abandonando toda esperanza de comodidad o redención.  Lo mío (debiste intuirlo) fue un partir al sin regreso, descubrir un resplandor en medio de las experiencias más  brutales y amargas. Lo viste en mis ojos huérfanos y en mi aire cerril, que no era amigo de nadie, que no esperaba nada del mundo, que mi reino era la palabra que contuviese el mar, la infinita arena y el silencio. Lo viste en mis ojos, y te asustó.                    

 


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