Nunca lo hablamos. Preferíamos hablar de educación. Después de que me echaron del colegio donde di clase a tu hijo, alguna vez, al cruzarnos en un pasillo de la u, prometiste hacer algo en favor mío, ayudarme a conseguir un empleo de profesor. No dudaba de tu buena voluntad. Ya comenzaba a verme en apuros económicos. Al final de la carrera me amancebé con una mujer, cada vez iba de manera más esporádica a la u, tú te habías pasado de Humanidades a Artes (ahora dictabas teatro), así que casi no nos veíamos. Y cuando nos topábamos, una vez al año, hablábamos de educación, evadiendo, quién sabe por qué, la política, las ideologías. No es que me apasionara el tema, seguro que a ti menos, pero hoy me parece extraño, cuando no sospechoso, que jamás abordáramos aquel tópico, con respecto al cual teníamos concepciones antagónicas. Hablar de educación, de los míseros salarios de los profesores estatales (sobre todo de los que empezaban en el escalafón), era una especie de zona de confort. Me gradué, inscribí mi diploma en el escalafón y empecé a postularme a una plaza. ¿Qué otra cosa podía hacer? Con excelente buen criterio, me negué a jugar la baza de vivir de la escritura. Nada de eso. Tenía que vivir de mi profesión de maestro. No había de otra. Comprendí que no basta tener talento para abrirse paso como autor, que hay, además, otras variables a tener en cuenta. Lo mismo hiciste tú. Te desempeñaste toda la vida como profesora. La producción literaria la confiaste a tu tiempo libre. Era lo más sensato. Paradójicamente, en nuestro medio el escritor que triunfa es el que obtiene las gabelas. El que va en ascenso debe defenderse solo. Por lo general, no basta con ganar concursos para obtener renombre y vender. Así que la docencia está bien para ganarse el pan. La literatura nos dispensaba de esta prosaica elección, confiando el resto al fuego de nuestra vocación. Eso hicimos. Fuimos maestros. Y al encontrarnos hablábamos de educación, siempre en un tono pesimista. Eso estaba bien, el pesimismo. No era una postura. Era una vía consecuente con la experiencia. Si todo se hubiese quedado en Lenin y Trotski. O al menos en Fourier y su falansterio. Le he echado cabeza al asunto. Despotricabas del comunismo, o más bien del modelo soviético. Stalin. Necesariamente, tuvo que existir un Stalin, una sombra que diese realce a la estrella de Lenin. Esa sombra fue Stalin. Es igual que Judas y Jesús. No puede haber Jesús sin Judas. El comunismo primitivo, la sociedad que existió en los comienzos, eso era bonito. El poder del clan, la fuerza de las costumbres y las tradiciones, el sabio guiar de los mayores. No había Estado. Eso lo explica muy bien Lenin. El Estado surgió cuando la sociedad se dividió en clases, cuando algunos usurparon el gobierno mediante la coerción y las armas y crearon una sociedad de explotadores y explotados. Bueno, yo siempre he admirado a Lenin. Eso no lo hablamos nunca. Lo único que sé, independiente de ideologías y gustos, es que esos tipos tenían un cerebro bien puesto, que eran unas mentes lúcidas: Marx, Engels. Basta con leer una de sus páginas, una sola. Trotski. La mujer de Trotski se llamaba Natalia, como tú. Natalia Sedova. Sin entrar en polémicas, yo hoy te hablaría del libro Lenin en Zurich, de Alexander Solchenitsin. Quizás lo desaprobaras, tal vez nunca lo leyeras. Hoy pienso en tantos hombres de letras, tantos artistas que se adhirieron con ardor a estas ideas de una sociedad mejor, donde las clases sojuzgadas tuviesen, como dice García Márquez en Cien años de soledad, "una segunda oportunidad sobre la tierra". Me parece difícil creer que todos estos hombres y mujeres inteligentes y sensibles estuviesen equivocados. Pienso que es, más bien, cuestión de gradaciones, que la utopía vive. Es ver en Lenin a un poeta.
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