*En el número 133 de Agenda
Cultural Alma Mater, junio de 2007, Aída Gálvez Abadía hace una semblanza póstuma
de Natalia Pikouch. Aida Gálvez Abadía, profesora del Departamento de
Antropología de la Universidad de Antioquia, cuenta la experiencia de cuando
conoció a Natalia, en 1982, en El Hatillo, durante la inducción de una semana
programada por la universidad para familiarizar a los nuevos docentes. “Al momento de la presentación de cada
quien, nos sorprendió un acento femenino extraño, de una acabada
modulación en el idioma español:
Me llamo Natalia Pikouch y
soy filóloga ucraniana,
dijo mientras se erguía
con un gesto
un tanto militar, una rubia
pequeña, maciza y de tez rosa”. Fue allí que se hicieron
amigas, una amistad que duró años. Aída Gálvez dice que Natalia era una gran persona, amistosa y cálida. Se fue acercando a su mundo y el de
su pequeño hijo kolia. Habitante de
un apartamento en un
Bello semirrural, que admitía torrentes de luz y de verde a través de las
ventanas, traslucía allí su tierra natal
en los platos
preparados, en íconos y
tapetes diseminados por el
apartamento, en la música escuchada, en
los títulos de ajenos caracteres que sobresalían en los lomos de
sus libros y claro
está, en las conversaciones
mantenidas en ucraniano entre madre e hijo.
Visitar a Natalia uno que otro
fin de semana se convirtió para Aída en una suerte de inmersión en aquello
que constituiría el foco de su
pasión de buena parte
de su oficio literario: los
cuentos infantiles repletos de hadas, ogros, infantes juguetones,
adultos severos, en tramas
que iban desde
el claroscuro de la
condición humana y
animal de sus protagonistas, hasta el
triunfo de las buenas causas, luego
de mil peripecias.
A la vez, Natalia seguía con genuino interés el
recuento de Aída de sus viajes
de antropóloga por la selva del
noroccidente antioqueño, donde
trabajaba con los pueblos
indígenas. Añade Aída que la sensibilidad y
apertura de pensamiento de Natalia la
convertían en una interlocutora sagaz, inmersa en cada
instante, en cada palabra
de la conversación, siempre
exigente en cuanto
a los matices de ideas y sentimientos intercambiados, siempre
de humor marcado por una risa tan sonora como ella. Añade la antropóloga que “por avatares
de la vida laboral nuestros encuentros se espaciarían en los años 90. De
retorno a nuestra amistad en años recientes, hallé a una Natalia que había
virado hacia la espiritualidad. En algún retorno a Kiev había asumido un
compromiso a fondo con el cristianismo ortodoxo; en conexión con otras
modalidades de la experiencia religiosa, abandonó el gusto por el tabaco y por
el vino, redefinió sus hábitos alimentarios y se volcó hacia la introspección.
No dudo que en esa búsqueda imperaba el deseo de felicidad, el mismo que animó
su texto sobre Poesía para niños, publicado por la editorial de la Universidad
de Antioquia en el año 2000. Encaró el curso de su enfermedad con claridad
meridiana y optó por irse, con la certeza de que mudaba de aspecto, como ocurre
en los cuentos de todas las épocas que revitalizó para sus lectores”.
He aquí un retrato de Natalia hecho
por una colega y amiga. En general, es el concepto que las personas que la
trataron tienen de ella: una mujer luchadora, inteligente, amistosa, creativa. Una
mujer que era extranjera, pero que supo arraigarse a esta tierra. Una mujer que
fue madre cabeza de familia, que se esforzó por educar a su único hijo, que se
granjeó el aprecio y el respeto de sus colegas y estudiantes. La semblanza de
la profesora Aída Gálvez Abadía nos muestra la valentía con que Natalia afrontó
su fin: “optó por irse”.
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