El hombrón se acogió a la sombra del almendro. Permaneció de pie. Sacó un cigarrillo, lo encendió. Lo vi dar profundas fumadas y placenteras chupadas. Fumaba tranquilamente. Me pregunté cuál sería su vida, qué lo llevaba al parque, si era un ser solitario. Tenía buena presencia, ropa limpia, ordenado aspecto. Mostraba cierta ingenuidad en sus actos, esa torpeza que caracteriza a los grandullones. Noté que conversaba con los niños y saludaba a las señoras que pasaban. Seguramente vivía en ese cómodo complejo residencial, del que el parque con su grato césped y sus árboles umbríos constituía la zona de recreo. Me conmovió cuando se sonrió con el bebé que pasó en brazos de una mujer, al tiempo que le decía adiós con la mano. Permanecía bajo la sombra del almendro, chupando el cigarro con lentitud y fruición, una mano en el bolsillo del pantalón. Hacía poco se había acercado a nosotros, poniéndole conversación a Luis Carlos, riéndose de las payasadas que este realizaba. Le tiré el balón, invitándolo así a que se uniera a nuestro juego. Se mostró cohibido, reacio, por lo que no volví a lanzárselo. Varias veces pateó la pelota, pero con desgana, acaso por no parecer descortés. Los dos chicos que jugaban conmigo y con Luis Carlos (el muchacho con síndrome de Down) le hablaban con brusqueza, sin respeto, como si no fuera una persona mayor. Pensé que no era la primera vez que lo trataban con esa grosería, que ese trato era el fruto de una larga costumbre. Me dolió por el jayán. Quizás era uno de esos tipos con problemas mentales, algo bobalicones, hijos de buena familia. Antes de que Magi y yo nos marcháramos, nos dirigió varias miradas, como analizándonos. Ese hombrón me produjo una vaga nostalgia, quizás porque era un ingrediente más de la fugitiva belleza vespertina, al igual que los islotes de fulgor que en el césped formaban los rayos solares al filtrarse por las ramas de los árboles. Dos jóvenes (hombre y mujer) practicaban karate. Desperdigados en el amplio verdor del prado, los novios se sentaban o se tendían a charlar o a besarse. Una pareja de ancianos pasó llevando a un perro de una cadena. Una mujer se asomaba insistentemente al balcón de uno de los apartamentos vecinos. Luis Carlos era un jovencito simpático, lleno de energía, de risa, de bromas. Era el dueño del balón. Me hizo acordar de Marcela, la muchacha con síndrome de Down que conocí una mañana en una de las piscinas de la Liga de Natación, sede Unidad Deportiva de Belén. El grupo era heterogéneo. Había chicos, jóvenes, adultos. La disparidad del conjunto se extendía a la estatura y a los distintos grados de la sintomatología física del síndrome. Salvo una o dos excepciones, todos los rostros mostraban el aspecto característico, el aire delator. Vestían camisas amarillas (de un tono subido, con el nombre de la institución a un lado del pecho) y pantalonetas negras: completamente uniformados. Era la ropa deportiva, el atuendo de los viernes, el día fijado para traerlos a la Unidad Deportiva a que disfrutaran de una mañana de recreación. De la cancha de basquet habían pasado a la piscina. Solo la tercera parte del grupo se bañó. Mientras los bañistas retozaban en la piscina, los demás se reunieron bajo el cobertizo que había junto a la administración. Una se aisló, aburrida, en un extremo del andén. Era obesa, de pelo negrísimo, muy corto. Tenía una expresión lerda. No le faltaban motivos para estar triste. Al cruzar la zona de duchas estas, que habían permanecido cegadas, se abrieron y la empaparon. Ella, que fue de las últimas en entrar, rezagada del resto de sus compañeros, se apresuró a salir de esa lluvia repentina, lanzando grititos. Los que se percataron del incidente, lo celebraron con risas benévolas. La propia afectada localizó la llave en el muro aledaño y cerró las duchas. Al parecer un chico travieso le había gastado esa broma. Tenían cuatro tutores, tres mujeres y un hombre. Entre las primeras había una jovencita, menuda, trigueña. Las dos restantes sobrepujaban los treinta y tenían cara de ser rígidas. Blanca y rubia una, canelita la otra. Esta última anotaba algo en una planilla, de pie, en un canto de la piscina. El hombre era joven, robusto, de voz pastosa, que no vacilaba en cobrar acentos autoritarios. Bajo el tejadillo, el rebaño exhibía una faz dócil, tratable. Solo un muchacho se había apartado un poco, con gesto lloroso y angustiado. Lloraba, refunfuñaba quedito. Tenía las piernas recogidas, abiertas; sedente, la espalda contra el muro, apoyaba un codo en una rodilla, descansando la frente sobre la mano cerrada. El otro brazo reposaba, tendido, flojo, sobre la otra rodilla. Usaba gafas de cristales gruesos. Izaba la vista al cielo, de vez en vez, desesperado, rabioso, para rezongar luego. También manifestaba su enojo rebulléndose en su sitio, o golpeando la rodilla con el codo. Lloraba porque deseaba bañarse en la piscina. Esto era imposible: su madre no le había dado el dinero para tal efecto. Los bañistas no podían estar más felices. No nadaban bien, es decir, con técnica, pero derrochaban gran alegría. Sus rostros mongoloides presentaban un aspecto curioso allí en el agua cristalina. Parecían las caras de extraños peces juguetones. Delfines, por ejemplo. Marcela tenía trece años, vestido de baño de una pieza, gorro de idéntico color que el traje: esmeralda. Delgada, cabello corto, rizado, bonito, ojos claros, rostro alargado, con cierta proclividad al prognatismo. Un lunar en el párpado inferior derecho. Un costurón en el pecho (seña de una cirugía al corazón que le practicaron años atrás, de la que salió bien). Senos poco desarrollados. Largas y estilizadas piernas. No tan marcado su mongolismo. Tez clara. Voz amable, deleitosa, femenina. Al oír que uno de sus compañeros eructaba ruidosa y desfachatadamente, exclamó: "Mis compañeros son unos cochinos, todos, menos yo". Este "menos yo" lo dijo tras una pausa, de un modo espontáneo, despreocupado, sin afectar melindre ni nada parecido. Hablaba con jovialidad. Se sentó al lado mío, haciéndome la cara merced de su familiaridad simpatiquísima. No traía puesto el gorro. Lo empleó al entrar en la piscina, mas se lo quitó al salir, cuidándose de escurrirlo. Abandonó el agua porque un jovencito se obstinó en molestarla, halándola del brazo, sin consideración, salpicándole agua en la cara. Marcela se ofuscó tanto que llamó a Chocolate para que la auxiliara. Era este un joven desarrollado, de sólida complexión, moreno. Su rostro era el que menos delataba un aire mongoloide. Entre risas y bromas, se dedicaba a requebrar a Marcela. Sus facciones eran regulares, llenas, viriles. Tenía una sonrisa hermosa. El chico fastidioso acabó por soltar a Marcela, antes de que Chocolate tuviese que actuar. Marcela se dirigía a este muchacho con igual coquetería; no en una forma chocante, sino natural, agradable, madura. Hablamos un ratito, mientras Chocolate le enviaba piropos y conjuros desde la piscina. Marcela replicaba: "estoy cansada". Y solo estuvo un minuto en el agua. Mas la impertinencia de ese diablillo la había hecho agitar. Qué fácilmente se desesperó. Dialogamos en un aire ameno, de mutua condescendencia. He aquí algunas de las preguntas que me lanzó: ¿Estudias o trabajas? ¿Dónde trabajas? ¿Tienes novia? ¿Es bonita? ¿Dónde vives? ¿Tienes más hermanos? ¿Todos morenos, como tú? ¿Cómo se llaman? ¿Practicas deportes? ¿Saber cuidarte? Esta última pregunta me mató. A todas ellas respondí con franqueza. A veces su mongolismo se acentuaba más, de acuerdo con ciertos movimientos de su cabeza, con algunas gesticulaciones incontroladas, verbigracia, el débil castañeteo de dientes, debido al frío; o a causa de un giro brusco de su rostro. Me habló de sus cosas: "Ayer estuve en el entierro de una vecina que murió de un paro cardíaco; estuve muy afligida; cumplo catorce años la próxima semana; me gusta que me hagan torta, que me den dinero y regalos; mi padre murió; mi madre no trabaja; es mi abuelita quien me colabora en lo económico; mañana una amiguita mía da una fiesta (Chocolate, ¿quieres ir?; ella es tan especial conmigo que no reparará en que vayas conmigo); hago gimnasia; me gusta la música pop; los chicos de mi barrio me vacilan; cuando me operaron me dolió mucho; me aplicaron unas inyecciones tremendas, aquí en el brazo, y aquí, en los costados; me pusieron un sinfín de alambres en el pecho; siquiera salí bien; pero, si hubiese fallecido, no habría estado triste, me iría allá (señaló el cielo, ojos de beatitud), con mi papá; en esta tierra hay muchos peligros; tú, ¿sabes cuidarte?; me agrada la natación, tenemos una profesora, pero no vino hoy; tengo una hermana de quince años, Isabel". Estupenda amiga, Marcela. Nos despedimos con un cálido apretón de manos y recíprocas congratulaciones. La vi alejarse, ágil andar, bello cuerpo (su nuca larga, compacta), graciosas maneras. El grupo se dirigió a la salida. Los bañistas se encaminaron a los baños. Marcela fue la primera en salir, ataviada con su camisa amarilla, su negra pantaloneta, sus tenis negros. Su cabello era lindo, suelto. Luis Carlos y el hombrón me la recordaron. Quién sabe qué sería de ella. Era otra tarde más con Magi, apurando vida y dolor con cada resuello.
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