* “Los griegos alcanzan cimas en los diferentes géneros”, dijo Hernán. Marcos le prestó atención a esta frase. Pensó que el profesor se detendría en ese punto, que lo ampliaría. Pero era pedir demasiado a esa labiosidad sin linde. Hernán era incapaz de centrarse en una idea. Su discurso era impetuoso y desordenado. Sin transición, pasaba de un razonamiento a otro, plagando su disertación de referencias a autores y títulos de obras. Era obvio que no le interesaba mantenerse en una línea discursiva. Sí, la digresión es un arte, pero no hay que exagerar. Nadie negaba lucidez a sus juicios, pero esa verborrea sonaba a pedante autosatisfacción. La esperanza de Marcos se frustró, porque Hernán olvidó el precioso filón que conducía a Nietzsche, pasando, como una abeja que liba de flor en flor, de la Poética de Aristóteles a César Vallejo, a Safo, a la Medea de Jean Arnuil, a Alcestes, a Lesqui y la Historia de la literatura griega, a los lotógrafos (abogados de la antigua Grecia). Hasta que, por fin, Marcos vio una lucecita cuando Hernán citó a Heráclito, añadiendo que era el filósofo favorito de Nietzsche, que los filósofos griegos escribieron en verso para ayudar a la memorización, por el ritmo. Pero Hernán siguió de largo y habló del Neoclasicismo, de Robert Graves, de los frisos del Partenón, de Lord Elghin, de Pierre Grimard y el Diccionario de literatura griega y romana. Marcos sabía lo difícil que era sacar al profesor de ese rapto (el cigarrillo que había sacado al comienzo de su perorata, seguía sin encender en su mano), así que se propuso hilar algo, por su cuenta, partiendo de ese fárrago. El asunto le interesaba. Al regresar a casa consultó unas notas personales sobre Nietzsche y El origen de la tragedia. Volver sobre sus apuntes, era algo que hacía con frecuencia. Así, refrescaba saberes y consolidaba los conceptos.
¿Qué sacó en claro de la consulta
de sus apuntes? Nietzsche acusa a Sócrates de haber debilitado el poder de la
tragedia. Ese período de grandeza en que las artes griegas alcanzan un nivel
insuperable, fue producto del conflicto entre Apolo y Dionisos, entre el
equilibrio y la desmesura. Sócrates critica el instinto dionisiaco y la
ausencia de una ley moderadora: lo considera como un error, producto de la
ignorancia. Desprestigia a Dionisos, el dios arrebatado y fulgente, borracho y
loco. Sócrates anticipa el cristianismo con su idea de que el conocimiento
lleva a la virtud, que viene siendo una especie de salvación. Nietzsche repudia
este pensamiento. Dionisos encarna un camino erizado de peligros, pero a la vez
vigorizante.
Ah, era esto. Organizar las
ideas, esmaltarlas de deslumbrante claridad, se le hacía de vital significación
a Marcos. Por eso escribía. Encontraba placentero darle vueltas a una frase,
forzarla, jugar con ella, encauzarla, conseguir que responda a un ritmo, a una
intención. No tenía nada contra el viejo Sócrates. Es el protagonista de los
Diálogos platónicos y, por tanto, vehículo de las ideas de este. Hay demasiada
contemporización en los interlocutores socráticos. Con su arte dialéctico,
Sócrates los va llevando. ¡Vomítalo! Uno desearía una migaja de rebeldía en
esos corresponsales. Sócrates acaba saliéndose con la suya. Sin embargo, qué
riqueza histórica y literaria subyace en esas páginas. En el diálogo
Protágoras, Hipócrates y Sócrates conversan sobre el padre de los sofistas, que
acaba de llegar a Atenas. Sólo la noche anterior, al regresar de Oinoe (donde
andaba persiguiendo a su esclavo Sátiro, que se había fugado) Hipócrates se da
cuenta de la llegada de Protágoras. Sócrates le confirma que Protágoras llegó
la víspera. Hipócrates ha ido muy temprano a casa de Sócrates, hallándolo
todavía acostado. A tientas, el visitante se acomoda a los pies de Sócrates, en
la cama, mientras le habla. ¡Qué escena! David podría haberla pintado.
Hernán era el profesor del que
los alumnos comentaban que había intentado suicidarse en varias ocasiones. En
los labios de los estudiantes, el comentario cobraba visos sarcásticos, y el
conato de suicidio pasaba a ser un cuento absurdo y ridículo. Babosadas.
Propaganda para cimentar la imagen romántica de una sensibilidad incomprendida.
Había vuelto a beber Diablo Rojo. Y los alumnos reunidos en el pretil del
corredor, frente al aula vacía, espolvoreaban hilaridad sobre el asunto. Le
apodaban Diablito. Algunos tal vez agradecían haberse librado de la sesión. Ah,
qué bueno irse a Troncos a beber un café, a botar corriente, a ver pasar
muchachas, a disfrutar de la tarde de estío. Que Diablito se estaba
recuperando. Muy bien. Semónides y Safo tenían derecho a descansar de ese tenaz
martillear del catedrático. Todo tiene un límite. También Arquíloco se
desinhibía una migaja al saber de la incapacidad de Hernán. Arizmendy era de los
que se reían de la anécdota. También Ospina descubría sus dientes encaramados
celebrando la broma. ¡Otro intento de suicidio!
Con todo, la figura familiar y un
tanto patética de Hernán ponía una sazón luminosa en esos días agobiados y
turbulentos. Un profesor con tres intentos de suicidio a cuestas. Esto, y las
asambleas estudiantiles, la oleada de crímenes, las marchas de protesta, la
represión policial. Marcos recordaba a un condiscípulo del Taller de Estévez
(Iván, otro Iván). Durante una manifestación, la policía lo capturó al
descubrirle un tarro de aerosol. Al salir del calabozo no era más que un
bagazo, un ente. No volvió al Taller. Así, para algunos la estampa de Hernán
ofrecía un magnetismo indiscutible. Quizás porque ese mundo griego al que
remitía, siendo un espejo de nuestra violencia, era asimismo un escenario de
dignidad y de grandeza. Y esto último era, sin duda, lo rescatable. Su empaque
endeble y atormentado no impedía que, con el poder de su elocuencia,
desvaneciera el mundo horrible de la guerra en la ciudad, arrastrando a sus
oyentes al país del mito. Este era el carisma que Marcos veía en el profesor
Hernán. Era un ser desaprensivo, de un sentir profundo.
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