Creo que debí empezar estas notas sobre Magi con la historia del mariposón del inquilinato de Cartagena. La fui postergando, refiriéndome a otras cosas, hablando del marido y del hijo, en fin. Quién sabe si el marido sigue jugando béisbol. Es un deporte para toda la vida, a lo mejor participa en la categoría senior. Mi padre jugó béisbol. Es uno de sus recuerdos más preciados. Quién sabe si el hijo sigue dibujando caballos. En el tiempo en que vivieron en Rionegro, el chico tenía un aviso en el estudio, algo así como: "prohibida la entrada a quien no sepa dibujar caballos". La vez que los visité, pasé por allí a las volandas, dada mi flagrante incapacidad en el asunto. Embuste. El hijo de Natalia, la profesora de literatura rusa, odiaba dibujar conejos. Le di clase en séptimo, en la Salle de Bello, y se enfurruñaba cuando, para ilustrar algún cuento, tenía que dibujar un conejo. Lo tranquilizaba permitiéndole dibujar lo que él quisiera. El hijo de Magi era feliz dibujando caballos. Magi debía ser feliz leyendo a Benedetti. Eso debería ser la vida, la felicidad de cada cual, en lo que le plazca. Al maricón lo apodaban Coco. Coco hizo con ella las veces de madre cuando vivía en un inquilinato de Cartagena. Magi estaba con el papá, pero este no le dedicaba mucho tiempo. De manera que Coco (el cual tenía su hombre, ambos moraban en la pensión) proveyó a la niña de todo el afecto que le hacía falta. Era el tiempo en que ella iba a la escuela. Era una chiquilla impresionable. Una vez la profesora le hizo llorar y ella no paró los sollozos hasta que llegó a la casa y Coco la vio. Le contó lo sucedido y él se enfureció tanto que fue a la escuela, discutió con la culpable y casi tumbó la puerta a pedradas. Nadie podía hacerle un desaire o un maltrato a Magi, porque, en seguida, Coco encaraba al ofensor. La chica se quedó sin amigos. El celo de Coco era enorme. La peinaba, la vestía, le compraba cintas y adornos, en fin, depositaba en la pequeña ese amor de madre que poseía, aunque la naturaleza le hubiese dotado de características sexuales contrarias a su inclinación. Nunca entendí bien la familia de Magi. Magi vivía en Medellín, acá estaba la mamá y un hermano calavera, y creo que también la abuela. El papá era huidero, tal vez un costeño, que hoy estaba en Riohacha, mañana en Cartagena. Un tipo más bien desobligado, que a veces le mandaba un giro. La verdad es que Magi pasaba apuros para conseguir la leche del niño, sobre todo, es de suponer, en el tiempo en que cursaba el pregrado. ¡La leche del niño! Quizá andaba en agarrones con el marido. Este también era un simple estudiante, debía mantenerse limpio. Antes de concluir la carrera, por necesidad, Magi comenzó a trabajar en colegios privados. Laboró en el Triángulo, en Rionegro, y allí coincidió Luis, otro cartagenero amante de los libros. Así, pues, en cierto período, Coco hizo las veces de padre y madre de Magi. Tal vez fue quien generó en ella esa mente fantasiosa, esos mundos de película. La peinaba, le compraba adornos y cintas para el pelo. La mimaba. La defendía. Magi hablaba de Coco con gratitud y amor. En plata blanca, como dicen por ahí, Magi fue casi una huérfana. En nuestra sociedad de padres errantes, muchos lo han sido. A quien más quería era a la abuela, eso está claro. La abuela es ese mundo encantado de mariposas amarillas y relatos magnificados por la poesía de una vida de penurias. Mi abuela también fue eso para mí: el origen de la fábula. ¿Cómo no amar a estas mujeres abandonadas del marido, leales a la vida del día a día, trabajadoras incansables, procreadoras enérgicas? Si un día vuelvo a hablar con Magi, le preguntaré qué fue de su abuela. Si siguió festejando su cumpleaños con la torta reglamentaria. También le preguntaré si su hijo siguió dibujando caballos o si los olvidó apenas creció. También, si Coco vive aún. Será un octogenario. Quizá siga en el mismo inquilinato y Magi lo visité de vez en cuando. Para ese padre errante, suele haber uno de remplazo, cualquiera que sea. Nunca leí el cuento con que Magi ganó un concurso (no sé por qué nunca me lo enseñó), pero me agradaría saber que el héroe de ese cuento es Coco, el mariposón que restañó las heridas de su infancia.
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