miércoles, 8 de febrero de 2023

Los condiscípulos (Magi. Cap.4.)

Troncos, por qué se llamó así esta cafetería de la u. Me lo cuenta Eliana, una compañera del pregrado a quien me encuentro en este sitio durante mi visita de egresado. "Esto estaba lleno de troncos donde nos sentábamos a conversar, ¿no recuerdas? (¡Claro!) Yo me reunía con la patota de filosofía, allá, en el rincón. Juan, el que administraba la cafetería, cada árbol que tumbaban lo seccionaba en pedazos y hacía banquitos. No, no existían estas bancas lujosas de la cafetería de hoy, "Arbóreo". Eran bancos rústicos, de madera, troncos. La administración de la u cambió las políticas de espacios y elevó los costos de contratación. Juan les dio carreras en esta u a sus hijos (unos muchachos zarcos, hoy profesionales) y consiguió plata con Troncos. Con las nuevas normas, que redujeron su local, aguantó aún otro tanto. Después, sus hijos continuaron con el negocio, hasta que lo dejaron. Hoy es lo que ves, esta silletería de café chic". En cuanto a Pastora, todavía tenía su cafetería vecina de Troncos, aunque ya no iba por allí. La señora de la cafetería de la Escuela de Derecho (en la antigua Javiera Londoño) estaba enzarzada en un lío con estas regulaciones sobre la administración de los espacios. Esto es lo que le entiendo a Eliana. Ella estudió derecho allí, y estaba empapada del asunto. Eliana es promoción 1994, más o menos el mismo año mío. Lleva diecisiete años como profesora de cátedra. También labora en un colegio público. La encuentro a eso de las nueve y media de la mañana, conversando con una ex-alumna, aguardando a que sean las diez para irse a Artes a dictar una clase. "¿Qué se siente volver a la u y que nadie te conozca?", me pregunta. "Nada. Peor que todo el mundo te conozca", respondo. Eliana dice que no puede sentarse a leer en la cafetería porque no la dejan, todo el mundo la saluda. Por ejemplo, esos muchachos que vienen allí fueron sus discípulos. Sin embargo, a ella esta u de hoy le parece un asco, no por la proliferación de  ventorrillos y los desórdenes, sino por el vicio. No es la u que conoció, la de su época, esa no la cambia por la de hoy. Igual, pienso yo, es la u de siempre, con un grupo de estudiantes y su profesor tomándose fotos ante la fuente (sarcástica, Eliana comenta: "están presentando el examen final"); con una muchacha arrojándose al estanque mientras una amiga graba un vídeo; con un operario manipulando una manguera larguísima en la proximidad de la fuente; con el hervor y la pausa, con la inquietud y la abstracción de los individuos, diversos y únicos. Es la u donde una tarde Magi, precisamente en lo que llamábamos Troncos, se me acercó furtiva por la espalda y me tapó los ojos con las manos, diciendo: "adivina quién soy". Hoy vuelvo a la u como un pensionado de la docencia. Eliana ha pasado sus últimos treinta y cuatro años de su vida aquí, incluyendo el pregrado, el doctorado y la cátedra. "¿Qué se siente ser pensionado?" Como catedrática, tiene oficina en la sala de profesores, pero le gusta estar en cafetería, esta es su verdadera oficina, conversar con la gente, leer. Casualmente (¿casualmente?), vuelvo con la agenda 47 en mi morral, correspondiente a anotaciones de 1992, cuando aún estudiaba aquí y estaba cerca de graduarme. Magi está en esta agenda 47, y está en mi recuerdo de aquellos días. Como están los rostros de estos veteranotes de Deportes que veo esta mañana (uno de ellos me lanza una mirada, como si me reconociera). Hasta siento en la punta de la lengua el nombre de este, ¿Miguel? Pasan por mi lado, se reúnen a conversar junto a la cafetería de Deportes, otro sesentón se les agrega. "Vacas sagradas", pienso. Esta mañana, sentado en la plazoleta ante la piscina, de espalda a la cafetería y su rumor de voces, veo el metro pasar por el viaducto elevado, al otro lado de la u, contra las montañas del norte. Y recuerdo que en el tiempo de la agenda 47, el tiempo de Magi, aún no existía el metro, lo estaban construyendo. Una figura añosa (un viejo, deja el eufemismo) se acompasa con este tiempo caduco, o caduco no, transformado, mutado. Están aquí todavía, pelicanos, la piel rugosa, los gestos lentos (o pretenciosamente ágiles, llamándose a sí mismos "viejos" ante los estudiantes, pero con un tonito de perdonavidas, de querer que sus alumnos los consuelen:  "no, profe, usted no se ve viejo, se ve muy bien todavía"), como en una absurda comedia bufa. Pero están aquí, y me miran, y acaso me reconozcan. ¿Miguel? Descubro en esta agenda 47 un poema dedicado a Magi, a Juan Fernando Saldarriaga "y a todos los que hoy, 25 de junio de 1992, se sentaron conmigo a holgar en Troncos". Los dos primeros versos: "Gozosos corazones del estío, vosotros, amigos". Doy cuenta de una ensalada de frutas comprada en el kiosco (4.200. pesos), luego escribo un rato, con la agenda 47 al lado, y apronto para ir a beber un tinto en educación (al chuzo del Dragón), objeto básico de mi visita de hoy a la u, junto con el propósito de adelantar otro capítulo sobre Magi. Orino en el baño de educación, veo letreros y símbolos incendiarios en las paredes. Echo un vistazo a la esquina sur-oriental de la plazoleta Barrientos, pero no veo el chuzo del Dragón, solo el saco de arena colgando en el madero de siempre, anacrónico, olvidado, Pensaba tomar el tinto allí, cruzar unas palabras con el joven enérgico del chuzo del Dragón. Hablar de ajedrez. Ver a algún chico dándole puños a el saco de arena. ¿No es "pera" como le llaman? Quizá le hayan pedido el espacio. Tal vez deba licitar cada año. Total, acabé desayunando en Arbóreo, lo que antes era Troncos, un sándwich y un café con leche. Y allí descubro a Eliana con un traje a rayas verticales negras y blancas, y un corte de pelo a la nuca, rapado en un ángulo, un airón en otro lado, todo lo osado que se quiera en una mujer de cincuenta. ¿No vi clase con ella? Eliana y su joven compañera se levantan y se dirigen al extremo, donde hay unas bancas para los que ven tele. El aparato pende en la esquina derecha del techo. De pronto, mientras desayuno, con unas varas armables, de pasta, la joven levanta un ropero y cuelga unas prendas femeninas, un gorrito azul y blanco, y debajo del ropero, en el piso, exhibe unos zapatos, incluso unos botincitos rosados, infantiles, y junto al ropero, en el suelo, exhibe un tendido con camisetas, chores, etcétera. La muchacha vive en una vereda de San Cristóbal, el novio la trae en la moto. Eliana la acompaña y le conversa. Resobada ropa de segunda. Es el negocio. "Una boutique en plena cafetería",digo a la muchacha, que sonríe. Pregunto a Eliana por Boris, el de la patota de filosofía, pero ella dice no recordarlo. Sé que Boris está viejo y enfermo. Es amigo de Luis. Días atrás lo topamos en la biblioteca de Comfama de San Ignacio.  Boris, con ese negro y brilloso pelo de indio, ahora marchito. Seguro que Eliana tampoco conoció a Magi.                          

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