miércoles, 13 de octubre de 2021

Natalia Pikouch (Cap.41.)

*Han pasado los años, muchos años. Se desdibujan o se borran los puntos de referencia, las aristas se embotan. Quedan cabos sueltos, cuestiones por precisar. No es fácil cerrar la historia, trazar un epílogo. Sigo averiguando cosas, buscando conexiones, preguntando a personas que te conocieron: unos se quedan mudos, otros aportan algún dato. ¡Datos! Mi vida atravesada por los datos sobre Estévez, por los datos sobre ti, como si me hubiesen encargado ser el guardián de un archivo de vidas. No es fácil zanjar la cuestión. Quedan trozos dispersos, situaciones que quisiera atar a algún contenido. Tu voz diciendo: “me gustó su ensayo”, mi sensación de tu figura como la encarnación del tiempo en que conocí a Dostoievski, el nombre “Sonia” apareciendo aquí y allá, enredándose a mi vigilia y a mis sueños. ¿Qué es lo que debo hacer? ¿Pegarme de esos jirones y encontrar luz a como de lugar? ¿Convertirme en un manipulador de residuos? ¿Volverme rico reciclando? Los que no hablan de ti porque no te conocieron están justificados. Los que guardan silencio por algún reato de conciencia o por simple pereza de recordar, son culpables. Recordar es arduo. En ocasiones debemos forzar la memoria, probarla. Algo resulta cuando la atacamos.

La literatura me aclara las cosas, me pone sobre el camino: Chejov, El pabellón número 6. Una señal de la maestría de Chejov como escritor de cuentos es que, por citar un ejemplo, el lector puede anticipar el fin de Andrei Efímych. Andrei Efímych renuncia a su oficio de médico y se recluye en el pabellón de los orates, junto con Iván Dmitrich Grúmov y los demás locos. Este desenlace encuentra apoyo en varias situaciones previas: el temperamento pasivo, pusilánime y caviloso de Efímych, su inconfesada rebeldía social.

Volcarme sobre los autores rusos que nos recomendabas me pone de nuevo en el camino. Chejov era uno de estos, cómo no. Recuerdo que en las tardes arduas de aquella época, me iba a la biblioteca del Palacio de la Cultura (que años atrás sirviera de sede de la Gobernación, edificio diseñado por Agustín Goovaerts), en pleno centro de Medellín, al lado de la Plazuela Nutibara, y leía a Chejov. Recuerdo el placer que sentía luego nomás al evocar algunos pasajes de la historia de Andrei Efímych. Es misteriosa esa alquimia que un libro produce en nuestro ser. Recuerdo la sensación de compañía que en aquellos tiempos difíciles me brindaba un parvo librito de pasta roja con una antología de poemas de García Lorca. Son cosas inefables. En aquella biblioteca solía cruzarme con María Victoria, la hija del poeta Carlos Castro Saavedra, empeñada en diligencias burocráticas con el objeto de que aquel lugar llevara el nombre de su padre. Al final creo que lo consiguió. Recuerdo que darme cuenta de las maquinaciones de María Victoria con respecto a la gloria futura de su padre, me dejaba un soso sabor en la boca del estómago. En cambio, ante la historia de Andrei Efímych, no tenía más que exclamar: “Chejov, enorme”. Y luego leí El hombre enfundado y volví a estallar: “Grandioso”. Sin duda que este era mi reino, jamás el mundo de los tejemanejes por lograr fama terrenal. “Grandioso”.

¿Qué es lo que nos dice Chejov en El hombre enfundado? Que todos nos metemos en la funda de nuestro carácter, de nuestras ideas, de nuestros gustos, de nuestras ocupaciones, como en una coraza que nos aísla del mundo y nos conserva seguros, intocables. De aquí procede toda intolerancia, todo escrúpulo, toda mezquindad. El músico se encierra en el estuche de su música, el humanista en la funda de su humanismo, el clérigo en el caparazón de sus dogmas. Y todos vamos así, con temor de contagiarnos, cautelosos, prevenidos, no vayan a estropear nuestra envoltura, a remover nuestras creencias.               

 


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