jueves, 23 de marzo de 2023

Los condiscípulos (Magi. Cap. 16.)

No recuerdo quién era Sergio, ese amigo de Magi que trabajaba en un banco del centro. Debía de ser un condiscípulo de la u, quizá el que más tarde fue mi colega en Comfenalco. Magi decía de él: “tiene un tremendo potencial sacerdotal”, tal vez aludiendo a que debió estudiar teología, en vez de Español y Literatura. Una tarde de aquellas acompañé a Magi al centro a reclamar un giro en el banco donde trabajaba Sergio. El papá de Magi le envió el giro desde Riohacha. Yo miraba a Magi, su rechoncha figurita deslucida, su cutis graso, sus pronunciados rasgos de mulata, su ropa llevada sin elegancia. Magi se complacía contándome sus apuros económicos. Su voz era alegre, sonora y cantarina como los acordes de un píccolo. Me abordó en las afueras de la u. Me ofrecí a acompañarla a su diligencia. Nos abrimos paso entre el tráfago del centro: el tumulto de las tres de la tarde. Apunté su teléfono. Iba a su lado como un acompañante desanimado, seco. Magi hablaba y hablaba. Imposible que no tratara el tema de la leche de su hijo. La llevé hasta el paradero del bus. Puso el pie en el estribo diciéndome: “llámame”. Y la tarde con su sol de brasa vibró con el son de su voz. El bus se la llevó. Su cabeza estaría llena de ideas confusas. Acaso pensara que estaba enamorada de mí. Yo, a mi vez, pensé que era lo suficientemente maduro como para manejar los asuntos sentimentales. No amaba a Magi.

Sí, ese Sergio amigo de Magi debía de ser el profesor de español de Comfenalco, el obeso que, junto con William, bebía bastante, y que una noche fuimos de juerga por el centro y por la 70. Primero estuvimos en un sótano de Colombia entre Junín y Palacé. Luego, ebrios, tomamos un taxi para la 70. Tengo un apunte sobre Sergio y una alumna, Zoraida. Sergio la acusaba de tener una mentalidad propia de “guisa”. Era enferma urdiendo cuentos de amantes y líos pasionales, y siempre lo buscaba a él para contárselos. Zoraida tenía una fluidez verbal impresionante. Hablaba por cada poro. Era tan fantasiosa que le inventó un enredo a Sergio: dizque este la deseaba y le había hecho propuestas deshonrosas. Sergio se reía, despreciativo, de Zoraida y sus historias. De veras que, como apuntaba Magi, la sonrisa de Sergio sí tenía un dejo sacerdotal, de cura dulzón. “Primero me lo corto”, sentenció. Sergio siguió mofándose, con veneno, de Zoraida, que era una alumna elevada en clase. Ocupaba un rincón del aula al lado de la ventana y se la pasaba mirando para la calle (Colombia con Cúcuta), como si su novio trabajara en uno de los negocios del frente: uno de los que plastificaba documentos o de los que vendía guanábana.   

Esas cosas que contaba Sergio eran similares a las que narraba Magi. Cosas matizadas de imprudencia y de cotilleo. Ese “primero me lo corto” tan llano era parecido a las expresiones crudas de Magi: “tengo una malparidez”.  Quién sabe si cuando coincidimos en Comfenalco hablamos alguna vez de Magi. No recuerdo, no tengo ningún apunte al respecto. Magi ya se había marchado a la costa, cerrando círculos con Medellín. ¿Habría regresado alguna vez? Su madre vivía en Belén. ¿Qué habría sido de su hermano Diego? Tampoco volví a ver a Sergio en todos estos años. 

 


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