miércoles, 27 de octubre de 2021

Hernán (Cap.1.)

* “Los griegos alcanzan cimas en los diferentes géneros”, dijo Hernán. Marcos le prestó atención a esta frase. Pensó que el profesor se detendría en ese punto, que lo ampliaría. Pero era pedir demasiado a esa labiosidad sin linde. Hernán era incapaz de centrarse en una idea. Su discurso era impetuoso y desordenado. Sin transición, pasaba de un razonamiento a otro, plagando su disertación de referencias a autores y títulos de obras.  Era obvio que no le interesaba mantenerse en una línea discursiva. Sí, la digresión es un arte, pero no hay que exagerar. Nadie negaba lucidez a sus juicios, pero esa verborrea sonaba a pedante autosatisfacción. La esperanza de Marcos se frustró, porque Hernán olvidó el precioso filón que conducía a Nietzsche, pasando, como una abeja que liba de flor en flor, de la Poética de Aristóteles a  César Vallejo, a Safo, a la Medea de Jean Arnuil, a Alcestes, a Lesqui y la Historia de la literatura griega, a los lotógrafos (abogados de la antigua Grecia). Hasta que, por fin, Marcos vio una lucecita cuando Hernán citó a Heráclito, añadiendo que era el filósofo favorito de Nietzsche, que los filósofos griegos escribieron en verso para ayudar a la memorización, por el ritmo. Pero Hernán siguió de largo y habló del Neoclasicismo, de Robert Graves, de los frisos del Partenón, de Lord Elghin, de Pierre Grimard y el Diccionario de literatura griega y romana. Marcos sabía lo difícil que era sacar al profesor de ese rapto (el cigarrillo que había sacado al comienzo de su perorata, seguía sin encender en su mano), así que se propuso hilar algo, por su cuenta, partiendo de ese fárrago. El asunto le interesaba. Al regresar a casa consultó unas notas personales sobre Nietzsche y El origen de la tragedia. Volver sobre sus apuntes, era algo que hacía con frecuencia. Así, refrescaba saberes y consolidaba los conceptos.

¿Qué sacó en claro de la consulta de sus apuntes? Nietzsche acusa a Sócrates de haber debilitado el poder de la tragedia. Ese período de grandeza en que las artes griegas alcanzan un nivel insuperable, fue producto del conflicto entre Apolo y Dionisos, entre el equilibrio y la desmesura. Sócrates critica el instinto dionisiaco y la ausencia de una ley moderadora: lo considera como un error, producto de la ignorancia. Desprestigia a Dionisos, el dios arrebatado y fulgente, borracho y loco. Sócrates anticipa el cristianismo con su idea de que el conocimiento lleva a la virtud, que viene siendo una especie de salvación. Nietzsche repudia este pensamiento. Dionisos encarna un camino erizado de peligros, pero a la vez vigorizante.

Ah, era esto. Organizar las ideas, esmaltarlas de deslumbrante claridad, se le hacía de vital significación a Marcos. Por eso escribía. Encontraba placentero darle vueltas a una frase, forzarla, jugar con ella, encauzarla, conseguir que responda a un ritmo, a una intención. No tenía nada contra el viejo Sócrates. Es el protagonista de los Diálogos platónicos y, por tanto, vehículo de las ideas de este. Hay demasiada contemporización en los interlocutores socráticos. Con su arte dialéctico, Sócrates los va llevando. ¡Vomítalo! Uno desearía una migaja de rebeldía en esos corresponsales. Sócrates acaba saliéndose con la suya. Sin embargo, qué riqueza histórica y literaria subyace en esas páginas. En el diálogo Protágoras, Hipócrates y Sócrates conversan sobre el padre de los sofistas, que acaba de llegar a Atenas. Sólo la noche anterior, al regresar de Oinoe (donde andaba persiguiendo a su esclavo Sátiro, que se había fugado) Hipócrates se da cuenta de la llegada de Protágoras. Sócrates le confirma que Protágoras llegó la víspera. Hipócrates ha ido muy temprano a casa de Sócrates, hallándolo todavía acostado. A tientas, el visitante se acomoda a los pies de Sócrates, en la cama, mientras le habla. ¡Qué escena! David podría haberla pintado.    

Hernán era el profesor del que los alumnos comentaban que había intentado suicidarse en varias ocasiones. En los labios de los estudiantes, el comentario cobraba visos sarcásticos, y el conato de suicidio pasaba a ser un cuento absurdo y ridículo. Babosadas. Propaganda para cimentar la imagen romántica de una sensibilidad incomprendida. Había vuelto a beber Diablo Rojo. Y los alumnos reunidos en el pretil del corredor, frente al aula vacía, espolvoreaban hilaridad sobre el asunto. Le apodaban Diablito. Algunos tal vez agradecían haberse librado de la sesión. Ah, qué bueno irse a Troncos a beber un café, a botar corriente, a ver pasar muchachas, a disfrutar de la tarde de estío. Que Diablito se estaba recuperando. Muy bien. Semónides y Safo tenían derecho a descansar de ese tenaz martillear del catedrático. Todo tiene un límite. También Arquíloco se desinhibía una migaja al saber de la incapacidad de Hernán. Arizmendy era de los que se reían de la anécdota. También Ospina descubría sus dientes encaramados celebrando la broma. ¡Otro intento de suicidio!      

Con todo, la figura familiar y un tanto patética de Hernán ponía una sazón luminosa en esos días agobiados y turbulentos. Un profesor con tres intentos de suicidio a cuestas. Esto, y las asambleas estudiantiles, la oleada de crímenes, las marchas de protesta, la represión policial. Marcos recordaba a un condiscípulo del Taller de Estévez (Iván, otro Iván). Durante una manifestación, la policía lo capturó al descubrirle un tarro de aerosol. Al salir del calabozo no era más que un bagazo, un ente. No volvió al Taller. Así, para algunos la estampa de Hernán ofrecía un magnetismo indiscutible. Quizás porque ese mundo griego al que remitía, siendo un espejo de nuestra violencia, era asimismo un escenario de dignidad y de grandeza. Y esto último era, sin duda, lo rescatable. Su empaque endeble y atormentado no impedía que, con el poder de su elocuencia, desvaneciera el mundo horrible de la guerra en la ciudad, arrastrando a sus oyentes al país del mito. Este era el carisma que Marcos veía en el profesor Hernán. Era un ser desaprensivo, de un sentir profundo.        

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