lunes, 18 de octubre de 2021

Natalia Pikouch (Cap.43.)

*Chejov estuvo en las islas Sajalín, y fue testigo del sufrimiento de los deportados. El cuento El pabellón Número 6 surgió de su estada en aquel lugar. Su relato de los padecimientos de estas personas provocó, en 1893, la visita de una comisión estatal, que se propuso corregir los excesos que allí se cometían. El zar era Alejandro III, padre de Nicolás II.

Las islas Sajalín y Kuriles: motivo de belicosidad entre Rusia y Japón. Japón ganó la guerra en 1905 y puso las condiciones. Rusia se desquitó en 1945, y privó a Japón de estos territorios. El reclamo de Japón sobre las Kuriles sigue vigente.

En mis manos tengo La dama del perrito y otros cuentos, de Chejov. Es un ritual de lo más íntimo, casi furtivo: estirar el brazo y tomar un libro del estante. El acto tiene un ingrediente emotivo, un acento de ternura, una textura de caricia. Es una especie de veneración, un rapto. Abro el libro. En la anteportada constato el precio, escrito a lápiz. En la época en que lo compré valía cuatro mil pesos, pero lo dejaron en dos mil. El precio rebajado aparece escrito más abajo, con bolígrafo de tinta roja. “¡REALIZACIÓN! LIBRERÍA LA ANTICUARIA”. Vuelvo las páginas, 236. Me voy al final, al índice. ¡Qué tesoro! Cuarenta  cuentos. Algunos de estos los he señalado con un punto en tinta de bolígrafo: Un hombre extraordinario, En la Oscuridad, El león y el sol. Esto me recuerda que debo aplicarme a leer el resto, que siempre estamos en deuda con los amados autores. O tal vez los leí todos, siendo este terceto a los que dediqué una atención especial. ¡Chejov!

Chejov me lleva a Maupassant, otro monstruo. Me voy a un libro de cuentos del francés y en el índice me deslumbra otro tesoro: Bola de sebo, Un gallo cantó, En el campo, Toño, El diablo. Y me detengo a pensar que por algo hemos adquirido cierto bagaje en esto de escribir, porque desde jóvenes hemos bebido en fuentes de lo inmenso. Como dice Chejov en El hombre enfundado, nos hemos hecho una funda de literatos y en ella nos movemos, como esos gusanos (gusano canasta) que construyen un caparazón y viven dentro de este, sin abandonarlo. Es una estrategia de supervivencia.

¡Chejov! “El inspector de policía Semion Ilich Prachkin paseaba por su habitación de un lado a otro esforzándose en ahogar dentro de sí una desagradable desazón. El caso era que la víspera de aquel día, en vez de visitar a su jefe, con quien tenía que tratar un asunto, se había sentado a jugar a las cartas, perdiendo ocho rublos. La suma era insignificante, una pequeñez…, pero el diablo de la avaricia, colgado de la oreja del policía, le reprendía por su despilfarro”.  Ahí lo tenéis, Chejov. ¿No es un maestro? En cinco renglones nos presenta un universo, una cantidad dosificada de elementos en los que adivinamos la historia. Allí está todo, lo demás es deshilar. O, si se quiere, hilar. El cuento es un tejido.

El relato en cuestión se titula Mal humor. Ese primer párrafo es una provocación, un bocado que incita a seguir leyendo. Ahí está Chejov, poniéndonos frente al variopinto entramado social, ante personajes de toda índole, en este caso un inspector de policía: Semion Ilich Prachkin. Y ahí está otra vez ese “Ilich”. “Ilich” es un término que, en bielorruso, significa: un patronímico (Iliá, Elías) y una localidad (por ejemplo, Ilich Gómel, en Bielorrusia, o Ilich Otrádnaya, en Rusia). Iván Ilich, Vladimir Ilich Uliánov (Lenin), Semion Ilich Prachkin. Nombre bíblico, Elías y su carro de fuego. Vladimir Elías Uliánov.  Iliá Ehrenburg, escritor ucraniano, de familia judía. Nexos. Unas realidades nos llevan a otras. Cuando me embarqué en esta aventura de escribir sobre Natalia Pikouch, no tardé en percatarme de que el nombre “Iván” era una especie de palabra-talismán. Es que el nombre “Iván” aparecía reiterativamente en la realidad y la ficción. El primer referente era Iván Ilich, de Tolstoi. Luego, Iván Arizmendy, compañero de la u que murió a temprana edad, cuando cursábamos tercer semestre. Está Iván, el compañero de adolescencia y fútbol en Santamaría (Itaguí), a quien apodábamos Chiván. Y está el Iván de Los hermanos Karamazov, el del poema El gran inquisidor. Y después Solchenitsin con su Un día en la vida de Iván Denisovich. Y el profesor Iván Hernández, experto en literatura inglesa, que nos dictó un seminario de Literatura Contemporánea. Tal cantidad de Ivanes me sugirió una Teoría de Ivanes. Pero es que también está Natalia. Y ahora, Ilich.

Por ahora dejemos al inspector Semion Ilich Prachkin lamentando la pérdida de sus ocho rublos. Puedo entenderlo, porque también yo jugué cartas y también fui, en este sentido, un desmerecido de la fortuna.                     


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