jueves, 9 de marzo de 2023

Los condiscípulos (Magi. Cap. 13.)

Debo analizar mi comportamiento con Magi. Me pregunto por qué solía ser frío y repelente con una mujer tan amable y servicial como era ella. Era demasiado atenta. Me colaboraba pasando a máquina mis cuentos, me sacaba de apuros económicos, tomaba como suyas mis angustias y se proponía resolverlas con el mejor ánimo. Recuerdo que una tarde en que caminábamos tomó mi mano, y yo la sentí tan urgida de cariño. Pero en mí no se originó una respuesta acorde a su sentimiento. Esta fue nuestra tragedia. Magi. A veces escribía su nombre en mi cuaderno como señal de que había estado conmigo ese día, como miembro del reparto de esa mi jornada en la universidad: "Magi". Solía aparecer en mis anotaciones en compañía de otros amigos de ocasión. Constato que estuvo muchos días en mi vida. Que la simpatía y el ansia trenzaron lo innominado a lo largo de días, semanas, meses, años. Quizás Magi también era complicada. O era de malas en el amor, no sé. Dejada con este y con aquel. No tomada en serio por otros por quienes se derretía. A veces sentía que no era muy caballeroso con ella, y esto me dolía. Al final, acababa triste, regañándome por ser mala leche. Magi sentía una rara delectación en la conciencia de tener una piel un poco oscura. Era una costeña, una morena clara. Yo era muy retraído, y hasta llegaba a ser despectivo con las mujeres. Amitié, que en esa época me tachaba de ser muy seco, explica el temperamento callado y evasivo de los negros (ella le llama "lo afro"): "Tal vez es asunto de lo afro. Alguien muy cercano a mí es afro. Me da la impresión de que en un medio mayoritariamente blanco, se vuelve parco, cauto. Tal vez es eso". Me pregunto qué tan acomplejado vivía por mi color. Quizás esas razones expuestas por Amitié (en las que se disfrazaba mi timidez) me hacían ser un individuo amargado, punzante, hiriente. También es que yo era un tipo muy raro, que se iba muy tranquilo con las putas, pero que pasaba trabajo con las chicas decentes. Algunas mujeres que se mostraban delicadas y afectuosas conmigo, se estrellaban con un ser enigmático, grosero, repugnante. Paradójicamente, en estos atributos (o defectos) sustentaba yo toda posibilidad de ser amado. Una vez estábamos viendo una película y yo manifesté el deseo de que terminara rápido y así poder irme a casa, lo cual no fue muy gentil con Magi. La chica se sintió mal. Me deleité en el malestar de ella, pues había pronunciado esas palabras con dicho fin. Pero en seguida me arrepentí de tamaña descortesía. Había ido muy lejos. ¿Qué era eso de herir a cualquier mujer que sintiera un sano afecto por mí? Era una actitud pueril. Porque no fue Magi quien invitó a cine, sino todo lo contrario. Y ahora era ostensible su incomodidad a mi lado, y sus palabras se tornaron ásperas. Magi no era una reina de belleza. Era el tipo de mujer que compensa la ausencia de hermosura física con una desbordante gracia espiritual. En este sentido, Magi era una chica simpática, una personalidad vivaz, afable, jovial. Pero estas cualidades no bastaban para que mi desazón se desvaneciera. Es que, al hallarme con una mujer, ¿sentía eso que explicaba Amitié, esa presión racial? ¿Era por esto que a veces me volvía un ogro? A todo lugar que fuese no dejaba de faltar el chiste racista. Hasta los profesores se tomaban esas libertades en las clases. ¿Hasta qué punto me incomodaba esto? También podía ser cierto que solo me atrajeran las mujerzuelas, a las que es lícito, casi obligatorio, hablar en términos escuetos, hacer cualquier propuesta indecente. Magi era una muchacha de su casa, como dicen, ufanos, los padres. Era una madre soltera, pero esto no significaba nada. Me sentía confuso ante ella. A una prostituta le hablaba sin ambages, iba al grano, pero ¿a Magi? Sospechaba, no obstante, que con ella una relación sexual habría sido más fácil, más agradable, más emocionante que con cualquier ramera. El caso es que mi lascivia se desactivaba ante la Magi amigable, fruto de una moral correcta, de unos ideales sencillos, sobriamente ataviada. Una Magi que proclamaba su satisfacción de ser negra. Qué enredo la vida, definitivamente. Espero que todo aquello me sirviera para madurar un montón de cosas, para sacarme las cucarachas de la cabeza. Sea como fuere, yo era un ser contradictorio, tal vez carne de psiquiatra. Una vez vi a una muchacha negra desplazándose por la soleada explanada frente a la biblioteca. Caminaba sin prisa, con cadenciosos pasos, el bolso a la espalda y una pañoleta en la cabeza. Cabello pasudo, mucho. Atuendo sin lujo, mas pulcro. Tenis negros. Un chicle del mismo color de los tenis y una blusa coloreada rimando con el cromatismo de la pañoleta. Un rostro basto, mulato. Un estremecimiento espiritual y una sacudida carnal me dominaron. La seguí con la mirada hasta perderse de vista por el lado del coliseo. Qué lozanía. Qué abundancia de árboles en danza. Pensé: "esta muchacha podría desencadenarme de esta estúpida rutina, de estos días sucesivos sin choques ni accidentes, de esta plácida marea mortal". Cosas que el magín elabora en el confort del ocio. Pensé: "callejear un amor mulato al lado de esta chica, ir gozoso, engreído, tomado del brazo de esta negra. Efluvios, torrentes, cataratas de ternura y comprensión para ella". En otra página, pero en el mismo escenario, estaba Magi. Me preguntaba si mi experiencia en el garito no me hacía ser como un jugador que, a pesar de que el mundo se derrumba, sostiene ante sí las cartas, sopesa la importancia de cada una y luego la da o la guarda. Magi aparecería en cualquier momento, tenía ya quince minutos de retraso. Surgiría, con seguridad, a mi espalda y, si no estaba alerta, me sorprendería con su picardía de taparme los ojos con las manos. Así que permanecía vigilante. Casi me aterraba la idea de que Magi me sorprendiera y viniera con su juego. La verdad es que no me alegraba mucho la idea de verla. Sin embargo, ¿era digno de un caballero incumplir la cita con una chica que se ha tomado innecesarias molestias por él? No, no era digno. A pesar del fastidio que sentía, un sentimiento de gratitud me obligaba a esperarla. La noche anterior Magi había estado maravillosa. Le conté mis preocupaciones y ella las hizo suyas, barajando en seguida un mazo de soluciones. Quedamos de vernos en la u, temprano. Ahora yo seguía esperándola. Ya no estaba tan patético como la víspera. Examinaba el comportamiento de Magi y no lo encontraba tan sublime. Al fin se presentó, casi con media hora de retraso. Un segundo antes de que me tapara los ojos, volví el rostro y ella no se atrevió. "¿Estás histérico?", dijo, sentándose a mi lado. Yo ocupaba una mesa de estudio en el andén de la biblioteca central. "No, ¿Por qué?" "Porque tardé mucho". "Me entretuve leyendo". Vino el molesto ceremonial de dar información sobre el libro leído, las bondades o defectos del autor, los comentarios petulantes o de afectada modestia, en fin, la farsa en la que todos pasamos por intelectuales. Luego, Magi dijo: "¿Me acompañas al bloque 9? Tengo que ver la nota de Práctica I". La acompañé, deliberadamente frío, desganado, apático. La siguiente media hora resultó penosa. Execré de esa idealización del universitario por el cinco y el promedio sobresaliente, particularidad de la cual, lastimosamente, adolecía Magi. Mas era injusto, pues yo no era distinto en ese sentido. Más tarde, juntos en la cafetería de Ciencias Naturales, supe lo perniciosas que son para el espíritu las pláticas frívolas.                  

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