lunes, 20 de febrero de 2023

Los condiscípulos (Magi. Cap.6.)

Encuentro a Magi en Facebook con el nombre de La maestra colombiana. Le envío un mensaje: "Hola, Magi. ¿Cómo te ha ido todo este tiempo?" "Todo este tiempo" son casi treinta años, una bicoca. Nada resulta de esto. No recibo contestación. También está en Facebook el marido, con su nombre compuesto y sus dos apellidos, pero me resisto a reiniciar la amistad con Magi por mediación de este. Al tipo puede no gustarle. Ya en la u no me tragaba. Mejor dejo que las cosas sigan su curso. En las fotos subidas en Facebook, Magi se ve rolliza, alegre, moviéndose en el círculo de su familia y sus compañeras docentes. ¿Magi fue alegre siempre? Digamos que sí, aunque se conmovía y lloraba fácilmente, como en aquel apunte del cuaderno 48-1, la tarde en que "todos estuvimos allí", en Troncos, cuando Luis Carlos Rodríguez, compañero del taller de escritores, se graduó de médico. Luis Carlos cumplía su camino, saboreaba el triunfo de llegar, sentía la aleve tristeza de haber quemado otra etapa, de verse separado de algo que fue la vida y que ahora, en cierta forma, la negaba: los años de la u, el trajín del estudio, la lucha por alcanzar la meta. Se veía apuesto con el traje de ceremonia, con Denis, su novia, de gancho. Pero había algo que restaba mérito al éxito, que no armonizaba con el vestido negro y la corbata. Era como si, amablemente, te corrieran de un sitio querido. Para Luis Carlos comenzaba una vida nueva, de cierto prestigio social respaldado por el diploma y el consultorio. Otros habían llegado antes que él. Cientos más pugnaban por llegar. Era el caso de Blandón, al que le hacían falta tres años y la fortuna necesaria para estar en el sitio en que ahora estaba Luis Carlos. Tiempo... Se necesitaba tiempo. Y uno sentía la vena rota por donde el tiempo huía, por donde los minutos se escapaban a borbollones. Y Magi, al final, estaba triste, con los ojos llorosos. También es una crueldad presentarse así, como si nada, luego de treinta años, saludar como si nos hubiésemos despedido ayer. Hacer tabula rasa de una historia donde hubo heridas. Aunque mejor así, al toro cornalón hay que agarrarlo sin vacilar, con fuerza. Quizás no todo esté dicho entre nosotros, tal vez hagan falta unas palabras como cierre del libreto. Magi en Cartagena, con marido e hijos grandes, maestra. Uno en Medellín, con mujer e hijos grandes, maestro, volteando historias en la cabeza, sentando en el banquillo a la gente que conoció en el período de la u, pidiéndoles cuentas. ¿Y quién me pide cuentas a mí? Nada menos que toda esa gente a la que enfrento en estas páginas. Mi muerte es múltiple: lapidado, crucificado, echado al mar con una roca amarrada al zapato. Son ellos quienes me lapidan, me crucifican, me arrojan al mar atado a una roca. Yo solo quiero saber qué fue de Magi. Tengo derecho a preguntar, porque hubo momentos no despreciables en mi vida en que Magi caminó a mi lado. Como aquella tarde en que "todos estuvimos allí" y a Magi se le lloraban los ojos, y Juan fernando cogió un pedrusco y lo arrojó contra la colilla del cigarro que Magi fumara. Ese cigarrillo y esa piedra dejados al acaso tal vez cuenten esta historia mejor que yo. El humo que aún se zafaba con negligencia del cabo de cigarrillo, la piedra impregnada de tabaco, la lluvia deshaciendo el chicote, humedeciendo la piedra. Juan Fernando quería matar el chicote, y tal vez lo consiguiera. Todos estuvimos allí, y Magi dijo, antes que la agarrara el desánimo: "suena una tenue flauta". Y este fue el signo de la vida. Luego sobrevino la noche. Hasta el escritor Naudín Gracián estuvo allí: flaco, con una catadura de pasar necesidades, de ir viviendo entre la miseria humana y el esplendor de la poesía. Andaba con un manojo de libros (su nuevo volumen editado). No los estaba vendiendo, dijo, sin que nadie se lo preguntara. Obviamente, tampoco los estaba exhibiendo. Blandón lo interpeló sobre el asunto y Naudín se hizo un lío. Después se trabaron en una discusión sobre la técnica narrativa, sobre Rulfo y Pedro Páramo. Pensé que Magi haría buenas migas con Blandón. Me parecieron espíritus afines, lógicos, retóricos, dialécticos. Pero la vida no juntó sus sendas. Quizás solo esa tarde coincidieron y cambiaron unas palabras, luego que los presenté. Con cuánta gente me pasó igual. Gente que prometía mucho, que al final fue más cierto el humo del cigarrillo maltratado por la piedra de Juan Fernando. Naudín Gracián iba por los ámbitos de la u con un desgarbo sospechoso, como diciendo: "los genios vestimos con tal descuido". Al final nadie podía saber por qué Magi se entristeció tanto que dijo: "tengo ganas de pegarme una borrachera". Blandón se apartó a conversar con un primo. Juan Fernando ya no estaba, y el ajo plateado de la luna sí, y con lucero edecán y todo. Bajo el palo de mango tampoco cantaban los jóvenes de un momento atrás. Magi y yo nos marchamos juntos. Después nos separamos. Yo no tenía ganas de beber ni de llorar, pero tampoco estaba bien. En la soledad de Troncos, en la noche cada vez más honda, la luna dialogaba (¡Oh, Platón!) con el mango. Diálogo de plateadas hojas y luz fina.                   

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