*Mal humor, ese cuento de Chejov,
recuerda a Revancha, ese cuento de Joyce. Joyce escribió Revancha en 1905, año
del desastre ruso en la guerra contra Japón, un año antes de la muerte del
propio Chejov. Mal humor es un cuento muy bello, muy divertido, a pesar de su
cruel desenlace. En dos o tres páginas, Chejov nos da muestra de su genio en
este género. Semion Ilich Prachkin pierde ocho rublos a las cartas y esto le
agria el humor. Vania (forma cariñosa de Iván), su hijo, está recitando un
poema de Pushkin en el cuarto y el padre, al escucharlo, comienza a renegar y a
burlarse del contenido del texto. Al final, no se aguanta y llama al hijo,
recordándole que la víspera rompió un cristal, por lo cual le dará unos azotes.
Es lo mismo que ocurre en el cuento de Joyce, el hijito se convierte en el
chivo expiatorio. Farrington tiene un mal día en la oficina, sale del trabajo y
se va de juerga por las tabernas, se le ocurre pulsar con un tipo más joven y
pierde. Al llegar a casa se desquita con el hijo, acusándolo de haber dejado
apagar el fogón en el que ha de calentarse la cena. En fin, otros bastonazos
sobre la indefensa criatura. La excusa está servida: un cristal roto, el fogón
apagado. Otros expedientes acudirán en gran número. Lo que importa es descargar
en un inocente el infecto humor del alma. Así, el poema de Pushkin no libra a
Vania del castigo del padre. La rabia hace proferir a Prachkin un duro juicio
contra Pushkin, lo ridiculiza. “¿Quién ha compuesto esa poesía?”, “Pushkin,
papaíto”, “¿Pushkin?... ¡Hum!... ¡Algún chiflado, seguramente!... Se ponen a
escribir…, a escribir…, y ellos mismos no saben lo que escriben… ¡Escriben solo
por escribir!” Así, pues, además de sacrílego con respecto al padre de la
literatura rusa, Prachkin se deja llevar por el brutal instinto. “¡Ayer
rompiste un cristal! ¡Ven, que te voy a dar unos azotes!”. Ahí queda la
historia de Chejov. No se sabe cómo continuarán las cosas. Acaso el padre se
arrepienta, no se sabe. En el cuento de Joyce Farrington sí descarga el bastón
contra la humanidad del hijo, Tom. “Ya verás cómo no vuelves a dejar apagar el
fuego-dijo el hombre, golpeándole salvajemente con el bastón-. ¡Toma, y esta,
mequetrefe!”
El cuento de Chejov tiene una
maestría, una concisión, un ingrediente tan limpio y sutil, una gracia tan
admirable, que nos lleva a tomar partido, en contraste con el de Joyce. Lo que
Joyce nos cuenta en doce páginas, Chejov lo decanta en dos páginas y media. Es
tan sorprendente y bello ese pasaje en que Vania, estudiando la lección, recita
el poema de Pushkin. Y la manera como Semion remeda los versos que Vania va
diciendo, siempre con el reniego y con afán de zaherir. No se halla. Llega el
aldeano con la harina y Vania avisa al padre. “Que la cojan”, grita este. “Pero
la harina tampoco disipó el mal humor de Prachkin”. “La bilis empezaba dentro
de él a hacer de las suyas… La necesidad de descargar su pena sobre alguien
alcanzó un último grado que no admitía un aplazamiento. No pudo resistir más…”
Vania ha de pagar por los ocho rublos que Prachkin perdió a las cartas. Nos
viene a la mente ese impulso enigmático del ser humano por las apuestas, ese
mundo de la pasión del juego. Recuerdo que, cursando once, en el descubrimiento
del amigo secreto, Marvin me regaló la novela El jugador, de Dostoievski.
Todavía la conservo. ¡Oh, septiembres de la juventud, bella época! Marvin sabía
que me gustaba la lectura, que me pasaba abstraído con los libros. ¿Qué obsequié yo a mi amigo
secreto? Tal vez un desodorante o un perfume, mi madre vendía productos de
Ebel. La verdad, no puedo precisarlo. Marvin me tenía a mí, ¿yo a quién tenía?
Ah, la memoria. Si era una muchacha (ojalá hubiese sido Cristina), seguro que
le obsequié un perfume. Mi madre me ayudaría a salir del paso. ¡Lozanos
septiembres! ¿A quién tenía? Una tarea para la memoria. Farrington pregunta a
Tom: “¿dónde está tu madre?”, “Ha ido a la iglesia”, “vaya, ¿y no me ha dejado
algo para cenar?”, “Sí, papá, yo…” Un canalla, eso es lo que es Farrington.
Claro, buena copa, al mejor estilo irlandés. Y la mujer, una rezandera. Típico.
Los ocho rublos de Prachkin. Lo que rebalsó la taza de Farrington fue perder la
pulsada con un muchacho. “Hervía de cólera y de deseo de venganza. Se sentía
humillado e insatisfecho, y ni se había emborrachado. Maldijo todo el mundo: en
la oficina había metido la pata, había empeñado el reloj y gastado el dinero, y
a pesar de todo no había conseguido emborracharse. Volvió a sentir mucha sed y
a desear el ambiente irrespirable de la taberna. Había perdido la reputación de
hombre fuerte dejándose derrotar dos veces por un chiquillo. Se le hinchaba el
corazón de furia, y cuando se largó con el pensamiento tras la mujer del gran
sombrero a la que había rozado diciendo perdón, le parecía que se moría de
rabia”. Sórdido. El cuento de Joyce es de una brutalidad rayana en la sordidez.
En cambio, el de Chejov es gracioso, hace gala de un fino humor, y uno sospecha
que al final, Prachkin no castigará a Vania. Que en el recorrido del chico a
presencia del padre, se atravesará algo que suavizará el alma del hombre.
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