sábado, 23 de octubre de 2021

Natalia Pikouch (Cap.48.)

*Después de una cena, tres hombres maduros conversan en la casa del anfitrión sobre el primer amor. Uno de ellos se resiste a narrarlo directamente. Decide escribirlo y, tras unos días, lo presenta a sus interlocutores. Ese texto escrito es el relato Mi primer amor, de Iván Turguenev. Dos mujeres, madre e hija,  se mudan a vivir al ala derecha  del edificio que ocupan Vladimiro Petrovitch y sus padres. Vladimiro Petrovitch, joven estudiante burgués de dieciséis años, se enamora de la hermosa vecina, Sinaida. Esta es una mujer de veintiún años, y su madre es una princesa arruinada. El chico despierta al amor, atravesado de las inefables emociones que este despertar trae. Sinaida es un ser encantador, con modales aristocráticos. En seguida se forma un grupo de hombres galantes que se reúnen en torno de la joven, colmándola de atenciones. Ella los domina a todos. Entre los caballeros hay un conde, un poeta, un doctor, un húsar y, por supuesto, está Vladimiro. Todos se disputan su preferencia. Pero ella se enamora ¡del padre de Vladimiro! lo cual, a la postre, constituye la desgracia de ambos. El padre de Vladimiro es un hombre de cuarenta y dos años, serio, altivo, elegante, inteligente. No ama a su mujer. Se casó con ella por interés. Esta es una dama excitable. Al parecer, el padre de Vladimiro es chantajeado económicamente por la princesa, vieja indelicada. Sinaida trata a Vladimiro con suma condescendencia, pero porque es el hijo del hombre que ama. Su pasión llega al extremo de pasar por encima de las conveniencias, aunque a nadie cuenta sus cuitas. Él es casado, con un hijo. El padre de Vladimiro también es muy discreto. El conde y el médico acaban por descubrir el objeto de la pasión de Sinaida, y alertan al jovencito. Este sufre un golpe indecible al penetrar la verdad. Hay una escena admirable en que Vladimiro, avisado de que Sinaida tiene un amante y se cita con él de noche en el jardín, se arma con un cortaplumas, aguarda la hora propicia y sale a espiar. Cuál no sería su sorpresa al encontrarse con su padre rondando por allí. Vladimiro llora desengañado, pero perdona a Sinaida. Jamás olvidará que fue su primer amor. La esposa descubre todo. Hay un escándalo. La madre y la hija se mudan. Vladimiro la visita y se despide. El carácter de Sinaida, lejos de ser vulgar, es noble y digo. En todo momento se comporta como una princesa. El papá de Vladimiro sigue viendo a la muchacha. Solo la muerte, una apoplejía, lo librará de ese lazo. Ella se une después a otro hombre, que también muere al poco tiempo.

En este relato Turguenev pone de manifiesto la oscura pulsión del amor, que puede llevarnos al sacrificio. Sinaida podía escoger entre un montón de rendidos pretendientes a cuál más encumbrado y cortés, pero se apasiona por un hombre maduro, frío, comprometido. Turguenev hace gala de un magistral manejo de la expectativa. No descubre sino hasta el final que el padre de Vladimiro es el amante de Sinaida. El lector pronto sospecha la verdad. Vladimiro, el juvenil protagonista, locamente enamorado, tarda en enterarse de que Sinaida suspira por otro. Sin prisa, Turguenev devana el hilo de la historia. Hay delectación en narrar los detalles de una fisonomía, de un cielo invernal, de los pasatiempos aristocráticos (el juego de las prendas, la invención de cuentos, la lectura de poesías). Esa complacencia, esa gratuidad, constituyen el sello del verdadero escritor. Incluso, se halaga al lector con un prólogo y un epílogo. Qué bello relato. Un lenguaje delicado y expresivo. Es soberbia la pausa, el suspenso, la elegancia y la poesía con que Turguenev desarrolla la trama de la pasión de Sinaida.         

No hay comentarios:

Publicar un comentario