*En noviembre de 1995 me separé
de mi mujer y me fui a vivir con mi hermana. Mi hermana me dio cobijo mientras
salía del apuro. Ahora vivía en Conquistadores, de modo que dejé de frecuentar
el sector cercano a la u, tan querido para mí (Carabobo, Juan del Corral,
Prado, Bolívar), donde tuve tantas vivencias a lo largo de tantos años, casi
una década. Creo que fue la época en que me fui destetando de la u, a la que
seguía yendo de tarde en tarde. Ahora, con la mudanza de barrio, al vivir más
lejos, no me quedaba tan fácil darme una vuelta por el campus. Alguna vez me
acerqué por allí, pero muy ocasionalmente. Era la época de los adioses. Fue el
tiempo de la ruptura con mi mujer, y asimismo fueron los días en que dejé de
verte, Natalia. Nuestros rumbos ya no se cruzaban. Yo trabajaba en un colegio
del centro. Muy pronto me amancebé de nuevo, partí de donde mi hermana y me fui
a morar en Sucre, por la calle Pativilca, ahora otra vez vecino del centro.
Otra mujer, otra historia. Recuerdo que me iba en las tardes a la u, después
del trabajo, a trotar. Pero ya no me cruzaba contigo. Oía hablar de ti, alguna
amiga me informaba algún pormenor de tu vida, de una conferencia sobre
literatura infantil que dictaste y a la que esta amiga asistió, quedando muy
contenta. Mi nueva pareja trabajaba todo el día, de modo que, al volver del
colegio, me iba a la u. Nuestras rutas ya no coincidían, era extraño. Ya no
apareces en mis apuntes de ese tiempo, cuando aún estaba fresco mi arrasamiento
por el fracaso sentimental, cuando, con todo el atolondramiento del caso,
volvía a embarcarme en otra relación.
¿Cómo olvidar ese aire de ventura
de la juventud y la vida universitaria y los encuentros en Troncos y los
coloquios sobre cualquier asunto? Era la época de las teorizaciones,
pontificábamos sobre todo, un poco irresponsablemente. La universidad nos había
convertido en genios del discurso, pero se había olvidado de cultivar el
corazón. Mi sensación de aquellos días, al romper con mi mujer, era la de que
una parte de mi vida estaba muerta, calcinada. Toda esa vida sensual y
aventurera de la juventud tenía, en el fondo, algo de arrastrada y egoísta y
miope. Sin embargo, ¿cómo olvidar aquello que, a través de la irreflexión y del
dolor, galvanizó nuestro ser para futuros desafíos? También algo hermoso, como
blanda escarcha, había cristalizado en nuestro interior entre los tumbos de la
tempestad. Un poema. Todo lo que había
sido capaz de iluminar y acorazar un poema. El amor es volandero y frágil. Lo
perdurable es esa escarcha que acolcha al árbol batido por la nevisca. Guzmán
me ha contado, Natalia, que en aquella época de la u (debió ser cuando
finalizábamos la carrera) tuviste un novio, un muchacho que fue condiscípulo
nuestro. Guzmán me habló de ello cuando me contó de Gala (tu hermana) y su
ritual sanador. Me preguntó si recordaba a ese muchacho y le dije que no. ¡Un
amor! ¡Así que en esa época tuviste un amor! ¿Y por qué no? Era de lo más
natural. Kolia iba creciendo, se presentaba a la universidad, se enamoraba a su
vez, se casaba. Te imagino de abuela, de brujita Yagá. Ese turbión de los años,
ese embrollo de la vida, ese dejar de vernos así nomás. Me mudé a San Antonio
de Prado, donde me resultó una plaza de profesor estatal. La rutina
oprimiéndonos en sus férreas muelas. Un día cualquiera de marzo o abril de
2007, Luis me telefonea y me cuenta de tu muerte. “Murió Natalia Pikouch, esta
semana, de cáncer”. A Luis le transmitió el dato un amigo, periodista y
profesor universitario. Y Luis me sigue contando que solo tenías una hermana,
en Rusia (debió decir Ucrania), enferma. Claro, Gala. Me dijo que Kolia debía
frisar los treinta años, que era un ingeniero en sistemas. Luis me dijo que
este amigo periodista y profesor sabe muchos rollos de profesores de la u. Por ejemplo,
un catedrático que tenía fama de mártir y de maltratado por su mujer, pero él
era el tremendo. Dizque la esposa era familiar de los Ochoa (los mafiosos) y al
hombre le pagaban por ponerles nombre a las fincas de los narcos. Era poeta.
Dizque un día llegó a casa y la mujer lo esperaba con las maletas hechas: lo
dejaba. Le mostró la razón: un vídeo donde el marido hacía el amor con una
muchacha en un motel. Lo habían filmado. La esposa lo dejó. Él murió a los
años, de leucemia. ¡Natalia! Y tú enamorándome con ese poema de Ajmátova. Luis
me da señas del catedrático del vídeo: “claro, andaba con Luisa, esa profesora
de literatura”, Ah, ah, nada que lo recuerdo. ¡Rostros olvidados! Quizás los
vimos un día, pero la memoria no guarda rastro de ellos. En esos días de tu
muerte mi hermana, la que me amparó tras la ruptura con mi mujer, dio a luz a
un niño en Estados Unidos, donde se fue a vivir, luego de casarse con un
gringo. ¡Nacimientos! Marzo, mes de tu muerte, es el mes en que nací, por eso
soy un Piscis.
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