martes, 19 de octubre de 2021

Natalia Pikouch (Cap.44.)

*Mal humor, ese cuento de Chejov, recuerda a Revancha, ese cuento de Joyce. Joyce escribió Revancha en 1905, año del desastre ruso en la guerra contra Japón, un año antes de la muerte del propio Chejov. Mal humor es un cuento muy bello, muy divertido, a pesar de su cruel desenlace. En dos o tres páginas, Chejov nos da muestra de su genio en este género. Semion Ilich Prachkin pierde ocho rublos a las cartas y esto le agria el humor. Vania (forma cariñosa de Iván), su hijo, está recitando un poema de Pushkin en el cuarto y el padre, al escucharlo, comienza a renegar y a burlarse del contenido del texto. Al final, no se aguanta y llama al hijo, recordándole que la víspera rompió un cristal, por lo cual le dará unos azotes. Es lo mismo que ocurre en el cuento de Joyce, el hijito se convierte en el chivo expiatorio. Farrington tiene un mal día en la oficina, sale del trabajo y se va de juerga por las tabernas, se le ocurre pulsar con un tipo más joven y pierde. Al llegar a casa se desquita con el hijo, acusándolo de haber dejado apagar el fogón en el que ha de calentarse la cena. En fin, otros bastonazos sobre la indefensa criatura. La excusa está servida: un cristal roto, el fogón apagado. Otros expedientes acudirán en gran número. Lo que importa es descargar en un inocente el infecto humor del alma. Así, el poema de Pushkin no libra a Vania del castigo del padre. La rabia hace proferir a Prachkin un duro juicio contra Pushkin, lo ridiculiza. “¿Quién ha compuesto esa poesía?”, “Pushkin, papaíto”, “¿Pushkin?... ¡Hum!... ¡Algún chiflado, seguramente!... Se ponen a escribir…, a escribir…, y ellos mismos no saben lo que escriben… ¡Escriben solo por escribir!” Así, pues, además de sacrílego con respecto al padre de la literatura rusa, Prachkin se deja llevar por el brutal instinto. “¡Ayer rompiste un cristal! ¡Ven, que te voy a dar unos azotes!”. Ahí queda la historia de Chejov. No se sabe cómo continuarán las cosas. Acaso el padre se arrepienta, no se sabe. En el cuento de Joyce Farrington sí descarga el bastón contra la humanidad del hijo, Tom. “Ya verás cómo no vuelves a dejar apagar el fuego-dijo el hombre, golpeándole salvajemente con el bastón-. ¡Toma, y esta, mequetrefe!”

El cuento de Chejov tiene una maestría, una concisión, un ingrediente tan limpio y sutil, una gracia tan admirable, que nos lleva a tomar partido, en contraste con el de Joyce. Lo que Joyce nos cuenta en doce páginas, Chejov lo decanta en dos páginas y media. Es tan sorprendente y bello ese pasaje en que Vania, estudiando la lección, recita el poema de Pushkin. Y la manera como Semion remeda los versos que Vania va diciendo, siempre con el reniego y con afán de zaherir. No se halla. Llega el aldeano con la harina y Vania avisa al padre. “Que la cojan”, grita este. “Pero la harina tampoco disipó el mal humor de Prachkin”. “La bilis empezaba dentro de él a hacer de las suyas… La necesidad de descargar su pena sobre alguien alcanzó un último grado que no admitía un aplazamiento. No pudo resistir más…” Vania ha de pagar por los ocho rublos que Prachkin perdió a las cartas. Nos viene a la mente ese impulso enigmático del ser humano por las apuestas, ese mundo de la pasión del juego. Recuerdo que, cursando once, en el descubrimiento del amigo secreto, Marvin me regaló la novela El jugador, de Dostoievski. Todavía la conservo. ¡Oh, septiembres de la juventud, bella época! Marvin sabía que me gustaba la lectura, que me pasaba abstraído  con los libros. ¿Qué obsequié yo a mi amigo secreto? Tal vez un desodorante o un perfume, mi madre vendía productos de Ebel. La verdad, no puedo precisarlo. Marvin me tenía a mí, ¿yo a quién tenía? Ah, la memoria. Si era una muchacha (ojalá hubiese sido Cristina), seguro que le obsequié un perfume. Mi madre me ayudaría a salir del paso. ¡Lozanos septiembres! ¿A quién tenía? Una tarea para la memoria. Farrington pregunta a Tom: “¿dónde está tu madre?”, “Ha ido a la iglesia”, “vaya, ¿y no me ha dejado algo para cenar?”, “Sí, papá, yo…” Un canalla, eso es lo que es Farrington. Claro, buena copa, al mejor estilo irlandés. Y la mujer, una rezandera. Típico. Los ocho rublos de Prachkin. Lo que rebalsó la taza de Farrington fue perder la pulsada con un muchacho. “Hervía de cólera y de deseo de venganza. Se sentía humillado e insatisfecho, y ni se había emborrachado. Maldijo todo el mundo: en la oficina había metido la pata, había empeñado el reloj y gastado el dinero, y a pesar de todo no había conseguido emborracharse. Volvió a sentir mucha sed y a desear el ambiente irrespirable de la taberna. Había perdido la reputación de hombre fuerte dejándose derrotar dos veces por un chiquillo. Se le hinchaba el corazón de furia, y cuando se largó con el pensamiento tras la mujer del gran sombrero a la que había rozado diciendo perdón, le parecía que se moría de rabia”. Sórdido. El cuento de Joyce es de una brutalidad rayana en la sordidez. En cambio, el de Chejov es gracioso, hace gala de un fino humor, y uno sospecha que al final, Prachkin no castigará a Vania. Que en el recorrido del chico a presencia del padre, se atravesará algo que suavizará el alma del hombre.                       

 


No hay comentarios:

Publicar un comentario