martes, 4 de abril de 2023

Los condiscípulos (Magi. Cap. 21. Anagramas.)

En un cuaderno de aquellos años, escribí los anagramas de Magi: "Gima", "agim", "miag", "amig", "gami", "igam", "maig", "igma". Es el mismo cuaderno donde aparece cómo saldé mis deudas de dinero con ella, a punto de su viaje a la costa. Nos encontramos en el terminal de transportes, cuando  compraba los tiquetes. Se marcharía esa noche. Una vez empecé a trabajar, hice una lista de mis acreedores. A Magi le pagué de última. Siempre me tranquilizó diciéndome que no necesitaba ese dinero, que le pagara cuando pudiese. A veces era un tris presuntuosa. Ya por aquel tiempo consideraba que su psicología obedecía a un mecanismo simple, pero no dejaba de cuestionarme el complejo diagrama con que su personalidad aturdía mi espíritu. "Gima", "agim", "igam", de verdad que la ciencia anagramática, esta especie de cábala personal, de lúdica linguística, no me daba signos reveladores del ser de Magi, y mucho menos de mi actuar con ella. El que le pagara un dinero, un escrúpulo de moralidad intachable, no significaba nada para Magi. Que no la entendiera, que no me uniese a su causa, que fuese tan seco, el asunto era por ahí. Años después, revisando el apunte, aún añadí otro anagrama a los existentes: ""amgi". Que las durezas de la vida no nos priven de la gracia del juego: "iamg". Antes de esto, la visité en Rionegro. Esa noche no ocurrió nada extraordinario. Ella preparó la cena (el plato principal eran los fríjoles) y nos sentamos a comer en la sala, donde su hijito, un pequeño Atila, mantenía un perenne trastorno de juguetes, cojines, revistas, lápices, hojas estrujadas, plastilinas cuadernos. Cenamos con apetito. Magi comía y conversaba, pendiente del niño, que permanecía sentado en el suelo, señoreando su propio reino de desorden, con un plato de comida entre las piernas. Magi no se había cambiado de ropa. Su rostro transparentaba la fatiga de un duro día de trabajo. Al parecer, no encajaba mucho en el arquetipo de ama de casa organizada y eficiente. Saltaba a la vista su inexperiencia. Llevar bien una casa era una labor que excedía sus fuerzas, así viviera sola con su criatura. El resto de la vivienda no presentaba un aspecto más limpio que el del recibidor. Magi vivía entre las prisas de su empleo y las obligaciones con su hijo. Encaraba con cierto disgusto las faenas culinarias, las de limpieza, el lavado, la planchada. Esta suerte de flojera me sorprendió negativamente. Se alegró con mi visita. Era una grata alteración a la penosa rutina. Solía sentirse proscripta en Rionegro, abandonada de deudos y amigos. Era el tipo de mujer que no resiste la vida solitaria, que necesita la proximidad (así fuera telefónica) de personas con quienes platicar. Más en esta época, cuando padecía un gran vacío afectivo. Decía que no la preocupaba el que su niño creciera sin un papá. Esto no iba a ocurrir. El niño veía regularmente a su progenitor. En este sentido todo discurría por buen cauce. Lo que corroía a Magi era la incertidumbre de reorganizar su existencia, el ansia de encontrar un asidero amable al mundo, el sueño de volver a amar y ser amada. Esta incertidumbre era su signo. La telefoneé desde el lluvioso parque de Rionegro. Me dio las señas para llegar a su casa. Tomé un taxi que me condujo (a través del frío y de la lluvia) al modesto barrio donde Magi vivía. Ella vino a esperarme frente a la parada del taxi. Agradecí su presencia, la lealtad de esta figurita femenina conmigo, la vigilia de ese cuerpo, de esos ojos, de esas manos, aguardándome en la niebla de un paraje destemplado, casi irreal. Observé con asombro su pequeña y rolliza fisonomía. Enfrenté esos ojos suyos, donde sentí latir un ansia subterránea. Traía puesto un saco. Me saludó con afecto y me llevó hasta su domicilio, que distaba solo unos metros de allí, situado en un segundo piso. A mi pesar, me comportaba secamente cortés. Nunca he dejado de interrogarme sobre los verdaderos motivos que me impulsaban a buscar a Magi, a entrevistarme con ella, a sostener diálogos, a compartir horas de las que casi siempre me despegaba con una absurda sensación de incomodidad. Habrá que llamar a eso, llanamente, amistad. Supongo que también existían muchos instintos ególatras, grandes porciones de sado-masoquismo en estos arranques de buscarla. Confieso que todo el tiempo aguardé una propuesta sensual de parte de Magi, un ruego, un desenmascararse. Esa noche, en la gélida habitación donde me instaló, solo en el blando lecho, bajo las mantas que apenas lograban ahuyentar el frío, esperé su ofensiva, la resolución de la mujer fustigada (y a la vez reprimida) por un deseo inconfesado. Me aterra pensar que yo jugaba con la soledad de Magi, que me ensañaba con un maligno disfrute de su impotencia. Hoy no tengo reparos en declarar que mi rechazo de Magi se basaba en motivaciones tan infames como su escasa estatura, su tendencia a la obesidad, su cutis graso. Quizás estas solo fueran razones accesorias. En el fondo, lo que me ponía en guardia, lo que me endurecía, era el sentirme paño de lágrimas. Y, sobre todo, el patetismo de los actos con que Magi intentaba la seducción. Jamás penetraré del todo el alma de esta mujer. Miro esa noche con la serenidad que me confiere la certeza del tiempo abolido. Extiendo la mirada hacia el sinnúmero de hechos, de conexiones, de secretos movimientos que fueron preparando el clímax y la ruptura en mi relación con Magi. Hoy pienso que todo partió de un sobrentendido, de un deplorable equívoco, de una ligereza. No me atrevo a asegurar que yo haya sido más maduro que ella. Nos faltó ser sinceros. Nos conocimos en una etapa en que la soledad nos viciaba a los dos, por eso, quizás, fui tan duro. Agradezco que esa noche (estuvimos solos, en noche lluviosa, el niño durmiendo angelicalmente) no hubiese ocurrido nada que después lamentáramos: la posesión física, el arrebato pasional, la insoportable constatación de que todo lo nuestro, más que amistad, no consistió sino en una hipócrita ansiedad de sexo. Esa noche pasó, limpia, bajo el conjuro de la lluvia. Al día siguiente, los corazones amanecieron menos turbios. "Amig".                 

viernes, 31 de marzo de 2023

Los condiscípulos (Magi. Cap. 20. "Luis y la Universidad Libre de Cartagena".)

Rosa fue quien nos dijo que Magi se encontraba en Cartagena, trabajando como docente de la Universidad Libre. Luis argumentó que esta era una institución malísima, relatando, en seguida, una anécdota que nos causó risa: que los alumnos eran unos muchachos largos, flacos, aletargados, que llegaban con ordinarias y pulcras camisas, con un solo cuadernito bajo el brazo, y que tardaban una hora en sacar el pañuelo del bolsillo trasero del pantalón, desplegarlo sobre la silla y sentarse; cuando lograban hacerlo, ya la clase había finiquitado. La maledicencia de alguno osó afirmar que acaso Magi se había mandado mudar con un amante, puesto que no dijo nada en su casa, se marchó sin advertir que se quedaría, tampoco comunicó su dirección ni su teléfono. Su familia tomaba el hecho con cierta grandeza de ánimo, demostrando una actitud indulgente ante la desesperación de Magi, pues no otra cosa debió impulsarla a largarse, a cortar de raíz con todo, a trasladarse a Cartagena con su hijo y sus anhelos. Fue algo que desconcertó a familiares y amigos. Aquella tarde en la u, en un ambiente de reencuentro y camaradería, lo comentábamos: la salida de escena de Magi. Rosa era una de sus amigas cercanas, compañera del pregrado y colega de docencia. No había nadie más indicado para ponernos al tanto de las audacias de Magi. Rosa, claro, otro viejo rostro de la carrera. ¿Qué se habrá hecho? ¿Cómo habrá salido de todo este desbarajuste que es la vida? En fin, aquella tarde también se dio cita Juan Fernando, que unas veces iba huraño y renuente, y otras se nos unía y compartía ideas con qué exaltación. Este fue uno de esos momentos expansivos de Juan Fernando. Nos contó que había renunciado a su trabajo en el colegio: "soporté solo dos meses". Lo vimos con la barba incipiente, una expresión madura, unos gestos más amigables, la calvicie precoz, el gran morral de cuero. Hoy lucía desenfadado. En el fondo, era un individuo cristalino, aunque muchas de sus teorías fueran confusas, demasiado soñadoras. En su cerebro había pensamientos de gran hombre. Se había propuesto realizar un notable aporte intelectual en el campo de la pedagogía. A mí todo eso me sonaba a aridez. Andaba casi aplastado por el enorme morral, donde seguramente cargaba sus libros, papeles y propuestas teóricas. Parecía un expedicionario, demasiado pagado de unas expectativas científicas que acaso solo condujeran al fracaso. Este no es un país para soñadores. Los galeones con tesoros están hundidos, y es muy arduo sacarlos a flote. Hoy me pregunto qué ha sido de Juan Fernando, si descolló en el terreno de la pedagogía, si hizo grandes adelantos en esta disciplina, si todo no se fue en agua de borrajas. Siempre me pareció más fértil la imaginación. Qué rollos. Un buen vaso de leche acompañó a los rollos con crema de arequipe aquella noche en Versalles. ¡Leche! ¿Cómo pude olvidarme de la leche? ¿No es la leche un manjar de los dioses? Era con lo que la diosa Juno se bañaba, si no estoy mal. Aquella noche en Versalles los tres bebimos leche, como lactantes, como terneritos. Habíamos salido de la u con deseos de beber una cerveza, pero elegimos un placer menos comprometedor, más sano, considerando que al día siguiente debíamos trabajar. Magi se ofreció a pagar la cuenta, y nos animó a no escatimar en gastos, porque tenía suficiente dinero. Estaba botada. Magi combinaba su cariz generoso con una locuacidad alegre. Estábamos contentos, desbordando entusiasmo. Hablábamos de libros, tema siempre deleitoso para fervientes amantes de la literatura como éramos los tres. También conversábamos, indefectiblemente en tono quejumbroso y sarcástico, de la desdicha de ser profesores, simples "obreros de la tiza", como decía Magi. Este último era un tema frecuente en nuestros diálogos, había adquirido una faceta morbosa, un acento masoquista. A veces nos preguntábamos si entre todos los egresados de nuestra generación existían docentes satisfechos, que traslucieran optimismo, que abordaran grandes proyectos de enseñanza. Claro, ahí estaba Juan Fernando. Pero el carácter de los colegios no iba a la par con sus sueños de innovador, y solo soportaba dos meses, luego tiraba la toalla. Jhony era uno que no deseaba emplearse de profesor mientras pudiera ganarse la vida de otro modo: prefería pintar, defenderse con la construcción. A la larga, terminaría en lo mismo, de "obrero de la tiza". Magi insistía en que algunos de nosotros estábamos destinados a labores más serenas y profundas, no a la brega cotidiana, al trabajo estúpido y degradante de las aulas de clase. Aquella noche (¿quién iba a pensar que se trataba de una despedida por parte de Magi?) nos enzarzábamos por enésima vez en tan amargas disquisiciones: lo laboral, la pésima remuneración, los sueños prostituidos.                   

jueves, 30 de marzo de 2023

Los condiscípulos (Magi. Cap. 19.)

Jhony le arregló el matrimonio a Magi, sin proponérselo. ¿Qué otras cosas arreglaba? Paredes desconchadas y, en general, todo lo relacionado con la construcción. En cierta forma, el amigo Jhony era versátil, porque también era un escritor excelente y un pintor ídem. Por otra parte, le gustaba montar bicicleta. Esa faceta de componedor de matrimonios la desconocían la mayoría de sus amigos, incluida Magi, que se lucró de ella. El rol de Jhony como maestro de obras lo conocía Marcos por información del propio Jhony, quien le dijo que lo había heredado de su padre y del que él, Jhony, se servía para las mejoras de su casa. Valiéndose de la amistad de Jhony, Marcos llevó un día a este al apartamento de sus padres, encargándole que resanara las paredes deterioradas, oficio que Jhony trajo a feliz término con el estuco, añadiendo una buena mano de pintura. Marcos le acompañó, orientando y supervisando la tarea, lo mismo que entreteniendo a su amigo con una desenfadada conversa. Era la primera vez que Jhony iba al apartamento de sus padres. Estos quedaron encantados con la sencillez de Jhony y el remozamiento de las paredes. De su aptitud para arreglar matrimonios, Jhony se enteró de manera imprevista una noche en que compartía un café con Magi y Marcos en Versalles. Estaban pasando un momento muy grato, el coloquio más amable  y divertido. Magi relataba las singularidades de la personalidad de Luis ("el poeta"); Marcos añadía detalles de cómo se había conocido con Luis y cómo resultaron siendo parientes. Jhony estaba algo impaciente por llevar la conversación al terreno libresco, para poder hablar de su ensayo sobre el Popol Vuh, con el que se había lucido en Literatura Prehispánica, con el profesor Óscar Castro, que le había puesto un cinco redondito, y que le publicaron con honores en el periódico La Facultad. Magi se burlaba de la concepción que Luis tenía del matrimonio y de las funciones hogareñas del hombre y la mujer, es decir, de cómo debían distribuirse estos roles. La mujer debía salir a deslomarse para traer el pan, y el hombre cocinaba y aprovechaba los ratos libres para escribir. Según Luis, ambos vivían satisfechos con este trato, algo como el New Deal de Roosevelt a la colombiana. Marcos hablaba de su padre y del aprecio que sentía por Luis, a quien conoció en la época en que este recién llegaba a Medellín, estando al tanto de las privaciones que le tocó vivir como estudiante y como arrimado a la casa de unos consangres. Siempre que Marcos le hablaba de Luis, su padre ratificaba la estima por este, recalcando las hambres que ese muchacho había pasado en una ciudad que le era extraña. Luis venía de Cartagena. A Jhony se le saltaba la ansiedad por meter baza con el tema que le cosquilleaba: su laureado ensayo del Popol Vuh. Pescó al vuelo la mención de Magi sobre los poemas de Luis. "Ah, sí, le publicaron los textos en La Facultad...", dijo, y dejó el asunto flotando en un aire de sobrentendidos. Entonces Marcos dijo: "Y tu ensayo del Popol Vuh... también lo publicaron allí". "Ah, sí..", dijo Jhony, fingiendo desinterés. Le hubiese valido más mostrarse interesado, no dejar pasar la oportunidad de ponderar las riquezas de su texto, la extensa bibliografía utilizada, en fin. Porque Magi aprovechó la distensión para preguntar a Marcos cómo le iba con el libro que le prestó. Jhony terció: "Ah, Los grandes misterios de la humanidad, ese que estaba leyendo Elina la vez que estuve en tu apartamento, Marcos..." "¿Cuál Elina?", dijo Magi. "La compañera de Marcos. Marcos vive con una mujer, ¿no sabías?" Así fue como Jhony compuso el matrimonio de Magi. Tras tan extrañas palabras, Magi se quedó mirando a Marcos, pidiendo, mudamente, una explicación. Al ver que Marcos no atinaba a desmentir las palabras de Jhony, cogió su morral y, enfurecida, pagó la cuenta y se marchó. ¡Pagó la cuenta! Es que ella era quien había invitado. Le había entrado un dinero (bien el sueldo del colegio, bien el premio en un concurso de cuento) y quiso expansionarse con sus amigos. El rostro de Jhony no alcanzaba a expresar sino estupefacción. Su gesto pasó de la liviandad a la tragedia. "Uy, hermano, como que la embarré". Magi no estimó necesario despedirse de Marcos. Al poco tiempo había vuelto con el marido, que celebró la reconciliación preñándola. Magi tenía una barriga de tres meses cuando se fueron a vivir, definitivamente, a Cartagena. Hoy Magi debe sentir inmensa gratitud por Jhony, quien la hizo apartarse de un ser tan egoísta como Marcos y volver con el padre de sus hijos. Marcos jamás le devolvió el libro Los grandes misterios. En una de las periódicas limpias de su biblioteca, como al descuido, lo empacó entre los volúmenes a echar a la basura. Trató de recrear por escrito, incontables veces, la anécdota de Versalles, y lo mejor que le quedaba era la indigestión de los rollos embutidos de arequipe que se hizo servir esa noche de prodigalidad de Magi. Se veían tan apetitosos esos rollos. Qué rollos. De regreso a casa, tuvo que correr al baño. Casi se hace en el camino.                   

lunes, 27 de marzo de 2023

Los condiscípulos (Magi. Cap.18.)

Creo que Jhony y Magi descubrieron mi propósito sonsacador cuando les pregunté si conocían a Loren. Por supuesto, sabían quién era Loren. "Una mística", dijo Jhony, conciso, algo reacio. Nostálgica, envuelta en una oleada de ensueño, Magi comentó: "Me parece linda. La primera vez que vi a Loren, la vi llorando. Lloraba con unas ganas. Yo acababa de hacer la asesoría y me fui a caminar por el Museo; entonces fue cuando vi a Loren llorando. Quise consolarla, pero mi alma estaba deprimida". Obtener información con maña, de manera artera, esto comencé a hacerlo en los días de la u, en este caso con Jhony y Magi, para recabar datos de Loren, según se deduce de lo anterior. Más tarde, egresado de la u, con la misma intención investigativa, empecé a preguntar por Arizmendy. Arizmendy fue más elusivo. Magi no debió conocerlo. ¿O tal vez sí? Arizmendy se fue temprano, acaso mostrándonos un camino a seguir. Se fue temprano, quizá por eso muy pocos lo recuerdan. Amaneció muerto en una calle de Bello, tras una semana de bohemia suicida. Jhony no lo recuerda. Tal vez Gildardo (que fue coetáneo de Arizmendy, del mismo pregrado y de la misma época) lo recuerde. En ese cuento de Gildardo (Mi cuerpo es una sombra en la penumbra) acaso haya algo de Arizmendy, algo de todos nosotros. Tal vez el cuento de Arizmendy (El sueño perdido) dialoga con el de Gildardo y con ese cuento que yo pugnaba por escribir en aquellos días en que ingresé al taller de Estévez. Historias de amor rotas por algún lado, haciendo agua como un bote mal calafateado: el muchacho que tras romper con su amada aguarda en vano una llamada telefónica, la muchacha que espera sin esperanza la visita de su novio tal vez atrapado en la borrasca de la violencia de la ciudad, el chico que despierta al erotismo y a la crudeza de la vida en un pueblo del suroeste. Un coloquio de historias. Y la imagen de Loren arrasada en lágrimas, llorando con ganas, según la expresión de Magi. Magi tenía que ser una gran escritora, igual que Luis. El lenguaje desenfadado y pletórico de los costeños hace buenos escritores. Por otro lado, el mar: el viejo contador de historias. Magi y Loren se parecían bastante, en la forma de ser. Eran mujeres dramáticas, poéticas, exaltadas, misteriosas. Más Loren. Jhony no tuvo dificultad para definirla como una mística. Loren, más que Arizmendy, era ese personaje que nos había rozado a todos y que, como este, nos dejó la impronta de una belleza trágica. Loren sobrevivió a Arizmendy once años. Fue asesinada por un estudiante cuando salía del colegio. Escribía poemas (nunca los conocí), y tenía una hermosa voz de locutora, algo más que esto, creo yo. Una voz de diosa. ¿No vio Griega con nosotros? Loren sabía que yo escribía y había leído mis poemas sin yo saberlo. Creo que fue Olga Regina quien le compartió mis textos. Vaya Dios a saber cómo se los agenció Olga Regina. Magi conocía mis cuentos, pero jamás me dijo nada elogioso sobre ellos. Hay gente así. Lo único que salió de ella, la vez que leyó mi agenda, fue ese categórico: "eres horrible". En el tiempo en que laboré en La Salle de Bello, la profesora de mecanografía tomó mi agenda sin permiso, la sorprendí leyendo, no lo tomé a la mala, la dejé que continuara. "Escribes muy lindo", dijo, y siguió leyendo. La miré hacer por unos instantes. Luego tomé mi agenda de sus manos con resolución. "Ya me voy", dije. Quedamos buenos amigos. Esa profesora tenía un nombre musical: Lorelei. ¿Qué habrá sido de ella? Me hubiese gustado leer los poemas de Loren. Era una mujer apasionada. Creo que Caliche conoció los poemas de Loren, como conoce los de Aída, que también escribe poemas y que es una mujer muy sensible. ¿Quién no escribía entre nosotros los de la carrera? Era una fiebre común. Éramos unos locos amantes de las palabras. Que Magi debía de ser una excelente escritora lo atestigua el retrato que hizo de Loren. "Me parece muy linda. La primera vez que vi a Loren, la vi llorando. Lloraba con ganas". Jhony se salió por la tangente: "una mística". Creo que fue la misma definición que Caliche me dio de Loren, años después: una mística. Tenía arrebatos de sacerdotisa, de vidente, según le entendí a Caliche, que fue su novio y que la escuchó referirse con ardor sobre el atardecer y otras cosas. Loren tenía que ser muy bella en esos primeros días de la u, sino Caliche no le hubiese echado el diente. Caliche iba tras las mujeres bonitas. Además de bella, Loren era misteriosa, como la que guarda un oráculo. Algo entre Medea y Circe, Calipso y Clitemnestra. Me imagino lo que hubiese pasado donde Magi tuviera el valor de acercarse y consolarla. Una mujer como Loren (en apariencia tan segura y altiva) llorando en el Museo, la imagen no puede ser más griega. Estoy casi seguro de que Loren estuvo allí entre nosotros (con Arizmendy, conmigo), con Hernán y su sophrosyne y su arete. Magi y Loren tal vez se hubiesen hecho amigas, peleado a los días, no hablar más en toda la vida.                       

viernes, 24 de marzo de 2023

Los condiscípulos (Magi. Cap. 17.)

Para continuar con Magi debo traer a escena al profesor de Latín: César. Qué nombre tan idóneo para un profesor de Latín. Cuántos Rubicones y cuántos Brutos enfrentaría a diario este hombre, catedrático universitario. La anécdota es esta: un domingo acabé por llevar a Magi a un partido de fútbol en el Sena de Calatrava. Resulta que yo creía que el juego era a las doce, pero estaba equivocado con la hora. Esperamos hasta las dos. Entramos a una cafetería a gastar tiempo. Tomamos fresco. Yo traduje un punto de los ejercicios de Latín. Mientras tanto, Magi leía mi agenda, sin comentarios, por el momento. Al fin no hubo cotejo. Recuerdo que me felicitaba por ir conociendo a Magi cada vez más, aunque no en el sentido bíblico. Es extraño: no había química. Eros no actuaba. Quizá jugábamos papeles cambiados, no sé. El director de la obra debió dar a otro tipo el libreto conveniente a Magi. Pero ese tipo romántico no aparecía por ningún lado. Estaba yo, y Magi tenía que darse cuenta de que el director la había burlado, de que este individuo absurdo que la invitaba a fútbol por la última era el personaje más horrible que pudiera existir. Y ese mismo día, ese domingo, tras leer mi agenda (yo consentí en prestársela), me espetó con su crudeza natural: "Eres horrible". Sin duda, no se refería a mis apuntes sobre las novelas que leía (Al este del Edén, la de turno) ni sobre las reflexiones con respecto a un tema académico (el lenguaje en Wittgestein, por ejemplo), tampoco a los nostálgicos textos sobre mi infancia, sino a mi forma de ser con la gente, especialmente con las mujeres. Qué cosa tan empeliculada eso de que una mujer leyera mi agenda de escritor con mi consentimiento (pero sobre todo porque ella insistió en que se la prestara), mientras yo, renegando por el partido de fútbol frustrado, todavía no renunciando del todo a este, esperando a ver si aparecían los equipos, mataba tiempo resolviendo la tarea de César, las declinaciones latinas. César, el gran general romano. Uno de los ídolos de Simón Bolívar. El otro era Napoleón. Si Magi llegó hasta Latín conmigo es que recorrimos juntos un gran trecho, porque nos habíamos conocido en Morfosintaxis, semestres atrás. Y aún no era el fin de lo nuestro. Si llegó hasta Latín conmigo, quiere decir, de algún modo, que ya éramos lenguas muertas, que aquello jamás funcionaría. Y fue así, jamás funcionó. Por más que Magi luchó, jamás funcionó. Acaso también yo luché, a mi modo. Quién sabe cuál de los dos era un paquete chileno, tal vez ambos. Ese domingo en que yo me ufanaba de ir conociendo más a Magi, ella me hablaba del padre de su hijo: "Un hombre al que amé más que a mí misma". A Magi le encantaban estas frases dramáticas, que en el fondo resultaban siendo frases de cajón. Lo que me contó de su ex me lo dijo con desgana, porque yo la sonsaqué. El tipo había sido integrante de la selección nacional de béisbol. Ella seguía siendo su amiga, pero ya no podía amarlo como antes. Yo creo que el problema empieza cuando uno ama a otro más que a sí mismo. Eso no es cuerdo. Ese es el fraude que nos hacemos a nosotros mismos. ¿Cómo puede ser esto posible? Es necesario establecer límites. Amar al otro solo hasta cierto punto. Esto no es ser un monstruo, ¿o sí? Y Magi seguía con sus clichés: "El amor murió, dejando en su remplazo una buena amistad". Por algo Bruto mata a César. Por esos asuntos insostenibles, por esas puras mentiras, por esas razones sin peso con que trabamos la vida. Un nudo de locura. Debimos ser claros, poner los puntos sobre las íes. De cualquier modo, Magi no fue la primera ni la última a quien traté con tanto desvío, como alguien que no ha estudiado la cartilla del amor. Es cuestión de juicio, creo yo. A César también lo juzgué con severidad. No es que Magi haya visto Latín conmigo, no. A estas alturas ya se había graduado, creo. Pero aún salíamos por ahí en este tiempo en que yo me hartaba de César y de los condiscípulos, esos viejos rostros de la carrera que ya me fastidiaban. También yo estaba a poco de recibir el cartón. Incluso validaría Semántica (la última materia, la única que me faltaba) para salir más rápido, para no permanecer allí otro semestre. No lo hubiese soportado. A la larga, acabaría por botar a la basura todos los documentos y textos del pregrado, incluido el Diccionario de Latín. Magi ya debía de estar en Cartagena cuando yo obré tal sacrilegio contra César. Es curioso, da qué pensar, que haya sido Semántica, la disciplina que estudia el significado (y, más exactamente, el sentido) la última materia que vi en la u. Es decir, que todo el tiempo que estuve en la u, todos esos años torpes y excéntricos, estuve desorientado, no me importó el sentido. Semántica, el último escollo. Estudié dos gruesos módulos (bibliografía del curso), amén de otros textos voluntarios, de propia iniciativa, para poder ganar el examen. Pasé raspado. El punto de la prueba que me dio el empujón fue el de "redacte un ensayo". Ese ensayo me salvó, siendo como la botadura del navío, la rampa que me sacó de la tierra árida del astillero de la u, para llevarme al ancho mar de navegar la propia vida. Ni tanto, querido. Luego vendría la sujeción a Papá Municipio. Veinticinco largos años. Pero era algo: la botadura. César era un tipo bastante maduro en años, pero inmaturo en cuanto a personalidad. Salía con unos chistes que no daban sino tristeza. La clase era a las seis de la tarde, en el bloque de Ingeniería, si no estoy mal. ¡Ingeniería! Allí había un acopio de documentos, claro. Una fotocopiadora donde los docentes dejaban los materiales que debíamos trabajar. Quizá César dejaba los suyos allí. ¿O fue en el bloque 5 donde vimos Latín? Sí, creo que fue en el bloque 5, donde años más tarde vería a la muchacha ciega del vestido rojo. Iba en los chistes flojos de César. Una tarde, antes de la sesión, alguien escribió en el tablero: " hoy mi alma quiere volar libre como el viento"; cuando César llegó al aula y vio el letrero, salió con esta chabacanería: "quién sabe qué traba se irán a pegar". Eran los alcances del tipo. Era alto, robusto, con calva prominente. Calva que la luz de las lámparas fluorescentes abrillantaba en mayor grado. Traía gafas. Usaba camisetas ceñidas, porque amaba exhibir su elevada robustez. A veces lo veía trotando en la Circunvalar. Pagado de sí mismo, eso es lo que era. ¿Quién no? Yo no andaba de buen genio en esa clase, me aislaba. Gladis Esther, que había visto un sinfín de materias conmigo (y Morfosintaxis con Magi y conmigo), me llamaba a su grupito de trabajo al verme tan renegado, pero yo me negaba, quería estar solo, así no tuviese el documento. Me sentía jodido, maluco. Rechazaba igualmente al joven primíparo que me exhortaba a unírmele para trabajar con su texto. ¿Entonces a qué había ido yo a esa clase? ¿No era estúpido? Y sin embargo, no me sentía abatido, solo rebelado, solo como uno que abjura ya de todo.                        

jueves, 23 de marzo de 2023

Los condiscípulos (Magi. Cap. 16.)

No recuerdo quién era Sergio, ese amigo de Magi que trabajaba en un banco del centro. Debía de ser un condiscípulo de la u, quizá el que más tarde fue mi colega en Comfenalco. Magi decía de él: “tiene un tremendo potencial sacerdotal”, tal vez aludiendo a que debió estudiar teología, en vez de Español y Literatura. Una tarde de aquellas acompañé a Magi al centro a reclamar un giro en el banco donde trabajaba Sergio. El papá de Magi le envió el giro desde Riohacha. Yo miraba a Magi, su rechoncha figurita deslucida, su cutis graso, sus pronunciados rasgos de mulata, su ropa llevada sin elegancia. Magi se complacía contándome sus apuros económicos. Su voz era alegre, sonora y cantarina como los acordes de un píccolo. Me abordó en las afueras de la u. Me ofrecí a acompañarla a su diligencia. Nos abrimos paso entre el tráfago del centro: el tumulto de las tres de la tarde. Apunté su teléfono. Iba a su lado como un acompañante desanimado, seco. Magi hablaba y hablaba. Imposible que no tratara el tema de la leche de su hijo. La llevé hasta el paradero del bus. Puso el pie en el estribo diciéndome: “llámame”. Y la tarde con su sol de brasa vibró con el son de su voz. El bus se la llevó. Su cabeza estaría llena de ideas confusas. Acaso pensara que estaba enamorada de mí. Yo, a mi vez, pensé que era lo suficientemente maduro como para manejar los asuntos sentimentales. No amaba a Magi.

Sí, ese Sergio amigo de Magi debía de ser el profesor de español de Comfenalco, el obeso que, junto con William, bebía bastante, y que una noche fuimos de juerga por el centro y por la 70. Primero estuvimos en un sótano de Colombia entre Junín y Palacé. Luego, ebrios, tomamos un taxi para la 70. Tengo un apunte sobre Sergio y una alumna, Zoraida. Sergio la acusaba de tener una mentalidad propia de “guisa”. Era enferma urdiendo cuentos de amantes y líos pasionales, y siempre lo buscaba a él para contárselos. Zoraida tenía una fluidez verbal impresionante. Hablaba por cada poro. Era tan fantasiosa que le inventó un enredo a Sergio: dizque este la deseaba y le había hecho propuestas deshonrosas. Sergio se reía, despreciativo, de Zoraida y sus historias. De veras que, como apuntaba Magi, la sonrisa de Sergio sí tenía un dejo sacerdotal, de cura dulzón. “Primero me lo corto”, sentenció. Sergio siguió mofándose, con veneno, de Zoraida, que era una alumna elevada en clase. Ocupaba un rincón del aula al lado de la ventana y se la pasaba mirando para la calle (Colombia con Cúcuta), como si su novio trabajara en uno de los negocios del frente: uno de los que plastificaba documentos o de los que vendía guanábana.   

Esas cosas que contaba Sergio eran similares a las que narraba Magi. Cosas matizadas de imprudencia y de cotilleo. Ese “primero me lo corto” tan llano era parecido a las expresiones crudas de Magi: “tengo una malparidez”.  Quién sabe si cuando coincidimos en Comfenalco hablamos alguna vez de Magi. No recuerdo, no tengo ningún apunte al respecto. Magi ya se había marchado a la costa, cerrando círculos con Medellín. ¿Habría regresado alguna vez? Su madre vivía en Belén. ¿Qué habría sido de su hermano Diego? Tampoco volví a ver a Sergio en todos estos años. 

 


jueves, 16 de marzo de 2023

Los condiscípulos (Magi. Cap. 15.)

La única vez que estuve cerca del marido de Magi (creo que hasta cambié unas palabras con él), fue un viernes en la noche, en la u, durante una parranda que hubo en la explanada frente al bloque administrativo. Magi era de armas tomar. Con la idea de acrecer sus ingresos con una renta casual, instaló un puestecito y vendió aguardiente en un improvisado expendio entre la multitud aglomerada. El marido la acompañaba, era su socio, había invertido en el asunto. Todavía eran estudiantes. Vivían separados, pero se unían en situaciones como esta, con el fin de echar para adelante. Pasaban por buenos amigos. Al parecer el tipo no tenía cómo hacerse cargo de los gastos del hijo (cursaba séptimo semestre de ingeniería), y Magi debía meter el hombro, proveer la leche, corriendo el riesgo de pasar por mantenida en su casa. Recuerdo que esa noche me comporté de manera inusual. La pegajosa música de la tarima y la fatiga de las clases actuaron en tándem sobre mi endeble voluntad y arrasaron con los diques de mi contención: bebí aguardiente. Me hallaba en compañía de otra gente, compañeros con quienes acababa de salir de clase. Magi se ocupaba de su negocio, recorría el festejo ofreciendo guaro, y siempre encontraba la ocasión de saludarme y hablar. Recuerdo que conocí a una muchacha llamada Gloria Astrid, de ingeniería, y que bailé con ella. Era una morena bajita, muy cariñosa, con una sonrisa fácil, de dientes encaramados. Me contó su vida en dos minutos y luego me dejó el número de su trabajo y el de su casa, lo mismo que la promesa de vernos el domingo. Mi vida es una historia de citas fallidas. Gloria Astrid escurrió el bulto, sacó una excusa, no cumplió. Y yo que ya sentía de nuevo la fiebre del amor, la zozobra por la ausencia de otro ser. Sentí que otra experiencia vital se acercaba, y anhelé vivirla. Recuerdo que la víspera de la cita estuve paseando con mi amigo Rubén por el parque de Bello. Este me invitó a arepa de chócolo y pagó el pasaje en la buseta. Andaba tan entusiasmado con Gloria Astrid que hice otra cosa inusual: le conté a mi amigo de ella y de la cita al día siguiente. Una cosa que me caracteriza es ser reservado con mis amoríos. En esos días había roto con otra muchacha, una que estudiaba ingeniería en la Eafit y a la que no supe querer. Me inquietaba comenzar de nuevo con el ritual del romance, vivir otra vez las angustias, el aferrarse. Pero a la cita con Gloria Astrid iba, por supuesto que iba, lanzado de cabeza, como desde un trampolín. Esa noche de la parranda en la u fue de Gloria Astrid. Yo estaba tan contento que charlaba con todo el mundo. Saludé a personas a las que no podía tomar precisamente por amigos. Me amisté con un joven rapado de nombre Gonzalo. Acompañé por unos instantes a Magi y el marido en su negocio. Bailé con Esther Gladis, una de las compañeras de literatura. Corrí a orinar presa de un henchimiento infantil. Recuerdo que iba pensando: "el amor me hará valiente, hermoso, desenfadado". Era muy extraño ese desborde. Porque había ocasiones en que el solo hecho de existir, de poseer un cuerpo y una mente, me llenaba de un terror sin límites. Y allí estaba Gloria Astrid, y mi carcaj repleto de versos. Y allí estaba Magi, vista bajo otra luz, como si una súbita lumbrarada transformara ese ser sin realce, anodino, en una cosa magna. Me pareció hermosa su forma de ser. Una mujer berraca, sin estúpidas afectaciones, de una sencillez adorable. Una mujer sin pudores tontos, ansiosa de mejorar su pecunio. Y como si fuera poco, amante de Neruda y Benedetti. Si bien es cierto que tomé a contrapelo su faceta mercantilista, de usurera, de judía, no dejaba de maravillarme con su cariz emprendedor. Tenía que salir adelante. Ya estaba terminando la carrera. Ya empezaba a trabajar en colegios privados. Al irse de Medellín, decepcionada quizás de tantas cosas, cogió el toro por los cuernos y salvó su matrimonio. En Cartagena comenzó otra vida. Mientras, yo seguía  dando tumbos en esta cubeta andina, yendo de un lado a otro, entre aventuras intrascendentes y trasnocho y licor, con una infame lista de teléfonos de mujeres a las que llamar cuando el apremio me aupaba, con las que cuadraba encuentros que nunca se daban (algunas ni siquiera contestaban), al estilo de Holden Cualfield en su cagada New York y su excelso jazz. A la postre, aquella parranda me dejó el guayabo de Gloria Astrid. Nada más. ¿Qué era eso? ¿Qué era eso? ¿Quién era esa mujer situada detrás de todas nuestras inquietudes? ¿Cómo enredarla en el ovillo de nuestros deseos inconfesados? Magi había sido más astuta. Me había ganado la partida. Aún así yo creía poder vivir la vida que llevaba dentro, no dejarla prisionera día a día en la cárcel de las limitaciones de todo tipo. Dar un salto, rebotar sobre un trampolín, salir disparado en cualquier sentido. Ah, capturar y vitalizar ese mundo que se lleva dentro.                         

martes, 14 de marzo de 2023

Los condiscípulos (Magi. Cap. 14.)

Al comienzo Magi me pareció encantadora. Con su lápiz había marcado un chulito en los números del índice que correspondían a los poemas que más le gustaban para que yo los leyera antes que ninguno. Era Inventarios, de Benedetti. Sentí que en mi interior se encendía una bombilla. Era la primera vez que conversábamos, y ella retomó de mis manos el libro de poemas de Benedetti, examinó el índice, se fijó en las páginas donde aparecía este o aquel texto y, tras localizarlo, empezó a leer. La escuché queriendo robar a su voz alguna flor. Ella siguió leyendo, dueña de un entusiasmo que envidié. Me hubiera quedado escuchándola hasta la muerte, porque ella me miraba a los ojos con esa mirada de fronda estremecida. "Me gustan los poemas, no los poetas", dijo. No sé por qué me desencanté. Pero luego volví a sucumbir a su sortilegio, porque de nuevo estaba leyendo con esa voz que yo solo oía, esa voz que solo era para mí. Teníamos urgencia por conocernos. En dos minutos, ella me contó que tenía un niño de un año, enfermito, al que dedicaba casi todo su tiempo; que vivía con sus padres y hermanas, y que a su progenitor, que era un sujeto romántico, le fascinaba la poesía; que era la menor de doce hijas; que necesitaba trabajar cuanto antes, pues no se sentía cómoda en su casa donde, además de mantenerla a ella, mantenían a su hijo. Ella quiso saber mi edad, y yo le respondí rebajándome dos años. Luego, ella me dijo: "adivina cuántos años tengo". Y yo, otra vez restando dos años a mis cálculos, dije: "dieciocho". Ella rompió en risas, lo que significaba que tenía más años. El asunto quedó ahí. Ella me encareció que leyera lo más pronto posible a Benedetti, a quien amaba "con loca pasión". Me prestó el libro. Que Magi fue una amistad cierta, una compañera de tardes relajadas, cuando, después del trabajo en el colegio, nos encontrábamos en la u para conversar, cómo dudarlo. En ocasiones, también nos entrevistábamos allí en las mañanas. Hubo días espléndidos, en que uno sentía ensanchada el alma por el fulgor del aire. El sol instalaba su feria de luces, su espectáculo de gala, sus duchas de oro. Uno se llegaba a la u para verse con Magi. En el césped blanqueaban las resecas y encogidas hojas de balso. En el espacio ante nuestra vista, los árboles entreveraban sus ramajes. Maína sabía de un nogal por la floresta del bloque 11. Había dos pupitres volcados contra un muro. Se escuchaba el canto vivaz de los pájaros, sus arpegios veloces. En los cristales de las ventanas de Derecho se reflejaban tonalidades de verde, una mancha cárdena, un carro azul que cruzaba. Había regueros de luz dorada entre la sombra del prado. El sol irradiaba e irisaba las ramas. Por el cedazo de las frondas una claridad llameante se deslizaba. Los ruidos y las voces llegaban atenuados por el recogimiento del día. Dos individuos pasaban por nuestro lado, uno de ellos mencionaba la palabra "cafeína", envolviéndola en un ropaje de cosa nociva. Cómo se había despojado el balso de sus hojas. Pero las había remplazado por una lozanía primorosa. Uno miraba los despojos, las hojas quemadas, los sueños marchitos, los mundos extintos. Y, no obstante, sentíamos un mensaje sutil, una rara belleza en las hojas mustias dispersas en el césped, circuyendo el tronco del árbol que las mudó. Nada se comparaba con los jirones de sol que rompían la techumbre del follaje para tenderse en la hierba y amarillear la sombra. El viento vendría a remover ese hojerío del césped. No le pedíamos sino que fuera delicado. Que no nos excluyera de una placentera música al arrancarle susurros a las hojas. Era la época de vacaciones, y la u se sentía sabrosa así. Sabroso saber que Magi vendría con su locuacidad y sus muletillas, con su sustancia y su sonrisa. Sabroso estar leyendo a Antonio Machado. Sabroso vivir y que la muchacha que se sienta a la mesa contigua nos haya tomado por Byron, uno de sus compañeros de Derecho. Éramos igualitos. Me presento, le digo que estudio Literatura (ella me lo ha preguntado), y que si no hay problema en que me diga su nombre. "No, no hay problema: me llamo Gloria". Nubecillas deliciosas hermoseaban el cielo este día, desde el amanecer. Eran tan livianas, tan blancas, tan adornadas. Uno pensaba en las cosas que languidecían con ese inefable destello de las cosas moribundas; casi terminaba la u. Un gallinazo cruzaba el espacio con su vuelo armonioso. Veíamos el negro y perfecto trazo de su silueta. Recuerdo que en la buseta abrí la ventanilla para que se disipara ese fuerte olor a gente acicalada y odorizada. El aire, viejo compinche, entró a raudales con la frescura necesaria, removiendo el pelo canoso de la señora de adelante. Esas nubes ligeras. La levedad de todo lo bello. Ese gallinazo. Hermoso, fraterno buitre: surcaba el espacio con una serenidad majestuosa. La ciudad definía sus contornos en medio de la niebla (aún no salía el sol). Medellín, apretado y ladrillesco, con unos cuantos edificios prominentes y un cerco de ceñudas montañas. Medellín, parvo, provinciano, modesta villa donde también el hombre, como en todas partes, se había organizado según el mandato del capital. Esas ligeras nubes. Y uno pensaba a Antonio Machado (y Magi estaba por allí) como esa arena de los caminos que deja vagar su sombra en las soledades; el alma del poeta es toda errancia; es cruel el laberinto donde su ser tropieza. Campos de España, para el fraterno Antonio separa frutos sanos, viñas de amor dulce y de jugoso encanto. Antonio Machado, sigue andando, porque la andanza es tu destino. Porque tu verso es un canto peregrino.                          

jueves, 9 de marzo de 2023

Los condiscípulos (Magi. Cap. 13.)

Debo analizar mi comportamiento con Magi. Me pregunto por qué solía ser frío y repelente con una mujer tan amable y servicial como era ella. Era demasiado atenta. Me colaboraba pasando a máquina mis cuentos, me sacaba de apuros económicos, tomaba como suyas mis angustias y se proponía resolverlas con el mejor ánimo. Recuerdo que una tarde en que caminábamos tomó mi mano, y yo la sentí tan urgida de cariño. Pero en mí no se originó una respuesta acorde a su sentimiento. Esta fue nuestra tragedia. Magi. A veces escribía su nombre en mi cuaderno como señal de que había estado conmigo ese día, como miembro del reparto de esa mi jornada en la universidad: "Magi". Solía aparecer en mis anotaciones en compañía de otros amigos de ocasión. Constato que estuvo muchos días en mi vida. Que la simpatía y el ansia trenzaron lo innominado a lo largo de días, semanas, meses, años. Quizás Magi también era complicada. O era de malas en el amor, no sé. Dejada con este y con aquel. No tomada en serio por otros por quienes se derretía. A veces sentía que no era muy caballeroso con ella, y esto me dolía. Al final, acababa triste, regañándome por ser mala leche. Magi sentía una rara delectación en la conciencia de tener una piel un poco oscura. Era una costeña, una morena clara. Yo era muy retraído, y hasta llegaba a ser despectivo con las mujeres. Amitié, que en esa época me tachaba de ser muy seco, explica el temperamento callado y evasivo de los negros (ella le llama "lo afro"): "Tal vez es asunto de lo afro. Alguien muy cercano a mí es afro. Me da la impresión de que en un medio mayoritariamente blanco, se vuelve parco, cauto. Tal vez es eso". Me pregunto qué tan acomplejado vivía por mi color. Quizás esas razones expuestas por Amitié (en las que se disfrazaba mi timidez) me hacían ser un individuo amargado, punzante, hiriente. También es que yo era un tipo muy raro, que se iba muy tranquilo con las putas, pero que pasaba trabajo con las chicas decentes. Algunas mujeres que se mostraban delicadas y afectuosas conmigo, se estrellaban con un ser enigmático, grosero, repugnante. Paradójicamente, en estos atributos (o defectos) sustentaba yo toda posibilidad de ser amado. Una vez estábamos viendo una película y yo manifesté el deseo de que terminara rápido y así poder irme a casa, lo cual no fue muy gentil con Magi. La chica se sintió mal. Me deleité en el malestar de ella, pues había pronunciado esas palabras con dicho fin. Pero en seguida me arrepentí de tamaña descortesía. Había ido muy lejos. ¿Qué era eso de herir a cualquier mujer que sintiera un sano afecto por mí? Era una actitud pueril. Porque no fue Magi quien invitó a cine, sino todo lo contrario. Y ahora era ostensible su incomodidad a mi lado, y sus palabras se tornaron ásperas. Magi no era una reina de belleza. Era el tipo de mujer que compensa la ausencia de hermosura física con una desbordante gracia espiritual. En este sentido, Magi era una chica simpática, una personalidad vivaz, afable, jovial. Pero estas cualidades no bastaban para que mi desazón se desvaneciera. Es que, al hallarme con una mujer, ¿sentía eso que explicaba Amitié, esa presión racial? ¿Era por esto que a veces me volvía un ogro? A todo lugar que fuese no dejaba de faltar el chiste racista. Hasta los profesores se tomaban esas libertades en las clases. ¿Hasta qué punto me incomodaba esto? También podía ser cierto que solo me atrajeran las mujerzuelas, a las que es lícito, casi obligatorio, hablar en términos escuetos, hacer cualquier propuesta indecente. Magi era una muchacha de su casa, como dicen, ufanos, los padres. Era una madre soltera, pero esto no significaba nada. Me sentía confuso ante ella. A una prostituta le hablaba sin ambages, iba al grano, pero ¿a Magi? Sospechaba, no obstante, que con ella una relación sexual habría sido más fácil, más agradable, más emocionante que con cualquier ramera. El caso es que mi lascivia se desactivaba ante la Magi amigable, fruto de una moral correcta, de unos ideales sencillos, sobriamente ataviada. Una Magi que proclamaba su satisfacción de ser negra. Qué enredo la vida, definitivamente. Espero que todo aquello me sirviera para madurar un montón de cosas, para sacarme las cucarachas de la cabeza. Sea como fuere, yo era un ser contradictorio, tal vez carne de psiquiatra. Una vez vi a una muchacha negra desplazándose por la soleada explanada frente a la biblioteca. Caminaba sin prisa, con cadenciosos pasos, el bolso a la espalda y una pañoleta en la cabeza. Cabello pasudo, mucho. Atuendo sin lujo, mas pulcro. Tenis negros. Un chicle del mismo color de los tenis y una blusa coloreada rimando con el cromatismo de la pañoleta. Un rostro basto, mulato. Un estremecimiento espiritual y una sacudida carnal me dominaron. La seguí con la mirada hasta perderse de vista por el lado del coliseo. Qué lozanía. Qué abundancia de árboles en danza. Pensé: "esta muchacha podría desencadenarme de esta estúpida rutina, de estos días sucesivos sin choques ni accidentes, de esta plácida marea mortal". Cosas que el magín elabora en el confort del ocio. Pensé: "callejear un amor mulato al lado de esta chica, ir gozoso, engreído, tomado del brazo de esta negra. Efluvios, torrentes, cataratas de ternura y comprensión para ella". En otra página, pero en el mismo escenario, estaba Magi. Me preguntaba si mi experiencia en el garito no me hacía ser como un jugador que, a pesar de que el mundo se derrumba, sostiene ante sí las cartas, sopesa la importancia de cada una y luego la da o la guarda. Magi aparecería en cualquier momento, tenía ya quince minutos de retraso. Surgiría, con seguridad, a mi espalda y, si no estaba alerta, me sorprendería con su picardía de taparme los ojos con las manos. Así que permanecía vigilante. Casi me aterraba la idea de que Magi me sorprendiera y viniera con su juego. La verdad es que no me alegraba mucho la idea de verla. Sin embargo, ¿era digno de un caballero incumplir la cita con una chica que se ha tomado innecesarias molestias por él? No, no era digno. A pesar del fastidio que sentía, un sentimiento de gratitud me obligaba a esperarla. La noche anterior Magi había estado maravillosa. Le conté mis preocupaciones y ella las hizo suyas, barajando en seguida un mazo de soluciones. Quedamos de vernos en la u, temprano. Ahora yo seguía esperándola. Ya no estaba tan patético como la víspera. Examinaba el comportamiento de Magi y no lo encontraba tan sublime. Al fin se presentó, casi con media hora de retraso. Un segundo antes de que me tapara los ojos, volví el rostro y ella no se atrevió. "¿Estás histérico?", dijo, sentándose a mi lado. Yo ocupaba una mesa de estudio en el andén de la biblioteca central. "No, ¿Por qué?" "Porque tardé mucho". "Me entretuve leyendo". Vino el molesto ceremonial de dar información sobre el libro leído, las bondades o defectos del autor, los comentarios petulantes o de afectada modestia, en fin, la farsa en la que todos pasamos por intelectuales. Luego, Magi dijo: "¿Me acompañas al bloque 9? Tengo que ver la nota de Práctica I". La acompañé, deliberadamente frío, desganado, apático. La siguiente media hora resultó penosa. Execré de esa idealización del universitario por el cinco y el promedio sobresaliente, particularidad de la cual, lastimosamente, adolecía Magi. Mas era injusto, pues yo no era distinto en ese sentido. Más tarde, juntos en la cafetería de Ciencias Naturales, supe lo perniciosas que son para el espíritu las pláticas frívolas.                  

martes, 7 de marzo de 2023

Los condiscípulos (Magi. Cap. 12.)

Dos de la madrugada. El desvelo, la incapacidad de obtener una postura cómoda para el descanso, me obligan a abandonar la cama, salir de la habitación, bajar a la primera planta, encender la luz, exponiéndome a padecer los reproches que la posible alteración del sueño de los demás me impulse  a hacerme. El caso es que dejé el lecho donde Magi, la amable anfitriona, nos acomodó a Jhony y yo. Las últimas noches he tenido el pulso agitado, lo que me inclina al insomnio. Esta no fue la excepción. Confieso que la cama, más que un lugar placentero, era una especie de martirio. Existía una suerte de escrúpulo al dormir compartiendo el espacio con otro individuo, dividiendo el lecho en dos secciones físicas y mentales, evitando tocar el cuerpo del compañero, escuchando su resuello, sus movenciones, acaso, también, su desvelo. Todo esto me impulsó a cambiar de estado y lugar (la idea es escribir un rato). Es un modo de llevar el cuerpo hasta el límite, de cargarlo de trabajo para que se agobie y agote su resistencia, tras lo cual el sueño será más expedito. Espero no haber trastornado el reposo de los que dormían en torno a mí. Hablo de Jhony, de Magi y su niño, y de la inquilina de Magi. Estoy en el recibidor de mi amiga, que podemos describir como un salón escueto, desprovisto del moblaje tradicional, donde tres guacales en madera basta, con encarnados cojines encima, suplen la ausencia de sillones. En un rinconcito descansa una estantería pequeña, hecha con ladrillos y tablones, un conjunto humilde, tosco. La pared opuesta a la de la ventana que da a la calle, está prácticamente tapizada con hojas de diverso tamaño, color y material, donde Juan Manuel, el hijito de Magi, dibuja y colorea toda suerte de cosas: casas, aviones, caballos, perros, helicópteros, peces. Cada hoja muestra un número plural del objeto o animal escogido. Por ejemplo, en la hoja de los perros pintó diez de estos, dos columnas de cinco, el de atrás mirando la cola del de adelante. Este es un espacio que denota una vida con un estilo provisional. Hablo de la sala, donde la estantería, según Magi, obedece a la necesidad de tener a la mano los libros que más emplea en su labor de profesora de secundaria. El resto de su biblioteca permanece embalada en cajas, o en la casa de su madre, en Medellín. El triciclo de Juan Manuel permanece debajo de la escalera. Esta nace cerca de los anaqueles y sube, estrecha, quebrada, hacia el segundo piso. La tos del niño de Magi parece alternar con el canto del gallo y los chiflidos del sereno (ahora se les incorpora una trasnochada y vaga música de añoranza proveniente de la calle), en una especie de coro disonante. El niño tose mucho. Me hace acordar de mi hermanito, que sufre molestias por la asfixia. Estoy sentado en un cojín, idéntico a los que hay sobre los guacales. Mi espalda se recuesta en la pared. Una manta gruesa envuelve mis piernas. Ahora es una melodía romántica, más perceptible, con sabor a idilio o desengaño, la que llega desde fuera, donde imagino a los serenos como sombras delgadas, lustrosas, sin sueño. En mi piel, una especie de ardor gélido, como respiración de nevera. Es la noche; es Rionegro, donde vive y trabaja Magi. Con Jhony, antes de acostarnos, hemos jugado cartas. Magi ha fumado un cigarrillo. Ahora, el paquete blanco y azul y el encendedor rojo yacen sobre un taburete. Hemos comido crispetas hechas por Jhony quien, antes de esto, intentó tostar maní, con pésimos y carbonizados logros. Después de jugar cartas, Jhony nos mostró sus ejercicios de pintura al pastel (cuatro o cinco), realizados en un cuaderno de rústicas y gruesas hojas, al parecer de encuadernación casera. Luego, como último punto de la velada, leímos un cuento de un profesor de la u. Yo lo leí en voz alta. Aquí en esta sala, sentado en un cojín rojo, las piernas envueltas en una manta, la espalda contra la pared, a las dos de la madrugada, observo la hoja donde el niño de Magi advierte: "prohibida la entrada a quien no sepa dibujar caballos". Y me sorprendo pensando en la animadversión que el marido de Magi siente por mí. Algo extraño a todas vistas y, para mí, inmotivado, puesto que nunca he cambiado una palabra con él, y tampoco tengo la intención de quedarme con su mujer, de la que, entre otras cosas, anda separado. Al regresar a Medellín, me digo: "de nuevo en la cuenca, en la olla", al ver el bus de Rionegro fundirse en el entrevero de vehículos de la autopista, sintiendo de nuevo la opresión de la urbe ruidosa y chocante. Tras pernoctar y transcurrir las primeras horas en Rionegro, bajo un aire más ancho y un signo más calmo, volver al caos de la ciudad significa un trauma. Pasamos unas horas en la alta meseta, en las cumbres montañosas, en esa especie de paz. Descender es reencontrarse con un absurdo y repelente modo de de vida que uno asimila mal que le pese. Para hacer más enfática la sensación de brusquedad y desamparo de la urbe, Jhony, mi compañero de viaje, es detenido por la policía cuando baja del bus frente a la u. Le piden que abra la mochila azul que porta, para ver su contenido. Mi amigo hace un leve ademán de repulsa, indicando que estudia allí (señala con un gesto de la cabeza). El policía insiste en requisarlo y Jhony abre su gastada mochila de lana, donde habrán de encontrar una revista deteriorada, un libro de Andrés Caicedo, una chaqueta y un cuaderno de dibujos al pastel. En el rostro de Jhony hay una mueca desinteresada, irónica, cuando el policía revisa la mochila. Su cara es ancha, de aguda nariz, con bigotito  Tiene un aspecto sin realce, algo descuidado. Cojea. La cojera de Jhony se debe a que tiene una pierna un tris más corta que la otra. Nunca he osado preguntarle, pero creo que esta es la razón. Una vez Jhony traspasa la portería y se adentra en la explanada, piensa con orgullo que esa plazoleta larga que va a rematar a la biblioteca central lleva su apellido, en honor a un estudiante de economía sacrificado en las luchas estudiantiles de años atrás (1973): Luis Fernando Barrientos Rodríguez, asesinado por un agente del DAS, de civil.                    

domingo, 5 de marzo de 2023

Los condiscípulos (Magi. Cap. 11.)

El hombrón se acogió a la sombra del almendro. Permaneció de pie. Sacó un cigarrillo, lo encendió. Lo vi dar profundas fumadas y placenteras chupadas. Fumaba tranquilamente. Me pregunté cuál sería su vida, qué lo llevaba al parque, si era un ser solitario. Tenía buena presencia, ropa limpia, ordenado aspecto. Mostraba cierta ingenuidad en sus actos, esa torpeza que caracteriza a los grandullones. Noté que conversaba con los niños y saludaba a las señoras que pasaban. Seguramente vivía en ese cómodo complejo residencial, del que el parque con su grato césped y sus árboles umbríos constituía la zona de recreo. Me conmovió cuando se sonrió con el bebé que pasó en brazos de una mujer, al tiempo que le decía adiós con la mano. Permanecía bajo la sombra del almendro, chupando el cigarro con lentitud y fruición, una mano en el bolsillo del pantalón. Hacía poco se había acercado a nosotros, poniéndole conversación a Luis Carlos, riéndose de las payasadas que este realizaba. Le tiré el balón, invitándolo  así a que se uniera a nuestro juego. Se mostró cohibido, reacio, por lo que no volví a lanzárselo. Varias veces pateó la pelota, pero con desgana, acaso por no parecer descortés. Los dos chicos que jugaban conmigo y con Luis Carlos (el muchacho con síndrome de Down) le hablaban con brusqueza, sin respeto, como si no fuera una persona mayor. Pensé que no era la primera vez que lo trataban con esa grosería, que ese trato era el fruto de una larga costumbre. Me dolió por el jayán. Quizás era uno de esos tipos con problemas mentales, algo bobalicones, hijos de buena familia. Antes de que Magi y yo nos marcháramos, nos dirigió varias miradas, como analizándonos. Ese hombrón me produjo una vaga nostalgia, quizás porque era un ingrediente más de la fugitiva belleza vespertina, al igual que los islotes de fulgor que en el césped formaban los rayos solares al filtrarse por las ramas de los árboles. Dos jóvenes (hombre y mujer) practicaban karate. Desperdigados en el amplio verdor del prado, los novios se sentaban o se tendían a charlar o a besarse. Una pareja de ancianos pasó llevando a un perro de una cadena. Una mujer se asomaba insistentemente al balcón de uno de los apartamentos vecinos. Luis Carlos era un jovencito simpático, lleno de energía, de risa, de bromas. Era el dueño del balón. Me hizo acordar de Marcela, la muchacha con síndrome de Down que conocí una mañana en una de las piscinas de la Liga de Natación, sede Unidad Deportiva de Belén. El grupo era heterogéneo. Había chicos, jóvenes, adultos. La disparidad del conjunto se extendía a la estatura y a los distintos grados de la sintomatología física del síndrome. Salvo una o dos excepciones, todos los rostros mostraban el aspecto característico, el aire delator. Vestían camisas amarillas (de un tono subido, con el nombre de la institución a un lado del pecho) y pantalonetas negras: completamente uniformados. Era la ropa deportiva, el atuendo de los viernes, el día fijado para traerlos a la Unidad Deportiva a que disfrutaran de una mañana de recreación. De la cancha de basquet habían pasado a la piscina. Solo la tercera parte del grupo se bañó. Mientras los bañistas retozaban en la piscina, los demás se reunieron bajo el cobertizo que había junto a la administración. Una se aisló, aburrida, en un extremo del andén. Era obesa, de pelo negrísimo, muy corto. Tenía una expresión lerda. No le faltaban motivos para estar triste. Al cruzar la zona de duchas estas, que habían permanecido cegadas, se abrieron y la empaparon. Ella, que fue de las últimas en entrar, rezagada del resto de sus compañeros, se apresuró a salir de esa lluvia repentina, lanzando grititos. Los que se percataron del incidente, lo celebraron con risas benévolas. La propia afectada localizó la llave en el muro aledaño y cerró las duchas. Al parecer un chico travieso le había gastado esa broma. Tenían cuatro tutores, tres mujeres y un hombre. Entre las primeras había una jovencita, menuda, trigueña. Las dos restantes sobrepujaban los treinta y tenían cara de ser rígidas. Blanca y rubia una, canelita la otra. Esta última anotaba algo en una planilla, de pie, en un canto de la piscina. El hombre era joven, robusto, de voz pastosa, que no vacilaba en cobrar acentos autoritarios. Bajo el tejadillo, el rebaño exhibía una faz dócil, tratable. Solo un muchacho se había apartado un poco, con gesto lloroso y angustiado. Lloraba, refunfuñaba quedito. Tenía las piernas recogidas, abiertas; sedente, la espalda contra el muro, apoyaba un codo en una rodilla, descansando la frente sobre la mano cerrada. El otro brazo reposaba, tendido, flojo, sobre la otra rodilla. Usaba gafas de cristales gruesos. Izaba la vista al cielo, de vez en vez, desesperado, rabioso, para rezongar luego. También manifestaba su enojo rebulléndose en su sitio, o golpeando la rodilla con el codo. Lloraba porque deseaba bañarse en la piscina. Esto era imposible: su madre no le había dado el dinero para tal efecto. Los bañistas no podían estar más felices. No nadaban bien, es decir, con técnica, pero derrochaban gran alegría. Sus rostros mongoloides presentaban un aspecto curioso allí en el agua cristalina. Parecían las caras de extraños peces juguetones. Delfines, por ejemplo. Marcela tenía trece años, vestido de baño de una pieza, gorro de idéntico color que el traje: esmeralda. Delgada, cabello corto, rizado, bonito, ojos claros, rostro alargado, con cierta proclividad al prognatismo. Un lunar en el párpado inferior derecho. Un costurón en el pecho (seña de una cirugía al corazón que le practicaron años atrás, de la que salió bien). Senos poco desarrollados. Largas y estilizadas piernas. No tan marcado su mongolismo. Tez clara. Voz amable, deleitosa, femenina. Al oír que uno de sus compañeros eructaba ruidosa y desfachatadamente, exclamó: "Mis compañeros son unos cochinos, todos, menos yo". Este "menos yo" lo dijo tras una pausa, de un modo espontáneo, despreocupado, sin afectar melindre ni nada parecido. Hablaba con jovialidad. Se sentó al lado mío, haciéndome la cara merced de su familiaridad simpatiquísima. No traía puesto el gorro. Lo empleó al entrar en la piscina, mas se lo quitó al salir, cuidándose de escurrirlo. Abandonó el agua porque un jovencito se obstinó en molestarla, halándola del brazo, sin consideración, salpicándole agua en la cara. Marcela se ofuscó tanto que llamó a Chocolate para que la auxiliara. Era este un joven desarrollado, de sólida complexión, moreno. Su rostro era el que menos delataba un aire mongoloide. Entre risas y bromas, se dedicaba a requebrar a Marcela. Sus facciones eran regulares, llenas, viriles. Tenía una sonrisa hermosa. El chico fastidioso acabó por soltar a Marcela, antes de que Chocolate tuviese que actuar. Marcela se dirigía a este muchacho con igual coquetería; no en una forma chocante, sino natural, agradable, madura. Hablamos un ratito, mientras Chocolate le enviaba piropos y conjuros desde la piscina. Marcela replicaba: "estoy cansada". Y solo estuvo un minuto en el agua. Mas la impertinencia de ese diablillo la había hecho agitar. Qué fácilmente se desesperó. Dialogamos en un aire ameno, de mutua condescendencia. He aquí algunas de las preguntas que me lanzó: ¿Estudias o trabajas? ¿Dónde trabajas? ¿Tienes novia? ¿Es bonita? ¿Dónde vives? ¿Tienes más hermanos? ¿Todos morenos, como tú? ¿Cómo se llaman? ¿Practicas deportes? ¿Saber cuidarte? Esta última pregunta me mató. A todas ellas respondí con franqueza. A veces su mongolismo se acentuaba más, de acuerdo con ciertos movimientos de su cabeza, con algunas gesticulaciones incontroladas, verbigracia, el débil castañeteo de dientes, debido al frío; o a causa de un giro brusco de su rostro. Me habló de sus cosas: "Ayer estuve en el entierro de una vecina que murió de un paro cardíaco; estuve muy afligida; cumplo catorce años la próxima semana; me gusta que me hagan torta, que me den dinero y regalos; mi padre murió; mi madre no trabaja; es mi abuelita quien me colabora en lo económico; mañana una amiguita mía da una fiesta (Chocolate, ¿quieres ir?; ella es tan especial conmigo que no reparará en que vayas conmigo); hago gimnasia; me gusta la música pop; los chicos de mi barrio me vacilan; cuando me operaron me dolió mucho; me aplicaron unas inyecciones tremendas, aquí en el brazo, y aquí, en los costados; me pusieron un sinfín de alambres en el pecho; siquiera salí bien; pero, si hubiese fallecido, no habría estado triste, me iría allá (señaló el cielo, ojos de beatitud), con mi papá; en esta tierra hay muchos peligros; tú, ¿sabes cuidarte?; me agrada la natación, tenemos una profesora, pero no vino hoy; tengo una hermana de quince años, Isabel". Estupenda amiga, Marcela. Nos despedimos con un cálido apretón de manos y recíprocas congratulaciones. La vi alejarse, ágil andar, bello cuerpo (su nuca larga, compacta), graciosas maneras. El grupo se dirigió a la salida. Los bañistas se encaminaron a los baños. Marcela fue la primera en salir, ataviada con su camisa amarilla, su negra pantaloneta, sus tenis negros. Su cabello era lindo, suelto. Luis Carlos y el hombrón me la recordaron. Quién sabe qué sería de ella. Era otra tarde más con Magi, apurando vida y dolor con cada resuello.                                

sábado, 4 de marzo de 2023

Los condiscípulos (Magi. Cap. 10.)

Con la plata que le dieron por ganar un concurso de cuento, Magi aprovechó para darles un paseo a Coveñas a su madre y a Diego, su hermano, quien no conocía el mar. Magi opinaba que una persona que no conocía el mar era un ser incompleto. Creyó que el mejor regalo que podía hacerle a Diego era costearle los pasajes a Coveñas, donde podría ver esa inmensidad de agua. Así que le ofreció el viaje. Él no quería aceptarlo. Hasta el último momento se negó a dar su consentimiento, aduciendo que él ya no estaba para esos trajines. Empero, Magi insistió, halagándolo con el disfrute de unos días indescriptibles. Diego parecía vacunado contra todo entusiasmo. Magi no bajó los brazos. Al fin dejó la dulzura y empleó la dureza. Le dijo a su hermano que no lo hacía por él, sino por ella, porque no lo soportaría en casa mientras el resto de la familia se hallaba de vacaciones. Entonces Diego cedió. Era un hombre de treinta y ocho años, un caso crítico de drogadicción. Andaba internado en un instituto de Bogotá donde intentaban recuperarlo, pero había venido a pasar la Navidad con la familia. No hacía mucho estuvieron a punto de matarlo: le dispararon varias veces, salvándose de milagro. Se recobró de las heridas y siguió haciendo calaveradas. Alguna vez le sacó la tarjeta bancaria a Magi y sustrajo dinero para comprar droga. Este era un hecho reciente. No recuerdo haber visto a este hermano de Magi. Era la época en que Magi vivía con su familia, en Belén o La Floresta. Estuve una tarde en su casa, pero no recuerdo a las personas que vi allí. Quizás no había nadie, solo Magi y yo. Recuerdo que Magi me mostró los instrumentos musicales de su padre, que esto fue lo que más me atrajo. Siempre he molestado con la guitarra. No puedo precisar si esta ocasión fue la misma en que nos encontramos, previo acuerdo, en el teatro Odeón (en la América). No entramos a cine. Preferimos caminar por la carrera 80, hasta el Estadio, con el esplendor del verano prodigándonos su sensualidad. En la acera del centro comercial El Obelisco me topé con dos alumnas de La Salle, Paula y esa muchacha trigueña que parece un ángel. Nos saludamos y platicamos amablemente. Les dije: "están preciosas", y Magi comentó: "qué profesor tan coqueto". De verdad estaban hermosas esas dos chicas. El gentío se dispersaba del estadio, donde había concluido un encuentro de evangélicos. Atravesamos la Unidad Deportiva entre las canchas de tenis y las de fútbol (desde una de estas me saludó otro alumno de La Salle, un chico de octavo, quien me hizo un gesto pícaro al verme con una mujer). Magi me preguntó si me gustaba el tejo (pasábamos ante la cancha de tejo). Respondí: "No". Me sentía bien al lado de Magi. Ella llevaba un atuendo juvenil, pantalón y chaqueta en tela de jean, brillosos zapatos negros con triple correa. Me agradaba la vivacidad de su voz, el placer con que caminaba bajo el fuerte sol, sus muletillas: "mierda", "mano". Me habló de su padre, muerto recientemente, de lo mucho que le gustaba ponerse al picante sol, sin camisa. Para halagar a sus hijas, les decía: "Hijas del verano". Vinimos hablando cosas hasta Suramericana (solo nos detuvimos en una tienda a comprar pasteles porque estaban en promoción, se pagaba uno y daban dos). En Suramericana pasamos un rato delicioso, con el césped maravilloso, la gente tan plácida, los árboles anegados de luz, la nitidez de los edificios, todo un primor, un remanso de paz en el tráfago citadino. Nos encontramos con Jhon, un ex-novio de Magi: andaba con otra chica a la que Magi compadeció, porque Jhon era divino, pero no se lo recomendaba a nadie como novio. Magi compró dos conos al viejo del carrito con campanilla. Le pareció que la estafaron. La crema era horrible. Yo me lo comí todo. Ella lo botó. Junto a nosotros una familia numerosa jugueteaba. Me cautivó la mirada de la mujer más madura, sus ojos tranquilos, su risa sonora, su rostro agraciado. Quizás por lucirme ante ella me puse a jugar fútbol con el joven con síndrome de Down y los niños vecinos. Sentí nostalgia cuando se marchó la familia, la mujer madura que había reído y hecho piruetas tal vez para captar mi atención. Tanto ella como yo, con un lenguaje de miradas y ocultos deseos, habíamos tenido una inocente aventura. Todo se tiñó de una leve ansiedad, de una inefable tristeza ante la divergencia de nuestros destinos. Más tarde evoqué sus formas redondas y firmes; evoqué sus ojos, su risa, los ejercicios gimnásticos en compañía del hombre que parecía ser su marido. Todo era un poco triste. Magi allí, dedicándome su tiempo y sus atenciones, y yo enamorándome de una desconocida. Tal vez por eso botó el cono, ya no lo quería. Quizás Magi no era todo lo afortunada en el amor que ella quisiera. ¿Por qué? ¿Por qué ocurren estas cosas? También le echó los perros a Caliche un tiempo. "No me gustaba", me confesó Caliche años después. Pero era rico caminar con Magi, conversar con ella, sentir el desenfado y la calidez de su "mierda", su "mano". Era una costeñita de cabo a rabo. Hoy trato de recobrar esa calidez en estas páginas.              

jueves, 2 de marzo de 2023

Los condiscípulos (Magi. Cap. 9.)

Me gustó cuando lo vi escribiendo. Sí, escribía en su cuaderno, y yo lo espiaba desde la mesa contigua. Era en el aula, antes del inicio de la clase. Miré su mano, cómo sujetaba el lapicero, cómo se movía, cómo se agitaba al plasmar la escritura, y eso me gustó. Es más, sentí un arranque de lujuria. El eléctrico temblor de su mano al escribir, me excitó. Fue como escuchar una música arrebatadora, un saxo, qué se yo. Su mano era un miembro anatómico, el extremo del brazo, pero también era ese conjunto de ramificaciones y ligamentos internos, esa  red de líneas que se cruzaban en la palma. Su mano me hablaba desde este aspecto que no es netamente físico, desde lo simbólico y lo oculto. Me imaginé gitana y quise leerla, revelar su destino por medio de esa malla de carne e ilusión. Intuí abismos en su mano, un orbe pasmoso entre garra y flor. Me dije que en realidad no es una mano, sino una manaza de ahusados y robustos dedos, una manaza que podría abarcar mi rostro o atarme reciamente a su lado, como una prisionera. En una especie de arrobo, yo lo contemplaba mientras escribía, mi vista fija en esa mano que (era mi parecer) obraba prodigios de lenguaje en la hoja, gracias a la radiosa conexión entre los impulsos del cerebro y aquella vigorosa extremidad. Fue entonces cuando me gustó, cuando su vida se imbricó a la mía en los profundos cauces del deseo. Una pregunta me condujo a él: ¿Qué escribe? ¿Qué lo impulsa a ese ritual de la palabra? Recordé a mi vecina la evangélica y su frenético discurso de que la letra mata y el espíritu vivifica. ¿La letra mata? Esta señora se había dejado con el marido, que era taxista, peleándose a la vez con sus hijos, que no querían seguirla en su religión. Vivía echando pestes contra todo el mundo. ¿La letra mata? Por lo menos en esta faceta en que Marcos se liaba con la letra, lo que yo veía era un íntimo y poderoso manantial de vida, un torrente de pensamiento y expresión. Me parecía que en lugar de destruir, creaba. Su tarea tenía un propósito que podía ser gratuito pero que, por eso mismo, se llenaba de un contenido y de una significación ajena a cualquier estereotipo. Me hacía la ilusión de que tejía, de que al unir una letra tras otra, realizaba una obra delicada. También me llamaba la atención el carácter profano de este ejercicio. Marcos estaba solo, consigo mismo, librado al conjuro de sus propias potencias. No acudía al auxilio de ninguna divinidad y tampoco invocaba a un chamán. La letra nacía de su ser, y abarcaba su mundo y lo demás. Y en esa letra había espíritu, una energía proveniente del universo, no del dogma. Por eso su escritura era vida, me dije, cerrando la discusión imaginaria con la vecina evangélica. Me atacaron las ganas de enterarme qué escribía y, siendo más osada aún, quise leerlo. ¿Serían cosas tristes? ¿Cosas de amor? De entrada, se me antojó que debían ser las primeras, cosas tristes. Tal vez era de malas en el amor, y sufría por eso. Fue cuando sentí que debía acercarme a él, hablarle, brindarle mi compañía. ¿Y si me rechazaba? Tenía cara de pocos amigos. No perdía nada con intentar. Hay seres que poseen esa fuerza callada, cuyo mayor atributo es el silencio. Los seres así me invitan a sus abismos, tal vez ese ha sido mi error, derivar hacia la oscuridad, trenzarme con lo solitario y agreste. Y Marcos era uno de estos tipos. No era amargo, no. Era de los que establecen, por encima de cualquier regla, un nexo supremo consigo mismos. En este sentido, era insociable por naturaleza. A veces hasta podía ser dulce, pero su dulzura estaba entretejida a esas razones incuestionables del ser, a una intransigencia de fondo. Entonces había que saber a qué atenerse. Que meditaba cosas profundas, que un río primigenio corría por sus venas, que su paisaje era tórrido, había que entenderlo. Y todo esto se leía en su mano, en el electrizado  acontecer de la escritura. No me quedó grande el papel de gitana.                

martes, 28 de febrero de 2023

Los condiscípulos (Magi. Cap. 8.)

Creo que debí empezar estas notas sobre Magi con la historia del mariposón del inquilinato de Cartagena. La fui postergando, refiriéndome a otras cosas, hablando del marido y del hijo, en fin. Quién sabe si el marido sigue jugando béisbol. Es un deporte para toda la vida, a lo mejor participa en la categoría senior. Mi padre jugó béisbol. Es uno de sus recuerdos más preciados. Quién sabe si el hijo sigue dibujando caballos. En el tiempo en que vivieron en Rionegro, el chico tenía un aviso en el estudio, algo así como: "prohibida la entrada a quien no sepa dibujar caballos". La vez que los visité, pasé por allí a las volandas, dada mi flagrante incapacidad en el asunto. Embuste. El hijo de Natalia, la profesora de literatura rusa, odiaba dibujar conejos. Le di clase en séptimo, en la Salle de Bello, y se enfurruñaba cuando, para ilustrar algún cuento, tenía que dibujar un conejo. Lo tranquilizaba permitiéndole dibujar lo que él quisiera. El hijo de Magi era feliz dibujando caballos. Magi debía ser feliz leyendo a Benedetti. Eso debería ser la vida, la felicidad de cada cual, en lo que le plazca. Al maricón lo apodaban Coco. Coco hizo con ella las veces de madre cuando vivía en un inquilinato de Cartagena. Magi estaba con el papá, pero este no le dedicaba mucho tiempo. De manera que Coco (el cual tenía su hombre, ambos moraban en la pensión) proveyó a la niña de todo el afecto que le hacía falta. Era el tiempo en que ella iba a la escuela. Era una chiquilla impresionable. Una vez la profesora le hizo llorar y ella no paró los sollozos hasta que llegó a la casa y Coco la vio. Le contó lo sucedido y él se enfureció tanto que fue a la escuela, discutió con la culpable y casi tumbó la puerta a pedradas. Nadie podía hacerle un desaire o un maltrato a Magi, porque, en seguida, Coco encaraba al ofensor. La chica se quedó sin amigos. El celo de Coco era enorme. La peinaba, la vestía, le compraba cintas y adornos, en fin, depositaba en la pequeña ese amor de madre que poseía, aunque la naturaleza le hubiese dotado de características sexuales contrarias a su inclinación. Nunca entendí bien la familia de Magi. Magi vivía en Medellín, acá estaba la mamá y un hermano calavera, y creo que también la abuela. El papá era huidero, tal vez un costeño, que hoy estaba en Riohacha, mañana en Cartagena. Un tipo más bien desobligado, que a veces le mandaba un giro. La verdad es que Magi pasaba apuros para conseguir la leche del niño, sobre todo, es de suponer, en el tiempo en que cursaba el pregrado. ¡La leche del niño! Quizá andaba en agarrones con el marido. Este también era un simple estudiante, debía mantenerse limpio. Antes de concluir la carrera, por necesidad, Magi comenzó a trabajar en colegios privados. Laboró en el Triángulo, en Rionegro, y allí coincidió Luis, otro cartagenero amante de los libros. Así, pues, en cierto período, Coco hizo las veces de padre y madre de Magi. Tal vez fue quien generó en ella esa mente fantasiosa, esos mundos de película. La peinaba, le compraba adornos y cintas para el pelo. La mimaba. La defendía. Magi hablaba de Coco con gratitud y amor. En plata blanca, como dicen por ahí, Magi fue casi una huérfana. En nuestra sociedad de padres errantes, muchos lo han sido. A quien más quería era a la abuela, eso está claro. La abuela es ese mundo encantado de mariposas amarillas y relatos magnificados por la poesía de una vida de penurias. Mi abuela también fue eso para mí: el origen de la fábula. ¿Cómo no amar a estas mujeres abandonadas del marido, leales a la vida del día a día, trabajadoras incansables, procreadoras enérgicas? Si un día vuelvo a hablar con Magi, le preguntaré qué fue de su abuela. Si siguió festejando su cumpleaños con la torta reglamentaria. También le preguntaré si su hijo siguió dibujando caballos o si los olvidó apenas creció. También, si Coco vive aún. Será un octogenario. Quizá siga en el mismo inquilinato y Magi lo visité de vez en cuando. Para ese padre errante, suele haber uno de remplazo, cualquiera que sea. Nunca leí el cuento con que Magi ganó un concurso (no sé por qué nunca me lo enseñó), pero me agradaría saber que el héroe de ese cuento es Coco, el mariposón que restañó las heridas de su infancia.                    

domingo, 26 de febrero de 2023

Los condiscípulos (Magi. Cap. 7.)

Trampeaba a la vida aquella tarde en que conocí a Marcos. Era un muchacho lejano, al que una se daba cuenta de que jamás podría alcanzar. Pero estaba allí a mi  lado, escuchando la disertación del profesor de Morfosintaxis, volcado a su interior como una cisterna, callado, brusco y filoso como un cantil, y una trampeaba a la vida haciéndose la encontradiza a la salida de clase, poniéndole conversación, mientras nos desplazábamos hasta la cafetería y nos invitábamos un tinto. Hablar de libros podía ser tal vez una burda estratagema, pero era al mismo tiempo lo más afín a esa emoción romántica que  caracoleaba en el pecho. Así que hablamos de libros, así resultara un truco barato.

Recuerdo que abandonamos la universidad entre la mareada de estudiantes, en el azafrán que pintaba los montes del ocaso, y una trampeaba la vida sintiéndose dichosa en compañía de un muchacho de piel bruna y adormecidos ojos. Una se preguntaba por qué este muchacho era así, lejano y hondo como una poza. Sí, era rico caminar a su lado, sentir esa atmósfera de altas arenas profundas en que se movía. Era un muchacho que inspiraba ternura, eso que, precisamente, él no era capaz de dar. Porque era áspero y esquivo, y a pesar de que consentía caminar contigo y se comportaba con amabilidad, una se daba cuenta de que estaba en otra parte.

Una trampeaba la vida hablándole de Juan Manuel, mi hijo, y cómo este niño era todo en mi existencia; trampeaba la vida contándole de la pelea con mi marido, estudiante de séptimo semestre de ingeniería, amante del béisbol. El hijo y el marido eran, sin duda, realidades más concretas que cualquier dios letrado y cualquier tertulia literaria, pero una no estaba segura de qué idea se hacía Marcos de esta supuesta sinceridad. Marcos vivía con sus padres y hermanos y tiraba mal con los pasajes, por lo que andaba desesperado por conseguir un trabajo. Me ofrecí a ayudarlo. Fue la época en que le transcribí sus cuentos a máquina para que los enviara a los concursos. También de vez en cuando lo desatollaba con préstamos de dinero. Todavía no le prestaba el libro que nunca me devolvió: Los grandes misterios de la humanidad. Benedetti era un asunto liquidado, un tarugo en el camino. Quizás con los años y una lectura sin prejuicios se retractara de su desdén por el uruguayo. Le sugerí enviar hojas de vida aquí y allá. Era un sueño muy lindo este muchacho, pero una sabía que trampeaba a la vida.        

Era una de esas tardes en que regresamos a casa tragadas y huérfanas. Marcos aceptó acompañarme a un supermercado, donde compré una caja de torta para celebrarle el cumpleaños a mi abuela. Sonriendo, le pedí que me acompañara también al amor, y era ahí donde más trampeaba a la vida. Porque hay palabras que no deben decirse. Pero una se da cuenta muy tarde del error. Fue como la mala fortuna de citar entre mis autores favoritos a Benedetti, que no era santo de su devoción. Citar a ese poeta demasiado urbano y civilizado, que chocaba de entrada con las abrasadas llanuras y las aguas abisales frecuentadas por Marcos. Así se trampeaba a la vida, con una ligereza que, a la larga, terminaría por enrostrarnos la enojosa contraparte. A este muchacho absurdo una no podía venirle con un poeta que él acaso consideraba de salón y cóctel. Había que arriscarse en otras latitudes. Había que viajar en la noche, atrapado, como un reo, entre dos tiempos enemigos, ver qué resultaba de todo eso. Era muy distinto a Caliche. Caliche iba en el carril del tiempo, en un  solo sentido. Caliche era un amigo. Marcos era una marea revuelta, una espiral de miedo. Me equivoqué al querer trampearle a la vida, al mostrarle mi contento al pasear con él por ahí (como esa vez que caminamos por la 80, y esa otra ocasión en que recalamos en Suramericana y nos topamos con el hombrón lento y tierno), al hablarle mal de mi marido, al invitarlo a mi casa y presentarle a mi hijo, al prestarle dinero sabiendo que tal vez no me lo devolvería. Una se monta facilito en la película e invita como héroe al primero que se le antoja. Se acaba por pensar que, con todo lo neblinosos que puedan ser, es mejor esperanzarse en los dioses letrados, en los fantasmas de la ficción. Un muchacho de ensoñados ojos es una bella ilusión, pero trampeamos a la vida anhelando atarnos a él.

Trampeaba a la vida, hasta esa noche en Versalles en que un comentario casual de Jhony me abofeteó. Marcos vivía con una mujer. Jhony se dio cuenta de la embarrada y quiso maquillar el asunto, pero ya todo estaba jugado. Ante la mirada estupefacta de los dos contertulios, enfurecida, cogí mi bolso y abandoné el lugar. Hasta ese día vi a Marcos, el bello muchacho de adormecidos ojos.         

lunes, 20 de febrero de 2023

Los condiscípulos (Magi. Cap.6.)

Encuentro a Magi en Facebook con el nombre de La maestra colombiana. Le envío un mensaje: "Hola, Magi. ¿Cómo te ha ido todo este tiempo?" "Todo este tiempo" son casi treinta años, una bicoca. Nada resulta de esto. No recibo contestación. También está en Facebook el marido, con su nombre compuesto y sus dos apellidos, pero me resisto a reiniciar la amistad con Magi por mediación de este. Al tipo puede no gustarle. Ya en la u no me tragaba. Mejor dejo que las cosas sigan su curso. En las fotos subidas en Facebook, Magi se ve rolliza, alegre, moviéndose en el círculo de su familia y sus compañeras docentes. ¿Magi fue alegre siempre? Digamos que sí, aunque se conmovía y lloraba fácilmente, como en aquel apunte del cuaderno 48-1, la tarde en que "todos estuvimos allí", en Troncos, cuando Luis Carlos Rodríguez, compañero del taller de escritores, se graduó de médico. Luis Carlos cumplía su camino, saboreaba el triunfo de llegar, sentía la aleve tristeza de haber quemado otra etapa, de verse separado de algo que fue la vida y que ahora, en cierta forma, la negaba: los años de la u, el trajín del estudio, la lucha por alcanzar la meta. Se veía apuesto con el traje de ceremonia, con Denis, su novia, de gancho. Pero había algo que restaba mérito al éxito, que no armonizaba con el vestido negro y la corbata. Era como si, amablemente, te corrieran de un sitio querido. Para Luis Carlos comenzaba una vida nueva, de cierto prestigio social respaldado por el diploma y el consultorio. Otros habían llegado antes que él. Cientos más pugnaban por llegar. Era el caso de Blandón, al que le hacían falta tres años y la fortuna necesaria para estar en el sitio en que ahora estaba Luis Carlos. Tiempo... Se necesitaba tiempo. Y uno sentía la vena rota por donde el tiempo huía, por donde los minutos se escapaban a borbollones. Y Magi, al final, estaba triste, con los ojos llorosos. También es una crueldad presentarse así, como si nada, luego de treinta años, saludar como si nos hubiésemos despedido ayer. Hacer tabula rasa de una historia donde hubo heridas. Aunque mejor así, al toro cornalón hay que agarrarlo sin vacilar, con fuerza. Quizás no todo esté dicho entre nosotros, tal vez hagan falta unas palabras como cierre del libreto. Magi en Cartagena, con marido e hijos grandes, maestra. Uno en Medellín, con mujer e hijos grandes, maestro, volteando historias en la cabeza, sentando en el banquillo a la gente que conoció en el período de la u, pidiéndoles cuentas. ¿Y quién me pide cuentas a mí? Nada menos que toda esa gente a la que enfrento en estas páginas. Mi muerte es múltiple: lapidado, crucificado, echado al mar con una roca amarrada al zapato. Son ellos quienes me lapidan, me crucifican, me arrojan al mar atado a una roca. Yo solo quiero saber qué fue de Magi. Tengo derecho a preguntar, porque hubo momentos no despreciables en mi vida en que Magi caminó a mi lado. Como aquella tarde en que "todos estuvimos allí" y a Magi se le lloraban los ojos, y Juan fernando cogió un pedrusco y lo arrojó contra la colilla del cigarro que Magi fumara. Ese cigarrillo y esa piedra dejados al acaso tal vez cuenten esta historia mejor que yo. El humo que aún se zafaba con negligencia del cabo de cigarrillo, la piedra impregnada de tabaco, la lluvia deshaciendo el chicote, humedeciendo la piedra. Juan Fernando quería matar el chicote, y tal vez lo consiguiera. Todos estuvimos allí, y Magi dijo, antes que la agarrara el desánimo: "suena una tenue flauta". Y este fue el signo de la vida. Luego sobrevino la noche. Hasta el escritor Naudín Gracián estuvo allí: flaco, con una catadura de pasar necesidades, de ir viviendo entre la miseria humana y el esplendor de la poesía. Andaba con un manojo de libros (su nuevo volumen editado). No los estaba vendiendo, dijo, sin que nadie se lo preguntara. Obviamente, tampoco los estaba exhibiendo. Blandón lo interpeló sobre el asunto y Naudín se hizo un lío. Después se trabaron en una discusión sobre la técnica narrativa, sobre Rulfo y Pedro Páramo. Pensé que Magi haría buenas migas con Blandón. Me parecieron espíritus afines, lógicos, retóricos, dialécticos. Pero la vida no juntó sus sendas. Quizás solo esa tarde coincidieron y cambiaron unas palabras, luego que los presenté. Con cuánta gente me pasó igual. Gente que prometía mucho, que al final fue más cierto el humo del cigarrillo maltratado por la piedra de Juan Fernando. Naudín Gracián iba por los ámbitos de la u con un desgarbo sospechoso, como diciendo: "los genios vestimos con tal descuido". Al final nadie podía saber por qué Magi se entristeció tanto que dijo: "tengo ganas de pegarme una borrachera". Blandón se apartó a conversar con un primo. Juan Fernando ya no estaba, y el ajo plateado de la luna sí, y con lucero edecán y todo. Bajo el palo de mango tampoco cantaban los jóvenes de un momento atrás. Magi y yo nos marchamos juntos. Después nos separamos. Yo no tenía ganas de beber ni de llorar, pero tampoco estaba bien. En la soledad de Troncos, en la noche cada vez más honda, la luna dialogaba (¡Oh, Platón!) con el mango. Diálogo de plateadas hojas y luz fina.                   

viernes, 10 de febrero de 2023

Los condiscípulos (Magi. Cap. 5.)

*Al término de la última clase, Marcos sentía fluir de sí una impaciencia desbordante. Por experiencia, sabía lo peligrosa que era esa emoción. Varías veces, en análoga situación, se había visto a punto de ser atropellado por un carro al cruzar una calzada. Y no podía decirse que las ocasiones en que se precipitó a un bar a tomar una cerveza o en un garito a jugar cartas, no obedecieran al mismo acelere. Este desasosiego solía inundarlo cuando las expectativas halagüeñas incubadas a raíz de cualquier contingencia, eran anuladas por un suceso totalmente contrario. Era como cuando, en vista a un paseo que tendrá lugar al día siguiente, soñamos, en los planes de la víspera, que la jornada será clara, tibia, despejada y feliz. Sin embargo, amanece y la lluvia opaca el paisaje, y la brisa es helada y el cielo está nublado y, a última hora, un amigo nos llama y nos avisa que se ha cancelado la salida.

Pese a que la sesión estuvo entretenida y a que el tiempo se fue insensiblemente, cuando el profesor soltó la tiza y concluyó la clase, Marcos se dejó dominar por la impaciencia. Guardó su cuaderno y su lápiz con rapidez, se puso de pie, lanzó un hasta luego frío a Magi (sentada en el pupitre inmediato y que esa tarde se había mostrado excepcionalmente amable con él) y emprendió al trote el ascenso de la escalera del auditorio. Se veía desplazándose a grandes zancadas por las veredas, corredores y explanadas de la u, entre los estudiantes que, en su mayoría, igual que él, se desbandaban en busca de la salida, como si el aire del campus estuviera impregnado de una insoportable pestilencia. Se veía montado en la buseta, de pie, apretado entre individuos rígidos y mudos como estatuas. Incluso se veía llegando a casa, tomando su comida de encima de la nevera, donde su mamá había apartado el plato, dirigirse al cuarto, cuidándose de no cruzar la mirada con ningún miembro de su familia. Tales pensamientos lo inquietaban más y más. Era como un veneno suministrado en dosis mínimas. Y Dios sabía que cualquier día el efecto de la ponzoña se concentraría, fulminándolo. Entonces, quizás, se aliviara de su ansiedad.

Pero las cosas no eran tan terribles. Oyó que a sus espaldas alguien pronunciaba su nombre con la suavidad de quien suelta una paloma con un mensaje venturoso. Se volvió en el acto, pues nadie como él esperaba con tantas ansias ese llamado. Magi venía subiendo los escalones, entre dos secciones de sillas, con su bolso al hombro, un libro de pasta púrpura bajo el brazo y una sonrisa que cautivaba corazones. La esperó arriba, apoyado en el antepecho del auditorio. Ella vino subiendo, escalón tras escalón, hasta ponerse a su nivel. Su sonrisa no desmayó mientras transitó este trayecto. Él la siguió esperando, incluso cuando ella ya estaba junto a sí. Porque no podía creer lo que le estaba sucediendo. Pensó que Magi lo saludaría y seguiría su camino. Mentira, sabía que esto jamás ocurriría.

Caminaron juntos, ella con su “¿leíste ya a Benedetti?”, él con su “¿cómo vas con Dostoievski?”, y el cielo estaba claro, el aire limpio, bello el crepúsculo. Hablaron alternados, ella con su “¿ya vas para tu casa?”, él con su “¿en qué barrio vives?”, y los estudiantes emergían de los salones, venían por los pasillos, paraban en las cafeterías, parloteaban un rato apurando un tinto o una gaseosa, y luego se marchaban, afanosos siempre, fuera que tuviesen clase de seis a ocho, fuera que se retiraran a sus hogares. Ella aceptó el “te acompaño al bus” de él. Él bebió con anhelo de sediento el “acompáñame al amor” de ella. Salieron de la u con ganas de tomarse de la mano.

El anochecer retrasó sus pelotones de sombras. El cielo abrió azules claraboyas para mirarlos pasar. Entraron a un supermercado, donde ella escogió una tarjeta para enviársela a su abuelita el día de la madre. Se detuvieron luego ante las cajas de torta Quaker, y Magi le dijo en broma “regálame una torta de naranja”, espetándole, súbita, la pregunta “¿sabes cocinar?” Y él dijo, tan rápidamente que las palabras parecieron caer y quebrarse en el piso, “sí”. Y ella estalló en risas. Y él fue feliz soñando que era feliz.   

  

miércoles, 8 de febrero de 2023

Los condiscípulos (Magi. Cap.4.)

Troncos, por qué se llamó así esta cafetería de la u. Me lo cuenta Eliana, una compañera del pregrado a quien me encuentro en este sitio durante mi visita de egresado. "Esto estaba lleno de troncos donde nos sentábamos a conversar, ¿no recuerdas? (¡Claro!) Yo me reunía con la patota de filosofía, allá, en el rincón. Juan, el que administraba la cafetería, cada árbol que tumbaban lo seccionaba en pedazos y hacía banquitos. No, no existían estas bancas lujosas de la cafetería de hoy, "Arbóreo". Eran bancos rústicos, de madera, troncos. La administración de la u cambió las políticas de espacios y elevó los costos de contratación. Juan les dio carreras en esta u a sus hijos (unos muchachos zarcos, hoy profesionales) y consiguió plata con Troncos. Con las nuevas normas, que redujeron su local, aguantó aún otro tanto. Después, sus hijos continuaron con el negocio, hasta que lo dejaron. Hoy es lo que ves, esta silletería de café chic". En cuanto a Pastora, todavía tenía su cafetería vecina de Troncos, aunque ya no iba por allí. La señora de la cafetería de la Escuela de Derecho (en la antigua Javiera Londoño) estaba enzarzada en un lío con estas regulaciones sobre la administración de los espacios. Esto es lo que le entiendo a Eliana. Ella estudió derecho allí, y estaba empapada del asunto. Eliana es promoción 1994, más o menos el mismo año mío. Lleva diecisiete años como profesora de cátedra. También labora en un colegio público. La encuentro a eso de las nueve y media de la mañana, conversando con una ex-alumna, aguardando a que sean las diez para irse a Artes a dictar una clase. "¿Qué se siente volver a la u y que nadie te conozca?", me pregunta. "Nada. Peor que todo el mundo te conozca", respondo. Eliana dice que no puede sentarse a leer en la cafetería porque no la dejan, todo el mundo la saluda. Por ejemplo, esos muchachos que vienen allí fueron sus discípulos. Sin embargo, a ella esta u de hoy le parece un asco, no por la proliferación de  ventorrillos y los desórdenes, sino por el vicio. No es la u que conoció, la de su época, esa no la cambia por la de hoy. Igual, pienso yo, es la u de siempre, con un grupo de estudiantes y su profesor tomándose fotos ante la fuente (sarcástica, Eliana comenta: "están presentando el examen final"); con una muchacha arrojándose al estanque mientras una amiga graba un vídeo; con un operario manipulando una manguera larguísima en la proximidad de la fuente; con el hervor y la pausa, con la inquietud y la abstracción de los individuos, diversos y únicos. Es la u donde una tarde Magi, precisamente en lo que llamábamos Troncos, se me acercó furtiva por la espalda y me tapó los ojos con las manos, diciendo: "adivina quién soy". Hoy vuelvo a la u como un pensionado de la docencia. Eliana ha pasado sus últimos treinta y cuatro años de su vida aquí, incluyendo el pregrado, el doctorado y la cátedra. "¿Qué se siente ser pensionado?" Como catedrática, tiene oficina en la sala de profesores, pero le gusta estar en cafetería, esta es su verdadera oficina, conversar con la gente, leer. Casualmente (¿casualmente?), vuelvo con la agenda 47 en mi morral, correspondiente a anotaciones de 1992, cuando aún estudiaba aquí y estaba cerca de graduarme. Magi está en esta agenda 47, y está en mi recuerdo de aquellos días. Como están los rostros de estos veteranotes de Deportes que veo esta mañana (uno de ellos me lanza una mirada, como si me reconociera). Hasta siento en la punta de la lengua el nombre de este, ¿Miguel? Pasan por mi lado, se reúnen a conversar junto a la cafetería de Deportes, otro sesentón se les agrega. "Vacas sagradas", pienso. Esta mañana, sentado en la plazoleta ante la piscina, de espalda a la cafetería y su rumor de voces, veo el metro pasar por el viaducto elevado, al otro lado de la u, contra las montañas del norte. Y recuerdo que en el tiempo de la agenda 47, el tiempo de Magi, aún no existía el metro, lo estaban construyendo. Una figura añosa (un viejo, deja el eufemismo) se acompasa con este tiempo caduco, o caduco no, transformado, mutado. Están aquí todavía, pelicanos, la piel rugosa, los gestos lentos (o pretenciosamente ágiles, llamándose a sí mismos "viejos" ante los estudiantes, pero con un tonito de perdonavidas, de querer que sus alumnos los consuelen:  "no, profe, usted no se ve viejo, se ve muy bien todavía"), como en una absurda comedia bufa. Pero están aquí, y me miran, y acaso me reconozcan. ¿Miguel? Descubro en esta agenda 47 un poema dedicado a Magi, a Juan Fernando Saldarriaga "y a todos los que hoy, 25 de junio de 1992, se sentaron conmigo a holgar en Troncos". Los dos primeros versos: "Gozosos corazones del estío, vosotros, amigos". Doy cuenta de una ensalada de frutas comprada en el kiosco (4.200. pesos), luego escribo un rato, con la agenda 47 al lado, y apronto para ir a beber un tinto en educación (al chuzo del Dragón), objeto básico de mi visita de hoy a la u, junto con el propósito de adelantar otro capítulo sobre Magi. Orino en el baño de educación, veo letreros y símbolos incendiarios en las paredes. Echo un vistazo a la esquina sur-oriental de la plazoleta Barrientos, pero no veo el chuzo del Dragón, solo el saco de arena colgando en el madero de siempre, anacrónico, olvidado, Pensaba tomar el tinto allí, cruzar unas palabras con el joven enérgico del chuzo del Dragón. Hablar de ajedrez. Ver a algún chico dándole puños a el saco de arena. ¿No es "pera" como le llaman? Quizá le hayan pedido el espacio. Tal vez deba licitar cada año. Total, acabé desayunando en Arbóreo, lo que antes era Troncos, un sándwich y un café con leche. Y allí descubro a Eliana con un traje a rayas verticales negras y blancas, y un corte de pelo a la nuca, rapado en un ángulo, un airón en otro lado, todo lo osado que se quiera en una mujer de cincuenta. ¿No vi clase con ella? Eliana y su joven compañera se levantan y se dirigen al extremo, donde hay unas bancas para los que ven tele. El aparato pende en la esquina derecha del techo. De pronto, mientras desayuno, con unas varas armables, de pasta, la joven levanta un ropero y cuelga unas prendas femeninas, un gorrito azul y blanco, y debajo del ropero, en el piso, exhibe unos zapatos, incluso unos botincitos rosados, infantiles, y junto al ropero, en el suelo, exhibe un tendido con camisetas, chores, etcétera. La muchacha vive en una vereda de San Cristóbal, el novio la trae en la moto. Eliana la acompaña y le conversa. Resobada ropa de segunda. Es el negocio. "Una boutique en plena cafetería",digo a la muchacha, que sonríe. Pregunto a Eliana por Boris, el de la patota de filosofía, pero ella dice no recordarlo. Sé que Boris está viejo y enfermo. Es amigo de Luis. Días atrás lo topamos en la biblioteca de Comfama de San Ignacio.  Boris, con ese negro y brilloso pelo de indio, ahora marchito. Seguro que Eliana tampoco conoció a Magi.