Dos de la madrugada. El desvelo, la incapacidad de obtener una postura cómoda para el descanso, me obligan a abandonar la cama, salir de la habitación, bajar a la primera planta, encender la luz, exponiéndome a padecer los reproches que la posible alteración del sueño de los demás me impulse a hacerme. El caso es que dejé el lecho donde Magi, la amable anfitriona, nos acomodó a Jhony y yo. Las últimas noches he tenido el pulso agitado, lo que me inclina al insomnio. Esta no fue la excepción. Confieso que la cama, más que un lugar placentero, era una especie de martirio. Existía una suerte de escrúpulo al dormir compartiendo el espacio con otro individuo, dividiendo el lecho en dos secciones físicas y mentales, evitando tocar el cuerpo del compañero, escuchando su resuello, sus movenciones, acaso, también, su desvelo. Todo esto me impulsó a cambiar de estado y lugar (la idea es escribir un rato). Es un modo de llevar el cuerpo hasta el límite, de cargarlo de trabajo para que se agobie y agote su resistencia, tras lo cual el sueño será más expedito. Espero no haber trastornado el reposo de los que dormían en torno a mí. Hablo de Jhony, de Magi y su niño, y de la inquilina de Magi. Estoy en el recibidor de mi amiga, que podemos describir como un salón escueto, desprovisto del moblaje tradicional, donde tres guacales en madera basta, con encarnados cojines encima, suplen la ausencia de sillones. En un rinconcito descansa una estantería pequeña, hecha con ladrillos y tablones, un conjunto humilde, tosco. La pared opuesta a la de la ventana que da a la calle, está prácticamente tapizada con hojas de diverso tamaño, color y material, donde Juan Manuel, el hijito de Magi, dibuja y colorea toda suerte de cosas: casas, aviones, caballos, perros, helicópteros, peces. Cada hoja muestra un número plural del objeto o animal escogido. Por ejemplo, en la hoja de los perros pintó diez de estos, dos columnas de cinco, el de atrás mirando la cola del de adelante. Este es un espacio que denota una vida con un estilo provisional. Hablo de la sala, donde la estantería, según Magi, obedece a la necesidad de tener a la mano los libros que más emplea en su labor de profesora de secundaria. El resto de su biblioteca permanece embalada en cajas, o en la casa de su madre, en Medellín. El triciclo de Juan Manuel permanece debajo de la escalera. Esta nace cerca de los anaqueles y sube, estrecha, quebrada, hacia el segundo piso. La tos del niño de Magi parece alternar con el canto del gallo y los chiflidos del sereno (ahora se les incorpora una trasnochada y vaga música de añoranza proveniente de la calle), en una especie de coro disonante. El niño tose mucho. Me hace acordar de mi hermanito, que sufre molestias por la asfixia. Estoy sentado en un cojín, idéntico a los que hay sobre los guacales. Mi espalda se recuesta en la pared. Una manta gruesa envuelve mis piernas. Ahora es una melodía romántica, más perceptible, con sabor a idilio o desengaño, la que llega desde fuera, donde imagino a los serenos como sombras delgadas, lustrosas, sin sueño. En mi piel, una especie de ardor gélido, como respiración de nevera. Es la noche; es Rionegro, donde vive y trabaja Magi. Con Jhony, antes de acostarnos, hemos jugado cartas. Magi ha fumado un cigarrillo. Ahora, el paquete blanco y azul y el encendedor rojo yacen sobre un taburete. Hemos comido crispetas hechas por Jhony quien, antes de esto, intentó tostar maní, con pésimos y carbonizados logros. Después de jugar cartas, Jhony nos mostró sus ejercicios de pintura al pastel (cuatro o cinco), realizados en un cuaderno de rústicas y gruesas hojas, al parecer de encuadernación casera. Luego, como último punto de la velada, leímos un cuento de un profesor de la u. Yo lo leí en voz alta. Aquí en esta sala, sentado en un cojín rojo, las piernas envueltas en una manta, la espalda contra la pared, a las dos de la madrugada, observo la hoja donde el niño de Magi advierte: "prohibida la entrada a quien no sepa dibujar caballos". Y me sorprendo pensando en la animadversión que el marido de Magi siente por mí. Algo extraño a todas vistas y, para mí, inmotivado, puesto que nunca he cambiado una palabra con él, y tampoco tengo la intención de quedarme con su mujer, de la que, entre otras cosas, anda separado. Al regresar a Medellín, me digo: "de nuevo en la cuenca, en la olla", al ver el bus de Rionegro fundirse en el entrevero de vehículos de la autopista, sintiendo de nuevo la opresión de la urbe ruidosa y chocante. Tras pernoctar y transcurrir las primeras horas en Rionegro, bajo un aire más ancho y un signo más calmo, volver al caos de la ciudad significa un trauma. Pasamos unas horas en la alta meseta, en las cumbres montañosas, en esa especie de paz. Descender es reencontrarse con un absurdo y repelente modo de de vida que uno asimila mal que le pese. Para hacer más enfática la sensación de brusquedad y desamparo de la urbe, Jhony, mi compañero de viaje, es detenido por la policía cuando baja del bus frente a la u. Le piden que abra la mochila azul que porta, para ver su contenido. Mi amigo hace un leve ademán de repulsa, indicando que estudia allí (señala con un gesto de la cabeza). El policía insiste en requisarlo y Jhony abre su gastada mochila de lana, donde habrán de encontrar una revista deteriorada, un libro de Andrés Caicedo, una chaqueta y un cuaderno de dibujos al pastel. En el rostro de Jhony hay una mueca desinteresada, irónica, cuando el policía revisa la mochila. Su cara es ancha, de aguda nariz, con bigotito Tiene un aspecto sin realce, algo descuidado. Cojea. La cojera de Jhony se debe a que tiene una pierna un tris más corta que la otra. Nunca he osado preguntarle, pero creo que esta es la razón. Una vez Jhony traspasa la portería y se adentra en la explanada, piensa con orgullo que esa plazoleta larga que va a rematar a la biblioteca central lleva su apellido, en honor a un estudiante de economía sacrificado en las luchas estudiantiles de años atrás (1973): Luis Fernando Barrientos Rodríguez, asesinado por un agente del DAS, de civil.
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