viernes, 24 de marzo de 2023

Los condiscípulos (Magi. Cap. 17.)

Para continuar con Magi debo traer a escena al profesor de Latín: César. Qué nombre tan idóneo para un profesor de Latín. Cuántos Rubicones y cuántos Brutos enfrentaría a diario este hombre, catedrático universitario. La anécdota es esta: un domingo acabé por llevar a Magi a un partido de fútbol en el Sena de Calatrava. Resulta que yo creía que el juego era a las doce, pero estaba equivocado con la hora. Esperamos hasta las dos. Entramos a una cafetería a gastar tiempo. Tomamos fresco. Yo traduje un punto de los ejercicios de Latín. Mientras tanto, Magi leía mi agenda, sin comentarios, por el momento. Al fin no hubo cotejo. Recuerdo que me felicitaba por ir conociendo a Magi cada vez más, aunque no en el sentido bíblico. Es extraño: no había química. Eros no actuaba. Quizá jugábamos papeles cambiados, no sé. El director de la obra debió dar a otro tipo el libreto conveniente a Magi. Pero ese tipo romántico no aparecía por ningún lado. Estaba yo, y Magi tenía que darse cuenta de que el director la había burlado, de que este individuo absurdo que la invitaba a fútbol por la última era el personaje más horrible que pudiera existir. Y ese mismo día, ese domingo, tras leer mi agenda (yo consentí en prestársela), me espetó con su crudeza natural: "Eres horrible". Sin duda, no se refería a mis apuntes sobre las novelas que leía (Al este del Edén, la de turno) ni sobre las reflexiones con respecto a un tema académico (el lenguaje en Wittgestein, por ejemplo), tampoco a los nostálgicos textos sobre mi infancia, sino a mi forma de ser con la gente, especialmente con las mujeres. Qué cosa tan empeliculada eso de que una mujer leyera mi agenda de escritor con mi consentimiento (pero sobre todo porque ella insistió en que se la prestara), mientras yo, renegando por el partido de fútbol frustrado, todavía no renunciando del todo a este, esperando a ver si aparecían los equipos, mataba tiempo resolviendo la tarea de César, las declinaciones latinas. César, el gran general romano. Uno de los ídolos de Simón Bolívar. El otro era Napoleón. Si Magi llegó hasta Latín conmigo es que recorrimos juntos un gran trecho, porque nos habíamos conocido en Morfosintaxis, semestres atrás. Y aún no era el fin de lo nuestro. Si llegó hasta Latín conmigo, quiere decir, de algún modo, que ya éramos lenguas muertas, que aquello jamás funcionaría. Y fue así, jamás funcionó. Por más que Magi luchó, jamás funcionó. Acaso también yo luché, a mi modo. Quién sabe cuál de los dos era un paquete chileno, tal vez ambos. Ese domingo en que yo me ufanaba de ir conociendo más a Magi, ella me hablaba del padre de su hijo: "Un hombre al que amé más que a mí misma". A Magi le encantaban estas frases dramáticas, que en el fondo resultaban siendo frases de cajón. Lo que me contó de su ex me lo dijo con desgana, porque yo la sonsaqué. El tipo había sido integrante de la selección nacional de béisbol. Ella seguía siendo su amiga, pero ya no podía amarlo como antes. Yo creo que el problema empieza cuando uno ama a otro más que a sí mismo. Eso no es cuerdo. Ese es el fraude que nos hacemos a nosotros mismos. ¿Cómo puede ser esto posible? Es necesario establecer límites. Amar al otro solo hasta cierto punto. Esto no es ser un monstruo, ¿o sí? Y Magi seguía con sus clichés: "El amor murió, dejando en su remplazo una buena amistad". Por algo Bruto mata a César. Por esos asuntos insostenibles, por esas puras mentiras, por esas razones sin peso con que trabamos la vida. Un nudo de locura. Debimos ser claros, poner los puntos sobre las íes. De cualquier modo, Magi no fue la primera ni la última a quien traté con tanto desvío, como alguien que no ha estudiado la cartilla del amor. Es cuestión de juicio, creo yo. A César también lo juzgué con severidad. No es que Magi haya visto Latín conmigo, no. A estas alturas ya se había graduado, creo. Pero aún salíamos por ahí en este tiempo en que yo me hartaba de César y de los condiscípulos, esos viejos rostros de la carrera que ya me fastidiaban. También yo estaba a poco de recibir el cartón. Incluso validaría Semántica (la última materia, la única que me faltaba) para salir más rápido, para no permanecer allí otro semestre. No lo hubiese soportado. A la larga, acabaría por botar a la basura todos los documentos y textos del pregrado, incluido el Diccionario de Latín. Magi ya debía de estar en Cartagena cuando yo obré tal sacrilegio contra César. Es curioso, da qué pensar, que haya sido Semántica, la disciplina que estudia el significado (y, más exactamente, el sentido) la última materia que vi en la u. Es decir, que todo el tiempo que estuve en la u, todos esos años torpes y excéntricos, estuve desorientado, no me importó el sentido. Semántica, el último escollo. Estudié dos gruesos módulos (bibliografía del curso), amén de otros textos voluntarios, de propia iniciativa, para poder ganar el examen. Pasé raspado. El punto de la prueba que me dio el empujón fue el de "redacte un ensayo". Ese ensayo me salvó, siendo como la botadura del navío, la rampa que me sacó de la tierra árida del astillero de la u, para llevarme al ancho mar de navegar la propia vida. Ni tanto, querido. Luego vendría la sujeción a Papá Municipio. Veinticinco largos años. Pero era algo: la botadura. César era un tipo bastante maduro en años, pero inmaturo en cuanto a personalidad. Salía con unos chistes que no daban sino tristeza. La clase era a las seis de la tarde, en el bloque de Ingeniería, si no estoy mal. ¡Ingeniería! Allí había un acopio de documentos, claro. Una fotocopiadora donde los docentes dejaban los materiales que debíamos trabajar. Quizá César dejaba los suyos allí. ¿O fue en el bloque 5 donde vimos Latín? Sí, creo que fue en el bloque 5, donde años más tarde vería a la muchacha ciega del vestido rojo. Iba en los chistes flojos de César. Una tarde, antes de la sesión, alguien escribió en el tablero: " hoy mi alma quiere volar libre como el viento"; cuando César llegó al aula y vio el letrero, salió con esta chabacanería: "quién sabe qué traba se irán a pegar". Eran los alcances del tipo. Era alto, robusto, con calva prominente. Calva que la luz de las lámparas fluorescentes abrillantaba en mayor grado. Traía gafas. Usaba camisetas ceñidas, porque amaba exhibir su elevada robustez. A veces lo veía trotando en la Circunvalar. Pagado de sí mismo, eso es lo que era. ¿Quién no? Yo no andaba de buen genio en esa clase, me aislaba. Gladis Esther, que había visto un sinfín de materias conmigo (y Morfosintaxis con Magi y conmigo), me llamaba a su grupito de trabajo al verme tan renegado, pero yo me negaba, quería estar solo, así no tuviese el documento. Me sentía jodido, maluco. Rechazaba igualmente al joven primíparo que me exhortaba a unírmele para trabajar con su texto. ¿Entonces a qué había ido yo a esa clase? ¿No era estúpido? Y sin embargo, no me sentía abatido, solo rebelado, solo como uno que abjura ya de todo.                        

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