*Han pasado los años, muchos
años. Se desdibujan o se borran los puntos de referencia, las aristas se
embotan. Quedan cabos sueltos, cuestiones por precisar. No es fácil cerrar la
historia, trazar un epílogo. Sigo averiguando cosas, buscando conexiones,
preguntando a personas que te conocieron: unos se quedan mudos, otros aportan
algún dato. ¡Datos! Mi vida atravesada por los datos sobre Estévez, por los
datos sobre ti, como si me hubiesen encargado ser el guardián de un archivo de
vidas. No es fácil zanjar la cuestión. Quedan trozos dispersos, situaciones que
quisiera atar a algún contenido. Tu voz diciendo: “me gustó su ensayo”, mi
sensación de tu figura como la encarnación del tiempo en que conocí a Dostoievski,
el nombre “Sonia” apareciendo aquí y allá, enredándose a mi vigilia y a mis
sueños. ¿Qué es lo que debo hacer? ¿Pegarme de esos jirones y encontrar luz a
como de lugar? ¿Convertirme en un manipulador de residuos? ¿Volverme rico
reciclando? Los que no hablan de ti porque no te conocieron están justificados.
Los que guardan silencio por algún reato de conciencia o por simple pereza de
recordar, son culpables. Recordar es arduo. En ocasiones debemos forzar la
memoria, probarla. Algo resulta cuando la atacamos.
La literatura me aclara las
cosas, me pone sobre el camino: Chejov, El pabellón número 6. Una señal de la
maestría de Chejov como escritor de cuentos es que, por citar un ejemplo, el
lector puede anticipar el fin de Andrei Efímych. Andrei Efímych renuncia a su
oficio de médico y se recluye en el pabellón de los orates, junto con Iván
Dmitrich Grúmov y los demás locos. Este desenlace encuentra apoyo en varias
situaciones previas: el temperamento pasivo, pusilánime y caviloso de Efímych,
su inconfesada rebeldía social.
Volcarme sobre los autores rusos
que nos recomendabas me pone de nuevo en el camino. Chejov era uno de estos,
cómo no. Recuerdo que en las tardes arduas de aquella época, me iba a la
biblioteca del Palacio de la Cultura (que años atrás sirviera de sede de la
Gobernación, edificio diseñado por Agustín Goovaerts), en pleno centro de
Medellín, al lado de la Plazuela Nutibara, y leía a Chejov. Recuerdo el placer
que sentía luego nomás al evocar algunos pasajes de la historia de Andrei
Efímych. Es misteriosa esa alquimia que un libro produce en nuestro ser.
Recuerdo la sensación de compañía que en aquellos tiempos difíciles me brindaba
un parvo librito de pasta roja con una antología de poemas de García Lorca. Son
cosas inefables. En aquella biblioteca solía cruzarme con María Victoria, la
hija del poeta Carlos Castro Saavedra, empeñada en diligencias burocráticas con
el objeto de que aquel lugar llevara el nombre de su padre. Al final creo que
lo consiguió. Recuerdo que darme cuenta de las maquinaciones de María Victoria
con respecto a la gloria futura de su padre, me dejaba un soso sabor en la boca
del estómago. En cambio, ante la historia de Andrei Efímych, no tenía más que
exclamar: “Chejov, enorme”. Y luego leí El hombre enfundado y volví a estallar:
“Grandioso”. Sin duda que este era mi reino, jamás el mundo de los tejemanejes
por lograr fama terrenal. “Grandioso”.
¿Qué es lo que nos dice Chejov en
El hombre enfundado? Que todos nos metemos en la funda de nuestro carácter, de
nuestras ideas, de nuestros gustos, de nuestras ocupaciones, como en una coraza
que nos aísla del mundo y nos conserva seguros, intocables. De aquí procede
toda intolerancia, todo escrúpulo, toda mezquindad. El músico se encierra en el
estuche de su música, el humanista en la funda de su humanismo, el clérigo en
el caparazón de sus dogmas. Y todos vamos así, con temor de contagiarnos,
cautelosos, prevenidos, no vayan a estropear nuestra envoltura, a remover
nuestras creencias.
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