*Chejov estuvo en las islas Sajalín, y fue
testigo del sufrimiento de los deportados. El cuento El pabellón Número 6
surgió de su estada en aquel lugar. Su relato de los padecimientos de estas
personas provocó, en 1893, la visita de una comisión estatal, que se propuso
corregir los excesos que allí se cometían. El zar era Alejandro III, padre de
Nicolás II.
Las islas Sajalín y Kuriles: motivo de
belicosidad entre Rusia y Japón. Japón ganó la guerra en 1905 y puso las
condiciones. Rusia se desquitó en 1945, y privó a Japón de estos territorios.
El reclamo de Japón sobre las Kuriles sigue vigente.
En mis manos tengo La dama del perrito y
otros cuentos, de Chejov. Es un ritual de lo más íntimo, casi furtivo: estirar
el brazo y tomar un libro del estante. El acto tiene un ingrediente emotivo, un
acento de ternura, una textura de caricia. Es una especie de veneración, un
rapto. Abro el libro. En la anteportada constato el precio, escrito a lápiz. En
la época en que lo compré valía cuatro mil pesos, pero lo dejaron en dos mil.
El precio rebajado aparece escrito más abajo, con bolígrafo de tinta roja.
“¡REALIZACIÓN! LIBRERÍA LA ANTICUARIA”. Vuelvo las páginas, 236. Me voy al
final, al índice. ¡Qué tesoro! Cuarenta cuentos. Algunos de estos
los he señalado con un punto en tinta de bolígrafo: Un hombre extraordinario,
En la Oscuridad, El león y el sol. Esto me recuerda que debo aplicarme a leer
el resto, que siempre estamos en deuda con los amados autores. O tal vez los
leí todos, siendo este terceto a los que dediqué una atención especial.
¡Chejov!
Chejov me lleva a Maupassant, otro
monstruo. Me voy a un libro de cuentos del francés y en el índice me deslumbra
otro tesoro: Bola de sebo, Un gallo cantó, En el campo, Toño, El diablo. Y me
detengo a pensar que por algo hemos adquirido cierto bagaje en esto de
escribir, porque desde jóvenes hemos bebido en fuentes de lo inmenso. Como dice
Chejov en El hombre enfundado, nos hemos hecho una funda de literatos y en ella
nos movemos, como esos gusanos (gusano canasta) que construyen un caparazón y
viven dentro de este, sin abandonarlo. Es una estrategia de supervivencia.
¡Chejov! “El inspector de policía Semion
Ilich Prachkin paseaba por su habitación de un lado a otro esforzándose en
ahogar dentro de sí una desagradable desazón. El caso era que la víspera de
aquel día, en vez de visitar a su jefe, con quien tenía que tratar un asunto,
se había sentado a jugar a las cartas, perdiendo ocho rublos. La suma era
insignificante, una pequeñez…, pero el diablo de la avaricia, colgado de la
oreja del policía, le reprendía por su despilfarro”. Ahí lo tenéis,
Chejov. ¿No es un maestro? En cinco renglones nos presenta un universo, una
cantidad dosificada de elementos en los que adivinamos la historia. Allí está
todo, lo demás es deshilar. O, si se quiere, hilar. El cuento es un tejido.
El relato en cuestión se titula Mal humor.
Ese primer párrafo es una provocación, un bocado que incita a seguir leyendo.
Ahí está Chejov, poniéndonos frente al variopinto entramado social, ante
personajes de toda índole, en este caso un inspector de policía: Semion Ilich
Prachkin. Y ahí está otra vez ese “Ilich”. “Ilich” es un término que, en
bielorruso, significa: un patronímico (Iliá, Elías) y una localidad (por
ejemplo, Ilich Gómel, en Bielorrusia, o Ilich Otrádnaya, en Rusia). Iván Ilich,
Vladimir Ilich Uliánov (Lenin), Semion Ilich Prachkin. Nombre bíblico, Elías y
su carro de fuego. Vladimir Elías Uliánov. Iliá Ehrenburg, escritor
ucraniano, de familia judía. Nexos. Unas realidades nos llevan a otras. Cuando
me embarqué en esta aventura de escribir sobre Natalia Pikouch, no tardé en
percatarme de que el nombre “Iván” era una especie de palabra-talismán. Es que
el nombre “Iván” aparecía reiterativamente en la realidad y la ficción. El
primer referente era Iván Ilich, de Tolstoi. Luego, Iván Arizmendy, compañero
de la u que murió a temprana edad, cuando cursábamos tercer semestre. Está
Iván, el compañero de adolescencia y fútbol en Santamaría (Itaguí), a quien
apodábamos Chiván. Y está el Iván de Los hermanos Karamazov, el del poema El
gran inquisidor. Y después Solchenitsin con su Un día en la vida de Iván
Denisovich. Y el profesor Iván Hernández, experto en literatura inglesa, que
nos dictó un seminario de Literatura Contemporánea. Tal cantidad de Ivanes me sugirió
una Teoría de Ivanes. Pero es que también está Natalia. Y ahora, Ilich.
Por ahora dejemos al inspector Semion
Ilich Prachkin lamentando la pérdida de sus ocho rublos. Puedo entenderlo,
porque también yo jugué cartas y también fui, en este sentido, un desmerecido
de la
fortuna.
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