viernes, 10 de febrero de 2023

Los condiscípulos (Magi. Cap. 5.)

*Al término de la última clase, Marcos sentía fluir de sí una impaciencia desbordante. Por experiencia, sabía lo peligrosa que era esa emoción. Varías veces, en análoga situación, se había visto a punto de ser atropellado por un carro al cruzar una calzada. Y no podía decirse que las ocasiones en que se precipitó a un bar a tomar una cerveza o en un garito a jugar cartas, no obedecieran al mismo acelere. Este desasosiego solía inundarlo cuando las expectativas halagüeñas incubadas a raíz de cualquier contingencia, eran anuladas por un suceso totalmente contrario. Era como cuando, en vista a un paseo que tendrá lugar al día siguiente, soñamos, en los planes de la víspera, que la jornada será clara, tibia, despejada y feliz. Sin embargo, amanece y la lluvia opaca el paisaje, y la brisa es helada y el cielo está nublado y, a última hora, un amigo nos llama y nos avisa que se ha cancelado la salida.

Pese a que la sesión estuvo entretenida y a que el tiempo se fue insensiblemente, cuando el profesor soltó la tiza y concluyó la clase, Marcos se dejó dominar por la impaciencia. Guardó su cuaderno y su lápiz con rapidez, se puso de pie, lanzó un hasta luego frío a Magi (sentada en el pupitre inmediato y que esa tarde se había mostrado excepcionalmente amable con él) y emprendió al trote el ascenso de la escalera del auditorio. Se veía desplazándose a grandes zancadas por las veredas, corredores y explanadas de la u, entre los estudiantes que, en su mayoría, igual que él, se desbandaban en busca de la salida, como si el aire del campus estuviera impregnado de una insoportable pestilencia. Se veía montado en la buseta, de pie, apretado entre individuos rígidos y mudos como estatuas. Incluso se veía llegando a casa, tomando su comida de encima de la nevera, donde su mamá había apartado el plato, dirigirse al cuarto, cuidándose de no cruzar la mirada con ningún miembro de su familia. Tales pensamientos lo inquietaban más y más. Era como un veneno suministrado en dosis mínimas. Y Dios sabía que cualquier día el efecto de la ponzoña se concentraría, fulminándolo. Entonces, quizás, se aliviara de su ansiedad.

Pero las cosas no eran tan terribles. Oyó que a sus espaldas alguien pronunciaba su nombre con la suavidad de quien suelta una paloma con un mensaje venturoso. Se volvió en el acto, pues nadie como él esperaba con tantas ansias ese llamado. Magi venía subiendo los escalones, entre dos secciones de sillas, con su bolso al hombro, un libro de pasta púrpura bajo el brazo y una sonrisa que cautivaba corazones. La esperó arriba, apoyado en el antepecho del auditorio. Ella vino subiendo, escalón tras escalón, hasta ponerse a su nivel. Su sonrisa no desmayó mientras transitó este trayecto. Él la siguió esperando, incluso cuando ella ya estaba junto a sí. Porque no podía creer lo que le estaba sucediendo. Pensó que Magi lo saludaría y seguiría su camino. Mentira, sabía que esto jamás ocurriría.

Caminaron juntos, ella con su “¿leíste ya a Benedetti?”, él con su “¿cómo vas con Dostoievski?”, y el cielo estaba claro, el aire limpio, bello el crepúsculo. Hablaron alternados, ella con su “¿ya vas para tu casa?”, él con su “¿en qué barrio vives?”, y los estudiantes emergían de los salones, venían por los pasillos, paraban en las cafeterías, parloteaban un rato apurando un tinto o una gaseosa, y luego se marchaban, afanosos siempre, fuera que tuviesen clase de seis a ocho, fuera que se retiraran a sus hogares. Ella aceptó el “te acompaño al bus” de él. Él bebió con anhelo de sediento el “acompáñame al amor” de ella. Salieron de la u con ganas de tomarse de la mano.

El anochecer retrasó sus pelotones de sombras. El cielo abrió azules claraboyas para mirarlos pasar. Entraron a un supermercado, donde ella escogió una tarjeta para enviársela a su abuelita el día de la madre. Se detuvieron luego ante las cajas de torta Quaker, y Magi le dijo en broma “regálame una torta de naranja”, espetándole, súbita, la pregunta “¿sabes cocinar?” Y él dijo, tan rápidamente que las palabras parecieron caer y quebrarse en el piso, “sí”. Y ella estalló en risas. Y él fue feliz soñando que era feliz.   

  

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