miércoles, 6 de octubre de 2021

Natalia Pikouch (Cap.39.)

*En el número 133 de Agenda Cultural Alma Mater, junio de 2007, Aída Gálvez Abadía hace una semblanza póstuma de Natalia Pikouch. Aida Gálvez Abadía, profesora del Departamento de Antropología de la Universidad de Antioquia, cuenta la experiencia de cuando conoció a Natalia, en 1982, en El Hatillo, durante la inducción de una semana programada por la universidad para familiarizar a los nuevos docentes. “Al momento de la presentación de cada quien, nos  sorprendió  un acento femenino extraño, de una acabada modulación en el  idioma  español:  Me  llamo  Natalia Pikouch  y  soy  filóloga  ucraniana,  dijo mientras  se  erguía  con  un  gesto  un  tanto militar,  una rubia  pequeña, maciza  y  de tez rosa”. Fue allí que se hicieron amigas, una amistad que duró años. Aída Gálvez dice que Natalia era  una gran persona, amistosa y cálida. Se fue acercando a su mundo y  el de  su  pequeño  hijo kolia. Habitante  de  un  apartamento  en  un Bello semirrural, que admitía torrentes de luz y de verde a través de las ventanas, traslucía allí su  tierra  natal  en  los  platos  preparados,  en íconos  y  tapetes  diseminados  por  el apartamento, en la  música escuchada, en los títulos de ajenos caracteres que sobresalían en los  lomos de  sus  libros y  claro  está, en  las conversaciones mantenidas en ucraniano entre madre e hijo.  Visitar a Natalia uno que otro  fin de semana se convirtió para Aída en una suerte de inmersión en  aquello  que  constituiría  el  foco  de  su pasión  de buena  parte  de su  oficio literario: los cuentos infantiles repletos de hadas, ogros, infantes  juguetones,  adultos  severos,  en tramas  que  iban  desde  el  claroscuro  de  la condición  humana  y  animal  de  sus protagonistas,  hasta el  triunfo de  las  buenas causas,  luego  de  mil  peripecias.  A  la  vez, Natalia seguía con genuino interés el recuento de  Aída de sus  viajes  de antropóloga por  la  selva del  noroccidente antioqueño, donde  trabajaba con los  pueblos indígenas.  Añade Aída que la sensibilidad  y  apertura  de pensamiento  de Natalia la  convertían  en  una interlocutora sagaz, inmersa en cada instante, en  cada  palabra  de la  conversación, siempre exigente  en  cuanto  a los matices  de ideas  y sentimientos  intercambiados,  siempre  de humor marcado por una risa tan sonora como ella.  Añade la antropóloga que “por avatares de la vida laboral nuestros encuentros se espaciarían en los años 90. De retorno a nuestra amistad en años recientes, hallé a una Natalia que había virado hacia la espiritualidad. En algún retorno a Kiev había asumido un compromiso a fondo con el cristianismo ortodoxo; en conexión con otras modalidades de la experiencia religiosa, abandonó el gusto por el tabaco y por el vino, redefinió sus hábitos alimentarios y se volcó hacia la introspección. No dudo que en esa búsqueda imperaba el deseo de felicidad, el mismo que animó su texto sobre Poesía para niños, publicado por la editorial de la Universidad de Antioquia en el año 2000. Encaró el curso de su enfermedad con claridad meridiana y optó por irse, con la certeza de que mudaba de aspecto, como ocurre en los cuentos de todas las épocas que revitalizó para sus lectores”.

He aquí un retrato de Natalia hecho por una colega y amiga. En general, es el concepto que las personas que la trataron tienen de ella: una mujer luchadora, inteligente, amistosa, creativa. Una mujer que era extranjera, pero que supo arraigarse a esta tierra. Una mujer que fue madre cabeza de familia, que se esforzó por educar a su único hijo, que se granjeó el aprecio y el respeto de sus colegas y estudiantes. La semblanza de la profesora Aída Gálvez Abadía nos muestra la valentía con que Natalia afrontó su fin: “optó por irse”.        

 


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