sábado, 4 de marzo de 2023

Los condiscípulos (Magi. Cap. 10.)

Con la plata que le dieron por ganar un concurso de cuento, Magi aprovechó para darles un paseo a Coveñas a su madre y a Diego, su hermano, quien no conocía el mar. Magi opinaba que una persona que no conocía el mar era un ser incompleto. Creyó que el mejor regalo que podía hacerle a Diego era costearle los pasajes a Coveñas, donde podría ver esa inmensidad de agua. Así que le ofreció el viaje. Él no quería aceptarlo. Hasta el último momento se negó a dar su consentimiento, aduciendo que él ya no estaba para esos trajines. Empero, Magi insistió, halagándolo con el disfrute de unos días indescriptibles. Diego parecía vacunado contra todo entusiasmo. Magi no bajó los brazos. Al fin dejó la dulzura y empleó la dureza. Le dijo a su hermano que no lo hacía por él, sino por ella, porque no lo soportaría en casa mientras el resto de la familia se hallaba de vacaciones. Entonces Diego cedió. Era un hombre de treinta y ocho años, un caso crítico de drogadicción. Andaba internado en un instituto de Bogotá donde intentaban recuperarlo, pero había venido a pasar la Navidad con la familia. No hacía mucho estuvieron a punto de matarlo: le dispararon varias veces, salvándose de milagro. Se recobró de las heridas y siguió haciendo calaveradas. Alguna vez le sacó la tarjeta bancaria a Magi y sustrajo dinero para comprar droga. Este era un hecho reciente. No recuerdo haber visto a este hermano de Magi. Era la época en que Magi vivía con su familia, en Belén o La Floresta. Estuve una tarde en su casa, pero no recuerdo a las personas que vi allí. Quizás no había nadie, solo Magi y yo. Recuerdo que Magi me mostró los instrumentos musicales de su padre, que esto fue lo que más me atrajo. Siempre he molestado con la guitarra. No puedo precisar si esta ocasión fue la misma en que nos encontramos, previo acuerdo, en el teatro Odeón (en la América). No entramos a cine. Preferimos caminar por la carrera 80, hasta el Estadio, con el esplendor del verano prodigándonos su sensualidad. En la acera del centro comercial El Obelisco me topé con dos alumnas de La Salle, Paula y esa muchacha trigueña que parece un ángel. Nos saludamos y platicamos amablemente. Les dije: "están preciosas", y Magi comentó: "qué profesor tan coqueto". De verdad estaban hermosas esas dos chicas. El gentío se dispersaba del estadio, donde había concluido un encuentro de evangélicos. Atravesamos la Unidad Deportiva entre las canchas de tenis y las de fútbol (desde una de estas me saludó otro alumno de La Salle, un chico de octavo, quien me hizo un gesto pícaro al verme con una mujer). Magi me preguntó si me gustaba el tejo (pasábamos ante la cancha de tejo). Respondí: "No". Me sentía bien al lado de Magi. Ella llevaba un atuendo juvenil, pantalón y chaqueta en tela de jean, brillosos zapatos negros con triple correa. Me agradaba la vivacidad de su voz, el placer con que caminaba bajo el fuerte sol, sus muletillas: "mierda", "mano". Me habló de su padre, muerto recientemente, de lo mucho que le gustaba ponerse al picante sol, sin camisa. Para halagar a sus hijas, les decía: "Hijas del verano". Vinimos hablando cosas hasta Suramericana (solo nos detuvimos en una tienda a comprar pasteles porque estaban en promoción, se pagaba uno y daban dos). En Suramericana pasamos un rato delicioso, con el césped maravilloso, la gente tan plácida, los árboles anegados de luz, la nitidez de los edificios, todo un primor, un remanso de paz en el tráfago citadino. Nos encontramos con Jhon, un ex-novio de Magi: andaba con otra chica a la que Magi compadeció, porque Jhon era divino, pero no se lo recomendaba a nadie como novio. Magi compró dos conos al viejo del carrito con campanilla. Le pareció que la estafaron. La crema era horrible. Yo me lo comí todo. Ella lo botó. Junto a nosotros una familia numerosa jugueteaba. Me cautivó la mirada de la mujer más madura, sus ojos tranquilos, su risa sonora, su rostro agraciado. Quizás por lucirme ante ella me puse a jugar fútbol con el joven con síndrome de Down y los niños vecinos. Sentí nostalgia cuando se marchó la familia, la mujer madura que había reído y hecho piruetas tal vez para captar mi atención. Tanto ella como yo, con un lenguaje de miradas y ocultos deseos, habíamos tenido una inocente aventura. Todo se tiñó de una leve ansiedad, de una inefable tristeza ante la divergencia de nuestros destinos. Más tarde evoqué sus formas redondas y firmes; evoqué sus ojos, su risa, los ejercicios gimnásticos en compañía del hombre que parecía ser su marido. Todo era un poco triste. Magi allí, dedicándome su tiempo y sus atenciones, y yo enamorándome de una desconocida. Tal vez por eso botó el cono, ya no lo quería. Quizás Magi no era todo lo afortunada en el amor que ella quisiera. ¿Por qué? ¿Por qué ocurren estas cosas? También le echó los perros a Caliche un tiempo. "No me gustaba", me confesó Caliche años después. Pero era rico caminar con Magi, conversar con ella, sentir el desenfado y la calidez de su "mierda", su "mano". Era una costeñita de cabo a rabo. Hoy trato de recobrar esa calidez en estas páginas.              

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