viernes, 31 de marzo de 2023

Los condiscípulos (Magi. Cap. 20. "Luis y la Universidad Libre de Cartagena".)

Rosa fue quien nos dijo que Magi se encontraba en Cartagena, trabajando como docente de la Universidad Libre. Luis argumentó que esta era una institución malísima, relatando, en seguida, una anécdota que nos causó risa: que los alumnos eran unos muchachos largos, flacos, aletargados, que llegaban con ordinarias y pulcras camisas, con un solo cuadernito bajo el brazo, y que tardaban una hora en sacar el pañuelo del bolsillo trasero del pantalón, desplegarlo sobre la silla y sentarse; cuando lograban hacerlo, ya la clase había finiquitado. La maledicencia de alguno osó afirmar que acaso Magi se había mandado mudar con un amante, puesto que no dijo nada en su casa, se marchó sin advertir que se quedaría, tampoco comunicó su dirección ni su teléfono. Su familia tomaba el hecho con cierta grandeza de ánimo, demostrando una actitud indulgente ante la desesperación de Magi, pues no otra cosa debió impulsarla a largarse, a cortar de raíz con todo, a trasladarse a Cartagena con su hijo y sus anhelos. Fue algo que desconcertó a familiares y amigos. Aquella tarde en la u, en un ambiente de reencuentro y camaradería, lo comentábamos: la salida de escena de Magi. Rosa era una de sus amigas cercanas, compañera del pregrado y colega de docencia. No había nadie más indicado para ponernos al tanto de las audacias de Magi. Rosa, claro, otro viejo rostro de la carrera. ¿Qué se habrá hecho? ¿Cómo habrá salido de todo este desbarajuste que es la vida? En fin, aquella tarde también se dio cita Juan Fernando, que unas veces iba huraño y renuente, y otras se nos unía y compartía ideas con qué exaltación. Este fue uno de esos momentos expansivos de Juan Fernando. Nos contó que había renunciado a su trabajo en el colegio: "soporté solo dos meses". Lo vimos con la barba incipiente, una expresión madura, unos gestos más amigables, la calvicie precoz, el gran morral de cuero. Hoy lucía desenfadado. En el fondo, era un individuo cristalino, aunque muchas de sus teorías fueran confusas, demasiado soñadoras. En su cerebro había pensamientos de gran hombre. Se había propuesto realizar un notable aporte intelectual en el campo de la pedagogía. A mí todo eso me sonaba a aridez. Andaba casi aplastado por el enorme morral, donde seguramente cargaba sus libros, papeles y propuestas teóricas. Parecía un expedicionario, demasiado pagado de unas expectativas científicas que acaso solo condujeran al fracaso. Este no es un país para soñadores. Los galeones con tesoros están hundidos, y es muy arduo sacarlos a flote. Hoy me pregunto qué ha sido de Juan Fernando, si descolló en el terreno de la pedagogía, si hizo grandes adelantos en esta disciplina, si todo no se fue en agua de borrajas. Siempre me pareció más fértil la imaginación. Qué rollos. Un buen vaso de leche acompañó a los rollos con crema de arequipe aquella noche en Versalles. ¡Leche! ¿Cómo pude olvidarme de la leche? ¿No es la leche un manjar de los dioses? Era con lo que la diosa Juno se bañaba, si no estoy mal. Aquella noche en Versalles los tres bebimos leche, como lactantes, como terneritos. Habíamos salido de la u con deseos de beber una cerveza, pero elegimos un placer menos comprometedor, más sano, considerando que al día siguiente debíamos trabajar. Magi se ofreció a pagar la cuenta, y nos animó a no escatimar en gastos, porque tenía suficiente dinero. Estaba botada. Magi combinaba su cariz generoso con una locuacidad alegre. Estábamos contentos, desbordando entusiasmo. Hablábamos de libros, tema siempre deleitoso para fervientes amantes de la literatura como éramos los tres. También conversábamos, indefectiblemente en tono quejumbroso y sarcástico, de la desdicha de ser profesores, simples "obreros de la tiza", como decía Magi. Este último era un tema frecuente en nuestros diálogos, había adquirido una faceta morbosa, un acento masoquista. A veces nos preguntábamos si entre todos los egresados de nuestra generación existían docentes satisfechos, que traslucieran optimismo, que abordaran grandes proyectos de enseñanza. Claro, ahí estaba Juan Fernando. Pero el carácter de los colegios no iba a la par con sus sueños de innovador, y solo soportaba dos meses, luego tiraba la toalla. Jhony era uno que no deseaba emplearse de profesor mientras pudiera ganarse la vida de otro modo: prefería pintar, defenderse con la construcción. A la larga, terminaría en lo mismo, de "obrero de la tiza". Magi insistía en que algunos de nosotros estábamos destinados a labores más serenas y profundas, no a la brega cotidiana, al trabajo estúpido y degradante de las aulas de clase. Aquella noche (¿quién iba a pensar que se trataba de una despedida por parte de Magi?) nos enzarzábamos por enésima vez en tan amargas disquisiciones: lo laboral, la pésima remuneración, los sueños prostituidos.                   

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