*Una sonrisita guasona rielaba en los labios de Luis cada que hablaba de Kolia, del cual había sido profesor de castellano en el Colombo Francés. A Luis le divertía la ocurrencia del muchacho de abjurar de los libros y de tachar de extravagantes a los amigos de su madre. La voz de Luis era tenue y despaciosa, una voz con un timbre muy particular, inolvidable, así que la gente disfrutaba con sus historias. Natalia todavía era de este mundo cuando Luis compró un tomo con todos los cuentos de Nabokov, en el 2001. Recuerdo que lo visité en esos días y que me enseñó complacido su nueva adquisición: Nabokov.
Nabokov. Esa “k”. El apellido
Pikouch también la tiene. Esa “k”. Siempre he pensado que es una “k” bastarda.
La “k” de Kafka. Increíble que en un apellido tan breve haya dos “k”, casi
tres, porque la “f” es casi otra “k”. También está en “Raskolnikov”, en
“Dostoievski”, en “Bakunin”, en “Kolia”. No sé por qué esa “k” me da la idea de
un cadalso, de un ajusticiadero. Quizás esa ha sido la historia de Rusia, la
patria de los verdugos. Iván el Terrible, Stalin. O esa “k” tal vez sea el
signo que representa la historia de la humanidad. “Kiev”, donde nació Natalia,
por allá en 1950 (no sé a ciencia cierta), como Natalia Tolstáya (que nació en
1951), escritora rusa, descendiente de Tolstoi, que a la fecha de hoy (2021)
tiene setenta años. Es la edad que tendría Natalia Pikouch, si viviese, poco más, poco menos. Una mujer
entera, diría alguno que ya no esté tan entero. El concepto del tiempo es
relativo.
El nombre de Kolia en la voz de
Gonzalo es otra cosa. Gonzalo también fue profesor del
hijo de Natalia, en La Salle de Bello, antes de que el muchacho fuera discípulo
de Luis en el Colombo Francés y le hiciera sonreír con su desprestigio de los
libros y de los ridículos intelectuales. Como la esposa de Tolstoi, Sofía
Andreyevna, que los llamaba vagos. Es que la voz de Gonzalo es otra cosa,
recia, altisonante, impostada (estudió teatro), así que el nombre de Kolia en
sus labios suena un poco frívolo. El cariño con que hablamos de las cosas les
da un cariz especial, las esmalta de trascendencia. Nos reunimos tres colegas
(Luis, Gonzalo y yo) y hablamos de Natalia, de Kolia. Pero en cada uno de
nosotros hay una emoción distinta. Como si Natalia y Kolia, a los ojos de cada
uno de nosotros, fuesen personas diferentes.
Luis no escatima dinero a la hora
de comprar sus amados libros (Kolia, que sabe de números, debería reparar en
esto), así que desembolsa unas buenas decenas de miles por el tomo de Nabokov
(es como decir Bakunin, ahí está de nuevo la “k”). En verdad, he leído muy poco
de Nabokov, Lolita. Lolita (1955) narra la historia de Humbert Humbert,
anti-héroe poseído por el deseo incontrolable de seducir muchachas jóvenes.
También vi la película. En mis notas de clase de la época en que Natalia me
dictaba literatura rusa, aparece el nombre: Vladimir Nabokov. “Vladimir”,
nombre común en Rusia, recordemos que San Vladimir I fue el que puso las bases
del estado ruso. Vladimir Ilich Uliánov, Vladimir Putin, Vladimir Nabokov.
Vladimir es asimismo el nombre de un colega de Gonzalo y de este servidor,
cuando fuimos profesores en la Salle de Bello. Vladimir dictaba artística, era
músico, tocaba la guitarra y cantaba. Amenizaba con su sus canciones las
reuniones del colegio. Hacía parte de un trío de cuerdas y los fines de semana se
rebuscaba los pesos cantando en grilles y dando serenatas. Hombre noble, ese
Vladimir.
Ese 2001 en que Luis se dio el
gusto de comprarse el tomo de cuentos de Nabokov, Natalia vivía todavía. Fue el
año del sismo en el Salvador y de la volada de las Torres Gemelas, y a poco
Estados Unidos invadía Afganistán. La tienen clara esos gringos, como dirían
los muchachos de hoy. En ese 2001 yo leía San Jorge de Ilheús, una novela de
Jorge Amado, y mi hijo Alejandro tenía ocho meses. Fue también el año en que me decidí a
convertir en ficción ciertas vivencias y escribí Las vueltas de la pelota, mi
primera novela, dando vida a mi personaje Marcos Pita. Ese año terminé, además,
mi libro de haiku Homenaje a Basho.
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