No recuerdo quién era Sergio, ese
amigo de Magi que trabajaba en un banco del centro. Debía de ser un
condiscípulo de la u, quizá el que más tarde fue mi colega en Comfenalco. Magi
decía de él: “tiene un tremendo potencial sacerdotal”, tal vez aludiendo a que
debió estudiar teología, en vez de Español y Literatura. Una tarde de aquellas
acompañé a Magi al centro a reclamar un giro en el banco donde trabajaba
Sergio. El papá de Magi le envió el giro desde Riohacha. Yo miraba a Magi, su
rechoncha figurita deslucida, su cutis graso, sus pronunciados rasgos de
mulata, su ropa llevada sin elegancia. Magi se complacía contándome sus apuros
económicos. Su voz era alegre, sonora y cantarina como los acordes de un
píccolo. Me abordó en las afueras de la u. Me ofrecí a acompañarla a su
diligencia. Nos abrimos paso entre el tráfago del centro: el tumulto de las
tres de la tarde. Apunté su teléfono. Iba a su lado como un acompañante
desanimado, seco. Magi hablaba y hablaba. Imposible que no tratara el tema de
la leche de su hijo. La llevé hasta el paradero del bus. Puso el pie en el
estribo diciéndome: “llámame”. Y la tarde con su sol de brasa vibró con el son
de su voz. El bus se la llevó. Su cabeza estaría llena de ideas confusas. Acaso
pensara que estaba enamorada de mí. Yo, a mi vez, pensé que era lo
suficientemente maduro como para manejar los asuntos sentimentales. No amaba a
Magi.
Sí, ese Sergio amigo de Magi
debía de ser el profesor de español de Comfenalco, el obeso que, junto con
William, bebía bastante, y que una noche fuimos de juerga por el centro y por
la 70. Primero estuvimos en un sótano de Colombia entre Junín y Palacé. Luego,
ebrios, tomamos un taxi para la 70. Tengo un apunte sobre Sergio y una alumna, Zoraida.
Sergio la acusaba de tener una mentalidad propia de “guisa”. Era enferma
urdiendo cuentos de amantes y líos pasionales, y siempre lo buscaba a él para
contárselos. Zoraida tenía una fluidez verbal impresionante. Hablaba por cada
poro. Era tan fantasiosa que le inventó un enredo a Sergio: dizque este la
deseaba y le había hecho propuestas deshonrosas. Sergio se reía, despreciativo,
de Zoraida y sus historias. De veras que, como apuntaba Magi, la sonrisa de
Sergio sí tenía un dejo sacerdotal, de cura dulzón. “Primero me lo corto”, sentenció.
Sergio siguió mofándose, con veneno, de Zoraida, que era una alumna elevada en
clase. Ocupaba un rincón del aula al lado de la ventana y se la pasaba mirando
para la calle (Colombia con Cúcuta), como si su novio trabajara en uno de los
negocios del frente: uno de los que plastificaba documentos o de los que vendía
guanábana.
Esas cosas que contaba Sergio
eran similares a las que narraba Magi. Cosas matizadas de imprudencia y de
cotilleo. Ese “primero me lo corto” tan llano era parecido a las expresiones
crudas de Magi: “tengo una malparidez”.
Quién sabe si cuando coincidimos en Comfenalco hablamos alguna vez de
Magi. No recuerdo, no tengo ningún apunte al respecto. Magi ya se había
marchado a la costa, cerrando círculos con Medellín. ¿Habría regresado alguna
vez? Su madre vivía en Belén. ¿Qué habría sido de su hermano Diego? Tampoco volví
a ver a Sergio en todos estos años.
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