*Al término de la última clase,
Marcos sentía fluir de sí una impaciencia desbordante. Por experiencia, sabía
lo peligrosa que era esa emoción. Varías veces, en análoga situación, se había
visto a punto de ser atropellado por un carro al cruzar una calzada. Y no podía
decirse que las ocasiones en que se precipitó a un bar a tomar una cerveza o en
un garito a jugar cartas, no obedecieran al mismo acelere. Este desasosiego
solía inundarlo cuando las expectativas halagüeñas incubadas a raíz de
cualquier contingencia, eran anuladas por un suceso totalmente contrario. Era
como cuando, en vista a un paseo que tendrá lugar al día siguiente, soñamos, en
los planes de la víspera, que la jornada será clara, tibia, despejada y feliz.
Sin embargo, amanece y la lluvia opaca el paisaje, y la brisa es helada y el
cielo está nublado y, a última hora, un amigo nos llama y nos avisa que se ha
cancelado la salida.
Pese a que la sesión estuvo
entretenida y a que el tiempo se fue insensiblemente, cuando el profesor soltó
la tiza y concluyó la clase, Marcos se dejó dominar por la impaciencia. Guardó
su cuaderno y su lápiz con rapidez, se puso de pie, lanzó un hasta luego frío a Magi (sentada en el pupitre inmediato
y que esa tarde se había mostrado excepcionalmente amable con él) y emprendió
al trote el ascenso de la escalera del auditorio. Se veía desplazándose a
grandes zancadas por las veredas, corredores y explanadas de la u, entre los
estudiantes que, en su mayoría, igual que él, se desbandaban en busca de la
salida, como si el aire del campus estuviera impregnado de una insoportable
pestilencia. Se veía montado en la buseta, de pie, apretado entre individuos
rígidos y mudos como estatuas. Incluso se veía llegando a casa, tomando su
comida de encima de la nevera, donde su mamá había apartado el plato, dirigirse
al cuarto, cuidándose de no cruzar la mirada con ningún miembro de su familia.
Tales pensamientos lo inquietaban más y más. Era como un veneno suministrado en
dosis mínimas. Y Dios sabía que cualquier día el efecto de la ponzoña se
concentraría, fulminándolo. Entonces, quizás, se aliviara de su ansiedad.
Pero las cosas no eran tan
terribles. Oyó que a sus espaldas alguien pronunciaba su nombre con la suavidad
de quien suelta una paloma con un mensaje venturoso. Se volvió en el acto, pues
nadie como él esperaba con tantas ansias ese llamado. Magi venía subiendo los
escalones, entre dos secciones de sillas, con su bolso al hombro, un libro de
pasta púrpura bajo el brazo y una sonrisa que cautivaba corazones. La esperó
arriba, apoyado en el antepecho del auditorio. Ella vino subiendo, escalón tras
escalón, hasta ponerse a su nivel. Su sonrisa no desmayó mientras transitó este
trayecto. Él la siguió esperando, incluso cuando ella ya estaba junto a sí.
Porque no podía creer lo que le estaba sucediendo. Pensó que Magi lo saludaría
y seguiría su camino. Mentira, sabía que esto jamás ocurriría.
Caminaron juntos, ella con su
“¿leíste ya a Benedetti?”, él con su “¿cómo vas con Dostoievski?”, y el cielo
estaba claro, el aire limpio, bello el crepúsculo. Hablaron alternados, ella
con su “¿ya vas para tu casa?”, él con su “¿en qué barrio vives?”, y los
estudiantes emergían de los salones, venían por los pasillos, paraban en las
cafeterías, parloteaban un rato apurando un tinto o una gaseosa, y luego se
marchaban, afanosos siempre, fuera que tuviesen clase de seis a ocho, fuera que
se retiraran a sus hogares. Ella aceptó el “te acompaño al bus” de él. Él bebió
con anhelo de sediento el “acompáñame al amor” de ella. Salieron de la u con
ganas de tomarse de la mano.
El anochecer retrasó sus
pelotones de sombras. El cielo abrió azules claraboyas para mirarlos pasar.
Entraron a un supermercado, donde ella escogió una tarjeta para enviársela a su
abuelita el día de la madre. Se detuvieron luego ante las cajas de torta
Quaker, y Magi le dijo en broma “regálame una torta de naranja”, espetándole,
súbita, la pregunta “¿sabes cocinar?” Y él dijo, tan rápidamente que las
palabras parecieron caer y quebrarse en el piso, “sí”. Y ella estalló en risas.
Y él fue feliz soñando que era feliz.
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